IV.--PRINCIPALES ASPECTOS CLÍNICOS

Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico de

las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado

satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden

agregar y su interés sería muy relativo.

En cambio, procuraremos encuadrarla dentro de principios generales,

encarando el estudio de sus factores determinantes para hacer resaltar

que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida;

señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la

profilaxia que puede suprimirlas.

Boisseau afirma que la realización de cualquier acto útil o de interés

puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad general,

concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido

absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por

temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.

La simulación de enfermedades es frecuente entre los neurópatas,

especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión

tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico

cuyo anhelo supremo era que el médico se preocupara diariamente de

él; vecino de cama de un sujeto afectado de parálisis espinal de

Brown-Séquard, observó que este enfermo era objeto de cuidadoso examen

diario; un día le vimos pasear por la sala arrastrando la pierna

derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía insensible la pierna

izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada sintomatología,

comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su vecino para

atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos y

dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a

otros pacientes.

Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba

en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste,

no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar

afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada

vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos,

donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible

con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la

medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer

que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación,

fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que

imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de

las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones

mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar

para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada.

El simulador obtuvo así el éxito más completo.

En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de

enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes

quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la

beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser

nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración

de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital

conoce la frecuencia de esos casos.

Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo

sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había

formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y

confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para

adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por

librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición

de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la

taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.

En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado

el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones

del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos

casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces,

cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento

alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico

los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.

Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires

exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de

un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el

juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la

menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había

inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya

estaban casados.

En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver

individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades

diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí

en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados

por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se

limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda

de su mal.

Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de

causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y

del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son

las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las

cuestiones médico-legales.

La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar

y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una

bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación

diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos

mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su

bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la

simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la

acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que

se encuentran procesados.

Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su

interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único

original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la

parte especial.

1.º. _Eludir el servicio militar._--Los estudios sociológicos demuestran

que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos

pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las

naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento

patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento

de solidaridad entre los miembros de un estado.

La organización progresiva de las instituciones militares tiene por

objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es

lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea

colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen.

Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los

individuos la obligación del servicio militar; se considera como un

verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para

eludir ese deber.

Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores

de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los

medios empleados para descubrirlos.

Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se

civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios

empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización

económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra

militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a

ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para

los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra

tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización

misma; si aún es posible,--lo es, pues se produce,--débese a que

las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el

desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al

concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad,

los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto

de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados,

ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.

La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con

que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de

enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente,

castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un

deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en

algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra

entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en

el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres

traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos

sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa

repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y

de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es

una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones

de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a

probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y

antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano

a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al

cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.

Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades

en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos

militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes

especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores

son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero

revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos

humanos y transforman las instituciones sociales.

No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las

enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos

y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien

lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció,

conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a

un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias

sesiones, por sospecharse que fuera simulador.

Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida

su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos

civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será

progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus

actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte

cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad

de simular enfermedades para eludirlo.

La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas

superiores de civilización, donde las luchas violentas sean

reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por

nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la

única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos

son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.

2.º. _Explotación de la beneficencia._--Diversas monografías, curiosas

algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones,

cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo

le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".

Es de Puisbarand la conocida frase: "los peores enemigos de los pobres

son los mendigos"; podría completarse agregando que los peores enemigos

de los mendigos son los falsos mendigos. Pero Puisbarand no nos dijo

por qué hay hombres que viven simulando estar enfermos. Esas causas son

principalmente sociales. Desde que la sociedad no asegura a todos sus

miembros una educación integral, capaz de adaptarlos a las condiciones

de lucha por la vida, muchos sujetos carecen de inclinación por el

trabajo, único medio honesto de vivir. Por otra parte, este parasitismo

social es debido a que no siempre los individuos están en condiciones

de poderse dedicar a un trabajo elegido en armonía con sus tendencias;

muchos que se ven obligados a aceptarlo en condiciones inhumanas, por

su cantidad y por su calidad, se sienten inclinados a odiarlo. Bien

ha demostrado Ferriani que las condiciones antisociales del trabajo

industrial convierten al niño en vago y después en ladronzuelo, por

odio al taller, que, en lugar de ser una escuela donde se enseñe

a trabajar, es una cárcel donde se le explota sin consideración;

las condiciones sociales determinan la delincuencia ocasional, en

sus formas de fraudulencia y vagancia, combinadas en los mendigos

profesionales que simulan estados patológicos.

