VII.--LOS SIMULADORES POR ADAPTACIÓN AL MEDIO

Llamamos simuladores _mesológicos_ a aquéllos cuya aptitud para simular

en la lucha por la vida es determinada o acentuada por las influencias

del medio sobre el individuo.

Son los más numerosos y su simulación es siempre utilitaria. En la

imposibilidad de vivir inadaptados a su medio social, prerrogativa

reservada a pocos caracteres superiores, consiguen vencer las

resistencias que se oponen a la afirmación de su personalidad simulando

las cualidades útiles y disimulando las perniciosas.

Los simuladores de este grupo son exponentes del ambiente social. Para

no ser vencidos en la lucha por la vida, los individuos pueden simular

y disimular los sentimientos[6] de amor y de odio, de respeto y de

repugnancia, de cortesía y de indignación; suelen reducirse a una hábil

simulación y disimulación de los sentimientos.

Entre estos simuladores utilitarios, que se enmascaran para adaptarse

más provechosamente al medio en que viven, señalaremos dos grupos bien

caracterizados: los _astutos_ y los _serviles_.

* * * * *

1.º. El _simulador astuto_ sabe adaptarse hábilmente; es la encarnación

del "vividor", en la acepción más corriente del vocablo.

Todos los hombres dotados de alguna astucia suelen simular; pudiendo

ser alguna vez el fraude condición de éxito en la lucha por la vida,

fuera ineptitud desdeñarlo sistemáticamente. En su canto XI del

Infierno, donde contempla a los violentos, los fraudulentos y los

traidores, escalonados en tres círculos, Dante puede exclamar sin

exageración:

_La frode and'ogni coscienza é morsa,_

porque todos, poco o mucho, tienen sobre la conciencia algún pecadillo

fraudulento.

Pero sólo en pocos individuos la simulación astuta asume proporciones

predominantes, constituyendo el tono principal del carácter. La

personalidad de estos sujetos se afirma en terreno moralmente

resbaladizo. Dado el propósito utilitario de la simulación, llegan a

las zonas linderas de la delincuencia, engendrando un tipo mixto de

"simulador-delincuente".

Analizando la psicología del astuto, Ferriani dice que sólo puede

concebirse una astucia honesta: la usada para defenderse de las

simulaciones ajenas o para impedir que los astutos deshonestos realicen

actos perjudiciales a los demás. Es la astucia defensiva contra la

astucia ofensiva.

En estos simuladores la mímica siempre está preparada para la

simulación; la fisonomía no denuncia el estado interior del sujeto. Si

se pretendiera conocer sus estados de alma por la observación de su

fisonomía, resultarían pueriles aquellas sentencias de Schopenhauer:

"todo rostro humano es un jeroglífico que puede ser descifrado y cuyo

alfabeto llevamos en nosotros mismos. La fisonomía dice más sobre un

hombre que sus palabras: es el compendio de todo lo que seguirá en los

pensamientos o en las acciones del hombre. La palabra no reproduce más

que el pensamiento del hombre; el rostro reproduce el pensamiento de la

naturaleza". (_De la fisonomía_).

Y fracasarían todos los que han estudiado las reacciones de la

fisonomía y la mímica, desde Darwin y Spencer hasta Meynert, Wundt,

Mantegazza y Cuyer. El simulador logra su objeto porque los demás

hombres lo juzgan conforme a un prejuicio que el mismo Schopenhauer

recoge: "cada uno parte tácitamente del prejuicio que un hombre _es_ lo

que _parece_"; pero, en verdad, el barbero Fígaro tiene con frecuencia

razón contra el filósofo.

La característica del simulador astuto es precisamente educar sus

reacciones emotivas de tal manera que jamás se traduzcan en signos

fisionómicos exteriores: evita _parecer_ lo que _es_. La cara no es

el espejo de su alma; el estudio y el hábito obtienen resultados

prodigiosos. Cuando alguien le narra una desgracia para pedirle

consejo, el simulador astuto, husmeando para más tarde un beneficio,

se conmueve, palidece, llora, hace llorar al narrador mismo: éste se

admira de que aún exista sobre la tierra un hombre de tan virtuoso

corazón, y cae fácilmente en las redes que luego aquél le tiende. Es

el príncipe de la simulación; dispone a su antojo de los resortes

fisiológicos para simular un estado de alma, haciendo creer a su

interlocutor lo que está simulando. Aquí aparece otro característico

mixto: el "simulador-mentiroso".

