II.--LOS ELEMENTOS DEL CARÁCTER Y SU COMBINACIÓN EN LA PERSONALIDAD

¿Cuáles son los elementos constitutivos del carácter humano? ¿Se

equivalen por su importancia, por la orientación que cada uno imprime

al conjunto de la personalidad, a la conducta?

Antes de exponer nuestro criterio sobre este punto, creemos útil

examinar el que no adoptaremos. Imposible sería el análisis crítico de

los autores que estudiaron el problema de la constitución del carácter

humano; reduciremos nuestro comentario a los autores modernos, más o

menos científicos, previa una cita de Platón, recordada por Fouillée:

"Cada uno de nosotros está compuesto de una hidra, de un león y de un

hombre: la hidra de cien cabezas, es la pasión; el león es la voluntad;

el hombre es la inteligencia. Se puede agregar que nuestra modalidad

moral cambia cada vez que uno cualquiera de esos tres elementos

adquiere un predominio sensible".

Esta imagen contiene ya, en su expresión puramente literaria, la

antigua concepción psicológica fundada en las tres "facultades", con el

mismo sello intelectualista que la caracterizó durante siglos en esta

fórmula: "El hombre es la inteligencia".

El estudio de los fenómenos psicológicos ha entrado ya a otra nueva

concepción, que mira la _estesia_ y la _kinesia_ como formas evolutivas

superiores de las funciones biológicas fundamentales: la sensibilidad

y el movimiento; concepto cuya síntesis clarísima ha dado Sergi en

algunos de sus libros recientes. ("_La Psiche nei fenomeni della

vita_", y "_L'origine dei fenomeni psichici_"). Sobre bases análogas ha

fundado Ribot su teoría y clasificación de los caracteres humanos.

Las condiciones necesarias y suficientes para constituir un carácter,

dice Ribot, son dos: la unidad y la estabilidad. La unidad consiste

en una manera de actuar y reaccionar siempre homogénea y constante;

la estabilidad es la unidad continuada en el tiempo. Esas premisas

le llevan a excluir de los caracteres a la masa de los amorfos y los

instables. Sobre esa base, agrega: "La vida psíquica, considerada en

su más lata generalidad, puede reducirse a dos grandes manifestaciones

fundamentales; sentir y actuar; tenemos, pues, dos grandes divisiones:

los sensitivos y los activos".

Ribot no dice que "sentir y obrar" sean dos funciones, sino el doble

aspecto de la sensibilidad, que es impresionabilidad, susceptibilidad

y excitabilidad del sistema nervioso, a la vez que impulso, tendencia,

deseo. La sensibilidad es al mismo tiempo aptitud para el placer y el

dolor, y aptitud para desear. Todo ello es movido por la sensibilidad,

que en su fase más evolucionada es sentimiento y constituye toda la

vida afectiva.

La inteligencia, por su parte, queda relegada a un rol secundario, como

fenómeno intermediario entre los sentimientos y la voluntad; "sólo los

estados afectivos son primordiales en la constitución del carácter.

Forman la capa profunda, de primera aparición; las disposiciones

intelectuales forman una segunda capa superpuesta. Lo fundamental en

el carácter son los instintos, las tendencias, los impulsos, deseos,

sentimientos: todo eso y nada más que eso. Es un hecho de observación

tan simple y tan evidente, que no sería menester insistir sobre él si

la mayor parte de los psicólogos no hubieran embrollado esta cuestión

por sus inveterados prejuicios intelectualistas, es decir, esforzándose

por referir todo a la inteligencia, explicar todo por ella, y

plantearla como el tipo irreductible de la vida mental".

Esta opinión de Ribot, de cepa genuinamente spenceriana, es excesiva.

Indudablemente, los sentimientos son el mayor de los móviles, pero no

son todo; si los estados representativos no tuviesen en la vida función

alguna, no formarían parte de la vida psíquica. A lo sumo, la cuestión

podría reducirse a determinar si la inteligencia es función primitiva,

o si es secundaria al sentimiento; pero no a discutir su participación

en la actividad psíquica sintética.

Fouillée ha combatido la teoría de Ribot, procurando devolver su

prestigio a la tripartición funcional de la actividad psíquica.

¿La inteligencia es, como pretende Ribot, una facultad adventicia

y sobreagregada? Contesta Fouillée con pruebas de dos clases:

fisiológicas las unas, psicológicas las otras.

