Quedóse la señora un rato suspensa, el pensamiento lanzado en
persecución del misterioso porvenir, la mirada perdida en el
horizonte, que ya empezaba á teñirse de púrpura con el descenso del
sol entre nubes. El labio inferior marcó, con casi imperceptible
vibración, el encabritarse de la voluntad. Si era preciso seguir
luchando, á luchar sin tregua; las condiciones de la pelea y la
disposición del campo serían sin duda alguna muy distintas.
—Ya es tarde. Debemos marcharnos.
—¿Va la señorita en coche?
—Bien podría hoy volver en simón, y mis pobres piernas lo
agradecerían; pero no me atrevo. Tanto lujo pondría en cuidado á
Rafael. Iremos en el coche de San Francisco... (_Llamando._) Rafael,
hijo mío, que es tarde... (_Yendo hacia él, risueña._) ¿Qué? ¿Habéis
tomado ya toditas las trincheras? De fijo no quedará un moro para
contarlo.
—Estábamos—dijo el héroe de Berbería levantándose—en los mismísimos
Castillejos, cuando D. Juan Prim...
—Allí murió nuestro primo Gaspar de la Torre-Auñón, capitán de
artillería—indicó Rafael, volviendo el rostro hacia donde sonaba la
voz de su hermana.—Es la gloria más reciente de la familia. ¡Dichoso
él!... Conque... ¿nos vamos ya?
—Sí, hijo mío.
—Pues... paso redoblado... ¡Marchen!
En aquel momento salió de su taller el pirotécnico, todo tiznado,
las manos negras de andar con pólvora, y saludó cortésmente.
Mientras Rafael le hablaba del negocio de cohetes, y él maldecía
la crisis industrial que afectaba toda la fabricación de fuegos,
haciendo hincapié en la poca protección que daban los Ayuntamientos y
Corporaciones á industria tan brillante y á diversión tan instructiva
para el pueblo, Bernardina, tomándoles la delantera, acompañaba á su
ama hasta el boquete de entrada. «¿Llevo mañana las gallinas?»
—No, todavía no. Me llevarás, de las carnicerías de Tetuán, una
buena lengua para poner en escarlata...
—Bien.
—Y un buen solomillo.
—¿Quiere chorizo superior... de Salamanca?
—Ya hablaremos de eso.
El polvorista, que se lavó las manos en un santiamén, salió á darles
convoy hasta más abajo del Depósito de Aguas. Desde allí á su casa,
solitos y agarrados del brazo, tardaron los dos hermanos media hora,
que á ella le pareció larga por la prisa que de llegar tenía, y á él,
por la razón contraria, corta.
Ni Donoso ni Torquemada faltaron aquella noche, siendo muy de notar
en éste la turbación, el no saber qué decir ni qué cara poner. Ni
media palabra pronunció sobre el grave proyecto, pues D. José había
encargado á su amigo un silencio prudente sobre aquel arduo punto.
Tiempo había de explicarse. Mostróse Rafael seco y glacial en todo el
tiempo de la tertulia; pero sin permitirse ninguna inconveniencia.
Fidela evitaba el mirar cara á cara á D. Francisco, que no la quitaba
ojo, congratulándose en su fuero interno de aquel casto rubor de
la interesante joven, á quien ya tenía por suya. Hacia la mitad de
la velada, el novio fué perdiendo su cortedad; se soltaba, decía
cuchufletas, echándoselas de hombre locuaz y que sabe perfilar las
frases. Advirtieron todos en él un recrudecimiento de palabras finas,
aprendidas en los días últimos, y lanzadas ya en el torbellino
del discurso con la seguridad que sólo da una larga práctica.
Sus amaneramientos de lenguaje saltaban á la vista: si había que
manifestar algo del objeto ó fin de una cosa, decía _el objetivo_, y
en corto tiempo infinidad de _objetivos_ salieron á relucir, á veces
con dudosa propiedad; verbigracia: «No sé para qué riegan tanto las
calles, pues si el _objetivo_ es que no haya polvo, _lo que procede_
es barrer primero... Pero nadie como nuestro _Municipio_ (jamás
decía ya el _Ayuntamiento_) para _tergiversar_ las operaciones.»
También reveló un tenaz empeño de que se supiera que sabía decir
_por ende_, _ipso facto_, los _términos del dilema_, _bajo la base_.
