El principio de la lucha por la vida, y la consiguiente selección
de los mejor adaptados, domina soberano en la evolución del mundo
biológico; las justas atenuaciones que está sufriendo ese concepto
por los estudios de la escuela neo-lamarckista, no conmueven, en lo
fundamental, el sólido esqueleto de la doctrina de Darwin.
Pero en la evolución del mundo social, las condiciones de la lucha
por la vida son modificadas por el incremento de un factor propio de
la especie humana; la capacidad de producir medios de subsistencia
determina la formación de un ambiente artificial (económico) dentro del
ambiente natural (cósmico) y modifica sensiblemente las condiciones de
lucha por la vida entre los hombres.
Esta idea, clara y definida, es, sin embargo, combatida por exagerados
discípulos de Darwin; la culpa no es del genial naturalista de
Schrewbury, sino de los que complican en esto su nombre. Pocas
doctrinas han logrado imponerse tan rápidamente como las darwinistas;
pero pocas han sido objeto de más torcidas interpretaciones por parte
de sus enemigos, y aun de algunos de sus partidarios.
Las aplicaciones que de ellas pretende hacer la escuela sociológica
llamada "darwinismo social", son exageradas; se olvida que el
fenómeno biológico entra en la determinación del fenómeno social,
pero no lo constituye por completo, pues éste es más complejo. Sus
partidarios constituyen la extrema izquierda del organicismo. Algunos
sociólogos--Novicow, Lilienfeld y otros--han llegado a convencerse de
la identidad absoluta entre los agregados orgánicos y los agregados
sociales, entre organismo y sociedad; han excedido a Spencer, no
concediendo siquiera que las sociedades sean superorganismos.
Consecuentes con sus premisas, los sociólogos representantes de esa
tendencia sostienen que la lucha por la vida es la ley superior de
la evolución en los agregados sociales, en la misma forma que en la
evolución de los agregados orgánicos. El progreso de la especie
vendría a ser un resultado del conflicto permanente en que viven los
individuos entre sí, los individuos y los agregados sociales, los
agregados entre sí.
Ese criterio, tomado en su expresión absoluta, no es verdadero, no
corresponde a la realidad, tal como la observamos. Estudiando la
evolución de los grupos sociales, se ve que frente al principio de
antagonismo, encarnado aisladamente en la conocida máxima de Hobbes,
aparece y se desarrolla progresivamente otro principio compensador,
el principio de la solidaridad social, fundado en la utilidad de la
asociación para la lucha por la vida.
En ninguna mente que ha llegado a comprender el hecho natural de la
evolución de las especies, cabe la idea de suponer que la asociación y
la solidaridad aparecen inesperadamente en la evolución de la especie
humana, como si un _fiat_ misterioso interviniera para modificar su
curso; ellas tienen sus manifestaciones rudimentarias en el reino
vegetal, se definen claramente en las especies animales llegadas a
cierta etapa evolutiva, y, por fin, asumen importancia mayor en la
evolución humana, influyendo sobre las condiciones de desenvolvimiento
de la lucha por la vida, su principio antagonista.
Sin desconocer, pues, que la lucha por la vida preside la evolución
biológica, sabemos que ella se atenúa y modifica toda vez que las
especies animales adquieren la aptitud para vivir en sociedad; este
fenómeno, representado en la esfera psicológica por el desarrollo
del sentimiento de solidaridad social, determina una superioridad de
la especie en que se produce. Houssay ha demostrado el hecho en la
_Revue Philosophique_; aun negando que Ésa sea la causa determinante
de la prosperidad de una especie, es fuerza reconocer que ambos
hechos son paralelos y están íntimamente ligados. Una especie animal
puede considerarse tanto más "civilizada" cuanto más complejas son
las industrias que practica; esa intensificación de la actividad de
la especie es la prerrogativa de los animales capaces de asociarse
constituyendo una "sociedad", que Espinas define: la cooperación
permanente que se prestan, para una misma acción, individuos separados.
En la imposibilidad de extendernos sobre este punto, bástenos recordar,
otra vez, los excelentes estudios de De Lanessan; ellos demuestran
el desarrollo creciente, en la vida biológica, del principio de la
asociación, fundado en la cooperación y la solidaridad, frente al
principio de la lucha, fundado en el antagonismo. El hecho es claro
para quien observe el conjunto general de los fenómenos, sin descender
a sutilezas que aparentemente pueden contrariar, sin anularlas nunca,
el valor de las leyes generales.
Si eso ocurre en otras especies, en la humana la asociación para lucha,
con su correspondiente solidaridad social, alcanza un desarrollo aun
más importante, modificando las manifestaciones de la lucha por la
vida. Este principio, predominante en la evolución de muchas otras
especies, atenúase gradualmente en la evolución de las sociedades
humanas. Los datos de la biología pierden parte de su valor cuando son
aplicados a los fenómenos sociales; y aun cuando se aceptara considerar
a la sociedad como un organismo--por comodidad más bien que por
rigurosa analogía--deberían evitarse algunos errores difundidos por los
partidarios del "darwinismo social".