Si se tratara simplemente de señalar las condiciones básicas del

"temperamento", Fouillée iría hasta admitir la suficiencia de las

dos funciones fundamentales, correspondientes a la sensación y el

movimiento; pero el "carácter" es algo más que el temperamento, por

la intervención misma de la inteligencia, que le agrega modalidades

que le son peculiares. Y volviendo sobre la vieja imagen de Platón,

concluye su capítulo sobre clasificación de los caracteres: "Puesto

que hemos restablecido la presencia de la inteligencia entre los

elementos primordiales de la evolución mental, llegamos lógicamente a

distinguir tres grandes tipos y géneros de caracteres: el sensitivo, el

intelectual, el volitivo."

Sin negar la participación de los tres elementos en la formación del

carácter, Morselli asigna papel preponderante al sentimiento, y Sergi,

aunque admitiendo la preponderancia de la vida afectiva, reconoce

esenciales la inteligencia y la voluntad para la determinación del

carácter.

En suma, aun admitiendo el primado del sentimiento, se reconoce

generalmente que los tres factores intervienen. El mismo Ribot no

hace sino cuestión de _primordialidad_; en rigor él no niega a la

inteligencia toda acción sobre la exteriorización de la conducta, sino

que la declara consecutiva al sentimiento, lo mismo que la voluntad.

Pero esto no hace al caso; la conclusión es que los tres modos de

funcionamiento juegan un papel, sea cual fuere el factor primordial o

los secundarios.

Esta concepción, fundada en la tripartición funcional, es compartida

por la mayoría de los autores modernos, comenzando por Bain. Este

autor ("_On the Study of Character_"), guiándose por un criterio

estrictamente psicológico, fundó su teoría sobre la distinción de

los fenómenos psíquicos en emoción, volición e inteligencia, lo que

le lleva a constituir tres tipos fundamentales de carácter: los

intelectuales, los emocionales y los volitivos. El mismo punto de vista

encontramos en Hoffding; las diferencias individuales serían producidas

por la diferente proporción en que se combinan los elementos psíquicos:

una primera diferencia característica resultará del predominio que

tengan en el individuo los elementos intelectuales, afectivos o

volitivos ("_Esquisse d'une Psychologie_").

Otras clasificaciones recientes pueden referirse al mismo tipo de las

de Fouillée, Bain y Hoffding: la de Queyrat, la de Levy, etc.

Malapert, en su reciente monografía, trata de agregar un nuevo elemento

a los tres clásicos, estableciendo una diferencia entre la _actividad_

y la _voluntad_. "En resumen, dice, creemos que entre los elementos

constitutivos del carácter, entre las funciones psíquicas esenciales,

cuya particular naturaleza y modo de combinación constituyen la

fisonomía moral de cada individuo, debe contarse, además de la

sensibilidad y de la inteligencia, la actividad propiamente dicha por

una parte, y por otra parte la voluntad. A la trilogía clásica nos

parece más exacto sustituir esta tetralogía".

Pero no observa que la actividad es la resultante de toda la

personalidad psíquica, la conducta, mientras que la voluntad es uno de

los modos parciales de su funcionamiento, como lo son la inteligencia y

el sentimiento. Su distinción equivaldría a diferenciar el sentimiento,

que es un modo psíquico funcional, de la sensación, que es su proceso

inicial.

Sin embargo, Malapert encuadra su clasificación dentro de estas

mismas líneas generales. Llega a una clasificación en que figuran, en

diversos grupos, los afectivos, los intelectuales, los activos y los

voluntarios, complementándose con dos grupos de templados y apáticos.

Con otros criterios han intentado clasificar los caracteres Azam, Pérez

y Paulhan. El primero de ellos, aunque reconoce que en la constitución

del carácter entran como elementos constitutivos la voluntad,

la sensibilidad y la inteligencia, incurre en una clasificación

empírica, que no es del caso discutir, y que se funda sobre una

primera tripartición en estas tres categorías: caracteres buenos,

caracteres malos y caracteres indefinidos (buenos o malos, según las

circunstancias); esta primera división se subdivide en no menos de

cien caracteres secundarios ("_Le caractère dans la santé et dans la

maladie_").

