I.--SU UTILIDAD EN LA LUCHA POR LA VIDA

Siendo este ensayo una introducción al estudio particular de la

simulación de la locura, justo será examinar con diligencia cierto

grupo de simulaciones que conexiona el tema general con el asunto

especial de la parte siguiente.

Slocker, autor de la mejor monografía sobre enfermedades simuladas,

ve el asunto al través de su preocupación personal y descubre en

las enfermedades simuladas los problemas de mayor importancia que

se presentan a la consideración del médico. En verdad, no puede

compartirse tal opinión; al médico le interesan más, sin duda, las

enfermedades verdaderas.

Hacemos esa pueril salvedad para agregar que no es nuestro propósito

abordar el tema siguiendo la vía trazada por los profesionales que han

visto la cuestión médica, desconociendo la cuestión humana. No han

sospechado que una amplia ley biosociológica encuadra esos fenómenos

en un marco general, abarcando todos los fenómenos de simulación en

la vida biológica y social. Se ha estudiado en las enfermedades

simuladas el hecho clínico y médico-legal, ignorándose su aspecto

psico-sociológico. Para lo primero basta ser médico; para lo segundo

requiérense otros conocimientos científicos, ajenos al bagaje mental de

los profesionales de la medicina.

Léese en todos los autores que Hipócrates, Galeno, Ambrosio Pareo,

Silvaticus, Fidelis, Zacchia, Steurlín, y otros, hacen referencia

especial a la simulación de enfermedades. Fodéré, Belloc, Marc,

Dehauss, Robecourt, Setier, Gilbert, se ocuparon de ella en el siglo

XIX. Respecto de simulaciones especiales en el ejército, escribieron

Souville, Borié, Moricheau-Beaupré, Percy y Laurent, Coche, Fallot,

Hennem, Hutchinson, Chegue, Marshall, Kirchkof, Isfordink, en la

primera mitad del siglo; en los últimos cincuenta años la bibliografía

es muy vasta. Permanece clásico el tratado de Boisseau, siendo

realmente estimables los de Duponchel, Devergie, Derblich, Slocker y

pocos más.

Estudiaremos el asunto de distinta manera; elevando el punto de

observación ensancharemos nuestro horizonte.

En los capítulos precedentes hemos visto que el hombre, como todos

los seres vivos, lucha por la vida; para ello posee medios de diversa

índole, que se adaptan a las condiciones de la lucha; entre los

medios fraudulentos la simulación es de los más generalizados y asume

numerosas formas adaptadas al ambiente.

Los medios de lucha por la vida se transforman tendiendo a obtener la

mejor adaptación con el menor esfuerzo, es decir, en el sentido de la

menor resistencia.

En las sociedades humanas el principio de la lucha por la vida se

atenúa progresivamente, desarrollándose otro principio, el de

asociación, que tiende a modificar radicalmente las condiciones de la

lucha misma; al antagonismo absoluto entre los individuos, al _mors

tua vita mea_, se oponen numerosas y complicadas formas de solidaridad

social.

Esa evolución se caracteriza por fenómenos paralelos, producidos en la

mente humana y en la organización social. Psíquicamente, tenemos el

desarrollo progresivo de los sentimientos llamados altruístas, que en

la evolución mental de la humanidad tiende a extender la solidaridad

del individuo a la familia, de ésta a la tribu, de ésta a la raza o a

la nación, y de ésta a la humanidad. Sociológicamente, se caracteriza

por la formación de instituciones que, en su conjunto, constituyen

la beneficencia, evolucionando de formas primitivamente utilitarias,

(beneficencia positiva) hacia formas cuyo utilitarismo es cada vez más

indirecto, (beneficencia negativa); ambas bien estudiadas por Spencer.

Estas instituciones sociales resultan de la evolución mental indicada.

La evolución altruísta de los sentimientos humanos se inicia en

presencia del dolor ajeno. El débil y el inferior han podido ser

objeto de desprecio; no lo fué nunca el enfermo. El hombre, que busca

rehuir el dolor y encontrar el placer (nosotros diríamos que trata

de seguir su evolución por el camino de las menores resistencias),

debe, necesariamente, conmoverse ante el dolor de sus semejantes. En

el salvaje y en el niño ya se encuentra ese fundamental sentimiento

de _piedad_, inherente al hombre considerado como animal sociable;

cuando falta, lo mismo que el sentimiento de _probidad_, el hombre es

un ser antisocial, es decir, un delincuente. Confirma nuestras ideas la

clásica definición de Garófalo.

