Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico de
las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado
satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden
agregar y su interés sería muy relativo.
En cambio, procuraremos encuadrarla dentro de principios generales,
encarando el estudio de sus factores determinantes para hacer resaltar
que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida;
señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la
profilaxia que puede suprimirlas.
Boisseau afirma que la realización de cualquier acto útil o de interés
puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad general,
concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido
absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por
temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.
La simulación de enfermedades es frecuente entre los neurópatas,
especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión
tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico
cuyo anhelo supremo era que el médico se preocupara diariamente de
él; vecino de cama de un sujeto afectado de parálisis espinal de
Brown-Séquard, observó que este enfermo era objeto de cuidadoso examen
diario; un día le vimos pasear por la sala arrastrando la pierna
derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía insensible la pierna
izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada sintomatología,
comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su vecino para
atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos y
dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a
otros pacientes.
Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba
en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste,
no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar
afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada
vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos,
donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible
con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la
medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer
que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación,
fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que
imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de
las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones
mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar
para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada.
El simulador obtuvo así el éxito más completo.
En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de
enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes
quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la
beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser
nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración
de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital
conoce la frecuencia de esos casos.
Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo
sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había
formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y
confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para
adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por
librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición
de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la
taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.
En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado
el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones
del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos
casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces,
cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento
alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico
los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.
Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires
exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de
un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el
juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la
menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había
inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya
estaban casados.
En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver
individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades
diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí
en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados
por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se
limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda
de su mal.
Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de
causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y
del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son
las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las
cuestiones médico-legales.
La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar
y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una
bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación
diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos
mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su
bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la
simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la
acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que
se encuentran procesados.
Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su
interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único
original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la
parte especial.
1.º. _Eludir el servicio militar._--Los estudios sociológicos demuestran
que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos
pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las
naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento
patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento
de solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones militares tiene por
objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es
lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea
colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen.
Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los
individuos la obligación del servicio militar; se considera como un
verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para
eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores
de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los
medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se
civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios
empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización
económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra
militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a
ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para
los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra
tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización
misma; si aún es posible,--lo es, pues se produce,--débese a que
las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el
desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al
concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad,
los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto
de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados,
ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.
La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con
que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de
enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente,
castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un
deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en
algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra
entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en
el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres
traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos
sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa
repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y
de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es
una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones
de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a
probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y
antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano
a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al
cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades
en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos
militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes
especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores
son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero
revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos
humanos y transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las
enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos
y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien
lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció,
conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a
un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias
sesiones, por sospecharse que fuera simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida
su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos
civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será
progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus
actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte
cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad
de simular enfermedades para eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas
superiores de civilización, donde las luchas violentas sean
reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por
nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la
única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos
son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.
2.º. _Explotación de la beneficencia._--Diversas monografías, curiosas
algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones,
cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo
le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".
Es de Puisbarand la conocida frase: "los peores enemigos de los pobres
son los mendigos"; podría completarse agregando que los peores enemigos
de los mendigos son los falsos mendigos. Pero Puisbarand no nos dijo
por qué hay hombres que viven simulando estar enfermos. Esas causas son
principalmente sociales. Desde que la sociedad no asegura a todos sus
miembros una educación integral, capaz de adaptarlos a las condiciones
de lucha por la vida, muchos sujetos carecen de inclinación por el
trabajo, único medio honesto de vivir. Por otra parte, este parasitismo
social es debido a que no siempre los individuos están en condiciones
de poderse dedicar a un trabajo elegido en armonía con sus tendencias;
muchos que se ven obligados a aceptarlo en condiciones inhumanas, por
su cantidad y por su calidad, se sienten inclinados a odiarlo. Bien
ha demostrado Ferriani que las condiciones antisociales del trabajo
industrial convierten al niño en vago y después en ladronzuelo, por
odio al taller, que, en lugar de ser una escuela donde se enseñe
a trabajar, es una cárcel donde se le explota sin consideración;
las condiciones sociales determinan la delincuencia ocasional, en
sus formas de fraudulencia y vagancia, combinadas en los mendigos
profesionales que simulan estados patológicos.
