Si no se ha dicho antes, dícese ahora que la antigua y fiel criada
de las Águilas vivía en Cuatro Caminos, en el cerro que cae hacia
Poniente, del lado del Canalillo del Norte. La casa, construída con
losetones que fueron de la Villa, adobes, tierra, pedazos de carriles
del tranvía y puertas viejas de cuarterones, era una magnífica choza,
decorada á estilo campesino con plantas de calabaza, cuyas frondosas
guías perfilaban el alero y la cumbre del tejado. Ocupaba el centro
de un grandísimo muladar con cerca de piedras sueltas, material que
fué de un taller de cantería, y de trecho en trecho veíanse montones
de basura y paja de cuadra, donde escarbaban hasta docena y media
de gallinas muy ponedoras, y un gallo muy arrogante, de plumas de
oro. Al extremo oriental del cercado, mirando hacia la carretera
de Tetuán, se destacaba un desmantelado edificio de un solo piso
con todas las trazas de caseta de sobrestantía, techo provisional y
paramento sin revoco; pero su destino era muy distinto. En la puerta
que daba al camino veíase un palo largo, al extremo de él una como
gran estrella de palitroques negros, algo como un paraguas sin tela,
y debajo un letrero de chafarrinones negros sobre yeso, que decía:
_Baliente, polvorista_.
Allí tenía su taller el esposo de Bernardina, Cándido Valiente,
que surtía de fuegos artificiales, en las fiestas de sus santos
titulares, á los barrios de Tetuán, Prosperidad, Guindalera, y á los
pueblos de Fuencarral y Chamartín. Bernardina había servido á las
señoras del Águila en los primeros tiempos de pobreza, hasta que
se casó con Valiente; y tal fué la fidelidad y adhesión de aquella
buena mujer, que sus amas siguieron tratándola después, y sostenían
con ella relaciones de franca amistad. De Bernardina se valía Cruz
para comisiones delicadas, sobre las cuales era prudente guardar
impenetrable secreto; con Bernardina consultaba en asuntos graves,
y con ella se permitía confianzas que con nadie del mundo habría
osado tener. Formalidad, discreción, sentido claro de las cosas
resplandecían en la mujer aquella, que sin saber leer ni escribir,
habría podido dar lecciones de arte de la vida á más de cuatro
personas de clase superior.
Su matrimonio con el polvorista había sido hasta entonces infecundo:
malos partos, y pare usted de contar. Vivía con la pareja el padre
de él, Hipólito Valiente, vigilante de consumos, soldado viejo que
estuvo en la campaña de África, el grande amigo del ciego Rafael del
Águila, que gozaba lo indecible oyéndole contar sus hazañas, las
cuales, en boca del propio héroe de ellas, resultaban tan fabulosas
como si fuera el mismísimo Ariosto quien las cantase. Si se llevara
cuenta de los moros que mandó al otro mundo en los Castillejos, en
Monte Negrón, en el llano de Tetuán y en Wad-Ras, no debía quedar
ya sobre la tierra ni un solo sectario de Mahoma para muestra de
la raza. Había servido Valiente en _Cazadores de Vergara_, de la
división de reserva mandada por D. Juan Prim. Se batió en todas las
acciones que se dieron para proteger la construcción del camino
desde el Campamento de Oteros hasta los Castillejos; y luego allí,
en aquella gloriosa ocasión..., ¡Cristo!, empezaba el hombre y no
concluía. _Cazadores de Vergara_ siempre los primeritos, y él,
Hipólito Valiente, que era cabo segundo, haciendo cada barbaridad que
cantaba el misterio. ¡Qué día, qué 1.º de Enero de 1860! El batallón
se hartó de gloria, quedándose en cuadro, con la mitad de la gente
tendida en aquellos campos de maldición. Hasta el 14 de Enero no
pudo volver á entrar en fuego, y allí fué otra vez el hartarse de
escabechar moros. ¡Monte Negrón! También fué de las gordas. Llega por
fin el gloriosísimo 4 de Febrero, el acabóse, el _nepusuntra_ de las
batallas habidas y por haber. Bien se portaron todos, y el general
O’Donnell mejor que nadie, con aquel disponer las cosas tan á punto y
aquella _comprensión de cabeza_ que era la maravilla del universo.