Considerado el hombre como unidad social, en lucha contra sus propios

semejantes, su _locus minoris resistentiae_ para los enemigos debe ser

siempre el sentimiento de piedad, punto de arranque del altruísmo; las

instituciones de beneficencia son su expresión social. Por esto, dentro

de nuestro concepto funcional de la simulación, debemos encontrar aquí

una forma especial perfectamente adaptada a ese lado vulnerable; la

simulación explota el sentimiento de solidaridad social, en su forma de

piedad por el dolor, y determina la simulación de estados patológicos.

No discutiremos las desventajas que el incremento de la solidaridad

social puede tener para la selección humana; mientras multitudes

laboriosas y fecundas carecen de lo necesario, duele ver que

los manicomios, las cárceles y los asilos entretienen la cómoda

holgazanería de seres improductivos, cuando no perjudiciales. Es

el eterno problema de la lucha contra el parasitismo social de

los degenerados, frente al de la justa protección a las clases

trabajadoras; un cultor de la frase podría decir que se degenera a las

masas mediante la miseria, para darse luego el lujo de mantenerlas en

ocioso parasitismo. Sergi, en "Las degeneraciones humanas", ha dedicado

un bello capítulo al estudio de la supervivencia de los débiles y de

los inferiores; Nietzsche la fustigó acremente, invocando contra ella

el mejoramiento selectivo de la especie humana.

También pasaremos por alto la dilucidación de otro problema que, si

debiera ser cuidadosa, requeriría, como la anterior, un volumen aparte.

La piedad y la solidaridad con los enfermos, traducidas en ventajas

reales que la sociedad les brinda en la lucha por la vida, expresan

nuevas formas evolutivas del utilitarismo individual; la máxima

galilea "haz a otros lo que quisieras fuera hecho contigo mismo" es

altamente utilitaria; aunque atenúa la lucha por la vida, no está en

contradicción con ella, pues representa la mejor forma de asociación

para la lucha. Comprobaríase, una vez más, que el altruísmo, lejos

de ser antagonista del individualismo, es su forma superior y más

socializada; corresponde a formas asociativas de lucha por la vida,

que, en definitiva, son las más ventajosas para los individuos.

En rigor podríamos ver que la simulación de enfermedades es paralela a

la evolución de la lucha por la vida entre los hombres. A medida que

esta lucha se atenúa, por el desarrollo de los sentimientos altruístas

de piedad, la simulación de estados patológicos presenta mayor ventaja

y tiende a generalizarse.

El estudio de la cuestión bajo esta nueva fase merece tentar a los que

han acumulado datos clínicos y médico-legales sobre las enfermedades

simuladas; hay una rica veta de observaciones psicológicas y sociales

que no han sabido descubrir los autores, demasiado médicos, que han

tratado esa materia. Diríase que el hábito ha restringido su campo

visual al círculo estrecho de las preocupaciones clínicas.

Antes de terminar digamos dos palabras sobre otra cuestión, nacida

también del sentimiento de piedad, cuyo protagonista suele ser el

médico. Hay formas de rutina profesional que perjudican seriamente a

la sociedad. Cuando el médico, llevado por su piedad, prolonga por

días o minutos el dolor de un enfermo incurable, realiza una crueldad

nociva; procede en armonía con sus sentimientos, propios del ambiente,

recibidos por la herencia y disciplinados por la educación; pero en

realidad cumple una misión inhumanitaria. La función social de la

medicina debiera ser la defensa biológica de la especie humana,

orientada con fines selectivos, tendiendo a la conservación de los

caracteres superiores de la especie y a la extinción agradable de los

incurables y los degenerados; se evitaría con ello el desperdicio

de fuerzas requerido por el parasitismo social de los inferiores,

alejando, a la vez, la posible transmisión hereditaria de caracteres

inútiles o perjudiciales para la evolución de la especie. Pero este

problema sólo puede señalarse, por ahora, en el orden teórico. Acaso

los hombres del porvenir, educando sus sentimientos dentro de una moral

que refleje los verdaderos intereses de la especie, puedan tender hacia

una medicina superior, selectiva; el sereno cálculo desvanecería una

falsa educación sentimental, que contribuye a la conservación de los

degenerados con serios perjuicios para la especie[10].

La simulación en la lucha por la vida · 第 44 / 56 题