IV

Á la siguiente mañana, tempranito, cuando Rafael aún no rebullía,

Cruz trincó á su hermana, y metiéndose con ella en la cocina, lugar

retirado y silencioso, desde el cual, por mucho que se alzase la

voz, no podía ésta llegar al sutil oído del ciego, sin preparativos

ni atenuantes, que aquella mujer de acero no acostumbraba usar en

las ocasiones de verdadera gravedad, se lo dijo. Y muy clarito, en

breves y categóricas palabras.

—¡Yo..., pero yo...!—exclamó Fidela abriendo los ojos todo lo que

abrirlos podía.

—Tú, sí... No hay más que hablar.

—¿Yo, dices?

—¡Tú, tú! No hay otra solución. Es preciso.

Cuando Cruz, con aquel solemne y autoritario acento, robustecido y

virilizado en el continuo batallar con la suerte, decía _es preciso_,

no había más remedio que bajar la cabeza. Allí se obedecía á estilo

de disciplina militar, ó con la sumisión callada de la ordenanza

jesuítica, _perinde ac cadaver_.

—¿Creías tú otra cosa?—dijo después de una pausa, en que observaba en

el rostro de Fidela los efectos del testarazo.

—Anoche empecé á sospecharlo, y creí..., creí que serías tú...

—No, hija mía, tú. Conque, ya lo sabes.

Dijo esto con fría tranquilidad de ama de casa, como si le mandara

mondar los guisantes ó poner los garbanzos de remojo. Alzó los

hombros Fidela, y pestañeando á toda prisa, replicó: «Bueno...», y se

fué hacia su cuarto, disparada, sin saber adonde iba.

La primera impresión de la graciosa joven, pasado el estupor del

momento en que oyó la noticia, fué de alegría, de un respirar libre

y de un desahogo del alma y de los pulmones, como si le quitaran

de encima un formidable peñasco, con el cual venía cargada desde

inmemorial fecha. El peñasco podía ser una pesadísima joroba que en

aquel instante por sí sola se le extirpaba, permitiéndole erguirse

con su natural gallardía. «Matrimonio—se dijo—significa límite. De

aquí para allá, no más miseria, no más hambre, no más agonías, ni

la tristeza infinita de esta cárcel... Podré vestirme con decencia,

mudarme de ropa, arreglarme, salir á la calle sin morirme de

vergüenza, ver gente, tener amigas..., y sobre todo, soltar este

remo de galera, no tener que volverme loca pensando en cómo ha de

durar un calabacín toda la semana..., no contar los garbanzos como

si fueran perlas, no cortar y medir al quilate los pedacitos de pan,

comerme un huevo entero..., rodear á mi pobre hermano de comodidades,

llevarle á baños, ir yo también, viajar, salir, correr, ser lo que

fuimos... ¡Ay, hemos sufrido tanto, que el dejar de sufrir parece

un sueño! ¿Acaso estoy yo despierta?» Se pellizcaba y luego corría

por toda la casa, emprendiendo maquinalmente las faenas habituales:

coger un zorro y empezar á sacudir latigazos á las puertas, coger

también la escoba, barrer... «No hagas mucho ruido—le dijo Cruz, que

pasaba del comedor á la cocina llevando loza.—Todavía me parece que

duerme. Mira..., yo barreré un poco; enciende tú la lumbre: toma la

cerilla... Cuidadito al encenderla, que no tenemos más que tres por

junto.» Daba estas órdenes con sencillez, como si momentos antes no

hubiera ejercido su autoridad en la cosa más grave que ejercerse

podría. Creyérase que no había pasado nada, que todo había sido

broma. Pero Cruz era así, un carácter entero, que disponía lo que

juzgaba conveniente, empleando la misma autoridad glacial en las

cosas chicas que en las grandes. Cambió de mano la escoba. ¡Sabe Dios

lo que Cruz pensaba mientras barría! Fidela, al encender la lumbre,

siguió recreando su mente con la risueña perspectiva del cambio de

vida. Hubo de pasar algún tiempo, en el cual prendió la astilla y se

levantó la vagorosa llama, antes de que comenzara la natural reacción

de aquel júbilo, ó el despertar de aquel ensueño, permitiendo ver

la realidad del tremendo caso. La llama atacaba con brío el carbón,

cuando á Fidela se le representó la imagen de Torquemada en toda

su estrafalaria tosquedad. Bien observado le tenía, y jamás pudo

encontrar en él ninguna gracia de las que adornan el sexo fuerte.

