Llamamos simuladores _mesológicos_ a aquéllos cuya aptitud para simular
en la lucha por la vida es determinada o acentuada por las influencias
del medio sobre el individuo.
Son los más numerosos y su simulación es siempre utilitaria. En la
imposibilidad de vivir inadaptados a su medio social, prerrogativa
reservada a pocos caracteres superiores, consiguen vencer las
resistencias que se oponen a la afirmación de su personalidad simulando
las cualidades útiles y disimulando las perniciosas.
Los simuladores de este grupo son exponentes del ambiente social. Para
no ser vencidos en la lucha por la vida, los individuos pueden simular
y disimular los sentimientos[6] de amor y de odio, de respeto y de
repugnancia, de cortesía y de indignación; suelen reducirse a una hábil
simulación y disimulación de los sentimientos.
Entre estos simuladores utilitarios, que se enmascaran para adaptarse
más provechosamente al medio en que viven, señalaremos dos grupos bien
caracterizados: los _astutos_ y los _serviles_.
* * * * *
1.º. El _simulador astuto_ sabe adaptarse hábilmente; es la encarnación
del "vividor", en la acepción más corriente del vocablo.
Todos los hombres dotados de alguna astucia suelen simular; pudiendo
ser alguna vez el fraude condición de éxito en la lucha por la vida,
fuera ineptitud desdeñarlo sistemáticamente. En su canto XI del
Infierno, donde contempla a los violentos, los fraudulentos y los
traidores, escalonados en tres círculos, Dante puede exclamar sin
exageración:
_La frode and'ogni coscienza é morsa,_
porque todos, poco o mucho, tienen sobre la conciencia algún pecadillo
fraudulento.
Pero sólo en pocos individuos la simulación astuta asume proporciones
predominantes, constituyendo el tono principal del carácter. La
personalidad de estos sujetos se afirma en terreno moralmente
resbaladizo. Dado el propósito utilitario de la simulación, llegan a
las zonas linderas de la delincuencia, engendrando un tipo mixto de
"simulador-delincuente".
Analizando la psicología del astuto, Ferriani dice que sólo puede
concebirse una astucia honesta: la usada para defenderse de las
simulaciones ajenas o para impedir que los astutos deshonestos realicen
actos perjudiciales a los demás. Es la astucia defensiva contra la
astucia ofensiva.
En estos simuladores la mímica siempre está preparada para la
simulación; la fisonomía no denuncia el estado interior del sujeto. Si
se pretendiera conocer sus estados de alma por la observación de su
fisonomía, resultarían pueriles aquellas sentencias de Schopenhauer:
"todo rostro humano es un jeroglífico que puede ser descifrado y cuyo
alfabeto llevamos en nosotros mismos. La fisonomía dice más sobre un
hombre que sus palabras: es el compendio de todo lo que seguirá en los
pensamientos o en las acciones del hombre. La palabra no reproduce más
que el pensamiento del hombre; el rostro reproduce el pensamiento de la
naturaleza". (_De la fisonomía_).
Y fracasarían todos los que han estudiado las reacciones de la
fisonomía y la mímica, desde Darwin y Spencer hasta Meynert, Wundt,
Mantegazza y Cuyer. El simulador logra su objeto porque los demás
hombres lo juzgan conforme a un prejuicio que el mismo Schopenhauer
recoge: "cada uno parte tácitamente del prejuicio que un hombre _es_ lo
que _parece_"; pero, en verdad, el barbero Fígaro tiene con frecuencia
razón contra el filósofo.
La característica del simulador astuto es precisamente educar sus
reacciones emotivas de tal manera que jamás se traduzcan en signos
fisionómicos exteriores: evita _parecer_ lo que _es_. La cara no es
el espejo de su alma; el estudio y el hábito obtienen resultados
prodigiosos. Cuando alguien le narra una desgracia para pedirle
consejo, el simulador astuto, husmeando para más tarde un beneficio,
se conmueve, palidece, llora, hace llorar al narrador mismo: éste se
admira de que aún exista sobre la tierra un hombre de tan virtuoso
corazón, y cae fácilmente en las redes que luego aquél le tiende. Es
el príncipe de la simulación; dispone a su antojo de los resortes
fisiológicos para simular un estado de alma, haciendo creer a su
interlocutor lo que está simulando. Aquí aparece otro característico
mixto: el "simulador-mentiroso".