En estos sujetos la _mise en scéne_ suele ser aparatosa y refinada.

En Chicago, según refirió la prensa, la policía descubrió un club de

mendigos, hace algunos años, en West Adam Street. Encontróse allí una

comitiva de sujetos sanísimos y alegres, que comían, bebían, jugaban,

fumaban y poseían una biblioteca de filósofos clásicos para recrear

sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban ser cojos,

ciegos, mudos, idiotas, sordos, y mendigaban por las calles de la

ciudad; por la noche reuníanse en su club para gozar tranquilamente

las ganancias de su "trabajo" diario. La policía encontró, en una de

las habitaciones, gran cantidad de carretelas para tullidos, muletas,

piernas de palo, zapatos simulando pies deformes, anteojeras y vendas

para los ojos, bastones para ancianos débiles, barbas postizas,

cajas de pintura destinadas a simular sobre la piel toda clase de

llagas y pústulas, ocupándose en esta especialidad dos miembros del

club, verdaderos artistas del pincel. Había numerosos carteles con

inscripciones apropiadas: "soy ciego de nacimiento", "soy sordo-mudo

por un susto", "inválido de la guerra civil", "ha adquirido su lepra

prestando servicios a otros enfermos", etc. Arrestados, se comprobó su

excelente estado de salud y sus aptitudes para el trabajo; desde largo

tiempo habíanse asociado para explotar la caridad de los filántropos,

en perjuicio de los verdaderos pobres.

Casos como el anterior--que por su magnitud alcanzó cierta

celebridad--ocurren en todas las grandes ciudades. En Buenos Aires

la mendicidad fraudulenta aún no ha alcanzado vastas proporciones.

Conocimos, sin embargo, un ladrón profesional que nos refirió haber

sido ciego de profesión durante cinco años; ejerció "honradamente"

su trabajo con discretas ganancias, hasta que la policía descubrió

su fraude y le arrestó. En la prisión conoció a varios ladrones

profesionales; al ser puesto en libertad no pudo volver a su antiguo

oficio de ciego, y se dedicó al robo profesional con sus nuevos amigos.

En las puertas de las iglesias no es raro ver sujetos tullidos que,

terminada su tarea, se retiran tranquilamente a sus casas, muy

mejorados de su enfermedad. Un enfermo de la Sala de nerviosos del

hospital San Roque ejercía la mendicidad fraudulenta; era un antiguo

hemiplégico, cuya pierna funcionaba casi normalmente, presentando

impotencia del brazo; este sujeto solía pedir permiso para salir uno

o dos días por semana, regresando al hospital provisto de dinero para

tabaco y otras pequeñeces. Supimos que en esas salidas mendigaba,

exagerando su hemiplegia y simulando la afasia observada en otros

enfermos de la sala.

Estos fraudes han motivado la organización de la caridad social, en

sentido de proporcionar trabajo apropiado a todos los mendigos en

institutos _ad hoc_, encargándose la policía de perseguir a todos

los pícaros que no tienen cabida en ellos; son buenos modelos los

institutos existentes en Londres y en Bruselas.

En suma, sea como fuere, la terapéutica de las simulaciones usadas

para explotar la filantropía debe convertirse en profilaxia; si el mal

tiene hondas raíces sociales, es necesario llevar a cabo una serie de

reformas que hagan del trabajo un agradable deber para todos, y no como

es hoy un yugo penoso para algunos. Impónese infundir a cada individuo

la noción de los deberes impuestos por la solidaridad social, que a

todos beneficia. Y, por fin, deben desaparecer esas formas agudas de la

miseria que deprimen el espíritu, degradándolo hasta formas inferiores

de lucha por la vida que simulan lo más desagradable en la vida humana:

la enfermedad.

Ésa será la profilaxia eficaz contra tales simulaciones; será obra de

mucho tiempo, pues aún son pocos los países civilizados que pueden

pensar en tales reformas. En algunos está ya suprimida la mendicidad y

todo inválido tiene derecho a ser asistido por el Estado.

Recorridos esos dos grandes grupos de causas de la simulación de

estados patológicos, no insistiremos sobre las demás, menos frecuentes

y sumamente variables. Tendrían su sitio en un tratado especial que

no sabríamos escribir. Réstanos citar las conclusiones de nuestros

estudios sobre el grupo más importante.

