Los fenómenos de simulación han sido cuidadosamente observados en los
animales, gracias a su misma difusión; sin embargo, no han sido todavía
bien coordinados, ni se ha dado de ellos una clasificación definitiva.
Si se para mientes en que los diversos aspectos de la actividad humana
se encuentran como funciones elementales en la evolución de las
especies vivas más simples que el hombre, se comprenderá la importancia
que tiene para nosotros el estudio del mimetismo, en sus diversas
formas. Ellas nos muestran los primeros esbozos del fenómeno que en
el hombre es ya complejo, permitiéndonos rastrear los orígenes y
reconstruir la filogenia de la simulación en general.
Los naturalistas que estudiaron el valor de los caracteres cromáticos
de los animales para la conservación de la especie, han observado la
frecuente homogeneidad de su color con el del ambiente en que viven.
Algunos crustáceos, por ejemplo, son rojos cuando viven sobre un alga
roja y verdes si el alga es de este color. Los gusanos que frecuentan
las hojas verdes tienen este mismo color, circunstancia que los hace
difícilmente visibles.
¿Quién no ha descubierto, y acaso aplastado en su niñez, algunas de
las orugas que suelen visitar nuestras vides? Otros insectos, por su
forma, parécense a los objetos del ambiente en que viven. Entre las
mariposas, el hecho va más lejos: algunas especies comestibles poseen
los colores y dibujos característicos de otras, protegidas de la gula
ornitológica por su mal gusto y olor. Un animal que simula las formas y
el color de otro muy temido, encuentra en ello una defensa; otro simula
el aspecto de animales notoriamente inofensivos, para ir--lobo bajo
piel de cordero--hacia su presa, sin espantarla al mover la ofensiva.
Otros, reconocidamente nocivos para los insectívoros, están protegidos
por colores vistosos, llamados "premonitorios", que alejan a cuantos
enemigos pudieran, por error, perjudicarlos, si no les reconocieran a
tiempo. Los hay, por fin, que enmascaran su cuerpo, cubriéndose de
objetos o substancias que los disimulan a las miradas de sus enemigos.
Este conjunto de fenómenos, estudiado y subdividido por los
naturalistas en varias categorías, es objeto de controversia en cuanto
a su origen. Pero hay en ellos algo común que ya nadie discute; es su
función misma; siempre se trata de un hecho que es útil al disimulador
en la lucha por la vida. Éste es el rasgo indiscutido, designándose
el conjunto de estos hechos con el nombre de mimetismo. Algunos
naturalistas reservan este nombre para las simulaciones combinadas,
de forma y color al mismo tiempo, dando el nombre de homocromía a los
fenómenos de simple adaptación al color del ambiente; en ese caso,
sería más exacto llamar homotipía al mimetismo propiamente dicho.
Dejando para el capítulo siguiente el examen de la simulación en el
mundo biológico, nos limitaremos a fijar un criterio, surgido de la
observación, cuya importancia consideramos decisiva, aunque hasta ahora
no se haya señalado debidamente: _la utilidad de la simulación para
el simulador, ya se trate de un fenómeno instintivo (de la especie) o
consciente y voluntario (del individuo)_.
Conviene advertir que la utilidad de la simulación, como medio de lucha
por la vida, no es exclusiva de los animales, ni siquiera de los seres
vivos.
Supuesto que se admite en el mundo inorgánico la lucha por la
existencia--en el sentido metafórico de Darwin, ampliamente aplicado
por De Lanessan,--podemos inducir que allí también se encuentran medios
de lucha que implican lo que en lenguaje humano se llama fraude.
A primera vista, una observación superficial podría encontrar absurda
la pretensión de rastrear el mimetismo en la lucha por la existencia
del mundo inorgánico. Esto débese, máximamente, a que se tiene la
idea de que sólo podemos referirnos a una simulación o un mimetismo
consciente y voluntario, tal como en el hombre se presenta; bastarán,
empero, un par de ejemplos para evidenciar la exactitud de nuestra
inducción analógica.
Todo lo que existe en el universo lucha por la existencia, en el
sentido de estar expuesto a un número mayor o menor de causas
destructivas, y poseer más o menos condiciones de resistencia a esas
causas. (Sobre esto ilustran, especialmente, De Lanessan y Thoulet,
en sus originales estudios). Cada piedra, cada capa geológica, cada
roca, encuéntrase en lucha contra mil causas destructivas; si triunfa
de ellas, sobreviviendo a su acción destructora, puede decírsela
triunfante en la lucha, precisamente porque es mayor su adaptación y su
resistencia a las condiciones del medio. Inferiores a ella son aquellas
rocas o piedras que no pueden resistir a las causas destructivas y
desaparecen; éstas, en el metafórico lenguaje adoptado, son vencidas en
la lucha por la existencia.