El mentiroso puro es un tipo diverso del simulador. La mentira es una
afirmación que contrasta con la verdad; la simulación es un hecho. Un
niño que afirme tener cien años, miente simplemente, sin simular. Un
niño que se disfrace de viejo, simula, no miente. La psicología del
mentiroso ha sido ya muy bien estudiada en monografías de Venturi,
Melinand y Duprat.
En las formas astutas de lucha por la vida, la mujer suele sobrepujar
al hombre; algunas llegan a ser simuladoras profesionales en la lucha
sexual. Sin remontarnos a Schopenhauer, podemos comprobarlo en los
estudios de Viazzi sobre la lucha entre los sexos; y es notorio que en
el más expresivo de los poemas gauchescos, el hijo de Martín Fierro
parece haberlo aprendido del "Viejo Vizcacha": "Y menudeando los
tragos--aquel viejo como cerro,--no olvidés, me decía, Fierro,--que el
hombre nunca ha de creer--en lágrimas de mujer--ni en la renquera del
perro."
Como en la lucha por la vida carece la mujer de medios violentos
eficaces, ha debido refinarse en los fraudulentos, alcanzando
superioridades que equilibran las del hombre.
En general, el astuto--observa Ferriani--rehuye de la lucha abierta y
declarada, recurre a medios anómalos y marcha por senderos tortuosos;
carece de coraje para luchar a cara descubierta. Esa opinión implica
un juicio infundado; cuando el simulador se limita a aprovechar
ciertos medios de lucha no sospechados por los que le rodean, abusa
de su superioridad de la mismísima manera que el general, mediante
una estrategia, consigue derrotar al ejército enemigo. Y si a esto se
llama superioridad en la guerra entre los pueblos, dudoso es el derecho
de afirmar que es inferioridad en la lucha entre los individuos. El
astuto tiene muy presente aquel consejo de Tailleyrand a los jóvenes:
"desconfiad del primer impulso porque siempre es generoso"; es un
estratega consumado en la lucha por la vida y ha aprendido a inhibir
todos sus impulsos, dirigiéndose por los consejos de la inteligencia.
No procede espontáneamente. Su conducta es siempre estudiada.
El simulador solemne es clásico; todos lo alaban y nadie podría
decir por qué; tiene cierto aire de suficiencia que impone; nunca se
desmiente soltando una carcajada; se ha declarado respetable y todos
lo respetan, aunque no se podrían describir sus méritos ocultos. Para
defenderse es ceñudo y poco amigo de tener confianzas; por eso es
necio, rematadamente, y de él parece hablar Quevedo cuando analiza el
origen y definiciones de la necedad: "Se declara por necio con felpas y
plumas de papagayo al que tirando de la gravedad como el zapatero del
cordobán, habla en tono tan bajo y pausado y a lo ministro, que parece
saludador, en cuya presencia, en vez de despacho y alivio, es confusión
y desorden; buscando retazos de razones imperfectas, pega unas con
otras con más sentidos y dificultades que un algebrista huesos de
pierna a brazo quebrado". (_Discursos festivos_). Los hombres solemnes
son los más despreciables simuladores, pues viven temiendo que a la
menor imprudencia se les caiga el antifaz.
Tan famosos como los simuladores silenciosos son los multiparlantes.
Ya Montesquieu decía, en las "Cartas Persianas" (LXXXIII), que si hay
algo más singular que las personas taciturnas y de gran talento, "son
las que saben hablar sin decir nada y que divierten una conversación
durante dos horas sin que podamos recordar una palabra de las que han
pronunciado". Son los parlanchines, que por acá llamamos "macaneadores".
De estos últimos, algunos son pacíficos y si molestan no hacen daño;
en diez minutos pueden contradecirse veinte veces y tienen el tacto
de no aferrarse a ninguna de sus palabras, pues no expresan con ellas
opiniones. Otros son más incómodos, pues ofende su tenaz adhesión a
los disparates que por casualidad enuncian; ignoran que la más grave
falta de respeto consiste en discutir por testarudez o por espíritu de
contradicción.