El mentiroso puro es un tipo diverso del simulador. La mentira es una

afirmación que contrasta con la verdad; la simulación es un hecho. Un

niño que afirme tener cien años, miente simplemente, sin simular. Un

niño que se disfrace de viejo, simula, no miente. La psicología del

mentiroso ha sido ya muy bien estudiada en monografías de Venturi,

Melinand y Duprat.

En las formas astutas de lucha por la vida, la mujer suele sobrepujar

al hombre; algunas llegan a ser simuladoras profesionales en la lucha

sexual. Sin remontarnos a Schopenhauer, podemos comprobarlo en los

estudios de Viazzi sobre la lucha entre los sexos; y es notorio que en

el más expresivo de los poemas gauchescos, el hijo de Martín Fierro

parece haberlo aprendido del "Viejo Vizcacha": "Y menudeando los

tragos--aquel viejo como cerro,--no olvidés, me decía, Fierro,--que el

hombre nunca ha de creer--en lágrimas de mujer--ni en la renquera del

perro."

Como en la lucha por la vida carece la mujer de medios violentos

eficaces, ha debido refinarse en los fraudulentos, alcanzando

superioridades que equilibran las del hombre.

En general, el astuto--observa Ferriani--rehuye de la lucha abierta y

declarada, recurre a medios anómalos y marcha por senderos tortuosos;

carece de coraje para luchar a cara descubierta. Esa opinión implica

un juicio infundado; cuando el simulador se limita a aprovechar

ciertos medios de lucha no sospechados por los que le rodean, abusa

de su superioridad de la mismísima manera que el general, mediante

una estrategia, consigue derrotar al ejército enemigo. Y si a esto se

llama superioridad en la guerra entre los pueblos, dudoso es el derecho

de afirmar que es inferioridad en la lucha entre los individuos. El

astuto tiene muy presente aquel consejo de Tailleyrand a los jóvenes:

"desconfiad del primer impulso porque siempre es generoso"; es un

estratega consumado en la lucha por la vida y ha aprendido a inhibir

todos sus impulsos, dirigiéndose por los consejos de la inteligencia.

No procede espontáneamente. Su conducta es siempre estudiada.

El simulador solemne es clásico; todos lo alaban y nadie podría

decir por qué; tiene cierto aire de suficiencia que impone; nunca se

desmiente soltando una carcajada; se ha declarado respetable y todos

lo respetan, aunque no se podrían describir sus méritos ocultos. Para

defenderse es ceñudo y poco amigo de tener confianzas; por eso es

necio, rematadamente, y de él parece hablar Quevedo cuando analiza el

origen y definiciones de la necedad: "Se declara por necio con felpas y

plumas de papagayo al que tirando de la gravedad como el zapatero del

cordobán, habla en tono tan bajo y pausado y a lo ministro, que parece

saludador, en cuya presencia, en vez de despacho y alivio, es confusión

y desorden; buscando retazos de razones imperfectas, pega unas con

otras con más sentidos y dificultades que un algebrista huesos de

pierna a brazo quebrado". (_Discursos festivos_). Los hombres solemnes

son los más despreciables simuladores, pues viven temiendo que a la

menor imprudencia se les caiga el antifaz.

Tan famosos como los simuladores silenciosos son los multiparlantes.

Ya Montesquieu decía, en las "Cartas Persianas" (LXXXIII), que si hay

algo más singular que las personas taciturnas y de gran talento, "son

las que saben hablar sin decir nada y que divierten una conversación

durante dos horas sin que podamos recordar una palabra de las que han

pronunciado". Son los parlanchines, que por acá llamamos "macaneadores".

De estos últimos, algunos son pacíficos y si molestan no hacen daño;

en diez minutos pueden contradecirse veinte veces y tienen el tacto

de no aferrarse a ninguna de sus palabras, pues no expresan con ellas

opiniones. Otros son más incómodos, pues ofende su tenaz adhesión a

los disparates que por casualidad enuncian; ignoran que la más grave

falta de respeto consiste en discutir por testarudez o por espíritu de

contradicción.