"Los discípulos del gran naturalista inglés,--dice
Colajanni,--falseando o exagerando sus enseñanzas, no vacilaron en
transportar la ley de lucha por la vida del terreno biológico al
de la sociología; pero conviene agregar que la adulteración de los
principios del maestro no se debe a los naturalistas, sino más bien a
historiadores, economistas, filósofos y moralistas, que, si no deben
calificarse de incompetentes, pueden, por lo menos, considerarse
sospechosos. De esas extravagancias ultradarwinistas dan ejemplo
los epígonos, que llegan hasta afirmar, con Hellwald, que todas las
representaciones psicológicas del mundo y de la vida son igualmente
exactas y justas, teniendo razón todo el mundo, pues todos luchan
por la vida. Semejantes exageraciones, mezcladas por algunos con
sofismas de Hegel, sobre la glorificación de la guerra y de la fuerza
brutal, dan al moderno "darwinismo social" un carácter de sectarismo
científico, que le ha valido críticas muy severas, especialmente de
Tarde.
Se impone señalar frente al principio de la lucha por la vida, el
desarrollo de ese otro que aparece ya en las especies animales más
prósperas. Rudimentario en las primeras etapas de la asociación
humana, por la escasez de los medios de subsistencia naturales y el
insuficiente desarrollo de la producción artificial, tiende a adquirir
cada vez mayor importancia y se acrecienta en las formas superiores de
civilización.
Las doctrinas organicistas de Spencer y Schaffle no contradicen, en
rigor, las nociones expuestas; si hay _aparente_ contradicción entre
ellas, basta un examen despreocupado para llegar a establecer su
concordancia _real_. El error está en los discípulos, según esa ley
fatal que lleva siempre a los secuaces más lejos de donde quieren los
maestros; así encontramos a Lilienfeld, Worms[12], Ammond, Novicow y
otros, empeñados en exageraciones insostenibles, que han dado más vigor
a la tendencia contraria, representada por espíritus como Loria, Tarde,
Krauz, Stein, Asturaro, Krusinsky, Colajanni, Ardigó, Vanni, Ferri, De
Greef, Groppali y muchos más.
Por otra parte, no es nueva la doctrina que niega a la lucha por la
vida el primado en la evolución de las sociedades humanas. El mismo
Russell Wallace--el más darwinista de los darwinistas,--al estudiar la
selección natural, reconocía que "al pasar el dintel de la humanidad,
la ley de lucha por la existencia debe ceder el cetro a alguna otra ley
superior"; esta opinión es recordada a menudo por los adversarios del
darwinismo social. Si la solidaridad en la asociación para la lucha es
el primer requisito de la prosperidad de una especie, es natural que
la encontremos sumamente desarrollada en la especie más próspera, más
evolucionada de toda la escala zoológica: el hombre. Todo lo que se
sabe de prehistoria y etnografía autoriza a pensar que el hombre jamás
vivió aislado de sus semejantes, o luchando permanentemente contra
ellos; Robinson Crusoé es un símbolo novelesco del individualismo _à
outrance_, pero no representa una forma posible de existencia humana.
La autonomía absoluta, solamente posible en las condiciones de vida del
personaje creado por Daniel de Föe, sobre ser un absurdo, sería la más
insufrible de las desdichas para el hombre sano. En la soledad de su
prisión, Silvio Pellico pudo establecer buena amistad con las arañas,
pero le alentaba la esperanza de volver algún día a la sociedad de sus
semejantes.
Sea como fuere, el estado normal del hombre es la vida en sociedad.
La organización de los primeros agregados sociales ha sido una
espontánea adaptación colectiva a las condiciones del medio.
Escaseando los medios de subsistencia, el agregado social los produjo
artificialmente; ese aumento de capacidad productiva fomentó la
asociación para la lucha, imponiendo las primeras divisiones del
trabajo social y la escisión de la sociedad en clases. La lucha,
atenuada gradualmente, ha persistido; se encuentra subordinada a
la insuficiente capacidad productiva del hombre, que no permite la
satisfacción ilimitada de las necesidades individuales.
Las condiciones actuales de lucha por la vida entre los hombres no son
eternas. Todo induce a creer que la asociación de los individuos para
luchar contra la naturaleza, haciéndola más productiva, es condición
esencial para el incremento de los agregados humanos y tiende a
aumentar la solidaridad entre los individuos del grupo, entre los
grupos de la raza y entre las razas de la humanidad.
Este principio es tan natural como el otro. Nace de la conveniencia de
asociar las fuerzas individuales para intensificar el trabajo social;
es la tendencia a obtener un máximum de bienestar con el menor esfuerzo
posible; y éste, en nuestro entender, es el objetivo supremo de todas
las voliciones humanas.
A esta manera de pensar conduce la ley de evolución según la menor
resistencia, ley que es universal. Preferimos este criterio al que
subordina la atenuación de la lucha por la vida a causas morales
metafísicas, como ser el crecimiento progresivo del "altruísmo",
concebido como vaga antítesis del "individualismo" no obstante ser su
forma más elevada y perfecta.