Los simuladores astutos encuéntranse en todos los medios sociales y
adaptan su simulación a todas las formas de la actividad humana; los
hay en los bajos fondos sociales lo mismo que en las altas clases;
simulan la afectividad o la cultura intelectual[7]; escalan una
posición política, huyen de la cárcel, conquistan una dote, estafan a
un imbécil, consiguen honores, seducen a una joven o sugestionan a una
turba de electores. Su fin es siempre el mismo: triunfar en la lucha
por la vida; el medio no varía: fingir, siempre fingir.
Muchos de los caracteres que suelen atribuirse al simulador astuto,
pertenecen, como veremos, al _simulador servil_; entre ambos debe
evitarse confusión.
Para señalar algunos casos de simuladores astutos, a fin de ilustrar
estas páginas con ejemplos concretos, no habría más dificultad que la
elección.
¿Quién no recuerda, poco tiempo ha, el rapto de Gip, la escritora
francesa, simulado con fines de reclamo? Su digno _pendant_ debía ser,
naturalmente, la simulación del otro sujeto que se presentó--con fines
idénticos--a la policía de París, denunciándose raptor de la misma
Gip... que no había sido raptada.
Frecuentísimas son, por otra parte, las simulaciones de originalidad en
la vida intelectual, los _plagios_; y las disimulaciones del autor: los
_pseudónimos_. No podemos detenernos en su análisis.
Un caso típico de simulador astuto, con fines de utilidad inmediata
en la lucha por la vida, nos refirió el profesor Ramos Mejía. Siendo
él estudiante, un enfermo ingresó en el viejo hospital de Buenos
Aires, situado en la calle de Independencia, con úlcera varicosa en
una pierna. La curación se prolongó y el individuo se fué adaptando
muy bien a la vida holgazana del hospital. Cuando sanó de su úlcera
comenzaron a notarse en él los síntomas de la ataxia, que fueron
acentuándose hasta completar el cuadro clínico. Ese enfermo sirvió
durante varios cursos para la enseñanza de dicha enfermedad a los
alumnos. Sólo después de utilizarlo algunos años como caso clínico, se
descubrió que el sujeto no era atáxico; había simulado serlo, imitando
los síntomas de un vecino de cama, para no perder las comodidades
gratuitas que el hospital le proporcionaba.
Otro caso, igualmente típico, observamos personalmente hace poco
tiempo. Un sujeto de buen humor, ya entrado en años, pero que aún
conservaba en vigorosa plenitud sus tendencias galantes, fué operado de
un afección sin importancia. Dos días después, le oímos comunicar a un
vecino su propia desesperación; decía que le habían inutilizado para
siempre y amoldaba su fisonomía al estado de ánimo que es de imaginar.
Supimos más tarde que el enfermo simulaba haber sido castrado para
ganarse la confianza del incauto vecino y continuar impunemente sus
amoríos con la sobrina del mismo.
Astutos simuladores profesionales eran aquellos augures clásicos, que
no podían encontrarse sin reir. Y también lo fué aquel Pisístrato de
quien dícenos Herodoto que, para satisfacer sus ambiciones políticas,
hirióse en varias partes del cuerpo y se presentó al pueblo diciendo
que le habían asaltado sus enemigos.
Fácil sería complementar el examen de las simulaciones con el de las
disimulaciones astutas[8]; según hemos demostrado, ambos fenómenos son
el anverso y el reverso de una sola medalla, teniendo una finalidad y
un mecanismo idénticos: todas las cualidades morales se simulan si son
útiles y se disimulan si son nocivas.
Simulando la bondad y la virtud medran en la sociedad innumerables
pícaros y viciosos; de esa manera parecen menos temibles y burlan
la confianza de los que creen en sus falsas cualidades. Hay quien
simula la lealtad, para traicionar más eficazmente; hay quien simula
la modestia, para que se le confunda con los grandes hombres que
generalmente procuran no estorbar a los torpes con su excesivo
ingenio; hay quien simula la generosidad, y todos conocemos esos
falsos protectores que maniatan a sus protegidos; hay quien simula la
ecuanimidad, para herir mejor a las víctimas de su envidia; hay quien
simula la caballerosidad, ocultando el abajamiento de sus costumbres.