Esto principalmente le cautivaba, y todo lo consideraba _bajo_ tales
ó cuales bases. Notaron asimismo las dos damas que iba adquiriendo
soltura; como que al despedirse lo hizo con cierta gallardía, y
Cruz no pudo menos de congratularse de tales progresos. Algo dijo
á Fidela, en el momento de salir, que no desagradó á ésta: era una
galantería que sin duda le había enseñado Donoso. En la cara de éste
se veía retozar el gozo, sin duda por la satisfacción de aquella
conquista por él dichosamente realizada. Había cogido á la fiera con
lazo, y de la fiera hacía, con sutil arte de mundo, un hombre, un
caballero, quién sabe si un personaje.
Cuando Cruz y Fidela se quedaron solas, después de acostado Rafael,
picotearon sobre lo mismo, y la hermana mayor dijo, entre otras
cosillas: «¿Verdad que es cada día menos ganso? Esta noche me ha
parecido otro hombre.»
—También á mí.
—El roce, la conciencia de su nueva posición. ¡Ah!, el hecho de
alternar con nosotras obliga, y él no es tonto y procura instruirse.
Verás como al fin...
—Pero, ¡ay!—observó Fidela con profunda tristeza.—Rafael no transige.
¡Si vieras lo que me ha dicho ahora cuando se acostaba...!
—No quiero saberlo. Déjame á mí, que yo le aplacaré los humos...
Acuéstate y no pensemos en dificultades, porque se vencerán todas,
todas. Lo digo yo y basta.
Muy inquieto estuvo Rafael toda la noche; tanto, que oyéndole
rezongar levantóse Cruz, y descalza se aproximó á su lecho. Él fingía
dormir sintiéndola acercarse, y la dama, después de un largo acecho,
se retiró intranquila. Al siguiente día, mientras Fidela le peinaba,
el ciego, nervioso, mascullaba palabras, y á cada instante quería
ponerse en pie.
—Por Dios, estate quietecito: ya te he clavado dos veces el peine en
las orejas.
—Dime, Fidela: ¿qué significan estas entradas y salidas de
Bernardina? Llegó esta mañana temprano, cuando yo no me había
levantado aún; salió, volvió á entrar, y así sucesivamente. Ahora
entra por quinta vez. Parece que lleva y trae no sé qué... ¿Qué
recados son estos? ¿Qué ocurre?
—Hijo, no sé. Bernardina trajo una lengua.
—¿Una lengua?
—Sí, para ponerla en escarlata... Y á propósito, hoy comerás un
bistec de solomillo riquísimo.
—Sin duda la abundancia reina en la casa—dijo Rafael con
sarcasmo.—¿Pues no sosteníais ayer que la situación es tal, la
escasez tan horrible, que no nos queda más remedio que entrar en un
asilo? ¿Cómo me compaginas el pedir limosna con la lengua escarlata?
—Toma: nos la regala Bernardina.
—¿Y el solomillo?
—¡No sé!... ¿Pero á ti qué te importa?
—¿Pues no ha de importarme? Quiero saber de dónde vienen esos
lujos que se han metido tan de rondón en esta casa de la miseria
vergonzante. Ó no sabéis lo que es dignidad, ó tendréis que declarar
que os ha caído la lotería. No, no vengáis con componendas: esos
son los _términos del dilema_, como diría la bestia, que anoche se
traía una de _dilemas_ y de _bases_ y de _objetivos_ que daba risa...
Por cierto que no tendréis queja de mí. He respetado á vuestro
mamarracho, y no he querido desmandarme en su presencia. Si lo
hiciera, me pondría á su nivel. No; mi buena educación jamás medirá
armas con su grosería villana.
—Por Dios, Rafael—dijo Fidela sofocadísima.
—No, si no puedo hablar de otra manera tratándose de ese hombre...
Cuando se marcha, el olor de cuadra que deja tras sí parece que lo
mantiene en mi presencia. Antes de llegar, cuando sube la escalera,
ya le anuncia el olor de cebolla.
—Eso sí que no es verdad. ¡Bah!..., no digas desatinos.
—Si yo reconozco que vuestro jabalí procura echar pelo fino, y va
aprendiendo á ser menos animal, y adquiere cierto parecido con
las personas. Ya no escupe en el pañuelo, ya no dice _por mor_ ni
_mismamente_, ya no se rasca la pantorrilla, que yo, sin verlo,
sentía un asco..., y el ruido de sus uñas me ponía nervioso, como
si sobre mi carne las sintiera. Reconozco que hay progresos. Buen
provecho para ti y para Cruz. Yo no le acepto ni en basto ni en
fino, y la puerta que se abra para darle entrada en casa, se abrirá
para darme á mí salida... ¡Qué quieres, soy así! No puedo volverme
otro. No he olvidado á mi madre: la tengo aquí..., y ella te habla
conmigo... No he olvidado á mi padre: le siento en mí, y esto que
digo lo dice él...
