Aquella fué la noche en que D. Francisco dejó de asistir á la
tertulia, lo que no causó poca extrañeza, pues era de una puntualidad
que él mismo solía llamar _matemática_, empleando con deleite un
término que le parecía de los más felices. ¿Qué tendría, qué no
tendría?... Todo era conjeturas, temores de enfermedad. Al retirarse,
Donoso prometió mandar un recado lo más temprano posible del día
próximo, para saber á qué atenerse.
Cuando Fidela, como de costumbre, ayudaba á Rafael á quitarse la ropa
para meterse en el lecho, el ciego, en voz tan apagada que pudiera
dudarse si hablaba con su hermana ó consigo mismo, decía: «No cabe
duda, no. Algo ocurre.»
—¿Qué estás ahí rezongando?
—Lo que te dije... Veo un suceso, un suceso extraordinario, aquí,
sobre la casa, dándole sombra como una nube que casi se toca con la
mano, ó como un gran pájaro con las alas abiertas...
—¿Pero en qué te fundas tú para pensar tal cosa? Caviloso eres...
—Me fundo..., no sé en qué me fundo. Cuando uno no ve, se le
desarrolla un sentido nuevo, el sexto sentido, el poder de
adivinación, cierta seguridad del presentimiento que... No sé, no sé
lo que es. Me mareo pensándolo... Pero jamás me equivoco.
Cualquier suceso insignificante que alterara en mínima parte la
monótona regularidad de la triste existencia de aquella familia era
para Rafael motivo de cavilaciones, poniendo en febril ejercicio
su facultad de husmear los sucesos en misteriosos efluvios de la
atmósfera. El no haber venido aquella noche Torquemada, motivo
fué para pensar en un desequilibrio de los hechos que componían el
inalterable cuadro vital de la tertulia; y aunque Rafael no echaba de
menos á D. Francisco, vió en aquel vacío creado por su ausencia algo
anormal, que le confirmaba en sus sospechas ó barruntos. Y enlazando
aquella ausencia con fenómenos acústicos del género más sutil, como
el timbre de voz de su hermana mayor, se metía en un laberinto de
hipótesis, capaz de volver loco á quien no tuviera por cabeza una
perfecta _máquina de probabilidades_.
—Vaya, niño—indicó su hermana arropándole,—no pienses tonterías, y á
dormir.
Entró Cruz á ver si estaba bien acostado, ó si algo le faltaba.
—¿Sabes?—le dijo Fidela, que á broma tomaba siempre aquellas
cosas.—Dice que algo va á suceder, rarísimo y nunca visto.
—Niño, duérmete—respondió la hermana mayor acariciándole la
barba.—Nunca sabemos lo que sucederá mañana. Lo que Dios quiera será.
—Luego... algo hay—afirmó el ciego con rápida percepción.
—No, hijo, nada.
—Con tal que sea bueno, venga lo que quiera—apuntó Fidela
graciosamente.
—Bueno, sí; pensad cosas buenas. Ya es tiempo..., me parece...
—¿Luego... es bueno?—dijo vivamente Rafael, sacando la boca del
embozo.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Qué, hijo?
—Eso que va á pasar.
—Vaya, no caviles, y duérmete tranquilo... ¿Quién duda que Dios, al
fin y al cabo, ha de apiadarse de nosotros? ¡Oh, pensar en que aún
pueden venir más desgracias...! Nunca; no cabe en lo humano. Hemos
llegado al límite. ¿Hay ó no hay límite en las cosas humanas? Pues si
hay límite, en él estamos... Ea, á dormir todo el mundo.