Toda virtud puede ser simulada, desde la caridad por el usurero hasta
la ilustración por el charlatán. En el "cuento del tío"--cuyas formas
son muchas más de las que persiguen las policías--todo el éxito depende
de la habilidad con que un "compadre" simula la candidez, haciéndose,
como aquí suele decirse, el "otario".
La simulación de la estupidez es una de las más generalizadas
y provechosas. Dado el enorme porcentaje de personas que odian
cordialmente todo lo que difiere de ellas mismas, "hacerse el
zonzo" es un recurso incomparable en la lucha por la vida y factor
seguro de éxito en el trato con personas que son tontas de verdad.
Quien necesitando empleo demostrara a su futuro jefe aventajarle en
inteligencia o ilustración, sería substituido en la elección por otro
que no pudiera constituir con el tiempo un temible rival en la lucha
por la vida, sostenida también por el superior. Las mujeres de poco
talento suelen temer a los hombres "demasiado corridos". Los profesores
mediocres tiemblan de que ingrese al cuerpo docente un profesor
brillante; prefieren a los que no pueden echarles sombra, _similia
similibus_. Y en todas partes, poco más o menos, la banal tontería es
preferida a la agudeza de ingenio.
Por eso es frecuente que los hombres de mucho talento y de virtudes
severas disimulen esas cualidades en su trato diario con personas de
mente obtusa o de moralidad equívoca. La sociedad quiere iguales,
no tolera diferencias. Al que es evidentemente superior, sólo puede
tolerarlo si presenta defectos o fallas que hagan soportables sus
cualidades; el que no tiene los defectos, debe simularlos, para ser
tolerado; la prudencia lo exige. Si naciera un hombre perfecto no se
le permitiría vivir, nadie lo perdonaría; sería indispensable que
simulara algunos vicios o tonterías para calmar la alarma o la envidia
de los demás. Cuando Eneas descendió a los infiernos, para ablandar al
monstruo que vigila sus puertas, llevó una torta y la arrojó al gaznate
de Cerbero: "el mérito--comentó Helvecio--para calmar el rencor de sus
contemporáneos, debe echar la torta de algún ridículo en la garganta de
la envidia". Parecer tonto y tolerante de la tontería ajena, parecer
condescendiente con la ajena picardía, es el tributo de simulación que
la sociedad exige al ingenio y a la virtud.
Y, repetimos, a cada instante presenciamos estas simulaciones y
disimulaciones astutas; en el hogar y en el club, en el comercio y en
las artes, en la iglesia y en los parlamentos.
* * * * *
2.º. Para discurrir serenamente del _simulador servil_, fuera menester
librarse de la antipatía que provoca en todo espíritu honesto. Servil
es antítesis de hombre. Se es siervo por necesidad y servil por
elección. El primero despierta lástima o simpatía; el segundo sólo
engendra repugnancia. La vida del hombre servil es un eslabonamiento
infinito de simulaciones. Se ha observado que las clases dominantes, de
todas las épocas y en todos los pueblos, han cultivado el servilismo de
las masas mediante la educación, para asegurar mejor la perennidad de
su dominio; así adquiere el hombre servil una moral propia, según la
cual sus más íntimas tendencias y deseos son disimulados y sustituidos
por otros que son del amo o señor. "Serviles--dice Sergi--son todos
los que sirven y están dispuestos a servir a los poderosos: los que
se prestan voluntariamente, con la fuerza física o con otros medios,
a vencer o castigar a las personas consideradas como rebeldes o
contrarias a la voluntad de un dominador, aunque sea del momento; son
los que se oponen a toda manifestación de sentimientos independientes o
libres, ya sea por la palabra, ya por medio de escritos; también lo son
quienes quisieran que todas las personas adorasen a los gobernantes,
aprobaran siempre sus actos y se dejasen manejar como carneros, seres
inferiores entregados al capricho del amo". (_Le degenerazioni umane_).
