Le citaba (digámoslo en estilo tauromáquico); pero él no quería salir
de su posición defensiva. Por fin, concluyendo de peinarle, y al dar
la última mano á los finos cabellos ondeados sobre la frente, le dijo
con un poquito de severidad.
—Rafael, me vas á hacer un favor, y no es súplica, es más bien
mandato. No des ocasión á que me enfade de veras contigo. Si esta
noche viene D. Francisco, espero que le tratarás con la urbanidad
de siempre, y que no saldrás con alguna pitada... Porque si el buen
señor tiene ciertas pretensiones, que ahora no califico, á nosotros
nos corresponde agradecerlas, en ningún caso vituperarlas, cualquiera
que sea la respuesta que demos á esas pretensiones... ¿Me entiendes?
—Sí—dijo Rafael inmóvil.
—Confío en que no nos pondrás en ridículo tratando mal en nuestra
propia casa á quien desea favorecernos, en una forma que ahora no
discuto..., no se trata de eso. ¿Puedo estar tranquila?
—Una cosa es la buena crianza, á la cual no faltaré nunca, y otra la
dignidad, á la que tampoco puedo faltar.
—Bien.
—Así como te digo que nunca desmentiré mi buena educación ante
personas extrañas, sean quienes fueren, también te digo que jamás,
jamás transigiré con ese hombre, ni consentiré que entre en nuestra
familia... No tengo más que decir.
Cruz desfalleció, reconociendo en las categóricas palabras de su
hermano la veta dura de la raza del Águila, unida al irreductible
orgullo de los Torre-Auñón. Aquel criterio dogmático sobre la
dignidad de la familia, ella se lo había enseñado á Rafael cuando era
niño, cuando ella, señorita de casa noble, opulenta, vivía rodeada de
adoradores, sin que sus padres encontraran hombre alguno merecedor de
su preciosa mano.
—¡Ah, hijo mío!—exclamó la dama sin disimular su pena.—Diferencias
grandes hay entre tiempos y tiempos. ¿Crees que estamos en aquellos
días de prosperidad..., ya no te acuerdas..., cuando por apartarte
de relaciones que no eran muy gratas á la familia te mandamos de
agregado á la legación de Alemania? ¡Pobrecito mío! Después vino la
desgracia sobre nuestras pobres cabezas, como una lluvia torrencial
que todo lo arrasa... Perdimos cuanto teníamos, el orgullo inclusive.
Quedaste ciego; no has visto la transformación del mundo y de los
tiempos. De nuestra miseria actual y de la humillación en que vivimos
no ves la parte dolorosa. Lo más negro, lo que más llega al alma y
la destroza más, no lo conoces, no puedes conocerlo. Estás todavía,
por el poder de la imaginación, en aquel mundo brillante y lleno
de ficciones. Y no puedo consolarme ahora de haber sido tu maestra
en esas intransigencias de una dignidad tan falsa como todos los
oropeles que nos rodeaban. Sí, ese viento, yo, yo misma te lo metí
en la cabeza cuando te enamoraste de la chica de Albert, hija de
honrados banqueros, monísima, muy bien educada; pero que nosotros
creíamos que nos traía la deshonra, porque no era noble..., porque
su abuelo había tenido tienda de gorras en la Plaza Mayor. Y yo fuí
quien te quitó de la cabeza lo que llamábamos tu tontería; y en el
hueco que dejaba metí mucha estopa, mucha estopa. Todavía la tienes
dentro. ¡Y cuánto me pesa, cuánto, haber sido yo quien te la puso!
—Es muy distinto este caso de aquél—dijo el ciego.—Reconozco que
hay tiempos de tiempos. Hoy yo transigiría, pero dentro de ciertos
límites. Humillarse un poco, pase... ¡Pero humillarse hasta la
degradación vergonzosa, transigir con la villanía grosera, y todo
¿por qué?, por lo material, por el vil interés!... ¡Oh, hermana
querida!, eso es venderse, y yo no me vendo. ¿De qué se trata? ¿De
comer un poco mejor?
—¡De vivir—dijo briosamente, echando lumbre por los ojos la noble
dama,—de vivir! ¿Sabes tú lo que es vivir? ¿Sabes lo que es el temor
de morirnos los tres mañana, de aquella muerte que ya no se estila...
porque está lleno el mundo de establecimientos benéficos..., de la
muerte más horrible y más inverosímil, de hambre? ¿Qué, te ríes?
Somos muy dignos, Rafael, y con tanta dignidad, no creo que debemos
llamar á la puerta del Hospicio y pedir por amor de Dios un plato
de judías. Esa misma dignidad nos veda acercarnos á las puertas de
los cuarteles donde reparten la bazofia sobrante del rancho de los
soldados, y comer de ella para tirar un día más. Tampoco nos permite
nuestro dignísimo carácter salir á la calle los tres, de noche, y
alargar la mano esperando una limosna, ya que nos sea imposible
pedirla con palabras... Pues bien, hijo mío, hermano mío, como
no podemos hacer eso, ni tampoco aceptar otras soluciones que tú
tienes por deshonrosas, ya no nos queda más que una, la de reunirnos
los tres, y bien abrazaditos, pidiendo á Dios que nos perdone,
arrojarnos por la ventana y estrellarnos contra el suelo..., ó buscar
otro género de muerte, si ésta no te parece en todo conforme con la
dignidad.
Rafael, anonadado, oyó esta fraterna sin chistar, apoyados los codos
en las rodillas y la cabeza en las palmas de las manos. Atraída por
la entonada voz de Cruz, Fidela curioseaba desde la puerta, pelando
una patata.