Fidela no pudo contener su emoción, y se echó á llorar, sin que con
esto se aplacara el ciego, que más excitado con los gemidos de su
hermana, siguió atosigándola en esta forma:
—Podrán Cruz y tú hacer lo que quieran. Yo me separo de vosotras.
Mucho os he querido y os quiero; me será imposible vivir lejos de ti,
Fidela, de ti, que eres el único encanto de esta vida mía, rodeada de
tinieblas; de ti, que eres para mí la luz, ó algo parecido á la luz
que he perdido. Me moriré de pena, de soledad; pero jamás autorizaré
con mi presencia esta degradación en que vais á caer.
—Cállate por Dios... No se hará nada... Le diremos que se vaya al
infierno con sus millones. Para vivir, yo me pondré de costurera, mi
hermana entrará á servir en casa de algún señor sacerdote ó persona
grave... ¿Qué importa? Hay que vivir, hermanito... Nos rebajaremos.
¿También eso te enoja?
—Eso no: lo que me subleva es que queráis introducir en mi familia
á esa asquerosa sanguijuela del pobre. Esto envilece, no el trabajo
honrado. ¡Si yo tuviera ojos, si yo sirviera para algo...! Pero el
no servir para nada, el ser una carga y un estorbo no me priva de la
dignidad, y otra vez y otra, y ciento y mil, te digo que no cedo, que
no consiento, que no me da la gana de entregarte á la bestia infame,
y que si persistís, yo me voy á pedir limosna por los caminos...
—¡Jesús, no digas eso!—exclamó espantada la joven corriendo á
abrazarle.
Afortunadamente, Cruz no estaba en casa. Cuando entró ya la crisis
había pasado, y Rafael, quieto y silencioso en el sitio de costumbre,
aguardaba su almuerzo.
—¡Si supieras qué cosita tan buena te he traído!—le dijo Cruz,
todavía con la mantilla puesta.—¿Á que no aciertas?
El almuerzo, preparado por Bernardina, estaba ya listo, y se lo
sirvieron afectando una alegría que en ambas era la más dolorosa
mueca que es posible imaginar. Comió Rafael con mediano apetito el
sabroso y tierno bistec; pero cuando le presentaron la golosina,
traída por la misma Cruz de casa de Lhardy, un pedazo de cabeza de
jabalí trufada, la rechazó con sequedad, diciendo gravemente: «No
puedo comerlo. Me huele á cebolla.»
—¿Á cebolla? Tú estás loco... ¡Tanto como te gusta!
—Me gusta, sí...; pero apesta... No lo quiero.
Las dos hermanas se miraron consternadas. Por la noche repitióse la
escena. Había traído también Cruz de casa de Lhardy unas salchichas
muy sabrosas, que á Rafael le gustaban extraordinariamente.
Resistióse á probarlas.
—Pero hijo...
—Apestan á cebolla.
—Vamos, no desvaríes.
—Es que me persigue el maldito olor de la cebolla... Vosotras mismas
lo tenéis en las manos. Se os ha pegado de algo que lleváis en el
portamonedas, y que ha venido á casa no sé cómo.
—No quiero contestarte... Supones cosas indignas, Rafael, que no
merecen ser tomadas en serio... No tienes derecho á ultrajar á tus
pobres hermanas, que darían su vida mil veces por ti.
—Por el decoro de la familia os pido, no las vidas, sino algo que
vale mucho menos.
—El decoro de la familia está en salvo...—replicó la mayor de las
Águilas con arranque viril.—¿Acaso eres tú el único depositario de
nuestro honor, de nuestra dignidad?
—Voy creyendo que sí.
—Haces mal en creerlo—añadió la dama, con vibración grande del labio
inferior.—Ya te pones pesadito, y un poco impertinente. Se te toleran
tus genialidades; pero llega un punto, hijo, en que se necesita para
tolerarlas mayor paciencia y mayor calma de las que yo tengo, y
cuenta que las tengo en grado sumo... Basta ya, y demos por terminada
esta cuestión. Yo lo quiero así, yo lo mando..., lo mando, ¿oyes?
Calló el desdichado, y poco después las dos damas se vestían á toda
prisa en su alcoba para recibir á los amigos Torquemada y Donoso.
Como Fidela lloriquease, revuelto aún su espíritu por la anterior
borrasca, Cruz la reprendió con aspereza. «Basta de blanduras. Esto
es ya demasiado tonto. Si nos achicamos, acabará por imponernos su
locura. No, no: hay que mostrarle energía, y oponer á sus escrúpulos
de señorito mimado una resolución inquebrantable... Ánimo, ó se nos
viene á tierra el andamiaje levantado con tanta dificultad.»