En estos sujetos la _mise en scéne_ suele ser aparatosa y refinada.
En Chicago, según refirió la prensa, la policía descubrió un club de
mendigos, hace algunos años, en West Adam Street. Encontróse allí una
comitiva de sujetos sanísimos y alegres, que comían, bebían, jugaban,
fumaban y poseían una biblioteca de filósofos clásicos para recrear
sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban ser cojos,
ciegos, mudos, idiotas, sordos, y mendigaban por las calles de la
ciudad; por la noche reuníanse en su club para gozar tranquilamente
las ganancias de su "trabajo" diario. La policía encontró, en una de
las habitaciones, gran cantidad de carretelas para tullidos, muletas,
piernas de palo, zapatos simulando pies deformes, anteojeras y vendas
para los ojos, bastones para ancianos débiles, barbas postizas,
cajas de pintura destinadas a simular sobre la piel toda clase de
llagas y pústulas, ocupándose en esta especialidad dos miembros del
club, verdaderos artistas del pincel. Había numerosos carteles con
inscripciones apropiadas: "soy ciego de nacimiento", "soy sordo-mudo
por un susto", "inválido de la guerra civil", "ha adquirido su lepra
prestando servicios a otros enfermos", etc. Arrestados, se comprobó su
excelente estado de salud y sus aptitudes para el trabajo; desde largo
tiempo habíanse asociado para explotar la caridad de los filántropos,
en perjuicio de los verdaderos pobres.
Casos como el anterior--que por su magnitud alcanzó cierta
celebridad--ocurren en todas las grandes ciudades. En Buenos Aires
la mendicidad fraudulenta aún no ha alcanzado vastas proporciones.
Conocimos, sin embargo, un ladrón profesional que nos refirió haber
sido ciego de profesión durante cinco años; ejerció "honradamente"
su trabajo con discretas ganancias, hasta que la policía descubrió
su fraude y le arrestó. En la prisión conoció a varios ladrones
profesionales; al ser puesto en libertad no pudo volver a su antiguo
oficio de ciego, y se dedicó al robo profesional con sus nuevos amigos.
En las puertas de las iglesias no es raro ver sujetos tullidos que,
terminada su tarea, se retiran tranquilamente a sus casas, muy
mejorados de su enfermedad. Un enfermo de la Sala de nerviosos del
hospital San Roque ejercía la mendicidad fraudulenta; era un antiguo
hemiplégico, cuya pierna funcionaba casi normalmente, presentando
impotencia del brazo; este sujeto solía pedir permiso para salir uno
o dos días por semana, regresando al hospital provisto de dinero para
tabaco y otras pequeñeces. Supimos que en esas salidas mendigaba,
exagerando su hemiplegia y simulando la afasia observada en otros
enfermos de la sala.
Estos fraudes han motivado la organización de la caridad social, en
sentido de proporcionar trabajo apropiado a todos los mendigos en
institutos _ad hoc_, encargándose la policía de perseguir a todos
los pícaros que no tienen cabida en ellos; son buenos modelos los
institutos existentes en Londres y en Bruselas.
En suma, sea como fuere, la terapéutica de las simulaciones usadas
para explotar la filantropía debe convertirse en profilaxia; si el mal
tiene hondas raíces sociales, es necesario llevar a cabo una serie de
reformas que hagan del trabajo un agradable deber para todos, y no como
es hoy un yugo penoso para algunos. Impónese infundir a cada individuo
la noción de los deberes impuestos por la solidaridad social, que a
todos beneficia. Y, por fin, deben desaparecer esas formas agudas de la
miseria que deprimen el espíritu, degradándolo hasta formas inferiores
de lucha por la vida que simulan lo más desagradable en la vida humana:
la enfermedad.
Ésa será la profilaxia eficaz contra tales simulaciones; será obra de
mucho tiempo, pues aún son pocos los países civilizados que pueden
pensar en tales reformas. En algunos está ya suprimida la mendicidad y
todo inválido tiene derecho a ser asistido por el Estado.
Recorridos esos dos grandes grupos de causas de la simulación de
estados patológicos, no insistiremos sobre las demás, menos frecuentes
y sumamente variables. Tendrían su sitio en un tratado especial que
no sabríamos escribir. Réstanos citar las conclusiones de nuestros
estudios sobre el grupo más importante.
3.º. _Simulación de la locura._--Es necesario considerarla desde tres
puntos de vista diversos.