Entendida así la lucha, que es verdaderamente "universal" en la
acepción más rigurosa del término, es fácil observar casos de _falsa
apariencia_ que equivalen a simulaciones útiles en la lucha por la
existencia; veamos dos ejemplos, fáciles de multiplicar, sin duda.
Remontémonos a la edad de la piedra. Un hombre busca una piedra
para convertirla en mazo o en hacha; la encuentra, recógela y acto
continuo la transforma en objeto de uso personal; podemos decir,
perfectamente, en el sentido adoptado, que esa piedra es vencida en
la lucha por la existencia, habiendo terminado su estado natural
como producto geológico, individualizado por una forma y un volumen
determinados.--Supongamos por un instante que esa piedra, por uno de
mil accidentes posibles, encontrárase cubierta de limo, o hubiese
germinado sobre su superficie una capa de musgo; el hombre habría
seguido su camino, no reconociendo bajo el disfraz del limo o del musgo
la piedra buscada. Diríamos, en tal caso, que la piedra ha triunfado en
la lucha por la existencia, gracias a una apariencia exterior que le ha
servido como medio defensivo contra el instinto utilitario del hombre.
Transportémonos en pleno siglo veinte. Un campesino se interesa
por cavar un pozo artesiano. Sabe que cierta capa de tierra, X, es
fácilmente perforable, no ignorando las dificultades que rodean la
excavación de cierta roca, Z.--Encuentra junto a su casa una capa de
tierra X y cava su pozo; la capa ha perdido su integridad geológica y,
en sentido metafórico, ha sido vencida en la lucha por la existencia.
Mas si por una de tantas causas posibles, el aspecto exterior y visible
de la capa de tierra X fuese igual al de la roca Z, el campesino
respetaría su integridad, buscando en otro sitio la vía de menor
resistencia para cavar su pozo. En tal caso, diríamos que la capa de
tierra X ha triunfado en la lucha: su existencia ha sido protegida por
un fenómeno de simulación.
Debemos repetir, en verdad, que está muy lejos de nuestra intención
el propósito de atribuir a estas apariencias útiles, propias del
mundo inorgánico, ningún valor selectivo; sería una exageración no
disculpable por el deseo de aquilatar la tesis sostenida. Queremos, tan
sólo, establecer las dos proposiciones siguientes: admitida en sentido
metafórico una lucha por la existencia entre los inorgánicos, puede
encontrarse entre ellos fenómenos que, en el mismo sentido, podemos
asimilarlos a los que constituyen la simulación; y cuando existen,
pueden ser un medio de lucha por la existencia e influir sobre sus
resultados próximos o remotos.
Pasando al reino vegetal, encontramos un panorama diverso; aquí la
lucha y la selección obedecen a condiciones más similares a las que
dominan en el mundo animal, además de estar recíprocamente condicionada
la vida de las faunas y de las floras. Encuéntranse, en efecto,
coloraciones de protección y mimetismos de formas de otras especies
mejor protegidas, etc.
Las plantas luchan contra el ambiente físico en que viven. Luchan
con el reino mineral, sustrayendo al suelo una parte de sus propios
elementos; luchan contra los animales que se nutren de ellas y algunas
veces les sirven de alimento, como enseña Darwin en su magnífica
monografía sobre las plantas carnívoras; y, por fin, luchan entre sí,
como resultado de la desproporción entre el excesivo número de gérmenes
y los limitados medios de desarrollo y nutrición.
Para esas luchas, la naturaleza ha dotado a las plantas de numerosos
medios defensivos: espinas, venenos, aguijones, olores pestilenciales,
y más que todo--compensando la deficiencia de los otros medios
defensivos--su extraordinaria fecundidad reproductora. No deberá, por
eso, creerse que las plantas carecen en absoluto de medios ofensivos
análogos a los que en los animales llamamos astutos: muchos podrían
catalogarse, a no mediar el ejemplo significativo de las plantas
carnívoras, trampas no superadas, en perfección y delicadeza, por el
engaño humano.
Limitándonos a las observaciones más significativas, determinaremos el
valor de los fenómenos de simulación en la lucha por la vida del reino
vegetal.
Numerosas plantas son respetadas por sus enemigos, los animales,
porque sus caracteres externos se asemejan a los de otras especies no
comestibles. En algunas, cuyas semillas prodúcense en corto número, la
superficie de éstas es verdosa, por cuyo motivo los pájaros no pueden
verlas cuando yacen caídas entre el césped; de esa disimulación depende
la vida de la especie. Hay, en cambio, otras semillas, y no pocas, cuya
actividad germinativa aumenta atravesando el tubo digestivo de los
pájaros que las ingieren, pues disuelven su cutícula en las secreciones
propias del aparato digestivo; estas semillas poseen exterioridades
atrayentes, colores vivos, equivalentes a la coloración protectora
de los animales. Pero en la naturaleza van más lejos estas formas de
homocromía útil, semejantes al mimetismo propiamente dicho. Algunas
plantas, cuya vida peligraría si inoportunos insectos vinieran a
visitar sus flores, salvan ese peligro porque la forma y el color de
sus corolas es semejante al de otras flores desagradables o nocivas
para los insectos; es un mimetismo de especie a especie, tan protectivo
como el que se observa entre los animales.
