Hemos dicho que existen dos grupos de factores esenciales. Los
mesológicos, propios del ambiente, producen el simulador adquirido;
los orgánicos, propios del temperamento individual, caracterizan al
simulador congénito. Así como hay mentirosos, valientes, avaros,
ambiciosos, que lo son por temperamento y a pesar de todos los
obstáculos que el medio puede oponer a su peculiaridad psicológica, así
hay también simuladores-natos, en quienes predomina el factor orgánico
en la determinación de la tendencia a simular.
En los de este grupo puede no existir un propósito socialmente
utilitario; así como el mentiroso-nato miente para satisfacer un
impulso de su cerebro, como el pródigo-nato derrocha su fortuna sin
medir las desventajas que ello le reporta, como el delincuente-nato se
ensaña en la víctima por carecer de sentido moral y no porque en ello
tenga lucro, el simulador-nato simula desinteresadamente; la simulación
es el fin de su conducta y no un medio para obtener ventajas de otra
índole. En este sentido puede considerarse como un juego; y es sabido
que el valor biológico de este último consiste en que tiende siempre a
adoptar formas de actividad específicamente útiles para la mente y para
el cuerpo.
Todo lo dicho puede generalizarse a los disimuladores de esta misma
categoría. Estudiaremos aquí los tipos mejor caracterizados del grupo:
el _simulador fisgón_ y el _simulador refractario_.
* * * * *
1.º. Hemos conocido algunos simuladores fisgones. Sujetos mentalmente
superiores, hiperestésicos e hiperactivos a la vez, exuberantes de vida
y de alegría, su ocupación característica es deleitarse en "tomar el
pelo" a los tontivanos, haciendo un verdadero deporte de la _fisga_:
"burla que se hace de una persona, con arte, usando de palabras
irónicas o de acciones disimuladas", según la define el Diccionario
de la Academia. Esa forma de juego, a puro ingenio, suele llevarlos a
simulaciones extraordinarias, elevándolos de muchos codos sobre los
demás simuladores.
El _fisgón_, "que tiene por costumbre fisgar o hacer burla", según la
Academia, (la palabra francesa equivalente es _fumiste_) no simula
para adaptarse a las condiciones de lucha por la vida, sino por
tendencia natural, expresión, acaso, de simulaciones utilitarias de sus
antepasados, transmitidas hereditariamente como tendencia psicológica.
El objetivo del simulador fisgón está en la simulación misma y en el
placer intelectual que le reporta realizar su propósito. Es, a menudo,
un artista de la simulación: trabaja, apasionadamente, por amor a su
arte.
La base fisiológica de este tipo suele ser una exuberante salud
física, moral e intelectual; sin ella el organismo no tiene el exceso
de energías que el fisgón derrocha sin propósito útil, por simple
satisfacción de su temperamento. La risa, como fenómeno psicológico--no
como expresión mímica, que puede ser inconsciente y muequear sobre
el rostro de los idiotas--es un privilegio de la salud y de la
superioridad intelectual; entra abundantemente en la psicología de
este tipo. Diríanse escritas por un superhombre fisgón las palabras de
Nietzsche: "¡De esta corona de risa, de esta corona de rosas rientes
me he coronado; he proclamado sagrada mi risa!... Esta corona de risa,
esta corona de rosas rientes, a vosotros, hermanos, os la arrojo! ¡He
proclamado sagrada la risa. Hombres superiores: aprended, pues, a
reir!". (_Zarathustra_).
Su derroche de actividad prueba que el fisgón posee energías sobrantes
en la lucha por la vida. El hombre inferior limítase a economizar,
aprovechando útilmente lo que posee para no ser vencido; el juego
desinteresado es un derroche y revela superioridad.
Esta última condición le permite fisgarse de los individuos que,
no encontrándose en igual caso, luchan ineptamente por la vida. No
le guía el propósito malsano de perjudicar a las víctimas de la
simulación: sólo busca el deleite de precipitar a otros espíritus en
los despeñaderos de sus ficciones. Los candidatos para la práctica
de la fisga no son siempre el tonto y el ignorante; el éxito sobre
ellos no reportaría al fisgón grandes satisfacciones intelectuales.