_a_)--_en general._ Las condiciones en que se desenvuelve la lucha por
la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer individualmente
provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor adaptación
a las condiciones de lucha; ya sea directamente, favoreciendo al
simulador, ya indirectamente, disminuyendo las resistencias que el
ambiente opone al desarrollo y expansión de su personalidad.
_b_)--_por alienados verdaderos._ La persistencia de la razón en los
alienados y la inconsciencia de su verdadero estado mental mórbido,
les permite comprender las ventajas que reporta la simulación de la
locura en diversas circunstancias de la lucha por la vida, determinando
el fenómeno de la "sobresimulación", o simulación de la locura
por alienados verdaderos. En cambio, toda vez que el alienado es
consciente de su locura o comprende las desventajas que ésta le produce
en la lucha por la vida, "disimula" su alienación, equivaliendo este
fenómeno a una simulación de la salud, subordinada al mismo criterio
utilitario.
_c_)--_por los delincuentes._ La simulación de la locura por los
delincuentes está subordinada a circunstancias propias de la
legislación penal contemporánea.--Los delincuentes, además de luchar
por la vida como los demás hombres, luchan contra el ambiente
jurídico-penal de la sociedad en que viven.--Ese ambiente jurídico,
concretado en leyes penales, condena al delincuente castigándole por
la ejecución del acto cuya _responsabilidad_ le imputa; en cambio, no
condena al delincuente alienado, considerándole _irresponsable_ de su
delito.--El delincuente, en su lucha por la vida contra el ambiente
jurídico, simula ser alienado para eludir la responsabilidad del acto
delictuoso y ser eximido de pena.
La falta de criterio uniforme en el estudio de la simulación de la
locura, explica las opiniones divergentes de los autores acerca
de su frecuencia y de su interpretación clínica. Las estadísticas
publicadas no pueden compararse entre sí; carecen de valor científico
por estar levantadas en condiciones heterogéneas y por haberse
apreciado de diversos modos las relaciones entre las verdaderas
anomalías psicológicas de los delincuentes simuladores y la
locura simulada.--Subordinándose la simulación de la locura por
los delincuentes a circunstancias propias de la legislación penal
contemporánea, el verdadero criterio para su interpretación debe
ser "clínico-jurídico". La locura en el concepto de la ley penal,
está representada por formas clínicas definidas que confieren la
irresponsabilidad; las anomalías psíquicas de los simuladores no
corresponden al concepto clínico y jurídico de la locura como causa
eximente de pena. El delincuente simulador no simula porque tiene
anomalías psíquicas verdaderas, sino a pesar de tenerlas, contra
lo afirmado hasta ahora por los autores que se ocuparon de esta
materia.--Los delincuentes simuladores presentan las anomalías
propias de las diversas categorías de delincuentes; pero como ellas
no confieren irresponsabilidad, simulan formas "clínico-jurídicas"
de locura, siendo éstas las únicas que eximen legalmente de la
responsabilidad.
En las diversas categorías de delincuentes las anormalidades
psicológicas se presentan con desigual intensidad y con modalidades
diversas. Contra las ideas predominantes en la actualidad, debe
considerarse que la posibilidad de simular la locura para eludir la
represión penal es en absoluto independiente de esas anormalidades
psicológicas; los delincuentes más anormales son los menos aptos para
usar de este medio defensivo en su lucha por la vida. La posibilidad de
la simulación está en razón inversa del grado de degeneración psíquica
del delincuente.
Los delincuentes que intentan eludir la represión penal simulan formas
"clínico-jurídicas" de alienación y no simples anormalidades atípicas,
pues sólo las primeras confieren la irresponsabilidad penal.--Las
formas simuladas pueden referirse a cinco grupos de síndromes:
maníacos, depresivos, delirantes o paranoicos, episodios psicopáticos
y estados confuso-demenciales. Por orden de frecuencia, encuéntranse
los fenómenos delirantes o paranoicos, los síndromes maníacos, los
síndromes depresivos, los estados confuso-demenciales y los episodios
psicopáticos.--Suele, excepcionalmente, observarse la simulación de
la locura en ex alienados, como también el enloquecimiento de los
simuladores.--Las locuras simuladas carecen, generalmente, de unidad
nosológica.