En la genealogía de los simuladores serviles encontramos dos ramas
diferentes. Algunas veces trátase de individuos que, después de haber
sido espontáneos y sinceros en extremo, sucumben en la lucha por la
vida, viéndose obligados a amainar su penacho, a disimular su verdadero
carácter y simular el requerido para recuperar posiciones perdidas en
la lucha por la existencia; este simulador es, en realidad, un sincero
derrotado, que se resigna a fingir. Otras veces se trata de sujetos
débiles e inferiores, que tienen suficiente flexibilidad para seguir
sistemáticamente en la vida el camino de las menores resistencias;
viven sin personalidad propia, ocultando todo cuanto pudiera ser una
traba en su carrera y fingiendo todo lo que puede captar favores,
simpatías, benevolencias. Ese tipo psicológico es perjudicial a la
sociedad; además de ser conservador es reaccionario y se opone a todas
las iniciativas de los innovadores.
Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja. En la del primero
se fusionan el ambicioso, el cobarde y el prudente; en la del segundo
el apático, el tímido y el impotente.
Muchos espíritus hermosamente originales, rebosantes de jactanciosa
independencia, caen al fin en la simulación servil, adaptándose a las
imposiciones del ambiente social que ha neutralizado su personalidad
hasta confundirlos con la masa de los amorfos; otros, más hábiles en
su docilidad adaptativa, llegan hasta fingir el aplauso al enemigo de
ayer, resignándose a servir al que no pueden vencer. Y del segundo
tipo conocemos un colega, cuya evolución mental y social hemos seguido
paso a paso; la naturaleza fué avara con él de dones intelectuales,
pero pudo cursar su carrera constituyéndose en puntual discípulo
y servil admirador de todos los profesores. Jamás aparentó dudar
de sus palabras, ni atrevióse a faltar a sus lecciones, ni olvidó
clasificarlas de insuperables; con ese entrenamiento salvó examen tras
examen, sin perder un solo año. Y cada vez que aprobaba una materia,
frotábase las manos satisfecho, aconsejando a los reprobados: "con
fingir admiración a los profesores, no hay necesidad de leer un solo
libro".
Si persistiésemos en esbozar las principales figuras de simuladores
serviles encontrados en la vida, nos expondríamos a llenar infinitas
carillas que evocarían siluetas harto conocidas. Podríamos recorrer
la escala que va del cortesano--por temperamento o por hábito--hasta
el esbirro, dispuesto a perseguir mañana a sus amos de hoy; y también
encontraríamos a los "meneurs" y caudillos, siempre esclavos de las
muchedumbres que creen dirigir.
Sólo citaremos un caso curioso que, por muy conocido, no deja de ser
interesante. Dos españoles, pertenecientes a la Masonería, vivían de la
propaganda anticlerical, publicando pasquines y panfletos virulentos
contra el catolicismo. El negocio comenzó a declinar; entonces los
sujetos se presentaron a la iglesia del Salvador de Buenos Aires,
abjuraron de su fe masónica y entregaron sus invendibles ediciones
de panfletos anticlericales, con los que se hizo público auto de
la fe en la nave principal de dicha iglesia. En seguida hiciéronse
propagandistas de los Círculos de Obreros Católicos, redactando su
órgano oficial y dando a luz numerosos panfletos contra la Masonería.
Por supuesto, la conversión era simulada, como todos sus nuevos
escritos y discursos; ello no obstó para que durante mucho tiempo,
explotaran la interesada credulidad de los católicos mediante esa
grotesca simulación.
También podríamos citar muchos políticos, reputados por su elocuente
retórica electoral, cuya característica es defender siempre los
candidatos del partido que está en el gobierno; si llegan a turnarse
diversos partidos, ellos simulan en los diversos casos la misma
sinceridad y ardoroso entusiasmo, lo que les vale magníficos triunfos
en la lucha por la existencia.
Abreviaremos esta página poco simpática; la pluma no encuentra en ella
inspiraciones, ni el carácter ejemplos. Estos simuladores serviles
producen nefastos efectos sociales; quien quiera medir la perniciosa
acción de los que así sobreviven y triunfan en la concurrencia social,
lea las páginas brillantes que Sergi les dedica en el capítulo "Siervos
y Serviles" de sus estudios sobre las degeneraciones humanas.