Los simuladores astutos encuéntranse en todos los medios sociales y

adaptan su simulación a todas las formas de la actividad humana; los

hay en los bajos fondos sociales lo mismo que en las altas clases;

simulan la afectividad o la cultura intelectual[7]; escalan una

posición política, huyen de la cárcel, conquistan una dote, estafan a

un imbécil, consiguen honores, seducen a una joven o sugestionan a una

turba de electores. Su fin es siempre el mismo: triunfar en la lucha

por la vida; el medio no varía: fingir, siempre fingir.

Muchos de los caracteres que suelen atribuirse al simulador astuto,

pertenecen, como veremos, al _simulador servil_; entre ambos debe

evitarse confusión.

Para señalar algunos casos de simuladores astutos, a fin de ilustrar

estas páginas con ejemplos concretos, no habría más dificultad que la

elección.

¿Quién no recuerda, poco tiempo ha, el rapto de Gip, la escritora

francesa, simulado con fines de reclamo? Su digno _pendant_ debía ser,

naturalmente, la simulación del otro sujeto que se presentó--con fines

idénticos--a la policía de París, denunciándose raptor de la misma

Gip... que no había sido raptada.

Frecuentísimas son, por otra parte, las simulaciones de originalidad en

la vida intelectual, los _plagios_; y las disimulaciones del autor: los

_pseudónimos_. No podemos detenernos en su análisis.

Un caso típico de simulador astuto, con fines de utilidad inmediata

en la lucha por la vida, nos refirió el profesor Ramos Mejía. Siendo

él estudiante, un enfermo ingresó en el viejo hospital de Buenos

Aires, situado en la calle de Independencia, con úlcera varicosa en

una pierna. La curación se prolongó y el individuo se fué adaptando

muy bien a la vida holgazana del hospital. Cuando sanó de su úlcera

comenzaron a notarse en él los síntomas de la ataxia, que fueron

acentuándose hasta completar el cuadro clínico. Ese enfermo sirvió

durante varios cursos para la enseñanza de dicha enfermedad a los

alumnos. Sólo después de utilizarlo algunos años como caso clínico, se

descubrió que el sujeto no era atáxico; había simulado serlo, imitando

los síntomas de un vecino de cama, para no perder las comodidades

gratuitas que el hospital le proporcionaba.

Otro caso, igualmente típico, observamos personalmente hace poco

tiempo. Un sujeto de buen humor, ya entrado en años, pero que aún

conservaba en vigorosa plenitud sus tendencias galantes, fué operado de

un afección sin importancia. Dos días después, le oímos comunicar a un

vecino su propia desesperación; decía que le habían inutilizado para

siempre y amoldaba su fisonomía al estado de ánimo que es de imaginar.

Supimos más tarde que el enfermo simulaba haber sido castrado para

ganarse la confianza del incauto vecino y continuar impunemente sus

amoríos con la sobrina del mismo.

Astutos simuladores profesionales eran aquellos augures clásicos, que

no podían encontrarse sin reir. Y también lo fué aquel Pisístrato de

quien dícenos Herodoto que, para satisfacer sus ambiciones políticas,

hirióse en varias partes del cuerpo y se presentó al pueblo diciendo

que le habían asaltado sus enemigos.

Fácil sería complementar el examen de las simulaciones con el de las

disimulaciones astutas[8]; según hemos demostrado, ambos fenómenos son

el anverso y el reverso de una sola medalla, teniendo una finalidad y

un mecanismo idénticos: todas las cualidades morales se simulan si son

útiles y se disimulan si son nocivas.

Simulando la bondad y la virtud medran en la sociedad innumerables

pícaros y viciosos; de esa manera parecen menos temibles y burlan

la confianza de los que creen en sus falsas cualidades. Hay quien

simula la lealtad, para traicionar más eficazmente; hay quien simula

la modestia, para que se le confunda con los grandes hombres que

generalmente procuran no estorbar a los torpes con su excesivo

ingenio; hay quien simula la generosidad, y todos conocemos esos

falsos protectores que maniatan a sus protegidos; hay quien simula la

ecuanimidad, para herir mejor a las víctimas de su envidia; hay quien

simula la caballerosidad, ocultando el abajamiento de sus costumbres.