Estas y las subsiguientes maravillas las oía Rafael con grandísimo
contento, sin que lo atenuara la sospecha de que adolecían del vicio
de exageración, cuando no del de la mentira poética forjada por el
entusiasmo. Desde que desembarcó en Ceuta hasta que volvió á embarcar
para España, dejando al perro marroquí _sin ganas de volver por
otra_, todo lo narraba Valiente con tanta intrepidez en su retórica
como en su apellido, pues cuando llegaba á un punto dudoso, ó del
cual no había sido testigo presencial, metíase por la calle de en
medio, y allá lo historiaba él á su modo, tirando siempre á lo
romancesco y extraordinario. Para Rafael, en el aislamiento que le
imponía su ceguera, incapaz de desempeñar en el mundo ningún papel
airoso conforme á los impulsos de su corazón hidalgo y de su temple
caballeresco, era un consuelo y un solaz irreemplazables oir relatar
aventuras heroicas, empeños sublimes de nuestro ejército, batallas
sangrientas en que las vidas se inmolaban por el honor. ¡El honor
siempre lo primero, la dignidad de España y el lustre de la bandera
siempre por cima de todo interés de la materia vil! Y oyendo á
Valiente referir cómo, sin haber llevado á la boca un triste pedazo
de pan, se lanzaban aquellos mozos al combate, ávidos de hacer
polvo á los enemigos del nombre español, se excitaba y enardecía
en su adoración de todo lo noble y grande, y en su desprecio de
todo lo mezquino y ruin. ¡Batirse sin haber comido! ¡Qué gloria!
¡No conocer el miedo ni el peligro; no mirar más que el honor! ¡Qué
ejemplo! ¡Dichosos los que podían ir por tales caminos! ¡Miserables y
desdichados los que se pudrían en una vida ociosa, dándose gusto en
las menudencias materiales!
Entrando en el corral, lo primero que preguntó Rafael, al sentir la
voz de Bernardina que á su encuentro salía, fué: «¿Está hoy tu padre
franco de servicio?»
—Sí, señor... Por ahí anda, componiéndome una silla.
—Llévale con tu padre—le dijo Cruz,—que le entretendrá contándole lo
de África; y entremos tú y yo en tu casa, que tenemos que hablar.
Apareció por detrás de un montón de basura el héroe de los héroes
del Mogreb, hombre machucho ya, pequeño de cuerpo, musculoso y ágil,
á pesar de su edad no inferior á los sesenta, tipo de batallón de
cazadores, cara curtida, bigote negro, cortado como un cepillo, ojos
vivaces, y un reir continuo que perpetuaba en él las alegrías del
tiempo de servicio. En mangas de camisa, los brazos arremangados, un
pantalón viejo del uniforme de consumos, la cabeza al aire, Hipólito
se adelantó á dar la mano al señorito, y le llevó adonde estaba
trabajando.
—Siga, siga usted en su faena—le dijo Rafael, sentándose en una
banqueta con ayuda del veterano.—Ya sé que está componiendo sillas.
—Aquí estamos enredando por matar la pícara vagancia, que es otro
gusanillo como el hambre.
Sentado en el santo suelo, las patas abiertas, entre ellas la silla,
Valiente iba cogiendo aneas de un montón próximo, y con ellas tejía
un asiento nuevo sobre la armazón del vetusto mueble.
—Á ver, Hipólito—le dijo Rafael sin más preámbulo, que aquel
romancero familiar no lo necesitaba,—¿cómo es aquel pasaje que empezó
usted á contarme el otro día...?
—¿Ya...? ¿Cuando en la cabecera del puente Buceta, sobre el río Gelú,
defendíamos el paso de los heridos...?
—No, no era eso. Era el paso por un desfiladero... Moros y más moros
en las alturas.
—¡Ah!..., ya... Al día siguiente de Wad-Ras; ¡vaya una batallita!...
Pues el ejército, para ir de Tetuán á Tánger, tenía que pasar por
el desfiladero de Fondak... ¡Cristo, si no es por mí..., digo, por
_cazadores de Vergara_...! Nos mandó el general que subiéramos á
echar de allí á la morralla, y había que vernos, sí, señor, había que
vernos... Nos abrasaban desde arriba. Nosotros tan ternes, sube que
te sube. Al grupo que cogíamos en medio del monte..., ¡carga á la
bayoneta!..., lo barríamos... Salían de los matojos á la desbandada,
como conejos. Una vez en lo alto, pim, pam..., aquello no acababa...
Yo solo puse patas arriba más de cincuenta...
Mientras con tanta fiereza desalojaban los nuestros al agareno de sus
terribles posiciones, en la puerta de la casa, sentadas una frente
á otra con familiar llaneza, Cruz y Bernardina platicaban sobre
combates menos ruidosos, de los cuales ningún historiador grande ni
chico ha de decir jamás una palabra.
—Necesito dos gallinas—había dicho Cruz como introducción.
—Todas las que la señorita quiera. Escójalas ahora.
—No; escógelas tú bien gordas, y no me las lleves hasta que yo te
avise. Es indispensable convidarle á comer un día.
—Según eso, _aquello_ marcha.
—Sí; es cosa hecha. Poco antes de salir de casa recibí una esquela
de D. José, en la cual me dice que anoche quedó todo convenido, y el
hombre como unas Pascuas de contento. No puedes imaginarte lo que he
sufrido y sufro. Para llegar á esto, ¡cuánto discurrir, y qué trabajo
tan penoso el de acallar la repugnancia, para no oir más voz que la
de la razón, unida á otra no menos grave, la de la necesidad! Se
hará; no hay más remedio.
