¿Cuáles son los elementos constitutivos del carácter humano? ¿Se
equivalen por su importancia, por la orientación que cada uno imprime
al conjunto de la personalidad, a la conducta?
Antes de exponer nuestro criterio sobre este punto, creemos útil
examinar el que no adoptaremos. Imposible sería el análisis crítico de
los autores que estudiaron el problema de la constitución del carácter
humano; reduciremos nuestro comentario a los autores modernos, más o
menos científicos, previa una cita de Platón, recordada por Fouillée:
"Cada uno de nosotros está compuesto de una hidra, de un león y de un
hombre: la hidra de cien cabezas, es la pasión; el león es la voluntad;
el hombre es la inteligencia. Se puede agregar que nuestra modalidad
moral cambia cada vez que uno cualquiera de esos tres elementos
adquiere un predominio sensible".
Esta imagen contiene ya, en su expresión puramente literaria, la
antigua concepción psicológica fundada en las tres "facultades", con el
mismo sello intelectualista que la caracterizó durante siglos en esta
fórmula: "El hombre es la inteligencia".
El estudio de los fenómenos psicológicos ha entrado ya a otra nueva
concepción, que mira la _estesia_ y la _kinesia_ como formas evolutivas
superiores de las funciones biológicas fundamentales: la sensibilidad
y el movimiento; concepto cuya síntesis clarísima ha dado Sergi en
algunos de sus libros recientes. ("_La Psiche nei fenomeni della
vita_", y "_L'origine dei fenomeni psichici_"). Sobre bases análogas ha
fundado Ribot su teoría y clasificación de los caracteres humanos.
Las condiciones necesarias y suficientes para constituir un carácter,
dice Ribot, son dos: la unidad y la estabilidad. La unidad consiste
en una manera de actuar y reaccionar siempre homogénea y constante;
la estabilidad es la unidad continuada en el tiempo. Esas premisas
le llevan a excluir de los caracteres a la masa de los amorfos y los
instables. Sobre esa base, agrega: "La vida psíquica, considerada en
su más lata generalidad, puede reducirse a dos grandes manifestaciones
fundamentales; sentir y actuar; tenemos, pues, dos grandes divisiones:
los sensitivos y los activos".
Ribot no dice que "sentir y obrar" sean dos funciones, sino el doble
aspecto de la sensibilidad, que es impresionabilidad, susceptibilidad
y excitabilidad del sistema nervioso, a la vez que impulso, tendencia,
deseo. La sensibilidad es al mismo tiempo aptitud para el placer y el
dolor, y aptitud para desear. Todo ello es movido por la sensibilidad,
que en su fase más evolucionada es sentimiento y constituye toda la
vida afectiva.
La inteligencia, por su parte, queda relegada a un rol secundario, como
fenómeno intermediario entre los sentimientos y la voluntad; "sólo los
estados afectivos son primordiales en la constitución del carácter.
Forman la capa profunda, de primera aparición; las disposiciones
intelectuales forman una segunda capa superpuesta. Lo fundamental en
el carácter son los instintos, las tendencias, los impulsos, deseos,
sentimientos: todo eso y nada más que eso. Es un hecho de observación
tan simple y tan evidente, que no sería menester insistir sobre él si
la mayor parte de los psicólogos no hubieran embrollado esta cuestión
por sus inveterados prejuicios intelectualistas, es decir, esforzándose
por referir todo a la inteligencia, explicar todo por ella, y
plantearla como el tipo irreductible de la vida mental".
Esta opinión de Ribot, de cepa genuinamente spenceriana, es excesiva.
Indudablemente, los sentimientos son el mayor de los móviles, pero no
son todo; si los estados representativos no tuviesen en la vida función
alguna, no formarían parte de la vida psíquica. A lo sumo, la cuestión
podría reducirse a determinar si la inteligencia es función primitiva,
o si es secundaria al sentimiento; pero no a discutir su participación
en la actividad psíquica sintética.
Fouillée ha combatido la teoría de Ribot, procurando devolver su
prestigio a la tripartición funcional de la actividad psíquica.
¿La inteligencia es, como pretende Ribot, una facultad adventicia
y sobreagregada? Contesta Fouillée con pruebas de dos clases:
fisiológicas las unas, psicológicas las otras.