Toda virtud puede ser simulada, desde la caridad por el usurero hasta

la ilustración por el charlatán. En el "cuento del tío"--cuyas formas

son muchas más de las que persiguen las policías--todo el éxito depende

de la habilidad con que un "compadre" simula la candidez, haciéndose,

como aquí suele decirse, el "otario".

La simulación de la estupidez es una de las más generalizadas

y provechosas. Dado el enorme porcentaje de personas que odian

cordialmente todo lo que difiere de ellas mismas, "hacerse el

zonzo" es un recurso incomparable en la lucha por la vida y factor

seguro de éxito en el trato con personas que son tontas de verdad.

Quien necesitando empleo demostrara a su futuro jefe aventajarle en

inteligencia o ilustración, sería substituido en la elección por otro

que no pudiera constituir con el tiempo un temible rival en la lucha

por la vida, sostenida también por el superior. Las mujeres de poco

talento suelen temer a los hombres "demasiado corridos". Los profesores

mediocres tiemblan de que ingrese al cuerpo docente un profesor

brillante; prefieren a los que no pueden echarles sombra, _similia

similibus_. Y en todas partes, poco más o menos, la banal tontería es

preferida a la agudeza de ingenio.

Por eso es frecuente que los hombres de mucho talento y de virtudes

severas disimulen esas cualidades en su trato diario con personas de

mente obtusa o de moralidad equívoca. La sociedad quiere iguales,

no tolera diferencias. Al que es evidentemente superior, sólo puede

tolerarlo si presenta defectos o fallas que hagan soportables sus

cualidades; el que no tiene los defectos, debe simularlos, para ser

tolerado; la prudencia lo exige. Si naciera un hombre perfecto no se

le permitiría vivir, nadie lo perdonaría; sería indispensable que

simulara algunos vicios o tonterías para calmar la alarma o la envidia

de los demás. Cuando Eneas descendió a los infiernos, para ablandar al

monstruo que vigila sus puertas, llevó una torta y la arrojó al gaznate

de Cerbero: "el mérito--comentó Helvecio--para calmar el rencor de sus

contemporáneos, debe echar la torta de algún ridículo en la garganta de

la envidia". Parecer tonto y tolerante de la tontería ajena, parecer

condescendiente con la ajena picardía, es el tributo de simulación que

la sociedad exige al ingenio y a la virtud.

Y, repetimos, a cada instante presenciamos estas simulaciones y

disimulaciones astutas; en el hogar y en el club, en el comercio y en

las artes, en la iglesia y en los parlamentos.

* * * * *

2.º. Para discurrir serenamente del _simulador servil_, fuera menester

librarse de la antipatía que provoca en todo espíritu honesto. Servil

es antítesis de hombre. Se es siervo por necesidad y servil por

elección. El primero despierta lástima o simpatía; el segundo sólo

engendra repugnancia. La vida del hombre servil es un eslabonamiento

infinito de simulaciones. Se ha observado que las clases dominantes, de

todas las épocas y en todos los pueblos, han cultivado el servilismo de

las masas mediante la educación, para asegurar mejor la perennidad de

su dominio; así adquiere el hombre servil una moral propia, según la

cual sus más íntimas tendencias y deseos son disimulados y sustituidos

por otros que son del amo o señor. "Serviles--dice Sergi--son todos

los que sirven y están dispuestos a servir a los poderosos: los que

se prestan voluntariamente, con la fuerza física o con otros medios,

a vencer o castigar a las personas consideradas como rebeldes o

contrarias a la voluntad de un dominador, aunque sea del momento; son

los que se oponen a toda manifestación de sentimientos independientes o

libres, ya sea por la palabra, ya por medio de escritos; también lo son

quienes quisieran que todas las personas adorasen a los gobernantes,

aprobaran siempre sus actos y se dejasen manejar como carneros, seres

inferiores entregados al capricho del amo". (_Le degenerazioni umane_).