—¿Y la señorita Fidela...?
—Se resigna... La verdad, no lo ha tomado por la tremenda, como yo
me temí. Puede que haga de tripas corazón, ó que comprenda que la
familia merece este sacrificio, que bien mirado, no es de los más
grandes. Sacrificios peores hay, ¿no lo crees tú?
—Sí, señorita... El hombre se va afinando. Ayer le vi y no le
conocí, con su chisterómetro acabado de planchar, que parecía un sol,
y levita inglesa... Vaya, á cualquiera se la da... ¡Quién le vió con
la camisa sucia de tres semanas, los tacones torcidos, la cara de
judío de los pasos de Semana Santa, cobrando los alquileres de la
casa de corredor de frente al Depósito!
—Por Dios, cállate, no recuerdes eso. Tapa, tapa.
—Quiero decir que ya no es lo que era; y al igual de su ropa, habrán
cambiado el genio y las mañas...
—¡Ah..., lo veremos luego! Esas son otras batallas que habrá que dar
después.
Ambas volvieron la vista, asustadas por un ruido como de disparos que
muy cerca se oía... ¡Pim, pam, pum!
—¡Ah!—exclamó Bernardina riendo,—es mi padre que le cuenta al
señorito las palizas que dieron á los moros.
—Pues, como te decía, Fidela no me inspira cuidado: se somete á
cuanto yo dispongo. ¡Pero lo que es éste..., el pobrecito ciego...!
¡Si supieras qué disgusto nos ha dado hoy!
—¿No le hace gracia...?
—Maldita... Tan no le hace gracia, que hoy quiso matarse... No
transige, no. En él tienen raíz muy honda ciertas ideas...,
sentimientos de familia, orgullo de raza, la tradición noble... Yo
tenía también... eso; pero me lo he ido dejando en las zarzas del
camino. Á fuerza de caer y arrastrarme, la vulgaridad me ha ido
conquistando. Mi hermano sigue en su antigua conformación de persona
de alcurnia, enamorado de la dignidad y de otra porción de cosas que
no se comen ni han dado de comer á nadie en días aciagos.
—El señorito Rafael, ¿qué ha de hacer más que lo que las señoras
quieran?
—No sé, no sé... Me temo que ha de estallar alguna tempestad en casa.
Rafael conserva en su alma el tesón de la familia, como los objetos
preciosos que están en los museos. Pero, suceda lo que quiera,
lucharemos, y como esto debe hacerse porque es la única solución, se
hará, yo te aseguro que se hará.
Los temblores del labio inferior indicaban la resolución
inquebrantable, que convertiría en realidad aquel propósito,
desafiando todos los peligros.
—Pues hemos de prepararnos para el hecho con hechos, ¿entiendes?...
Quiero decir que tengo que ir tomando medidas... Verás. El señor de
Donoso me ha escrito hoy, asegurándome que ha cerrado el trato y que
el hombre tiene prisa.
—Es natural.
—Y quiere llevarlo á paso de carga. Mejor: estos tragos, de una
vez y por sorpresa. Cuando la gente se percate, ya está hecho.
Excuso decirte que necesitamos prepararnos. Así me lo dice D.
José, que comprendiendo las dificultades que en nuestra situación
tristísima hallaríamos para esa preparación, me ofrece los recursos
necesarios... Claro, en el caso presente acepto el favor... ¡Qué
hombre, qué previsión, qué bondad!... Acepto, sí, por la seguridad de
poder reintegrar pronto el anticipo. ¿Te vas enterando?
—Sí, señora. Habrá que...
—Sí... Veo que me entiendes. Tenemos que ir sacando...
—Ya sabe que me tiene á su disposición.
—Desde mañana te vas por casa todos los días. No sacaremos todo de
golpe por no llamar la atención. Urgen los cubiertos de plata.
—Están en...
—En lo que estuvieren: lo mismo da.
—Calle de Espoz y Mina. Diez meses, si no recuerdo mal.
—Luego la ropa de cama..., los relojes...
—Todo, todo... ¡Y yo que pensé que se perdía...! Como que los réditos
subirán...
—Déjalos que suban—dijo Cruz vivamente, queriendo evitar un cálculo
enojoso y denigrante.—¡Ah!, ahora que recuerdo: mañana te daré los
diez duros que te debo.
—No corre prisa. Déjelos. Si Cándido se entera, me los quitará para
pólvora. Guárdemelos.
—No, no... Quiero saborear el placer, que ya iba siendo desconocido
para mí, de no deber nada á nadie—dijo Cruz, iluminado el rostro por
una ráfaga de dicha inefable.—¡Si me parece mentira! Á veces me digo:
¿Sueño yo? ¿Será verdad que pronto respiraré libre de esta opresión
angustiosa? ¿Se acabó este vivir muriendo? ¿El suceso que está al
caer, nos traerá bienandanza, ó nuevas desgracias y tristezas nuevas
en sustitución de las que se lleva?