Si se tratara simplemente de señalar las condiciones básicas del
"temperamento", Fouillée iría hasta admitir la suficiencia de las
dos funciones fundamentales, correspondientes a la sensación y el
movimiento; pero el "carácter" es algo más que el temperamento, por
la intervención misma de la inteligencia, que le agrega modalidades
que le son peculiares. Y volviendo sobre la vieja imagen de Platón,
concluye su capítulo sobre clasificación de los caracteres: "Puesto
que hemos restablecido la presencia de la inteligencia entre los
elementos primordiales de la evolución mental, llegamos lógicamente a
distinguir tres grandes tipos y géneros de caracteres: el sensitivo, el
intelectual, el volitivo."
Sin negar la participación de los tres elementos en la formación del
carácter, Morselli asigna papel preponderante al sentimiento, y Sergi,
aunque admitiendo la preponderancia de la vida afectiva, reconoce
esenciales la inteligencia y la voluntad para la determinación del
carácter.
En suma, aun admitiendo el primado del sentimiento, se reconoce
generalmente que los tres factores intervienen. El mismo Ribot no
hace sino cuestión de _primordialidad_; en rigor él no niega a la
inteligencia toda acción sobre la exteriorización de la conducta, sino
que la declara consecutiva al sentimiento, lo mismo que la voluntad.
Pero esto no hace al caso; la conclusión es que los tres modos de
funcionamiento juegan un papel, sea cual fuere el factor primordial o
los secundarios.
Esta concepción, fundada en la tripartición funcional, es compartida
por la mayoría de los autores modernos, comenzando por Bain. Este
autor ("_On the Study of Character_"), guiándose por un criterio
estrictamente psicológico, fundó su teoría sobre la distinción de
los fenómenos psíquicos en emoción, volición e inteligencia, lo que
le lleva a constituir tres tipos fundamentales de carácter: los
intelectuales, los emocionales y los volitivos. El mismo punto de vista
encontramos en Hoffding; las diferencias individuales serían producidas
por la diferente proporción en que se combinan los elementos psíquicos:
una primera diferencia característica resultará del predominio que
tengan en el individuo los elementos intelectuales, afectivos o
volitivos ("_Esquisse d'une Psychologie_").
Otras clasificaciones recientes pueden referirse al mismo tipo de las
de Fouillée, Bain y Hoffding: la de Queyrat, la de Levy, etc.
Malapert, en su reciente monografía, trata de agregar un nuevo elemento
a los tres clásicos, estableciendo una diferencia entre la _actividad_
y la _voluntad_. "En resumen, dice, creemos que entre los elementos
constitutivos del carácter, entre las funciones psíquicas esenciales,
cuya particular naturaleza y modo de combinación constituyen la
fisonomía moral de cada individuo, debe contarse, además de la
sensibilidad y de la inteligencia, la actividad propiamente dicha por
una parte, y por otra parte la voluntad. A la trilogía clásica nos
parece más exacto sustituir esta tetralogía".
Pero no observa que la actividad es la resultante de toda la
personalidad psíquica, la conducta, mientras que la voluntad es uno de
los modos parciales de su funcionamiento, como lo son la inteligencia y
el sentimiento. Su distinción equivaldría a diferenciar el sentimiento,
que es un modo psíquico funcional, de la sensación, que es su proceso
inicial.
Sin embargo, Malapert encuadra su clasificación dentro de estas
mismas líneas generales. Llega a una clasificación en que figuran, en
diversos grupos, los afectivos, los intelectuales, los activos y los
voluntarios, complementándose con dos grupos de templados y apáticos.
Con otros criterios han intentado clasificar los caracteres Azam, Pérez
y Paulhan. El primero de ellos, aunque reconoce que en la constitución
del carácter entran como elementos constitutivos la voluntad,
la sensibilidad y la inteligencia, incurre en una clasificación
empírica, que no es del caso discutir, y que se funda sobre una
primera tripartición en estas tres categorías: caracteres buenos,
caracteres malos y caracteres indefinidos (buenos o malos, según las
circunstancias); esta primera división se subdivide en no menos de
cien caracteres secundarios ("_Le caractère dans la santé et dans la
maladie_").
