VIII

Quedóse la señora un rato suspensa, el pensamiento lanzado en

persecución del misterioso porvenir, la mirada perdida en el

horizonte, que ya empezaba á teñirse de púrpura con el descenso del

sol entre nubes. El labio inferior marcó, con casi imperceptible

vibración, el encabritarse de la voluntad. Si era preciso seguir

luchando, á luchar sin tregua; las condiciones de la pelea y la

disposición del campo serían sin duda alguna muy distintas.

—Ya es tarde. Debemos marcharnos.

—¿Va la señorita en coche?

—Bien podría hoy volver en simón, y mis pobres piernas lo

agradecerían; pero no me atrevo. Tanto lujo pondría en cuidado á

Rafael. Iremos en el coche de San Francisco... (_Llamando._) Rafael,

hijo mío, que es tarde... (_Yendo hacia él, risueña._) ¿Qué? ¿Habéis

tomado ya toditas las trincheras? De fijo no quedará un moro para

contarlo.

—Estábamos—dijo el héroe de Berbería levantándose—en los mismísimos

Castillejos, cuando D. Juan Prim...

—Allí murió nuestro primo Gaspar de la Torre-Auñón, capitán de

artillería—indicó Rafael, volviendo el rostro hacia donde sonaba la

voz de su hermana.—Es la gloria más reciente de la familia. ¡Dichoso

él!... Conque... ¿nos vamos ya?

—Sí, hijo mío.

—Pues... paso redoblado... ¡Marchen!

En aquel momento salió de su taller el pirotécnico, todo tiznado,

las manos negras de andar con pólvora, y saludó cortésmente.

Mientras Rafael le hablaba del negocio de cohetes, y él maldecía

la crisis industrial que afectaba toda la fabricación de fuegos,

haciendo hincapié en la poca protección que daban los Ayuntamientos y

Corporaciones á industria tan brillante y á diversión tan instructiva

para el pueblo, Bernardina, tomándoles la delantera, acompañaba á su

ama hasta el boquete de entrada. «¿Llevo mañana las gallinas?»

—No, todavía no. Me llevarás, de las carnicerías de Tetuán, una

buena lengua para poner en escarlata...

—Bien.

—Y un buen solomillo.

—¿Quiere chorizo superior... de Salamanca?

—Ya hablaremos de eso.

El polvorista, que se lavó las manos en un santiamén, salió á darles

convoy hasta más abajo del Depósito de Aguas. Desde allí á su casa,

solitos y agarrados del brazo, tardaron los dos hermanos media hora,

que á ella le pareció larga por la prisa que de llegar tenía, y á él,

por la razón contraria, corta.

Ni Donoso ni Torquemada faltaron aquella noche, siendo muy de notar

en éste la turbación, el no saber qué decir ni qué cara poner. Ni

media palabra pronunció sobre el grave proyecto, pues D. José había

encargado á su amigo un silencio prudente sobre aquel arduo punto.

Tiempo había de explicarse. Mostróse Rafael seco y glacial en todo el

tiempo de la tertulia; pero sin permitirse ninguna inconveniencia.

Fidela evitaba el mirar cara á cara á D. Francisco, que no la quitaba

ojo, congratulándose en su fuero interno de aquel casto rubor de

la interesante joven, á quien ya tenía por suya. Hacia la mitad de

la velada, el novio fué perdiendo su cortedad; se soltaba, decía

cuchufletas, echándoselas de hombre locuaz y que sabe perfilar las

frases. Advirtieron todos en él un recrudecimiento de palabras finas,

aprendidas en los días últimos, y lanzadas ya en el torbellino

del discurso con la seguridad que sólo da una larga práctica.

Sus amaneramientos de lenguaje saltaban á la vista: si había que

manifestar algo del objeto ó fin de una cosa, decía _el objetivo_, y

en corto tiempo infinidad de _objetivos_ salieron á relucir, á veces

con dudosa propiedad; verbigracia: «No sé para qué riegan tanto las

calles, pues si el _objetivo_ es que no haya polvo, _lo que procede_

es barrer primero... Pero nadie como nuestro _Municipio_ (jamás

decía ya el _Ayuntamiento_) para _tergiversar_ las operaciones.»

También reveló un tenaz empeño de que se supiera que sabía decir

_por ende_, _ipso facto_, los _términos del dilema_, _bajo la base_.