¿Pero qué remedio había más que resignarse para poder vivir? ¿Era ó

no una salvación? Pues siendo salvación para los tres, ella por los

tres se ofrecía en holocausto al monstruo, y se le entregaba por

toda la vida. Menos mal si los demás vivían alegres, aunque ella

pasase la pena negra con los amargores de aquel brebaje que se tenía

que tomar.

Esta idea le quitó el apetito, y cuando su hermana preparó, con la

rapidez de costumbre, el chocolate con agua que á las dos servía de

desayuno, Fidela no quiso probarlo.

—¿Ya vienes con tus remilgos? ¡Si está muy bueno!—le dijo Cruz,

poniendo sobre la mesa de la cocina los mendrugos de pan del día

anterior que ayudaban á tragar la pócima.—¿Qué? ¿Estás preocupada

con lo que te dije? ¡Ay, hija mía, en esta fiera lucha que venimos

sosteniendo, cuando hay que hacer algo se hace! Á ti te ha tocado

esta obligación, como á mí me han tocado otras, bien rudas por

cierto, y no hay remedio. Si los tres hemos de vivir, de ti dependen

nuestras vidas. Y no resulta el sacrificio tan duro como á primera

vista parece. Cierto que no es muy galán que digamos. Cierto que se

ha enriquecido prestando dinero con espantosa usura, y lleva sobre

sí el menosprecio y el odio de tanta y tanta víctima. ¡Pero ay,

Fidela, no puede una escoger el peñasco en que ha de tomar tierra! La

tempestad nos arroja en ese. ¿Qué hemos de hacer más que agarrarnos?

Figúrate que somos pobres náufragos flotando entre las olas sobre

una tabla podrida. ¡Que nos ahogamos, que nos traga el abismo! Y

así se pasan días, meses, años. Por fin alcanzamos á ver tierra.

¡Ay, una isla! ¿Qué hemos de hacer más que plantarnos en ella y dar

gracias á Dios? ¿Es justo que, ahogándonos y viendo tierra cercana,

nos pongamos á discutir si la isla es bonita ó fea, si hay en ella

flores ó cardos borriqueros, si tiene pájaros lindos ó lagartijas y

otras alimañas asquerosas? Es una isla, es suelo sólido, y en ella

desembarcamos. Ya procuraremos pasarlo allí lo mejor posible. ¡Y

quién sabe, quién sabe si metiéndonos tierra adentro encontraremos

árboles y valles hermosos, aguas saludables, y todo el bien de que

estamos privadas!... Conque... no hay que afligirse. Es hombre de

clase inferior y de extracción villana. Pero su inferioridad y las

ganas que tiene de aseñorarse le harán más dócil, más dúctil, y

conseguiremos volverle del revés. Por más que tú digas, yo veo en

él cualidades; no es tonto, no. Rascando en aquella corteza, se

encuentra rectitud, sensibilidad, juicio claro... En fin, casados os

vea yo, y déjale de mi cuenta... (_Pausa._) ¿Y á qué viene ahora ese

lloro? Guarda la lagrimita para cuando venga á pelo. Esto no es una

desgracia; esto, después de diez años de horrible sufrimiento, es una

salvación, un inmenso bien. Reflexiona y lo comprenderás.

—Sí, lo comprendo... No digo nada—murmuró Fidela, decidiéndose á

tomar el chocolate, que más pudo al fin la necesidad que el asco.—¿Es

preciso hacerlo? Pues no se hable más. Aunque el sacrificio fuera

mucho mayor, yo lo haría. No están los tiempos para escrupulizar, ni

para pedir que nos sirvan platos de gusto. Lo que dices..., ¡quién

sabe si será la isla menos árida y menos fea de lo que parece mirada

desde el mar!