Partiendo de la manera de actuar, es decir, de la actividad, de la
conducta, Bernard Pérez ha dividido los caracteres en seis grandes
tipos: vivaces, vivaces-ardientes, ardientes, lentos, lentos-ardientes,
equilibrados ("_Le caractère de l'enfant á l'homme_"). En rigor ésta no
es una clasificación psicológica y su análisis no nos corresponde en
este sitio.
Para completar esta crítica de las clasificaciones de los caracteres,
recordemos la propuesta por Paulhan. Fundándose en su teoría general
del funcionamiento mental ("_L'activité mentale et les éléments de
l'esprit_", _Introducción_) que hace presidir toda la vida psíquica
por la _ley de asociación sistemática_, establece cuatro tipos
mentales diferentes, divididos en dos clases: "1.º. Cualidades que se
refieren a la manera de ser de las tendencias, al carácter general
de sus relaciones en un mismo individuo: la coherencia, la lógica,
el contraste, la vivacidad, la tenacidad, etc.; 2.º. Cualidades que
están constituidas por las tendencias mismas: tendencias orgánicas
como la glotonería, sensuales como la gula, intelectuales, etc. La
primera clase comprende las formas de la actividad mental, la segunda
los elementos concretos que dirigen esa actividad." Toda la cuestión,
para Paulhan, sería ésta: a tal manera de asociación sistemática y de
organización de las tendencias, tal carácter. Pero le han observado
Fouillée y Malapert que el modo de organización de las tendencias es
una resultante de su naturaleza misma, pues la tendencia produce la
sistematización; las leyes de asociación son efectos, expresan el modo
según el cual actúan y reaccionan las tendencias. Paulhan ha señalado
claramente las diferencias entre su sistema y la clásica doctrina
inglesa del asociacionismo; pues mientras ésta es una relación de
mecanismo, la de Paulhan pretende ser una relación de finalidad; el
asociacionismo inglés expresa la ligazón, conexión y atracción de las
ideas, mientras que para Paulhan, la asociación de las ideas depende
del objetivo común a que ellas concurren.
De todas maneras, si su clasificación de los caracteres no confirma la
tripartita, tampoco se opone a ella, pues obedece a un criterio muy
especial.
De este análisis inducimos que en la determinación del carácter
influye el predominio de una función sobre las demás, la desproporción
entre las funciones. Pero es necesario, sin embargo, fijar cómo debe
entenderse ese predominio y cómo conviene determinar la función
dominante en un carácter. Esa dominante no debe ser el resultado de
una comparación entre diversos individuos, sino el resultado de una
comparación entre las diversas funciones mentales del mismo individuo;
además, esa comparación no debe ser propiamente cuantitativa. Fouillée,
en su clasificación, hace cuestión de individuos que tienen _más_
inteligencia; pero en este orden de fenómenos poco significan los
términos "más" y "menos". Por eso Malapert aconseja fijarse en la
calidad y no en la cantidad; con eso quiere decir que "en un individuo
dado, la _cualidad_ especial, la modalidad, la expresión característica
de una de las funciones psíquicas (_sea_ cual fuere su grado de
desarrollo, su _cantidad_) implica tal o cual modalidad, forma o
cualidad de las otras (sea cual fuere, también, su desarrollo). Se
trata aquí de _influencia_ (de cualquier manera que se la explique) más
bien que de superioridad cuantitativa. Un individuo muy inteligente
tendrá una inteligencia especial si su inteligencia está dirigida y
dominada por su sensibilidad; el carácter será la sensibilidad: es
un sensitivo. Un individuo muy inteligente tendrá una inteligencia
particular si ella está dirigida por la necesidad de acción: es
un activo". Es necesario, pues, tener en cuenta las modalidades
individuales con que aparecen y se combinan las diversas formas de la
vida mental en los individuos, y no determinar el carácter mediante
relaciones abstractas o heterogéneas.
En suma: en la composición del carácter individual, considerado como
el instrumento psicológico de la conducta, intervienen los diversos
elementos de la actividad mental; el predominio de alguno sobre
los demás, produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos,
intelectuales y volitivos.
III.--LOS "HOMBRES DE CARÁCTER" Y LOS "HOMBRES SIN CARÁCTER"
EN LA LUCHA POR LA VIDA
Nos hemos detenido en el precedente análisis para decir con más firmeza
que esas clasificaciones de los elementos del carácter no pueden servir
como base para el estudio clínico de los caracteres humanos. En la
realidad, los hechos revisten otro aspecto: una o varias cualidades
especiales predominan sobre las demás, caracterizando la personalidad.