Pasado un ratito, y cuando la primogénita, recogiendo los objetos
de tocador, se congratulaba mentalmente del efecto causado por sus
palabras, el ciego irguió la cabeza con arrogancia, y se expresó así:
—Pues si nuestra miseria es tan desesperada como dices, si ya no nos
queda más solución que la muerte, por mí... sea. Ahora mismo. Estoy
pronto..., vamos.
Se levantó, buscando con las manos á su hermana, que no se dejó
coger, y desde el otro extremo de la habitación le dijo:
—Pues por mí tampoco quedará. La muerte es para mí un descanso, un
alivio, un bien inmenso. Por ti no he dejado ya de vivir. Siempre
creí que mi deber era sacrificarme y luchar...; pero ya no más, ya no
más. ¡Bendita sea la muerte, que me lleva al descanso y á la paz de
mis pobres huesos!
—¡Bendita sea, sí!—exclamó Rafael, acometido de un vértigo insano,
entusiasmo suicida que no se manifestaba entonces en él por vez
primera...—Fidela, ven... ¿Dónde estás?
—Aquí—dijo Cruz.—Ven, Fidela. ¿Verdad que no nos queda ya más recurso
que la muerte?
La hermana menor no decía nada.
—Fidela, ven acá... Abrázame... Y tú, Cruz, abrázame también...
Llevadme; vamos, los tres juntitos, abrazaditos. ¿Verdad que
no tenéis miedo? ¿Verdad que no nos volveremos atrás, y que...
resueltamente, como corresponde á quien pone la dignidad por encima
de todo, nos quitaremos la vida?
—Yo no tiemblo...—afirmó Cruz, abrazándole.
—¡Ay, yo sí!—murmuró Fidela desvaneciéndose. Y al tocar con los
brazos á su hermano, cayó en el sillón próximo y se llevó la mano á
los ojos.
—Fidela, ¿temes?
—Sí..., sí—replicó la señorita, trémula y desconcertada, pues había
llegado á creer que aquello iba de veras; y por parte de Rafael bien
de veras iba.
—No tiene el valor mío—dijo Cruz,—que es todavía más grande que el
tuyo.
—¡Ay, yo no puedo, yo no quiero!—declaró Fidela, llorando como una
chiquilla.—¡Morir, matarse...! La muerte me aterra. Prefiero mil
veces la miseria más espantosa, comer tronchos de berza... ¿Hay
que pedir limosna? Mandadme á mí. Iré antes que arrojarme por la
ventana... ¡Virgen Santa, lo que dolería la cabeza al caer! No, no;
no me habléis á mí de matarnos... Yo no puedo, no; yo quiero vivir.
Actitud tan sincera y espontánea terminó la escena, apagando en
Rafael el entusiasmo suicida y dando á Cruz un apoyo admirable para
llevar la cuestión al terreno para ella más conveniente.
—Ya ves, nuestra querida hermanita nos deja plantados en mitad del
camino..., y sin ella ¿cómo vamos á matarnos? No es cosa de dejarla
solita en el mundo, entre tanta miseria y desamparo. De todo lo cual
se deduce, querido hermano, chiquitín de la casa (_acariciándole con
gracejo_), que Dios no quiere que nos suicidemos... por ahora. Otro
día será, porque en verdad, no hay más remedio.
—Ah, pues conmigo no cuenten—manifestó Fidela, nuevamente aterrada,
tomándolo muy en serio.
—Por ahora no se hable de eso. Conque, tontín, ¿me prometes ser
razonable?
—Si ser razonable es transigir con... eso y dar nombre de hermano
á... Vamos, no puedo: no esperes que yo sea razonable..., no lo soy,
no sé la manera de serlo.
—¡Pero hijo mío, si no hay nada todavía! ¡Si no es más que un rumor,
que no sé cómo ha llegado á tus oídos! En fin, ya conozco tu opinión,
y la tendré en cuenta. D. José hablará contigo, y si entre todos
acordamos rechazar la proposición, entre todos acordaremos también lo
que se ha de hacer para vivir...; mejor dicho, no hay que discutir
más que el asilo en que hemos de pedir plaza. Ésta no quiere que
muramos; tú no quieres lo otro. Pues al Hospicio con nuestros pobres
cuerpos.
—Pues al Hospicio. Yo no transigiré nunca con... aquello.
—Bien, muy bien.
—Que venga D. José. Él nos dirá dónde debemos refugiarnos.
—Mañana se ajustará la cuenta definitiva con nuestro destino... Y
como aún tenemos un día—agregó la dama con transición jovial,—hemos
de aprovecharlo. Ahora almuerzas. Tienes lo que más te gusta.
—¿Qué es?
—No te lo digo; quiero sorprenderte.
—Bueno, lo mismo me da.
—Y después que almuerces, nos vamos de paseo. Tenemos un día que ni
de encargo. Llegaremos hasta la casa de Bernardina, y te distraerás
un rato.
—Bien, bien—dijo Fidela;—yo también quiero tomar el aire...
—No, hija mía, tú te quedas aquí. Otro día saldrás tú, y yo me quedo.
—¿De modo que voy...?
—Conmigo—afirmó la dama, como diciendo: «lo que es hoy no te
suelto».—Tengo que hablar con Bernardina...
—¡Salir!—exclamó el ciego respirando fuerte.—Buena falta me hace.
Parece que se me apolilla el alma...
—¿Ves, tontín, cómo el vivir es bueno?
—¡Oh..., según y conforme...!