—Justo... ¡Quién sabe...!

—Y si una vez salvados, nos alegraremos de estar en ella... Porque

eso no se sabe. ¡Cuántas se han casado creyendo que iban á ser muy

felices, y luego resultaba que él era un perdido y un sinvergüenza!

¡Y cuántas se casan como quien va al matadero, y luego...!

—Justo... Luego se encuentran con ciertas virtudes que suplen la

belleza, y con un orden económico que al fin y al cabo hace la

vida metódica, dulce y agradable. En este mundo pícaro no hay que

esperar felicidades de relumbrón, que casi siempre son humo; basta

adquirir un mediano bienestar. Las necesidades satisfechas: eso es lo

principal... ¡Vivir, y con esto se dice todo!

—¡Vivir!..., eso es... Pues bien, hermana, si de mí depende,

viviremos.

Gozosa de su triunfo se levantó Cruz, y encargando á su hermana

que no diese la noticia á Rafael sino después de prepararle

gradualmente, se vistió de máscara para ir á la compra, la obligación

que más la molestara y que más penosa se le hacía entre todas las

cargas de aquella abrumadora existencia.

Rafael llamaba. Acudió Fidela, y dándole la ropa le incitó á

levantarse. Aquel día estaba la joven de buenas, y propuso á su

hermano llevarle á dar un paseo.

—Noto en el timbre de tu voz una cosa muy extraña—le dijo el ciego,

levantado ya, y cuando la hermana le ponía delante la jofaina para

que se lavase la cara.—No me niegues que te pasa algo. Tú estás más

alegre que otros días...; alegre, sí, y conmovida... Tú has llorado,

Fidela, no me lo niegues; hay en tu voz la humedad de lágrimas que se

han secado hace un ratito. Tú has reído después ó antes de llorar.

Todavía te queda en la voz la vibración de la risa.

—Anda, no hagas caso... Date prisa, que es hora de peinarte, y te voy

á poner hoy más guapo que un sol.

—Dame la toalla.

—Toma...

—¿Qué hay? Cuéntamelo todo...

—Pues hay... un poquitín de novedades.

—¿Ves? Anoche lo dije. Si yo adivino...

—Pues...

—¿Ha estado alguien en casa?

—Nadie, hijo.

—¿Han traído alguna carta?

—No.

—Yo soñé que traían una carta con buenas noticias.

—Las buenas noticias pueden llegar sin carta; vienen por el aire,

por los medios desconocidos que suele usar la infinita sabiduría del

Señor.

—¡Ay, me pones en ascuas! Dilo pronto.

—Te peinaré primero... Estate quieto... No hagas visajes...

—¡Oh, no seas cruel!... ¡Qué suplicio!

—Si no es nada, hijito... Quieto. Déjame sacar bien la raya. ¡Apenas

es importante la raya!

—Á propósito de raya... ¿Qué es eso del límite que dijo Cruz? No he

pensado en otra cosa durante toda la noche. ¿Quiere decir que hemos

llegado al límite de nuestro sufrimiento?

—Sí.

—¿Cómo?... (_Levantándose con febril inquietud._) Dímelo, dímelo al

instante... Fidela, no me irrites, no abuses de mi estado, de esta

ceguera que me aisla del mundo y me encierra dentro de una esfera

de engaños y mentiras. Ya que no puedo ver la luz, vea al menos la

verdad, la verdad, Fidela, hermana querida.

V

—Sosiégate... Te diré todo—replicó Fidela, un poquitín asustada,

colgándose de sus hombros para hacerle sentar.—Tiempo hacía que no te

enfadabas así.

—Es que desde ayer estoy como un arma cargada á pelo. Me tocan y

me disparo... No sé qué es esto... Un presentimiento horrible, un

temor... Dime: en ese cambio feliz que nos espera, ¿ha tenido algo

que ver D. José Donoso?

—Puede que sí: no te lo aseguro.

—¿Y D. Francisco Torquemada?