Cuanto más ilustradas e inteligentes sean las víctimas, tanto mayor
es el éxito; el fisgón tiene, casi siempre, cierto orgullo de la
propia superioridad; eso, en ciertos casos, le hace cruel para con los
vanidosos y solemnes, que prefiere como víctimas de su fisga.
La psicología del simulador-fisgón es compleja; entran en su
composición el ironista, el pícaro y el impertinente. Pero todos esos
rasgos están convergiendo hacia el objetivo principal: la simulación.
Como casos clásicos de simuladores-fisgones son dignos de recordarse
los de "Lemice Terrieux" y "Leo Taxil", ambos franceses, que alcanzaron
renombre universal.
"Lemice Terrieux"--nombre que suena Le Mystérieux: el misterioso--es
un distinguido escritor francés, colaborador de revistas literarias
ultramodernas. Este fisgón simuló, durante muchos años, una serie de
inventos y sucesos que descansaban sobre un absurdo, disimulado siempre
tras apariencias lógicas; la prensa, las sociedades científicas y el
mismo gobierno les prestaron su atención, estudiándolos detenidamente.
Llegó, según refieren las crónicas, a engañar a la misma Academia de
Ciencias. Con motivo de un accidente ferroviario presentó una memoria
a la Academia exponiendo la manera de evitar los accidentes; esa
corporación científica la tomó en consideración, apercibiéndose después
que se trataba de una colosal simulación científica, la más absurda que
imaginarse pueda.
"Leo Taxil"--de pila: Gabriel Jogand Pagés--ha realizado el record de
la fisga. Durante doce años simuló ser ardiente católico, dedicándose
a combatir la Masonería. Inventó un Rito Paládico o culto de Satanás,
para combatirla; una querida suya, también fisgona, simuló ser gran
sacerdotisa del Paladismo, convertida por Taxil. La cosa llegó hasta
engañar al mismo papa León XIII, quien recibió en audiencia particular
al gran fisgón Taxil y mandó su apostólica bendición a la sacerdotisa
convertida. Por fin, el formidable fisgón, ante el público más selecto
de París, reunido en los salones de la Sociedad Geográfica, describió
personalmente todos los detalles de su memorable farsa, declarando que
la había organizado por puro placer y porque era "fumista" nato...
En Francia, parecen abundar los grandes simuladores fisgones. Entre
sus literatos contemporáneos son numerosísimos los que, aparte de sus
méritos literarios, poseen el talento de esta simulación. Mallarmé
tiene en sus libros páginas llenas de puntos suspensivos, que el lector
debe interpretar subjetivamente. Peladan simula ser gran sacerdote
de ritos que no existen y dice profesar el culto del androginismo.
D'Annunzio (italiano que ha sufrido contagios franceses) ha simulado,
en sus primeros libros, ser partidario del amor sororal y pueden
considerarse como simples ficciones los más de sus "refinamientos"
amorosos. Se comprende que el primero no ha creído que significaran
algo sus puntos suspensivos, ni el segundo aspiró a convertirse en
andrógino, ni el tercero amó a sus hermanas: son, simplemente, estetas
de la fisga. En verdad, Nordau ha incurrido en error interpretando como
signos degenerativos algunos hechos simulados, simple producto de una
fisga complicada de estetismo.
* * * * *
2.º. En la vida social desfilan sujetos inadaptados o inadaptables a
su ambiente; algunos son pasivos y quedan derrotados en la lucha;
otros reaccionan contra las condiciones del medio, convirtiéndose
frecuentemente en simuladores. Estos _simuladores refractarios_ son el
producto de importantes factores orgánicos, pero sólo se exteriorizan
bajo especiales influencias del medio.
En ellos la simulación no es, como en los fisgones, el fin de sí misma.