Un intelectual, un sensitivo, un activo, son la materia prima del
hombre de carácter; pero esa materia se elabora y modela según la
cualidad predominante en la conducta; el activo podrá ser ambicioso,
avaro, cobarde, temerario o simulador. Lo mismo ocurrirá con el
intelectual y con el sensitivo.
Pero sea cual fuere el tipo psicológico de cada individuo, no es
igualmente intensa la conducta de todos en la lucha por la vida; además
de las diferencias cualitativas tenemos las diferencias intensivas.
Conviene fijar con precisión este problema, esencial para el asunto que
estudiamos.
La lucha, en la vida social, desenvuélvese en condiciones sociológicas
que la diferencian de la lucha por la vida puramente biológica.
Es natural, pues, que para entrar al estudio psicológico de los
simuladores atribuyamos mayor importancia a las diferenciaciones
subordinadas a la adaptación social de la conducta.
No basta el simple criterio de la fisiopatología o de la degeneración,
que nos llevaría a escindir la humanidad en dos grandes grupos de
normales y degenerados, por otra parte difíciles de precisar; ni
satisface la división, que hace brillantemente Ferri, en hombres
normales y anormales, subdividiendo estos últimos en evolutivos y
regresivos (_Studi sulla Criminalità ed altri saggi_). En cambio,
encontramos satisfactoria--y para nuestro objeto suficiente--la teoría,
más sociológica que biológica, de Silvio Venturi (_Le mostruosità
dello spirito_); para éste, los hombres, según su actuación en el
grupo social en que viven, deben dividirse en "característicos" e
"indiferentes". Este concepto concuerda, en general, con algunas ideas
sostenidas por Ribot.
Veamos, brevemente, las ideas cardinales de esa teoría, que es una útil
metodización preliminar para el estudio de los caracteres humanos. En
seguida podremos comprender mejor la mentalidad de los simuladores.
Es de vieja y común observación que en la sociedad existen dos clases
fundamentales de individuos. Consiguen los unos afirmar su propia
personalidad en la lucha por la vida, haciéndola tangible para cuantos
les rodean; los otros no salen del casillero de la vulgaridad. Vivir es
expandir la propia personalidad, aumentando nuestras anastomosis con el
ambiente e intensificando la acción que sobre él ejercemos; los que no
consiguen hacerlo pertenecen al género que llamaríamos de los "hombres
que no existen".
Estudiando los caracteres humanos, Ribot los excluye por considerarlos
faltos de carácter, haciendo lo mismo con los "instables"; Venturi,
recientemente, analizó ese mismo concepto en su interesante libro,
esbozando además una clasificación teórica de los característicos,
que señalaremos oportunamente, pues se armoniza con los criterios que
serán nuestro punto de partida para estudiar la psicología de los
simuladores.
Los "hombres sin carácter" son la masa anodina, el número abstracto,
los individuos para quienes, como diría Dante, es noche mucho antes
de la oración. Ribot los llama "amorfos" y Nordau los señala antes
de estudiar la "_Psicología del genio y del talento_", coincidiendo
con Venturi en asignar a los "filisteos" un rol de lastre en la vida
social. Ribery (_Essai de classification naturelle des caractères_),
criticando a Ribot, encuentra demasiado impreciso el tipo del amorfo.
Mantegazza (_I caratteri Umani_) diríalos "sin carácter", poniendo en
el fondo de su psicología una gran debilidad moral que los hace ceder a
la más leve presión y sufrir todas las influencias. En la clasificación
de Pérez figurarían entre los "lentos"; como "apáticos" en la de
Malapert y junto a los "templados" en la de Paulhan.
"Hombres de carácter" son los que poseen fisonomía propia, presentando
cualidades diversificadas, tendencias originales, capacidad fecunda
para iniciativas distintas de las habituales. Son los actores en el
drama humano, en la evolución social. Entre ellos se reclutan los
que Taine--antes que Tarde, Sighele y Le Bon--llamó "meneurs" (_Les
origines, etc._, parte III), y, recientemente, D'Annunzio "evocadores",
"animadores". Ellos son los _activos_, en una palabra, pero no en el
sentido estrecho que da Ribot a esa designación (persona que tiene por
rasgo dominante la tendencia natural, siempre renaciente, a la acción),
sino en el sentido amplio que le atribuye P. Rossi: persona que posee
una o todas las aptitudes psíquicas apropiadas para vencer la presión
de la multitud (_I suggestionatori e la folla_).