Pausa. Silencio grave, durante el cual, el vuelo de una mosca sonaba

como si el espacio fuera un gran cristal rayado por el diamante.

—¿No respondes? ¿Estás ahí?—dijo el ciego con ansiedad vivísima.

—Aquí estoy.

—Dame tu mano... Á ver.

—Pues siéntate y ten juicio.

Rafael se sentó y su hermana le besó la frente, dejándose atraer por

él, que le tiraba del brazo.

—Paréceme que lloras. (_Tentándole la cara._) Sí..., tu cara está

mojada. Fidela, ¿qué es esto? Respóndeme á la pregunta que te hice.

En ese cambio, en ese..., no sé cómo decirlo..., ¿figura de algún

modo, como causa, como agente principal, ese amigo de casa, ese

hombre ordinario que ahora estudia para persona decente?

—Y si figurara, ¿qué?—contestó la joven después de hacerse repetir

tres veces la pregunta.

—No digas más. ¡Me estás matando!—exclamó el ciego apartándola de

sí.—Vete, déjame solo... No creas que me coge de nuevas la noticia.

Hace días que me andaba por dentro una sospecha... Era como un

insecto que me picaba las entrañas, que me las comía... ¡Sufrimiento

mayor...! No quiero saber más: acerté. ¡Qué manera de adivinar! Pero

dime: ¿no trajisteis á ese hombre á casa como bufón para que nos

divirtiera con sus gansadas?

—Cállate, por Dios—dijo Fidela con terror.—Si Cruz te oye se enojará.

—Que me oiga. ¿Dónde está?

—Vendrá pronto...

—¡Y ella...! Dios mío, bien hiciste en cegarme para que no viera

tanta ignominia... Pero si no la veo, la siento, la toco...

Gesticulaba en pie, y habría caído tropezando contra los muebles, si

su hermana no se abrazara á él, llevándole casi por fuerza al sillón.

—Hijo, por Dios, no te pongas así. Si no es lo que tú crees.

—Que sí, que sí es.

—Pero óyeme... Ten juicio, ten prudencia. Déjame que te peine.

De una manotada arrancó Rafael el peine de manos de Fidela, y lo

partió en dos pedazos.

—Vete á peinar á ese mastín, que lo necesitará más que yo. Estará

lleno de miseria...

—¡Hijo, por Dios!..., te vas á poner malito.

—Es lo que deseo. Mejor me vendría morirme, y así os quedabais tan

anchas, en libertad para degradaros cuanto quisierais.

—¡Degradarnos! ¿Pero tú qué te figuras?

—No, si ya sé que se trata de matrimonio en regla. Os vendéis, por

mediación ó corretaje de la Santa Iglesia. Lo mismo da. La ignominia

no es menor por eso. Sin duda creéis que nuestro nombre es un troncho

de col, y se lo arrojáis al cerdo para que se lo coma.

—¡Oh, qué disparates estás diciendo!... Tú no estás bueno, Rafael. Me

haces un daño horrible...

Echóse á llorar la pobre joven, y en tanto su hermano se encerraba en

torvo silencio.

—Daño, no—le dijo al fin;—no puedo hacerte daño. El daño te lo haces

tú misma, y á mí me toca compadecerte con toda mi alma y quererte

más. Ven acá.

Abrazáronse con ternura, y lloraron el uno sobre el pecho de la otra,

con la efusión ardiente de una despedida para la eternidad.

Inmenso cariño aunaba las almas de los tres hermanos del Águila. Las

dos hembras sentían por el ciego un amor que la compasión elevaba á

idolatría. Él les pagaba en igual moneda; pero queriéndolas mucho

á las dos, algún matiz distinguía el afecto á Cruz del afecto á

Fidela. En la hermana mayor vió siempre como una segunda madre, dulce

autoridad que, aun ejerciéndose con firmeza, reforzaba el cariño. En

Fidela no veía más que la hermanita querida, compañera de desgracias,

y hasta de juegos inocentes. En vez de autoridad, confianza, bromas,

ternura, y un vivir conjuntivo, alma en alma; sintiendo cada uno por

los dos. Era un caso de hermanos siameses, seres unidos por algo

más que el parentesco y un lazo espiritual. Á Cruz la miraba Rafael

con veneración casi religiosa: para ella eran los sentimientos de

filial sumisión y respeto; para Fidela toda la ternura y delicadeza

que su vida de ciego acumulaba en él, como manantial que no corre, y

labrando en su propio seno, forma un pozo insondable.

