Los medios que usan todos los hombres para luchar por la vida son
semejantes, variando su intensidad y la proporción de sus diversos
elementos. El hombre sin carácter se deja arrastrar por las
manifestaciones comunes de la actividad humana, sin tener un gesto o
una modalidad personal; el hombre de carácter, en cambio, desarrolla
aptitudes bien diferenciadas, procurando afirmar su personalidad en
la lucha, sin preocuparse de lo que su actividad representa para las
rutinas convencionales en su medio social.
Por eso, tener o no "carácter", es un coeficiente de afirmación del
individuo contra la colectividad que tiende a amalgamarlo en la masa.
En realidad, los hombres de carácter intenso y diferenciado son los
que más luchan por la vida; los demás lo hacen dentro de condiciones
tan uniformes, y con tan escasa energía, que su actividad resulta
imperceptible en el movimiento social; los indiferentes no luchan,
porque en rigor no viven.
Si, como venimos demostrando, la simulación sirve para adaptarse mejor
a las condiciones del medio, fingiendo cualidades cuya utilidad para
la lucha está probada y disimulando otras que son reconocidamente
perniciosas, debe confirmarse esta verdad en los hombres sin carácter
y en los hombres de carácter. En los primeros encontramos las _formas
sociales de la simulación_, es decir, las que son comunes a todos
los individuos que luchan por la vida dentro de un mismo ambiente
social; en los segundos percibimos las _variaciones individuales de la
simulación_, formas personales y bien diferenciadas, que decididamente
caracterizan al individuo.
En la masa de los hombres amorfos, la simulación suele ser un simple
reflejo de las simulaciones más difundidas, anastomosándose por una
parte con las mentiras convencionales, y por otra con la imitación en
todas sus formas, para cuyo estudio podrán consultarse las conocidas
obras de Nordau y Tarde. Obsérvese este hecho fundamental: _la
simulación es una mentira en acción_, al mismo tiempo que _sólo es una
imitación aparente_, según hemos explicado en el capítulo primero;
fácil será, pues, inducir la difusión combinada de estas tres formas
fraudulentas para la adaptación de la conducta al medio en que se actúa.
El "espíritu gregario", propio de todas las asociaciones de individuos,
impone a los hombres sin carácter cierta manera de ser, de pensar,
de sentir y de actuar, conforme a las condiciones comunes a todo el
agregado; el individuo, para no sucumbir en la lucha por la vida,
procura aproximarse lo más posible a esa común manera de ser,
adaptándose por todos los medios[4].
Por esos motivos, la simulación forma parte de todos los caracteres
humanos, entra como elemento psicológico en la constitución de
cualquier personalidad, normal o anormal. Estudiando las innumerables
formas colectivas e individuales de la simulación entre los hombres,
hemos podido comprobar que ningún individuo está eximido de simular en
la lucha por la vida; y para la muchedumbre de los sin carácter "saber
vivir" equivale a "saber simular". Los hombres, en general, adáptanse
tanto mejor a su ambiente cuanto más desarrollada tienen la aptitud
para simular.
Todo individuo de la especie humana es, en cierto modo y cantidad,
simulador; en determinadas circunstancias necesita serlo forzosamente.
En los amorfos la simulación no llega a ser intensa ni compleja, por
la sencilla razón de que nada lo es en ellos; cuando la afirmación de
la personalidad no lo exige, los medios de lucha no se desenvuelven
o lo hacen escasamente. Con una simulación débil coexisten otras
condiciones adaptativas, débiles también, que no imprimen carácter
determinado al individuo; el hombre larvadamente simulador puede
ser, a la vez, larvadamente modesto, hipócrita, generoso, embustero,
ambicioso, delincuente o servil. Esos elementos se combinan sin formar
un carácter, lo mismo que la sobreposición o combinación de todos
los colores determina su negación, según se demuestra en el conocido
aparato de física. Un hombre equilibrado, sin nada suficiente para
afirmar su individualidad, no tiene carácter; la simulación será en su
mente uno de los tantos resortes necesarios para adaptar la conducta a
la vida social.
Cuando la lucha es más intensa, todos los medios se intensifican: la
simulación entre otros. En este sentido general, los característicos
simulan más que los indiferentes, puesto que luchan por la vida con
más energía y tienen más ocasiones útiles para simular.
Lo mismo que los demás rasgos psicológicos especiales, la simulación
puede ser predominante o secundaria en la personalidad del hombre de
carácter.
En el primer caso tendremos un tipo psicológico caracterizado por
la simulación; en el segundo un tipo mixto, sobre cuya conducta la
simulación ejerce influencia subalterna.
La aptitud o la tendencia a simular llega a su acmé en determinados
individuos, en quienes la simulación alcanza la misma intensidad que
el individualismo en el Stockmann ibseniano, y el valor en el Moreira
criollo. Esos constituyen el tipo psicológico especial, cuyas diversas
manifestaciones analizaremos: el "simulador característico".
Cada uno de estos caracteres especiales desempeña en el conjunto
social una función útil, equilibrando la acción de su antagonista. El
simulador tiene su antítesis en el ingenuo,--pariente del "Cándido",
de Voltaire--que representa el otro extremo de la inadaptación a las
condiciones de la lucha por la vida; Bianchi ha definido ese tipo
como característico del _sincerismo_, y Mantegazza lo estudia bajo la
clasificación de "ingenuo". Ambos pueden perjudicarse por su propia
exageración, pero del contraste entre las dos funciones nace el justo
medio útil, enseñando al amorfo a no simular menos de lo que necesita y
a no ser más sincero de lo que conviene.