En la genealogía de los simuladores serviles encontramos dos ramas

diferentes. Algunas veces trátase de individuos que, después de haber

sido espontáneos y sinceros en extremo, sucumben en la lucha por la

vida, viéndose obligados a amainar su penacho, a disimular su verdadero

carácter y simular el requerido para recuperar posiciones perdidas en

la lucha por la existencia; este simulador es, en realidad, un sincero

derrotado, que se resigna a fingir. Otras veces se trata de sujetos

débiles e inferiores, que tienen suficiente flexibilidad para seguir

sistemáticamente en la vida el camino de las menores resistencias;

viven sin personalidad propia, ocultando todo cuanto pudiera ser una

traba en su carrera y fingiendo todo lo que puede captar favores,

simpatías, benevolencias. Ese tipo psicológico es perjudicial a la

sociedad; además de ser conservador es reaccionario y se opone a todas

las iniciativas de los innovadores.

Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja. En la del primero

se fusionan el ambicioso, el cobarde y el prudente; en la del segundo

el apático, el tímido y el impotente.

Muchos espíritus hermosamente originales, rebosantes de jactanciosa

independencia, caen al fin en la simulación servil, adaptándose a las

imposiciones del ambiente social que ha neutralizado su personalidad

hasta confundirlos con la masa de los amorfos; otros, más hábiles en

su docilidad adaptativa, llegan hasta fingir el aplauso al enemigo de

ayer, resignándose a servir al que no pueden vencer. Y del segundo

tipo conocemos un colega, cuya evolución mental y social hemos seguido

paso a paso; la naturaleza fué avara con él de dones intelectuales,

pero pudo cursar su carrera constituyéndose en puntual discípulo

y servil admirador de todos los profesores. Jamás aparentó dudar

de sus palabras, ni atrevióse a faltar a sus lecciones, ni olvidó

clasificarlas de insuperables; con ese entrenamiento salvó examen tras

examen, sin perder un solo año. Y cada vez que aprobaba una materia,

frotábase las manos satisfecho, aconsejando a los reprobados: "con

fingir admiración a los profesores, no hay necesidad de leer un solo

libro".

Si persistiésemos en esbozar las principales figuras de simuladores

serviles encontrados en la vida, nos expondríamos a llenar infinitas

carillas que evocarían siluetas harto conocidas. Podríamos recorrer

la escala que va del cortesano--por temperamento o por hábito--hasta

el esbirro, dispuesto a perseguir mañana a sus amos de hoy; y también

encontraríamos a los "meneurs" y caudillos, siempre esclavos de las

muchedumbres que creen dirigir.

Sólo citaremos un caso curioso que, por muy conocido, no deja de ser

interesante. Dos españoles, pertenecientes a la Masonería, vivían de la

propaganda anticlerical, publicando pasquines y panfletos virulentos

contra el catolicismo. El negocio comenzó a declinar; entonces los

sujetos se presentaron a la iglesia del Salvador de Buenos Aires,

abjuraron de su fe masónica y entregaron sus invendibles ediciones

de panfletos anticlericales, con los que se hizo público auto de

la fe en la nave principal de dicha iglesia. En seguida hiciéronse

propagandistas de los Círculos de Obreros Católicos, redactando su

órgano oficial y dando a luz numerosos panfletos contra la Masonería.

Por supuesto, la conversión era simulada, como todos sus nuevos

escritos y discursos; ello no obstó para que durante mucho tiempo,

explotaran la interesada credulidad de los católicos mediante esa

grotesca simulación.

También podríamos citar muchos políticos, reputados por su elocuente

retórica electoral, cuya característica es defender siempre los

candidatos del partido que está en el gobierno; si llegan a turnarse

diversos partidos, ellos simulan en los diversos casos la misma

sinceridad y ardoroso entusiasmo, lo que les vale magníficos triunfos

en la lucha por la existencia.

Abreviaremos esta página poco simpática; la pluma no encuentra en ella

inspiraciones, ni el carácter ejemplos. Estos simuladores serviles

producen nefastos efectos sociales; quien quiera medir la perniciosa

acción de los que así sobreviven y triunfan en la concurrencia social,

lea las páginas brillantes que Sergi les dedica en el capítulo "Siervos

y Serviles" de sus estudios sobre las degeneraciones humanas.

La simulación en la lucha por la vida · 第 39 / 56 题