Lo que les lleva a simular es el deseo de disonar con su ambiente,
disgregando las ideas de los individuos entre quienes viven y luchan;
son sujetos cuya finalidad es negativa y cuya simulación suele serles
perjudicial.
Hacen el efecto de aquellos individuos que se disfrazan de fantasmas
para asustar a los demás, y acaban por recibir una bala enviada por
alguno de los que debían asustarse. Suelen considerar malo su ambiente,
al cual no saben o no pueden adaptarse. Sus actos son contradictorios
con los ajenos; pero no son espontáneos, sino simulados. Son
divergentes, intencionalmente dispuestos para hacer resaltar lo que
consideran malo, injusto o inútil en su medio.
En su compleja psicología se combinan elementos aparentemente
heterogéneos. Hay algo de místico, de orgulloso, de esteta y de
descortés, engarzado en el mosaico de la simulación. Ofrece este tipo
dos ramificaciones compuestas, con fisonomía propia, el _poseur_ y el
_épateur_. El primero es un refractario combinado con un vanidoso y un
esteta; el segundo resulta de la anastomosis del refractario con el
exhibicionista y el paradojal.
Es refractario el niño que en la escuela simula no poder aprender sus
lecciones, cuando ya las sabe, por espíritu de indisciplina y como
protesta contra las exigencias de un maestro inepto; la joven que
simula odiar un candidato a esposo, rico y joven, aunque en realidad lo
anhela; el creyente que simula ser ateo para enfrenar los excesos de
su familia compuesta de beatos; el sabio que se finge ignorante para
mortificar a un grupo de pedantes; el bueno que simula ser malo, para
protestar contra la hipocresía de los tartufos; etc., etc.
Hemos conocido un caso típico digno de recordarse: un joven estudiante
de ingeniería, de inteligencia clara e ilustración estimable, aunque
neurópata. El medio familiar y el ambiente social en que vivía no
eran de su agrado; los frenos domésticos y las conveniencias sociales
le torturaban insufriblemente. En esas condiciones leyó libros
anarquistas, encontrando exacta su parte negativa, la crítica de
las costumbres e instituciones sociales, aunque no se convenció de
la eficacia de la violencia para reformar la sociedad. No obstante
su disconformidad con las ideas del anarquismo, simuló pertenecer
a esa secta y, especialmente, a su grupo más exaltado: el de los
individualistas dinamiteros. Su objetivo era mostrar a los individuos
del medio en que vivía cuán absurdas eran sus mentiras convencionales.
A esta fundamental simulación del anarquismo agregó otras secundarias,
no menos curiosas. Así, por ejemplo, frente a la indiferencia de
los demás ante su anarquismo, orientó su conducta por un sendero de
simulación habitual; todos sus actos, uno por uno, eran lo inverso de
lo que en igualdad de circunstancias hubiera hecho otro individuo.
Vestía en pugna con la estética más elemental, pudiendo engalanarse con
rica indumentaria; vivió varios años en los más plebeyos conventillos;
simplificó sus comidas hasta desbordar los límites fisiológicos de
la nutrición mínima; en el orden moral simuló adoptar las doctrinas
de resistencia pasiva predicadas por Tolstoy, a fin de mostrar cuán
despreciables son los hombres violentos.
Entre sus simulaciones secundarias la más interesante fué la de su
propia temibilidad. Siendo el sujeto más inofensivo simulaba ser
peligroso, para que las autoridades se preocupasen de las doctrinas que
fingía profesar; hízose arrestar en un _meeting_ obrero, con el único
propósito de exhibir un enorme cuchillo al ser revisado por la policía;
de esa manera--pensaba--las autoridades y la burguesía, espantadas por
el anarquismo, procurarían corregir los males que minan la sociedad
contemporánea.
Este simulador desistió al fin de sus curiosas ficciones; dejó el
anarquismo, resignándose a distanciarse del medio social a cuyos
prejuicios e hipocresías no sabía adaptarse.