3.º. _Simulación de la locura._--Es necesario considerarla desde tres

puntos de vista diversos.

_a_)--_en general._ Las condiciones en que se desenvuelve la lucha por

la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer individualmente

provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor adaptación

a las condiciones de lucha; ya sea directamente, favoreciendo al

simulador, ya indirectamente, disminuyendo las resistencias que el

ambiente opone al desarrollo y expansión de su personalidad.

_b_)--_por alienados verdaderos._ La persistencia de la razón en los

alienados y la inconsciencia de su verdadero estado mental mórbido,

les permite comprender las ventajas que reporta la simulación de la

locura en diversas circunstancias de la lucha por la vida, determinando

el fenómeno de la "sobresimulación", o simulación de la locura

por alienados verdaderos. En cambio, toda vez que el alienado es

consciente de su locura o comprende las desventajas que ésta le produce

en la lucha por la vida, "disimula" su alienación, equivaliendo este

fenómeno a una simulación de la salud, subordinada al mismo criterio

utilitario.

_c_)--_por los delincuentes._ La simulación de la locura por los

delincuentes está subordinada a circunstancias propias de la

legislación penal contemporánea.--Los delincuentes, además de luchar

por la vida como los demás hombres, luchan contra el ambiente

jurídico-penal de la sociedad en que viven.--Ese ambiente jurídico,

concretado en leyes penales, condena al delincuente castigándole por

la ejecución del acto cuya _responsabilidad_ le imputa; en cambio, no

condena al delincuente alienado, considerándole _irresponsable_ de su

delito.--El delincuente, en su lucha por la vida contra el ambiente

jurídico, simula ser alienado para eludir la responsabilidad del acto

delictuoso y ser eximido de pena.

La falta de criterio uniforme en el estudio de la simulación de la

locura, explica las opiniones divergentes de los autores acerca

de su frecuencia y de su interpretación clínica. Las estadísticas

publicadas no pueden compararse entre sí; carecen de valor científico

por estar levantadas en condiciones heterogéneas y por haberse

apreciado de diversos modos las relaciones entre las verdaderas

anomalías psicológicas de los delincuentes simuladores y la

locura simulada.--Subordinándose la simulación de la locura por

los delincuentes a circunstancias propias de la legislación penal

contemporánea, el verdadero criterio para su interpretación debe

ser "clínico-jurídico". La locura en el concepto de la ley penal,

está representada por formas clínicas definidas que confieren la

irresponsabilidad; las anomalías psíquicas de los simuladores no

corresponden al concepto clínico y jurídico de la locura como causa

eximente de pena. El delincuente simulador no simula porque tiene

anomalías psíquicas verdaderas, sino a pesar de tenerlas, contra

lo afirmado hasta ahora por los autores que se ocuparon de esta

materia.--Los delincuentes simuladores presentan las anomalías

propias de las diversas categorías de delincuentes; pero como ellas

no confieren irresponsabilidad, simulan formas "clínico-jurídicas"

de locura, siendo éstas las únicas que eximen legalmente de la

responsabilidad.

En las diversas categorías de delincuentes las anormalidades

psicológicas se presentan con desigual intensidad y con modalidades

diversas. Contra las ideas predominantes en la actualidad, debe

considerarse que la posibilidad de simular la locura para eludir la

represión penal es en absoluto independiente de esas anormalidades

psicológicas; los delincuentes más anormales son los menos aptos para

usar de este medio defensivo en su lucha por la vida. La posibilidad de

la simulación está en razón inversa del grado de degeneración psíquica

del delincuente.

Los delincuentes que intentan eludir la represión penal simulan formas

"clínico-jurídicas" de alienación y no simples anormalidades atípicas,

pues sólo las primeras confieren la irresponsabilidad penal.--Las

formas simuladas pueden referirse a cinco grupos de síndromes:

maníacos, depresivos, delirantes o paranoicos, episodios psicopáticos

y estados confuso-demenciales. Por orden de frecuencia, encuéntranse

los fenómenos delirantes o paranoicos, los síndromes maníacos, los

síndromes depresivos, los estados confuso-demenciales y los episodios

psicopáticos.--Suele, excepcionalmente, observarse la simulación de

la locura en ex alienados, como también el enloquecimiento de los

simuladores.--Las locuras simuladas carecen, generalmente, de unidad

nosológica.