Partiendo de la manera de actuar, es decir, de la actividad, de la

conducta, Bernard Pérez ha dividido los caracteres en seis grandes

tipos: vivaces, vivaces-ardientes, ardientes, lentos, lentos-ardientes,

equilibrados ("_Le caractère de l'enfant á l'homme_"). En rigor ésta no

es una clasificación psicológica y su análisis no nos corresponde en

este sitio.

Para completar esta crítica de las clasificaciones de los caracteres,

recordemos la propuesta por Paulhan. Fundándose en su teoría general

del funcionamiento mental ("_L'activité mentale et les éléments de

l'esprit_", _Introducción_) que hace presidir toda la vida psíquica

por la _ley de asociación sistemática_, establece cuatro tipos

mentales diferentes, divididos en dos clases: "1.º. Cualidades que se

refieren a la manera de ser de las tendencias, al carácter general

de sus relaciones en un mismo individuo: la coherencia, la lógica,

el contraste, la vivacidad, la tenacidad, etc.; 2.º. Cualidades que

están constituidas por las tendencias mismas: tendencias orgánicas

como la glotonería, sensuales como la gula, intelectuales, etc. La

primera clase comprende las formas de la actividad mental, la segunda

los elementos concretos que dirigen esa actividad." Toda la cuestión,

para Paulhan, sería ésta: a tal manera de asociación sistemática y de

organización de las tendencias, tal carácter. Pero le han observado

Fouillée y Malapert que el modo de organización de las tendencias es

una resultante de su naturaleza misma, pues la tendencia produce la

sistematización; las leyes de asociación son efectos, expresan el modo

según el cual actúan y reaccionan las tendencias. Paulhan ha señalado

claramente las diferencias entre su sistema y la clásica doctrina

inglesa del asociacionismo; pues mientras ésta es una relación de

mecanismo, la de Paulhan pretende ser una relación de finalidad; el

asociacionismo inglés expresa la ligazón, conexión y atracción de las

ideas, mientras que para Paulhan, la asociación de las ideas depende

del objetivo común a que ellas concurren.

De todas maneras, si su clasificación de los caracteres no confirma la

tripartita, tampoco se opone a ella, pues obedece a un criterio muy

especial.

De este análisis inducimos que en la determinación del carácter

influye el predominio de una función sobre las demás, la desproporción

entre las funciones. Pero es necesario, sin embargo, fijar cómo debe

entenderse ese predominio y cómo conviene determinar la función

dominante en un carácter. Esa dominante no debe ser el resultado de

una comparación entre diversos individuos, sino el resultado de una

comparación entre las diversas funciones mentales del mismo individuo;

además, esa comparación no debe ser propiamente cuantitativa. Fouillée,

en su clasificación, hace cuestión de individuos que tienen _más_

inteligencia; pero en este orden de fenómenos poco significan los

términos "más" y "menos". Por eso Malapert aconseja fijarse en la

calidad y no en la cantidad; con eso quiere decir que "en un individuo

dado, la _cualidad_ especial, la modalidad, la expresión característica

de una de las funciones psíquicas (_sea_ cual fuere su grado de

desarrollo, su _cantidad_) implica tal o cual modalidad, forma o

cualidad de las otras (sea cual fuere, también, su desarrollo). Se

trata aquí de _influencia_ (de cualquier manera que se la explique) más

bien que de superioridad cuantitativa. Un individuo muy inteligente

tendrá una inteligencia especial si su inteligencia está dirigida y

dominada por su sensibilidad; el carácter será la sensibilidad: es

un sensitivo. Un individuo muy inteligente tendrá una inteligencia

particular si ella está dirigida por la necesidad de acción: es

un activo". Es necesario, pues, tener en cuenta las modalidades

individuales con que aparecen y se combinan las diversas formas de la

vida mental en los individuos, y no determinar el carácter mediante

relaciones abstractas o heterogéneas.

En suma: en la composición del carácter individual, considerado como

el instrumento psicológico de la conducta, intervienen los diversos

elementos de la actividad mental; el predominio de alguno sobre

los demás, produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos,

intelectuales y volitivos.

III.--LOS "HOMBRES DE CARÁCTER" Y LOS "HOMBRES SIN CARÁCTER"

EN LA LUCHA POR LA VIDA

Nos hemos detenido en el precedente análisis para decir con más firmeza

que esas clasificaciones de los elementos del carácter no pueden servir

como base para el estudio clínico de los caracteres humanos. En la

realidad, los hechos revisten otro aspecto: una o varias cualidades

especiales predominan sobre las demás, caracterizando la personalidad.