Esto principalmente le cautivaba, y todo lo consideraba _bajo_ tales

ó cuales bases. Notaron asimismo las dos damas que iba adquiriendo

soltura; como que al despedirse lo hizo con cierta gallardía, y

Cruz no pudo menos de congratularse de tales progresos. Algo dijo

á Fidela, en el momento de salir, que no desagradó á ésta: era una

galantería que sin duda le había enseñado Donoso. En la cara de éste

se veía retozar el gozo, sin duda por la satisfacción de aquella

conquista por él dichosamente realizada. Había cogido á la fiera con

lazo, y de la fiera hacía, con sutil arte de mundo, un hombre, un

caballero, quién sabe si un personaje.

Cuando Cruz y Fidela se quedaron solas, después de acostado Rafael,

picotearon sobre lo mismo, y la hermana mayor dijo, entre otras

cosillas: «¿Verdad que es cada día menos ganso? Esta noche me ha

parecido otro hombre.»

—También á mí.

—El roce, la conciencia de su nueva posición. ¡Ah!, el hecho de

alternar con nosotras obliga, y él no es tonto y procura instruirse.

Verás como al fin...

—Pero, ¡ay!—observó Fidela con profunda tristeza.—Rafael no transige.

¡Si vieras lo que me ha dicho ahora cuando se acostaba...!

—No quiero saberlo. Déjame á mí, que yo le aplacaré los humos...

Acuéstate y no pensemos en dificultades, porque se vencerán todas,

todas. Lo digo yo y basta.

Muy inquieto estuvo Rafael toda la noche; tanto, que oyéndole

rezongar levantóse Cruz, y descalza se aproximó á su lecho. Él fingía

dormir sintiéndola acercarse, y la dama, después de un largo acecho,

se retiró intranquila. Al siguiente día, mientras Fidela le peinaba,

el ciego, nervioso, mascullaba palabras, y á cada instante quería

ponerse en pie.

—Por Dios, estate quietecito: ya te he clavado dos veces el peine en

las orejas.

—Dime, Fidela: ¿qué significan estas entradas y salidas de

Bernardina? Llegó esta mañana temprano, cuando yo no me había

levantado aún; salió, volvió á entrar, y así sucesivamente. Ahora

entra por quinta vez. Parece que lleva y trae no sé qué... ¿Qué

recados son estos? ¿Qué ocurre?

—Hijo, no sé. Bernardina trajo una lengua.

—¿Una lengua?

—Sí, para ponerla en escarlata... Y á propósito, hoy comerás un

bistec de solomillo riquísimo.

—Sin duda la abundancia reina en la casa—dijo Rafael con

sarcasmo.—¿Pues no sosteníais ayer que la situación es tal, la

escasez tan horrible, que no nos queda más remedio que entrar en un

asilo? ¿Cómo me compaginas el pedir limosna con la lengua escarlata?

—Toma: nos la regala Bernardina.

—¿Y el solomillo?

—¡No sé!... ¿Pero á ti qué te importa?

—¿Pues no ha de importarme? Quiero saber de dónde vienen esos

lujos que se han metido tan de rondón en esta casa de la miseria

vergonzante. Ó no sabéis lo que es dignidad, ó tendréis que declarar

que os ha caído la lotería. No, no vengáis con componendas: esos

son los _términos del dilema_, como diría la bestia, que anoche se

traía una de _dilemas_ y de _bases_ y de _objetivos_ que daba risa...

Por cierto que no tendréis queja de mí. He respetado á vuestro

mamarracho, y no he querido desmandarme en su presencia. Si lo

hiciera, me pondría á su nivel. No; mi buena educación jamás medirá

armas con su grosería villana.

—Por Dios, Rafael—dijo Fidela sofocadísima.

—No, si no puedo hablar de otra manera tratándose de ese hombre...

Cuando se marcha, el olor de cuadra que deja tras sí parece que lo

mantiene en mi presencia. Antes de llegar, cuando sube la escalera,

ya le anuncia el olor de cebolla.

—Eso sí que no es verdad. ¡Bah!..., no digas desatinos.

—Si yo reconozco que vuestro jabalí procura echar pelo fino, y va

aprendiendo á ser menos animal, y adquiere cierto parecido con

las personas. Ya no escupe en el pañuelo, ya no dice _por mor_ ni

_mismamente_, ya no se rasca la pantorrilla, que yo, sin verlo,

sentía un asco..., y el ruido de sus uñas me ponía nervioso, como

si sobre mi carne las sintiera. Reconozco que hay progresos. Buen

provecho para ti y para Cruz. Yo no le acepto ni en basto ni en

fino, y la puerta que se abra para darle entrada en casa, se abrirá

para darme á mí salida... ¡Qué quieres, soy así! No puedo volverme

otro. No he olvidado á mi madre: la tengo aquí..., y ella te habla

conmigo... No he olvidado á mi padre: le siento en mí, y esto que

digo lo dice él...