Podemos, en definitiva, afirmar: en las sociedades humanas se
atenúa progresivamente la lucha por la vida, al mismo tiempo que se
intensifican los resultados de la asociación para la lucha contra la
naturaleza.
He aquí representadas en un sencillo cuadro gráfico las ideas que
acabamos de exponer. (_Diagrama 1._)
1.º. La estática social, en cada momento de la evolución de los
agregados humanos, es la resultante de la combinación del antagonismo
social (inherente a la lucha por la vida), y la solidaridad social
(inherente a la asociación para la lucha).
2.º. La dinámica social, en el movimiento de la evolución, está
representada por un desarrollo creciente de la asociación para la
lucha, equilibrado por una atenuación progresiva de la lucha por la
vida.
III.--EVOLUCIÓN DE LOS MEDIOS VIOLENTOS Y FRAUDULENTOS
DE LUCHA POR LA VIDA
Establecido que la lucha por la vida entre los hombres se atenúa por el
desarrollo de la asociación para la lucha, examinemos cómo se produce
ese fenómeno.
La lucha por la vida resulta de la acción combinada de los medios
violentos y fraudulentos usados por los hombres para luchar,
aisladamente o en grupos.
[Ilustración: DIAGRAMA I--LUCHA POR LA VIDA EN LA EVOLUCIÓN SOCIAL.]
Si la intensidad de la lucha disminuye, debe disminuir la intensidad
de los medios requeridos para ella. En otras palabras, a medida que
disminuye la resistencia, debe disminuir la cantidad de energía
empleada. En un ambiente social primitivo, donde la producción es
escasa e insuficiente, la lucha por la vida es más intensa contra la
naturaleza, siendo mayores los esfuerzos que debe hacer el individuo
para sobrevivir. En cambio, cuando en los agregados humanos aumenta la
capacidad de producción, el bienestar medio se eleva, la asociación
para la lucha se organiza, y los individuos necesitan desplegar menos
esfuerzos para vivir en condiciones de mayor bienestar.
Cuando las resistencias de la lucha equivalen a cien, el individuo
desarrolla medios de lucha que representan un esfuerzo igual a cien;
cuando la asociación atenúa la lucha en un treinta por cien, los medios
de lucha empleados sólo ascienden a setenta. Esta noción es simple;
aumenta su sencillez explicándola en forma numérica.
Pero en esa atenuación de los medios de lucha se establecen diferencias
cualitativas. La violencia y el fraude no siguen el mismo curso, ni
se modifican caprichosamente. En los agregados sociales primitivos
los medios violentos predominan en la lucha por la vida sobre los
astutos; basta pensar que la violencia es correlativa del sentimiento
de antagonismo, propio de agregados donde la lucha es mayor; el freno a
la violencia es el sentimiento de solidaridad social, correlativo de la
asociación para la lucha.
En la evolución humana el antagonismo se atenúa y la asociación
aumenta; con ésta crece la solidaridad, disminuyendo los medios
violentos de lucha por la vida, sustituidos por medios fraudulentos; o,
como suele decirse, "la violencia se transforma en fraude".
Prueba de ello encontramos en la evolución del delito. Este ejemplo
es expresivo; en último análisis, el delincuente es un sujeto que, en
la lucha por la vida, ha excedido los límites fijados por la ética
del medio social en que actúa. Sin entrar en otras consideraciones,
superfluas para nuestro objeto, damos por demostrada esa evolución
de la delincuencia, enviando al lector a los estudios especiales de
Ferri, Sighele, Tarde, Ferrero, Niceforo y otros. El hecho es ése;
poco importa que ese aumento se considere absoluto, relativo a la
delincuencia violenta, o un resultado de una transformación del delito
violento en fraudulento. El hecho existe, es indudable.
Podemos formular un principio general. _En relación a la lucha por
la vida_, los medios violentos tienden a disminuir, y los medios
fraudulentos tienden a aumentar. Hay sustitución de la violencia por el
fraude, o bien transformación de aquélla en éste.
Pero, según hemos visto, la intensidad de la lucha por la vida no es
constante; atenúase progresivamente. Podemos, pues, formular este otro
principio, más complejo pero igualmente exacto:
_Relativamente a la evolución social_ los medios violentos de lucha
tienden a atenuarse; los fraudulentos (aumentando siempre con relación
a los violentos) tienden a un aumento absoluto mientras predomina la
lucha, pero disminuyen cuando comienza a predominar la asociación.
Un cuadro gráfico dará expresión más tangible a estas ideas sobre la
evolución de los medios violentos y fraudulentos en la lucha por la
vida, en su doble concepto absoluto y relativo. (_Diagrama II._)
Sólo cabe repetir que _la simulación es uno de los medios fraudulentos
de lucha por la vida; su evolución se involucra en la del grupo de los
medios fraudulentos_.
[Ilustración: DIAGRAMA II--EVOLUCIÓN DE LOS MEDIOS DE
LUCHA POR LA VIDA.]