Un intelectual, un sensitivo, un activo, son la materia prima del

hombre de carácter; pero esa materia se elabora y modela según la

cualidad predominante en la conducta; el activo podrá ser ambicioso,

avaro, cobarde, temerario o simulador. Lo mismo ocurrirá con el

intelectual y con el sensitivo.

Pero sea cual fuere el tipo psicológico de cada individuo, no es

igualmente intensa la conducta de todos en la lucha por la vida; además

de las diferencias cualitativas tenemos las diferencias intensivas.

Conviene fijar con precisión este problema, esencial para el asunto que

estudiamos.

La lucha, en la vida social, desenvuélvese en condiciones sociológicas

que la diferencian de la lucha por la vida puramente biológica.

Es natural, pues, que para entrar al estudio psicológico de los

simuladores atribuyamos mayor importancia a las diferenciaciones

subordinadas a la adaptación social de la conducta.

No basta el simple criterio de la fisiopatología o de la degeneración,

que nos llevaría a escindir la humanidad en dos grandes grupos de

normales y degenerados, por otra parte difíciles de precisar; ni

satisface la división, que hace brillantemente Ferri, en hombres

normales y anormales, subdividiendo estos últimos en evolutivos y

regresivos (_Studi sulla Criminalità ed altri saggi_). En cambio,

encontramos satisfactoria--y para nuestro objeto suficiente--la teoría,

más sociológica que biológica, de Silvio Venturi (_Le mostruosità

dello spirito_); para éste, los hombres, según su actuación en el

grupo social en que viven, deben dividirse en "característicos" e

"indiferentes". Este concepto concuerda, en general, con algunas ideas

sostenidas por Ribot.

Veamos, brevemente, las ideas cardinales de esa teoría, que es una útil

metodización preliminar para el estudio de los caracteres humanos. En

seguida podremos comprender mejor la mentalidad de los simuladores.

Es de vieja y común observación que en la sociedad existen dos clases

fundamentales de individuos. Consiguen los unos afirmar su propia

personalidad en la lucha por la vida, haciéndola tangible para cuantos

les rodean; los otros no salen del casillero de la vulgaridad. Vivir es

expandir la propia personalidad, aumentando nuestras anastomosis con el

ambiente e intensificando la acción que sobre él ejercemos; los que no

consiguen hacerlo pertenecen al género que llamaríamos de los "hombres

que no existen".

Estudiando los caracteres humanos, Ribot los excluye por considerarlos

faltos de carácter, haciendo lo mismo con los "instables"; Venturi,

recientemente, analizó ese mismo concepto en su interesante libro,

esbozando además una clasificación teórica de los característicos,

que señalaremos oportunamente, pues se armoniza con los criterios que

serán nuestro punto de partida para estudiar la psicología de los

simuladores.

Los "hombres sin carácter" son la masa anodina, el número abstracto,

los individuos para quienes, como diría Dante, es noche mucho antes

de la oración. Ribot los llama "amorfos" y Nordau los señala antes

de estudiar la "_Psicología del genio y del talento_", coincidiendo

con Venturi en asignar a los "filisteos" un rol de lastre en la vida

social. Ribery (_Essai de classification naturelle des caractères_),

criticando a Ribot, encuentra demasiado impreciso el tipo del amorfo.

Mantegazza (_I caratteri Umani_) diríalos "sin carácter", poniendo en

el fondo de su psicología una gran debilidad moral que los hace ceder a

la más leve presión y sufrir todas las influencias. En la clasificación

de Pérez figurarían entre los "lentos"; como "apáticos" en la de

Malapert y junto a los "templados" en la de Paulhan.

"Hombres de carácter" son los que poseen fisonomía propia, presentando

cualidades diversificadas, tendencias originales, capacidad fecunda

para iniciativas distintas de las habituales. Son los actores en el

drama humano, en la evolución social. Entre ellos se reclutan los

que Taine--antes que Tarde, Sighele y Le Bon--llamó "meneurs" (_Les

origines, etc._, parte III), y, recientemente, D'Annunzio "evocadores",

"animadores". Ellos son los _activos_, en una palabra, pero no en el

sentido estrecho que da Ribot a esa designación (persona que tiene por

rasgo dominante la tendencia natural, siempre renaciente, a la acción),

sino en el sentido amplio que le atribuye P. Rossi: persona que posee

una o todas las aptitudes psíquicas apropiadas para vencer la presión

de la multitud (_I suggestionatori e la folla_).

