"Es necesario resignarse a no conocerlo ni explicarlo todo, limitándose
a determinar lo que es posible conocer; es la única manera de saber
algo. Un análisis, una clasificación _psicológica_, he ahí lo que, por
ahora, consideramos posible. Sepamos contentarnos con eso, tanto más
que ello tiene su interés, su valor y su alcance. Lo mismo pensaron y
han intentado realizar los autores que más recientemente ocupáronse
de la cuestión del carácter. En el punto de vista psicológico se
han colocado todos, inclusive el mismo Fouillée". Estas palabras de
Malapert justifican la imposibilidad de ofrecer una clasificación
exacta de los simuladores característicos, según las causas
determinantes de su peculiar modalidad psicológica.
Los factores que se combinan para la determinación del carácter
son complejos; Levy ha particularizado sus investigaciones en la
dilucidación de este tópico. En general, encuéntranse dos tendencias;
la una atribuye mayor importancia a los factores congénitos, la otra
a los adquiridos; a la primera refiérense los autores que van desde
Schopenhauer hasta Sully y Ribot, mientras se plegan a la segunda desde
Rousseau y Mill hasta Payot y Sergi. A este último pertenece la teoría
de la "estratificación del carácter", que es, sin duda alguna, la mejor
y más sostenible de las expuestas por los partidarios de la influencia
del medio en la formación del carácter.
Indudablemente ambos factores tienen importancia: la herencia da
el impulso, la educación lo modifica. Existen caracteres de raza,
de nación y de sexo que nacen con el individuo e influyen sobre su
carácter, sin olvidar, también, la herencia psicológica de los
ascendientes inmediatos. El temperamento individual, expresión de
condiciones orgánicas determinadas, influye en la constitución del
carácter, como sostienen Fouillée y Manouvrier. Pero es innegable que
sobre ese fondo de predisposición congénita actúan nuevos factores
mesológicos, modificando la orientación del carácter e imprimiéndole
tendencias nuevas; negarlo equivaldría a desconocer toda influencia a
la educación y, en general, a la sugestión, que tiene tanta parte en la
psicología de todo miembro de un agregado social.
Existen, en suma, _dos grupos fundamentales_ de factores determinantes
en la psicología de los simuladores: los congénitos y los adquiridos.
Según predominen los unos o los otros, tendremos los _simuladores
natos_ y los _simuladores producidos por el medio_.
Los simuladores por predominio de tendencias congénitas se explican.
En general, encontramos en todo característico un hombre de carácter
o un anormal. Esto mismo se advierte en el simulador, combinado,
en una proporción que varía de lo mínimo a lo máximo, con factores
propios del ambiente. En favor de la existencia de este grupo abogan
dos argumentos definitivamente aceptados en ciencia. La doctrina
de la evolución ha establecido que los caracteres adquiridos por
los individuos de cualquier especie animal, pueden transmitirse a
sus descendientes si son ventajosos en la lucha. Y si, como venimos
demostrando, la simulación es un medio útil en la lucha, es lógico
admitir el carácter hereditario de la aptitud para la simulación. Los
caracteres psicológicos se heredan lo mismo que los morfológicos:
verdad indiscutida ya en psicología y cimentada por los excelentes
estudios de Ribot y otros.
El segundo grupo está determinado por la adaptación del individuo
a las influencias directas del medio en que vive. El ambiente, sin
duda, acentúa o determina aptitudes especiales en ciertos sujetos,
influencia facilitada por la predisposición mental de muchos de ellos,
cuya deficiente síntesis psicológica los predispone a exagerar una de
las facetas de su prisma en detrimento de las demás. Esa adaptación al
ambiente, determinada por las condiciones de éste, puede, como hemos
visto, transmitirse después por herencia.
Los individuos de los pueblos primitivos, cuya civilización es de
tipo violento, tienden menos a la simulación que los de pueblos cuya
civilización es de tipo fraudulento. En los primeros predominarán los
hombres como Alejandro o Nerón; en los segundos, Maquiavelo o Bismarck.
Pero después de distinguir esas dos grandes ramas, complícase toda
tentativa de clasificación; en general, las que se refieren a fenómenos
psicológicos o sociales no pueden tener la precisión realizable en
ciencias menos inexactas. Nos limitaremos, pues, a esbozar los tipos
especiales de simuladores que es posible distinguir y aislar, gracias a
su combinación con otros caracteres complementarios, reconociendo que
estos grupos podrán ser completados o corregidos cuando observaciones
mejores que las nuestras lo demuestren conveniente.
Concretando, puede afirmarse que los simuladores característicos llegan
a serlo bajo la influencia de tres órdenes de causas que provocan,
acentúan o extreman el pequeño coeficiente de simulación que todos
tenemos en nuestro carácter.
En primer lugar vemos algunos sujetos en quienes la simulación se
intensifica por efecto del medio social mismo, obedeciendo al
principio general que la determina: la utilidad en la lucha por la
vida; son los simuladores del tipo _mesológico_, cuyo carácter es
esencialmente utilitario. En otro grupo encontramos a los que simulan
por tendencia natural, fruto de misteriosa predisposición hereditaria;
los llamaremos simuladores _congénitos_. Por fin, en otros casos,
encontramos simuladores característicos cuyo carácter se organiza
sobre un terreno mórbido, constituyendo el grupo de los simuladores
_patológicos_.
Entre los primeros pueden distinguirse dos variedades principales: el
astuto y el servil; entre los segundos, el fisgón y el refractario;
entre los últimos, el psicópata y el sugestionado.
{ astutos
{ mesológicos {
{ { serviles
{
{ { fisgones
Simuladores { congénitos {
{ { refractarios
{
{ { psicópatas
{ patológicos {
{ sugestionados
[Ilustración]
Veamos las modalidades psicológicas de cada uno de estos complejos
caracteres, nacidos sobre el tronco común de los fraudulentos; los
pondremos en mayor relieve recordando casos típicos ilustrativos. Se
sobreentiende que los tipos esbozados serán característicos, es decir,
sujetos cuya tendencia a la simulación es acentuada. Además, los
caracteres humanos suelen ser _complejos_; veremos cuáles combinaciones
favorecen más la simulación.
Digamos dos palabras sobre los artistas dramáticos en sus relaciones
con el tema que estudiamos. Podría considerárseles como _simuladores
profesionales_, y, por ende, conferirles un sitio en el estudio de la
psicología de los simuladores. Pero en realidad, no hay simulación en
este caso; por un acuerdo previo entre el artista y su público, está
suprimido el objetivo de provocar una confusión entre el simulador y
el personaje cuyos caracteres el artista finge. Esta simulación es
convencional y sólo tiene finalidades estéticas, ajenas a todo engaño
utilitario. Esta forma profesional es educable; la carrera artística
es un perfeccionamiento educativo de la aptitud para simular. No
olvidemos, sin embargo, que en los artistas dramáticos es frecuente
la autosugestión del personaje; pero ésta es una deficiencia en arte
verdadero, pues el ideal del intérprete es conservar la autocrítica de
su rol, midiendo su palabra, su gesto y su emotividad. La autosugestión
facilita el desempeño de un papel y transmite más intensamente al
público la emoción del personaje interpretado; pero también expone a
yerros graves, por la pérdida del contralor propio en el momento en que
más se lo necesita.
Excluidos, pues, estos simuladores profesionales, entremos al análisis
de los grupos señalados.