El concepto de "hombre de carácter" expresa la intensificación de una
modalidad que puede ser común. En último análisis no existe un solo
individuo, por muy amorfo que sea, que no tenga algunos caracteres
propios y personales, que no ejerza su acción--tan infinitesimal como
se quiera--sobre el medio en que vive; todos, desde el más grande hasta
el más pequeño, nacen o se moldean con más o menos rasgos personales,
contribuyendo, necesariamente, según su poca o mucha capacidad, a la
vida del agregado social. Lo "indiferente" y lo "característico", sólo
aparecen claros cuando se juzga al individuo por su función. Enfocando
de esta manera la psicología de los hombres--como hiciera Voltaire en
"Micromegas",--vemos que la inmensa mayoría desaparece, confundida
en una amalgama de uniforme pasividad: multitud de unidades que,
aisladamente, no tienen importancia alguna.
Bien observa Ribot que la dinámica social es el producto de la acción
de tendencias contrarias; cada tendencia tiene su antagonista que la
equilibra y enfrena, en sentido saludable para el conjunto. Edward
Carpenter, en su ingeniosa "Defensa de los criminales", intentó poner
de relieve la utilidad que reportan a la sociedad ciertas formas de
delincuencia, ideas que ha enunciado, en parte, el mismo Lombroso, en
una breve monografía llena de ideas susceptibles de fecundo desarrollo
(_La funzione sociale del delitto_).
Los exagerados son necesarios para el desarrollo social de una función
o modalidad del espíritu. El doctor Stockmann, que nos pinta Ibsen en
"Un enemigo del Pueblo", es el tipo característico del individualismo;
pero esta cualidad sería socialmente nociva si implicara considerar,
como él hace, que la asociación en la lucha por la vida es perjudicial
y que el hombre más fuerte es el que está más solo. El Juan Moreira de
la tradición gauchesca, que encarna en los folletines de Gutiérrez
tantas reminiscencias atávicas desvanecidas hoy al calor de la
civilización, es el característico del valor personal; pero a nadie
escaparán los peligros sociales que tendría la existencia del valor
si todo valiente exaltara su cualidad hasta límites semejantes. Sin
embargo, esos tipos son términos de comparación necesarios para que
miles de conciencias amorfas cultiven su individualidad y procuren no
ser cobardes.
Los característicos se forman por la misma acción de la vida social,
respondiendo a la necesidad de la división del trabajo. Esta necesidad,
tanto mayor cuanto más complejo es el organismo colectivo, guarda
relación directa con el grado de evolución de las sociedades humanas,
como lo demuestra Durkheim al estudiar la "_División del trabajo
social_".
En la formación de los "hombres de carácter" intervienen factores
externos e internos, sociales y biológicos. Cada uno de ellos puede ser
engendrado por las condiciones de lucha del medio social. En realidad,
todos los hombres, en la lucha por la vida, son gladiadores que pelean
o actores que recitan: ninguno prescinde de su público cuando actúa;
quien prescindiera en absoluto del medio sería un "característico" de
la despreocupación.
También puede influir la herencia de elementos característicos,
repetidos y consolidados a través de las generaciones precedentes.
Otras veces la anomalía mental parece intervenir tanto como el medio
social. Pero no la anomalía mental considerada con el criterio
estrecho de la clínica, que se limita a amoldar a su docena de
marcos cómodos--que llama "formas clínicas",--los fenómenos más
llamativos de la patología mental; la anomalía debe ser entendida en
un sentido vasto--tal como Ferri la esboza en su estudio sobre los
anormales,--abarcando todas las divergencias de la psiquis media:
desde esas escabrosidades que estudió Cullere en "Les frontières de la
Folie", hasta las formas trágicas del derrumbe mental.
Partiendo de esas premisas, indispensables para el mejor desarrollo de
este capítulo, analizaremos las dos cuestiones que directamente atañen
a nuestro asunto:
1.º. Proporciones en que la simulación se manifiesta en el carácter de
todos los individuos.
2.º. Predominio especial de la simulación en el carácter de ciertos
individuos: los simuladores característicos.