El estudio de las locuras simuladas con relación a la herencia,
antecedentes patológicos individuales, raza, edad, instrucción,
sexo, educación, estado civil, profesión, ambiente social
y carácter individual de los simuladores, revela algunas
particularidades especiales, aunque no de significación clínica
muy característica.--Sobre las modalidades clínicas de las locuras
simuladas influyen la tendencia al menor esfuerzo, el carácter, la
vulgarización de las formas simuladas, la imitación, la sugestión y
otros factores de menor importancia.--Los delincuentes simuladores
pertenecen, en su gran mayoría, a las categorías en que predominan
los factores externos o sociales en la determinación del delito; los
delincuentes natos dan una reducida minoría de simuladores y no tienen
tendencias espontáneas a la simulación.
Actualmente llámase "alienados delincuentes" a individuos
psicológicamente heterogéneos, unificándolos jurídicamente por su
irresponsabilidad penal; los verdaderos "alienados delincuentes" son
aquéllos cuyo delito es una resultante de su locura.--La mayoría de
los alienados comunes ha cometido actos delictuosos; en los estudios
sobre "alienados delincuentes" sólo figuran los _procesados_, sean
más o menos delincuentes que los alienados comunes no procesados.--El
delito de los locos suele presentar caracteres especiales, que permiten
una relativa presunción diagnóstica sobre el estado mental del agente;
pero ningún signo diferencial posee valor absoluto que permita afirmar
la simulación.--El delito de algunos alienados tiene caracteres bien
definidos según la forma clínica de locura; en los simuladores esa
relación es muy excepcional.--Por el simple estudio de los caracteres
del acto delictuoso es posible descubrir la simulación de la locura en
algunos delincuentes; pero esa posibilidad no implica una certidumbre,
ni es generalizable a todos los casos observables en la práctica de la
medicina forense.
Los numerosos elementos que ofrece la clínica psiquiátrica para
establecer el diagnóstico diferencial entre los delincuentes
simuladores y los alienados delincuentes, agréganse a los datos
obtenidos estudiando el delito en sus relaciones con la locura o la
simulación y constituyen un conjunto de factores útiles para llegar al
diagnóstico; pero su valor es siempre relativo, no absoluto. Por eso el
perito puede verse precisado a recurrir a medios especiales, dirigidos
directamente a desenmascarar la simulación.
Los recursos especiales de índole astuta empleados para descubrir a los
simuladores son variables en cada caso y pueden ser útiles. Los medios
coercitivos y tóxicos no deben emplearse jamás. La pletismografía no es
aplicable al diagnóstico diferencial entre la locura y la simulación.
Cada día es más difícil el éxito de los simuladores; pero no puede
afirmarse su imposibilidad, dada la relatividad de nuestros elementos
de investigación y la falta de un solo carácter "patognomónico".
Las dificultades médico-legales que presentan los casos de simulación
de la locura por los delincuentes, son determinadas por las
deficiencias de concepto y de procedimiento inherentes a los sistemas
penales contemporáneos. En la práctica de la psicopatología forense
son indispensables tres reformas: 1.ª. A todo delincuente supuesto
alienado debe observársele en una clínica psiquiátrica debidamente
organizada; 2.ª. Deben ser peritos los médicos de la clínica; 3.ª. El
plazo para la observación será indeterminado.--La presente posición
jurídica de los simuladores es la de los delincuentes comunes, no
atenuada ni agravada por la simulación.
Demostrado que la simulación de la locura por los delincuentes nace
del criterio jurídico que aplica la pena según la responsabilidad
e irresponsabilidad del sujeto, su profilaxia debe consistir en
una reforma jurídica que la convierta en nociva para el simulador.
Reemplazado el criterio de la irresponsabilidad del delincuente por la
aplicación de la defensa social proporcionalmente a su temibilidad,
la simulación de la locura tórnase perjudicial para los simuladores,
desapareciendo de la psicopatología forense.
Las leyes de la simulación en el mundo biológico (mimetismo)
se comprueban también en la simulación de la locura por los
delincuentes.--Existe un estrecho paralelismo entre las
transformaciones del ambiente jurídico y la evolución de la simulación
de la locura.--Fué desventajosa cuando la posición de los alienados
ante la ley penal era más grave que la de los delincuentes; pasó
a ser ventajosa cuando se reconoció la irresponsabilidad penal de
los alienados delincuentes; será nuevamente desventajosa cuando se
reconozca su mayor temibilidad y sobre ésta se funde la represión penal.