Los fines a que responde la simulación en los animales son un sencillo
corolario de los fenómenos que acabamos de revistar. Lo mismo da que se
trate de fenómenos involuntarios, reflejos o conscientes; nada importa
que se imite el color del medio, la forma de un objeto, los caracteres
visibles de otra especie, o una manifestación de la conducta. En
todos los grados y en todos los casos, sea o no inteligente, llámese
homocromía, mimetismo o simulación intencional, converge siempre a este
único fin utilitario: mejorar la situación del simulador en la lucha
por la vida, adaptándolo favorablemente a las condiciones especiales en
que ella se presenta.
Hemos visto que en algunos casos la simulación es ofensiva: adaptación
del color del león o del oso polar al de su ambiente, de la araña que
acecha al insecto simulando el aspecto de una orquídea, del animal que
simula estar dormido para inspirar confianza a su presa.
En otros casos es defensiva: las mariposas comestibles que mimetizan a
las no comestibles, los huevos parecidos al color del suelo en que son
depositados, el ratón que se finge muerto para librarse del gato.
Tan es esa su finalidad esencial, y ninguna otra, que Giard ha
considerado que estos fenómenos deben reunirse simplemente en dos
grupos, sin atender a nada más que su carácter ofensivo o defensivo.
Y dice, en definitiva: "así como un hombre se disfraza para evitar
un peligro o para cometer un crimen, las especies simuladoras o
disimuladoras tienen por objeto no ser agredidas o agredir". No hay,
pues, exageración ninguna en afirmar que la simulación en el mundo
biológico se nos presenta como un medio de mejor adaptación a las
condiciones de la lucha por la vida.