Llorando sin tregua, no sabían desabrazarse. Fidela fué la primera

que quiso poner fin á escena tan penosa, porque si Cruz entraba y

les veía tan afligidos, tendría un disgusto. Secándose á toda prisa

las lágrimas, porque creyó sentir el ruido del llavín en la puerta,

dijo á su hermano: «Disimula, hijo. Creo que ha entrado... Si nos ve

llorando... de fijo se incomodará... Creerá que te he dicho lo que no

debo decirte...»

Rafael no chistó. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cabello en

desorden, esparcido sobre la frente, parecía un Cristo que acaba de

expirar, ó más bien _Eccehomo_, por la postura de los brazos, á los

que no faltaba más que la caña para que el cuadro resultase completo.

Cruz se asomó á la puerta, sin soltar aún el disfraz que usaba para

ir á la compra. Les observó á los dos, pálida, muda, y se retiró

al instante. No necesitaba más informaciones para comprender que

Rafael lo sabía, y que el efecto de la noticia había sido desastroso.

La convivencia en la desgracia, el aislamiento y la costumbre de

observarse de continuo los tres, daban á cada uno de los individuos

de la infeliz familia una perceptibilidad extremada, y un golpe

de vista certero para conocer lo que pensaban y sentían los otros

dos. Ellas leían en la fisonomía de él como en el Catecismo: él las

había estudiado en el metal de voz. Ningún secreto era posible entre

aquellos tres adivinos, ni segunda intención que al punto no se

descubriera. «Todo sea por Dios», se dijo Cruz, camino de la cocina,

con sus miserables paquetes de víveres.

Arrojando su carga sobre la mesa, con gesto de cansancio, sentóse

y puso entre sus trémulas manos la cabeza. Fidela se acercó de

puntillas. «Ya—le dijo Cruz, dando un gran suspiro,—ya veo que lo

sabe y que le ha sentado mal.»

—Tan mal, que... ¡Si vieras..., una cosa horrible...!

—¿Acaso se lo dijiste de sopetón? ¿No te encargué...?

—¡Quiá! Si él ya lo sabía...

—Lo adivinó. ¡Pobre ángel! La falta de vista le aguza el

entendimiento. Todo lo sabe.

—No transige.

—El maldito orgullo de raza. Nosotras lo hemos perdido con este

baqueteo espantoso del destino. ¡Raza, familia, clases! ¡Qué

miserable parece todo eso desde esta mazmorra en que Dios nos tiene

metidas hace tantos años! Pero él conserva ese orgullo, la dignidad

del nombre que se tenía por ilustre, que lo era... Es un ángel de

Dios, un niño: su ceguera le conserva tal y como fué en mejores

tiempos. Vive como encerrado en una redoma, en el recuerdo de un

pasado bonito, que... El nombre lo indica: _pasado_ quiere decir...

lo que no ha de volver.

—Me temo mucho—dijo Fidela secreteando—que tu... proyecto no pueda

realizarse.

—¿Por qué?—preguntó la otra con viveza, echando lumbre por los ojos.

—Porque... Rafael no resistirá la pesadumbre...

—¡Oh!, no será tanto... Le convenceré, le convenceremos. No hay que

dar tanta importancia á una primera impresión... Él mismo reconocerá

que es preciso... Digo que es preciso, y que es preciso..., y se hará.

Reforzó la afirmación dejando caer su puño cerrado sobre la mesa, que

gimió con estallido de maderas viejas, haciendo rebotar el pedazo de

carne envuelto en un papel. Después, la dama suspiró al levantarse.

