Complemento indispensable del estudio de las enfermedades simuladas es
el de la _simulación de la salud_, por sujetos verdaderamente enfermos,
o sea la disimulación de la enfermedad. Su objetivo se comprende
fácilmente: cuando el estar enfermo determina una situación de
inferioridad en la lucha por la vida, el sujeto recurre a la simulación
de la salud.
En la vida ordinaria es frecuentísima. Las reglas de la más simple
urbanidad la imponen en el trato de gentes; pocas personas habrá que
nunca hayan disimulado una dolencia de poca monta, para recibir con
la sonrisa en los labios a un amigo o amiga estimada. Se asiste a
tertulias disimulando una cefalalgia, a un banquete disimulando una
dispepsia o una colitis, a una cita amorosa disimulando una cistitis
o una uretralgia. Muchos lectores habrán disimulado en su juventud
alguna enfermedad que reputaban vergonzosa, hasta que la intensidad de
los síntomas los obligó a denunciarse al médico y a su propia familia.
Hemos visto un caso de impotencia psíquica que involucraba una doble
simulación. Un joven contrajo matrimonio con una señorita casi
interesante; sufrió durante varias semanas de impotencia psíquica,
siéndole imposible cumplir sus deberes de marido. En los primeros días
la esposa simuló, ante la familia, dolores y molestias que atribuía
a las contingencias de su nuevo estado; el esposo, por su parte,
disimuló su flaqueza haciendo picarescas alusiones a sus transportes
conyugales. Pero al cabo de cierto tiempo consideraron improrrogables
ciertos deberes, consultando a un médico. El pobre esposo trató de
simular una neurastenia, atribuyéndole su impotencia; fácilmente se le
hizo desistir de su irrisoria simulación, demostrándole tratarse de una
simple inhibición psíquica, curada tras breve tratamiento, con visible
regocijo de los cónyuges.
En la lucha entre los sexos, son frecuentes las disimulaciones de
enfermedades. Hombres y mujeres, en vísperas del matrimonio, suelen
disimular cuidadosamente sus enfermedades, temerosos de perder un
buen partido. Muchas veces el médico se ve precisado a ser cómplice
de esas disimulaciones, pues consultado sobre el estado de salud de
los novios el secreto profesional le obliga a no revelar los males
de que los asiste. Una joven, durante las primeras visitas de su
prometido, padecía de terribles cefalalgias; durante horas la joven
sufría en silencio sus dolores, simulando una jovialidad que, de rato
en rato, desaparecía para dar lugar a muecas irreprimibles y a alguna
lágrima. Más tarde, cuando la confianza sobrepúsose a la tiranía de la
etiqueta, confesó sus simulaciones, agregando que obedecían al temor de
ser abandonada si la hubiesen sospechado portadora de males mayores que
los verdaderos.
Todo médico ha visto enfermos disimulando sus dolencias para abandonar
la cama o conseguir la supresión de una dieta desagradable. Otros se
dicen convalecientes para volver a tareas habituales que la enfermedad
les obliga a descuidar. Entre los enfermos cuya asistencia impone el
aislamiento o la reclusión, suelen observarse disimulaciones para
apresurar la vuelta al seno de la familia y de la sociedad.
Disimulan sus enfermedades cuantos están obligados a probar que
gozan de perfecta salud para ser admitidos en un establecimiento o
corporación, o para aspirar a ciertos empleos; nunca faltarán médicos
complacientes que se hagan cómplices activos de estas disimulaciones,
expidiendo certificados falsos. Entre esas simulaciones de la salud
existe un grupo especial que recientemente ha alcanzado extraordinaria
importancia en medicina forense.
El desarrollo de las instituciones de seguros sobre la vida
ha producido formas especiales de simulación para explotarlas
fraudulentamente. Sujetos poco escrupulosos aseguran en su favor
la vida de parientes enfermos; rara manifestación de la lucha por
la existencia, cuyo estudio agregaría un capítulo interesante a la
psicopatología de los parásitos sociales.
El número de estas disimulaciones para explotar el seguro es alarmante;
han sido objeto de estudio especial en el "Primer Congreso de los
médicos de las Sociedades de seguros", celebrado en Bruselas en
Septiembre de 1899. Fundándose en estadísticas precisas, Weir Manton
demostró el aumento de las disimulaciones por estos dos hechos: 1.º.
La mortalidad de los asegurados durante los dos o tres primeros años
siguientes a la celebración del contrato es mucho mayor que en los seis
o siete años posteriores; 2.º. La mortalidad en las diversas formas de
seguro es inversamente proporcional al monto de las primas; los seguros
con primas menores son, proporcionalmente, más nefastos que los seguros
con primas que aumentan con el transcurso del tiempo.
Desde el punto de vista médico legal, en esos casos sólo hay verdadera
simulación de la salud cuando el sujeto conoce su enfermedad; si la
ignora no hay disimulación de enfermedad, sino simple desconocimiento,
y su fraude involuntario no podría legalmente considerarse como
delito. En tales casos suele tratarse de una víctima de la avaricia
de sus parientes o amigos, informados por el médico de un pronóstico
desconocido por el enfermo.