El estudio de las locuras simuladas con relación a la herencia,

antecedentes patológicos individuales, raza, edad, instrucción,

sexo, educación, estado civil, profesión, ambiente social

y carácter individual de los simuladores, revela algunas

particularidades especiales, aunque no de significación clínica

muy característica.--Sobre las modalidades clínicas de las locuras

simuladas influyen la tendencia al menor esfuerzo, el carácter, la

vulgarización de las formas simuladas, la imitación, la sugestión y

otros factores de menor importancia.--Los delincuentes simuladores

pertenecen, en su gran mayoría, a las categorías en que predominan

los factores externos o sociales en la determinación del delito; los

delincuentes natos dan una reducida minoría de simuladores y no tienen

tendencias espontáneas a la simulación.

Actualmente llámase "alienados delincuentes" a individuos

psicológicamente heterogéneos, unificándolos jurídicamente por su

irresponsabilidad penal; los verdaderos "alienados delincuentes" son

aquéllos cuyo delito es una resultante de su locura.--La mayoría de

los alienados comunes ha cometido actos delictuosos; en los estudios

sobre "alienados delincuentes" sólo figuran los _procesados_, sean

más o menos delincuentes que los alienados comunes no procesados.--El

delito de los locos suele presentar caracteres especiales, que permiten

una relativa presunción diagnóstica sobre el estado mental del agente;

pero ningún signo diferencial posee valor absoluto que permita afirmar

la simulación.--El delito de algunos alienados tiene caracteres bien

definidos según la forma clínica de locura; en los simuladores esa

relación es muy excepcional.--Por el simple estudio de los caracteres

del acto delictuoso es posible descubrir la simulación de la locura en

algunos delincuentes; pero esa posibilidad no implica una certidumbre,

ni es generalizable a todos los casos observables en la práctica de la

medicina forense.

Los numerosos elementos que ofrece la clínica psiquiátrica para

establecer el diagnóstico diferencial entre los delincuentes

simuladores y los alienados delincuentes, agréganse a los datos

obtenidos estudiando el delito en sus relaciones con la locura o la

simulación y constituyen un conjunto de factores útiles para llegar al

diagnóstico; pero su valor es siempre relativo, no absoluto. Por eso el

perito puede verse precisado a recurrir a medios especiales, dirigidos

directamente a desenmascarar la simulación.

Los recursos especiales de índole astuta empleados para descubrir a los

simuladores son variables en cada caso y pueden ser útiles. Los medios

coercitivos y tóxicos no deben emplearse jamás. La pletismografía no es

aplicable al diagnóstico diferencial entre la locura y la simulación.

Cada día es más difícil el éxito de los simuladores; pero no puede

afirmarse su imposibilidad, dada la relatividad de nuestros elementos

de investigación y la falta de un solo carácter "patognomónico".

Las dificultades médico-legales que presentan los casos de simulación

de la locura por los delincuentes, son determinadas por las

deficiencias de concepto y de procedimiento inherentes a los sistemas

penales contemporáneos. En la práctica de la psicopatología forense

son indispensables tres reformas: 1.ª. A todo delincuente supuesto

alienado debe observársele en una clínica psiquiátrica debidamente

organizada; 2.ª. Deben ser peritos los médicos de la clínica; 3.ª. El

plazo para la observación será indeterminado.--La presente posición

jurídica de los simuladores es la de los delincuentes comunes, no

atenuada ni agravada por la simulación.

Demostrado que la simulación de la locura por los delincuentes nace

del criterio jurídico que aplica la pena según la responsabilidad

e irresponsabilidad del sujeto, su profilaxia debe consistir en

una reforma jurídica que la convierta en nociva para el simulador.

Reemplazado el criterio de la irresponsabilidad del delincuente por la

aplicación de la defensa social proporcionalmente a su temibilidad,

la simulación de la locura tórnase perjudicial para los simuladores,

desapareciendo de la psicopatología forense.

Las leyes de la simulación en el mundo biológico (mimetismo)

se comprueban también en la simulación de la locura por los

delincuentes.--Existe un estrecho paralelismo entre las

transformaciones del ambiente jurídico y la evolución de la simulación

de la locura.--Fué desventajosa cuando la posición de los alienados

ante la ley penal era más grave que la de los delincuentes; pasó

a ser ventajosa cuando se reconoció la irresponsabilidad penal de

los alienados delincuentes; será nuevamente desventajosa cuando se

reconozca su mayor temibilidad y sobre ésta se funde la represión penal.

La simulación en la lucha por la vida · 第 47 / 56 题