Ascendiendo a un orden de fenómenos en que es más compleja la
manifestación de las luchas vitales, encontramos una riquísima serie de
hechos en que la simulación desempeña un papel importante de defensa
u ofensa para las plantas. A diario, verbigracia, muchos árboles
fácilmente explotables, ya por la facilidad de cortarlos, ya por
sus numerosas aplicaciones, son respetados por el hacha del leñador
ignorante, sólo por simular sus exterioridades el color y las formas de
otros árboles difícilmente explotables como materia prima: es un caso
de mimetismo protector. Larga sería la serie de ejemplos que pudiera
acumularse de mimetismo vegetal; sobran los enumerados para afirmar
que esos fenómenos análogos a los de simulación son un medio de lucha
por la vida, al que deben su defensa muchas especies vegetales.
Pasando por alto el mimetismo en las especies del reino animal--que
estudiaremos en capítulo especial--vamos a señalar brevemente la
posición del problema en el mundo social, en las sociedades humanas.
También en ellas domina la lucha por la existencia, aunque se presente
atenuada, como dijimos, por la capacidad de reproducir artificialmente
sus propios medios de subsistencia.
Y a este propósito, podría enunciarse el siguiente principio: a cada
perfeccionamiento de los medios de producción debería corresponder una
atenuación de la lucha por la vida entre los hombres.
Es, precisamente, esa verdad la que determina la inexactitud de la ley
de Malthus, cuando se la aplica a nuestra especie. Todo, en cambio,
induce a creer que las sociedades humanas, en su desarrollo progresivo,
irán acrecentando la solidaridad entre sus componentes. Si se abarca,
en efecto, la evolución social en una mirada sintética, se advierte
que la asociación para la lucha va sustituyendo entre los hombres al
antagonismo en la lucha; al propio tiempo, la utilidad colectiva,
representada por la "lucha contra la naturaleza", va elevando la
capacidad productiva social, de manera que satisfaga las necesidades
de un número cada vez mayor de individuos. Niveladas las condiciones
sociales de lucha por la vida, la selección será verdaderamente
natural, entre los hombres, sobreviviendo los realmente superiores y no
los que, independientemente de sus aptitudes personales, se encuentran
favorecidos de antemano en la lucha: tal selección, nefasta, es
posible en la actualidad, con serio perjuicio para el porvenir de la
especie.
Aunque se va operando esa progresiva atenuación, la lucha por la
vida ha existido, existe y existirá entre los hombres. Las formas y
los medios de la lucha modifícanse día a día, pues ellos no están
excluidos de la evolución universal. La tendencia parece ya definida;
los medios primitivos de lucha son, principalmente, violentos; se
atenúan en los grupos sociales más organizados, en los que va dominando
progresivamente la lucha de tipo fraudulento.
Profundizando esta cuestión, encuéntrase, en todas las formas de lucha
por la vida, una estricta correlación entre el desarrollo ético y los
medios predominantes en la lucha por la vida. A la mayor reacción
instintiva del psiquismo inferior corresponde siempre una mayor
violencia; a la mayor cerebralidad superior, interpuesta entre el
excitante y la reacción, corresponden formas cada vez más complicadas
de fraude. La astucia no es una característica de imbéciles o tontos,
ni reina entre los escombros mentales del derrumbamiento demencial;
florece más bien en las esferas políticas y en los conciliábulos
doctorales, siendo un triste privilegio de las personas que por el
simple hecho de ser más hipócritas se consideran mejor educadas.
Siendo la simulación un medio astuto de lucha por la vida, se
comprende que ha debido seguir un desarrollo progresivo, ascendente,
en los pueblos civilizados. Y la civilización--que Edward Charpenter
considera, alegando sutiles razones, una verdadera enfermedad de la
sociedad humana--preséntase al observador como un terreno fecundo para
el desarrollo de las más variadas simulaciones.
La organización social presente no señala, empero, el término de la
evolución social; el porvenir está lleno de nuevos progresos, pues
ningún hecho impide creer en el advenimiento de otras formas sociales
después del presente período de la civilización capitalista. Cuando
nuevos regímenes de organización social, surgidos de la intensificación
de la capacidad productiva del hombre, atenúen la lucha entre los
grupos y entre los individuos, la simulación, como todos los medios
de lucha, se atenuará progresivamente, perdiendo su utilidad. Con
esta visión optimista del progreso social, creemos que los hombres se
alejarán de la mentira y de la simulación a medida que el advenimiento
de una moral experimental les permita acercarse a la veracidad y a la
sinceridad...
Después de examinar la simulación entre los animales, estudiaremos en
sus diversos aspectos la simulación entre los hombres como medio de
lucha por la vida.