Diríase que al tomar aliento con toda la fuerza de sus pulmones,

metía en su interior una gran cuchara para sacar la energía que,

después del colosal gasto de aquellos años, aún quedaba dentro. Y

quedaba mucha: era una mina inagotable.

—No hay que acobardarse—añadió, sacando del ensangrentado papel el

pedazo de carne y desenvolviendo los otros paquetes.—No pensemos

ahora en eso, porque nos volveríamos locas, y á trabajar... Mira,

corta un pedazo para bistec. Lo demás lo pones como ayer... Nada de

cocido. Aquí tienes el tomate..., un poco de lombarda..., los tres

langostinos..., el huevo..., tres patatas... Haremos para la noche

sopa de fideos... Y no te muevas de aquí por ahora, ni vuelvas allá.

Yo le peinaré, y veremos si logro templarle.

Encontróle en la misma actitud de _Eccehomo_ sin caña.

—¿Qué te pasa, hijo mío?—le dijo besándole en el pelo y dando á

su voz toda la ternura posible.—Voy á peinarte. Á ver..., no hagas

mañas. ¿Te duele algo, tienes algún pesar? Pues cuéntamelo prontito,

que ya sabes que estoy aquí para procurarte todo el bien posible...

Vamos, Rafael, pareces un chiquillo: mira, hijo, que son las tantas;

no te has peinado, y tenemos mucho que hacer.

Con una de cal y otra de arena, con palabras dulcísimas, entreveradas

de otras autoritarias, le dominaba siempre. El respeto á la hermana

mayor, en quien había visto, desde que empezaron los tiempos de

desgracia, un ser dotado de sobrenatural energía y capacidad para

el gobierno, puso en el alma de Rafael, y sobre aquellos ímpetus de

rebeldía mostrados poco antes, pesadísima losa. Dejóse peinar. La

primogénita del Águila, que siempre se crecía ante las dificultades,

en vez de rehuir la cuestión, la embistió de frente.

—¡Bah!..., todo eso... por lo que te ha dicho Fidela del pobre D.

Francisco y de sus pretensiones. ¡El pobre señor es tan bueno, nos ha

tomado un cariño tal...! Y ahora sale con la tecla de querer aplicar

un remedio definitivo á nuestra horrible situación, á esta agonía en

que vivimos, abandonados de todo el mundo. Y no hay que acordarse ya

del pleito, que es cosa perdida, por falta de recursos. Se ganaría si

pudiéramos hacer frente á los gastos de curia... ¿Pero quién piensa

en eso?... Pues como te decía, el buenazo de D. Francisco quiere

traer un cambio radical á nuestra existencia; quiere... que vivamos.

Sintió la peinadora que bajo sus dedos se estremecía la cabeza y la

persona toda del pobre ciego. Pero éste no dijo nada; y después de

sacar cuidadosamente la raya, siguió impávida presentando con lenta

ductilidad y cautela la temida cuestión.

—¡Pobre señor! Por los de Canseco he sabido ayer que todo eso que

se cuenta de su avaricia es una falsa opinión propalada por sus

enemigos. ¡Oh!, el que hace bien los tiene, los cría al calorcillo

de su propia generosidad. Me consta que á la chita callando, y aun

dejándose desollar vivo por los calumniadores, D. Francisco ha

remediado muchas desdichas, ha enjugado muchas lágrimas. Sólo que no

es de los que cacarean sus obras de caridad, y prefiere pasar por

codicioso... Es más, le gusta verse menospreciado por la voz pública.

Yo digo que así es más meritorio el buen hombre, y más cristiano...

¡Ah!, con nosotras se ha portado siempre como un cumplido caballero.

Y lo es, lo es, á pesar de su bárbara corteza...

Nada. Rafael no decía una palabra, y esto desconcertaba á la hermana

mayor que le requería para que hablase, pues en la discusión tenía

la seguridad de vencerle, disparándole las andanadas de su decir

persuasivo. Pero el ciego, conociendo sin duda que en la controversia

saldría derrotado, se amparaba en la inercia, en el mutismo, como en

un reducto inexpugnable.

Torquemada en la cruz · 第 22 / 36 题