El concepto de "hombre de carácter" expresa la intensificación de una

modalidad que puede ser común. En último análisis no existe un solo

individuo, por muy amorfo que sea, que no tenga algunos caracteres

propios y personales, que no ejerza su acción--tan infinitesimal como

se quiera--sobre el medio en que vive; todos, desde el más grande hasta

el más pequeño, nacen o se moldean con más o menos rasgos personales,

contribuyendo, necesariamente, según su poca o mucha capacidad, a la

vida del agregado social. Lo "indiferente" y lo "característico", sólo

aparecen claros cuando se juzga al individuo por su función. Enfocando

de esta manera la psicología de los hombres--como hiciera Voltaire en

"Micromegas",--vemos que la inmensa mayoría desaparece, confundida

en una amalgama de uniforme pasividad: multitud de unidades que,

aisladamente, no tienen importancia alguna.

Bien observa Ribot que la dinámica social es el producto de la acción

de tendencias contrarias; cada tendencia tiene su antagonista que la

equilibra y enfrena, en sentido saludable para el conjunto. Edward

Carpenter, en su ingeniosa "Defensa de los criminales", intentó poner

de relieve la utilidad que reportan a la sociedad ciertas formas de

delincuencia, ideas que ha enunciado, en parte, el mismo Lombroso, en

una breve monografía llena de ideas susceptibles de fecundo desarrollo

(_La funzione sociale del delitto_).

Los exagerados son necesarios para el desarrollo social de una función

o modalidad del espíritu. El doctor Stockmann, que nos pinta Ibsen en

"Un enemigo del Pueblo", es el tipo característico del individualismo;

pero esta cualidad sería socialmente nociva si implicara considerar,

como él hace, que la asociación en la lucha por la vida es perjudicial

y que el hombre más fuerte es el que está más solo. El Juan Moreira de

la tradición gauchesca, que encarna en los folletines de Gutiérrez

tantas reminiscencias atávicas desvanecidas hoy al calor de la

civilización, es el característico del valor personal; pero a nadie

escaparán los peligros sociales que tendría la existencia del valor

si todo valiente exaltara su cualidad hasta límites semejantes. Sin

embargo, esos tipos son términos de comparación necesarios para que

miles de conciencias amorfas cultiven su individualidad y procuren no

ser cobardes.

Los característicos se forman por la misma acción de la vida social,

respondiendo a la necesidad de la división del trabajo. Esta necesidad,

tanto mayor cuanto más complejo es el organismo colectivo, guarda

relación directa con el grado de evolución de las sociedades humanas,

como lo demuestra Durkheim al estudiar la "_División del trabajo

social_".

En la formación de los "hombres de carácter" intervienen factores

externos e internos, sociales y biológicos. Cada uno de ellos puede ser

engendrado por las condiciones de lucha del medio social. En realidad,

todos los hombres, en la lucha por la vida, son gladiadores que pelean

o actores que recitan: ninguno prescinde de su público cuando actúa;

quien prescindiera en absoluto del medio sería un "característico" de

la despreocupación.

También puede influir la herencia de elementos característicos,

repetidos y consolidados a través de las generaciones precedentes.

Otras veces la anomalía mental parece intervenir tanto como el medio

social. Pero no la anomalía mental considerada con el criterio

estrecho de la clínica, que se limita a amoldar a su docena de

marcos cómodos--que llama "formas clínicas",--los fenómenos más

llamativos de la patología mental; la anomalía debe ser entendida en

un sentido vasto--tal como Ferri la esboza en su estudio sobre los

anormales,--abarcando todas las divergencias de la psiquis media:

desde esas escabrosidades que estudió Cullere en "Les frontières de la

Folie", hasta las formas trágicas del derrumbe mental.

Partiendo de esas premisas, indispensables para el mejor desarrollo de

este capítulo, analizaremos las dos cuestiones que directamente atañen

a nuestro asunto:

1.º. Proporciones en que la simulación se manifiesta en el carácter de

todos los individuos.

2.º. Predominio especial de la simulación en el carácter de ciertos

individuos: los simuladores característicos.

La simulación en la lucha por la vida · 第 35 / 56 题