Fidela no pudo contener su emoción, y se echó á llorar, sin que con

esto se aplacara el ciego, que más excitado con los gemidos de su

hermana, siguió atosigándola en esta forma:

—Podrán Cruz y tú hacer lo que quieran. Yo me separo de vosotras.

Mucho os he querido y os quiero; me será imposible vivir lejos de ti,

Fidela, de ti, que eres el único encanto de esta vida mía, rodeada de

tinieblas; de ti, que eres para mí la luz, ó algo parecido á la luz

que he perdido. Me moriré de pena, de soledad; pero jamás autorizaré

con mi presencia esta degradación en que vais á caer.

—Cállate por Dios... No se hará nada... Le diremos que se vaya al

infierno con sus millones. Para vivir, yo me pondré de costurera, mi

hermana entrará á servir en casa de algún señor sacerdote ó persona

grave... ¿Qué importa? Hay que vivir, hermanito... Nos rebajaremos.

¿También eso te enoja?

—Eso no: lo que me subleva es que queráis introducir en mi familia

á esa asquerosa sanguijuela del pobre. Esto envilece, no el trabajo

honrado. ¡Si yo tuviera ojos, si yo sirviera para algo...! Pero el

no servir para nada, el ser una carga y un estorbo no me priva de la

dignidad, y otra vez y otra, y ciento y mil, te digo que no cedo, que

no consiento, que no me da la gana de entregarte á la bestia infame,

y que si persistís, yo me voy á pedir limosna por los caminos...

—¡Jesús, no digas eso!—exclamó espantada la joven corriendo á

abrazarle.

Afortunadamente, Cruz no estaba en casa. Cuando entró ya la crisis

había pasado, y Rafael, quieto y silencioso en el sitio de costumbre,

aguardaba su almuerzo.

—¡Si supieras qué cosita tan buena te he traído!—le dijo Cruz,

todavía con la mantilla puesta.—¿Á que no aciertas?

El almuerzo, preparado por Bernardina, estaba ya listo, y se lo

sirvieron afectando una alegría que en ambas era la más dolorosa

mueca que es posible imaginar. Comió Rafael con mediano apetito el

sabroso y tierno bistec; pero cuando le presentaron la golosina,

traída por la misma Cruz de casa de Lhardy, un pedazo de cabeza de

jabalí trufada, la rechazó con sequedad, diciendo gravemente: «No

puedo comerlo. Me huele á cebolla.»

—¿Á cebolla? Tú estás loco... ¡Tanto como te gusta!

—Me gusta, sí...; pero apesta... No lo quiero.

Las dos hermanas se miraron consternadas. Por la noche repitióse la

escena. Había traído también Cruz de casa de Lhardy unas salchichas

muy sabrosas, que á Rafael le gustaban extraordinariamente.

Resistióse á probarlas.

—Pero hijo...

—Apestan á cebolla.

—Vamos, no desvaríes.

—Es que me persigue el maldito olor de la cebolla... Vosotras mismas

lo tenéis en las manos. Se os ha pegado de algo que lleváis en el

portamonedas, y que ha venido á casa no sé cómo.

—No quiero contestarte... Supones cosas indignas, Rafael, que no

merecen ser tomadas en serio... No tienes derecho á ultrajar á tus

pobres hermanas, que darían su vida mil veces por ti.

—Por el decoro de la familia os pido, no las vidas, sino algo que

vale mucho menos.

—El decoro de la familia está en salvo...—replicó la mayor de las

Águilas con arranque viril.—¿Acaso eres tú el único depositario de

nuestro honor, de nuestra dignidad?

—Voy creyendo que sí.

—Haces mal en creerlo—añadió la dama, con vibración grande del labio

inferior.—Ya te pones pesadito, y un poco impertinente. Se te toleran

tus genialidades; pero llega un punto, hijo, en que se necesita para

tolerarlas mayor paciencia y mayor calma de las que yo tengo, y

cuenta que las tengo en grado sumo... Basta ya, y demos por terminada

esta cuestión. Yo lo quiero así, yo lo mando..., lo mando, ¿oyes?

Calló el desdichado, y poco después las dos damas se vestían á toda

prisa en su alcoba para recibir á los amigos Torquemada y Donoso.

Como Fidela lloriquease, revuelto aún su espíritu por la anterior

borrasca, Cruz la reprendió con aspereza. «Basta de blanduras. Esto

es ya demasiado tonto. Si nos achicamos, acabará por imponernos su

locura. No, no: hay que mostrarle energía, y oponer á sus escrúpulos

de señorito mimado una resolución inquebrantable... Ánimo, ó se nos

viene á tierra el andamiaje levantado con tanta dificultad.»

Torquemada en la cruz · 第 25 / 36 题