¡El límite! No necesitaba Rafael oir más para pasarse parte de la
noche hilando y deshilando una palabra. Límite era lo mismo que
frontera, el punto ó línea en que acaba un territorio y empieza
otro. Si ellos tocaban ya el límite, era que su vida cambiaría
por completo. ¿Cómo, por qué?... También Fidela, creyendo notar
algo de excitación nerviosa en su hermana, ordinariamente tan
impenetrable y reposada, creyó que aquello del límite no era un
dicho insignificante, y empezó á divagar, abriendo su espíritu á
las ilusiones risueñas que constantemente le rondaban para colarse
dentro. La pobrecilla necesitaba poco para ponerse alegre, ávida de
respirar fuera de aquella cárcel tenebrosa de la miseria. Una idea
suelta, media palabra le bastaban para entregarse al juego inocente
de creer en el bien posible, de mirarlo venir y de llamarlo con la
fuerza misma del deseo.
—Acuéstate—le dijo su hermana con la dulce autoridad que gastar
solía. Y cogiendo una luz se fué á registrar la casa, costumbre que
había prevalecido en ella desde un fuerte susto que pasaron á poco
de habitar allí. Examinaba todos los rincones, poníase á gatas para
mirar debajo del sofá y de las camas, y concluía por asegurarse de
que estaba bien echado el cerrojo y bien trancadas las ventanas que
caían al patinillo medianero. Cuando volvió al lado de su hermana,
ésta se desnudaba para acostarse, doblando cuidadosamente su ropa.
«¿Se lo diré ahora?—pensó Cruz, después de aplicar el oído á la
vidriera del gabinete para cerciorarse de que Rafael no rebullía.—No,
no; se desvelará la pobrecilla. Mañana lo sabrá. Además, temo al oído
sutil de mi hermano, que oye lo que se piensa, cuanto más lo que se
dice.»
Viendo á Fidela rezar entre dientes, ya en el lecho, se acostó en la
cama próxima, operación sencillísima, pues la señora no se desnudaba.
Dormía con enaguas, medias y una chambra, liado en la cabeza un
pañuelo al modo de venda. Una manta de algodón la reservaba del
frío en los meses crudos; en verano le bastaba un abrigo viejo, de
rodillas abajo. Seis meses hacía que la mayor de las Águilas no sabía
lo que eran sábanas.
Apagada la luz y masculladas dos ó tres oraciones, la dama dió un
chapuzón en aquella estancada laguna de su mísera vida, sintiéndose
con agilidad para nadar un poco. Además, la laguna se agitaba; en su
seno levantábanse olas, que columpiaban y sumergían á la nadadora con
gallardo movimiento.
«No, Virgen y Padre Eterno y Potencias celestiales, yo no...; no es
á mí á quien toca este sacrificio para salvarnos de la muerte. Á mi
hermana le corresponde, á ella, más joven, á ella, que apenas ha
luchado. Yo estoy rendida de esta horrible batalla con el destino.
Ya no puedo más; me caigo, me muero. ¡Diez años de espantosa guerra,
siempre en guardia, siempre en primera línea, parando golpes,
atendiendo á todo, inventando triquiñuelas para ganar una semana,
un día, horas; disimulando la tribulación para que los demás no
perdieran el ánimo; comiendo abrojos y bebiendo hiel para que los
demás pudieran vivir!... No, yo ya he cumplido, Señor; estoy relevada
de esta obligación; me ha pasado el turno. Ahora me toca descansar,
gobernar tranquilamente á los demás. Y ella, mi hermanita, que entre
ahora en fuego, en este desconocido combate que se prepara; ella,
tropa de refresco; ella, joven y briosa, y con ilusiones todavía. Yo
no las tengo; yo no sirvo ya para nada, menos para el matrimonio...,
¡y con ese pobre adefesio!...»
Media vuelta, y rápida emergencia desde lo profundo de las aguas á la
superficie.
«En resumidas cuentas, no es mal hombre... Ya me encargaré yo de
pulirle, raspándole bien las escamas. Debe de ser docilote y manso
como un pececillo. ¡Ah, si mi hermana tiene un poquito de habilidad,
haremos de él lo que nos convenga!... La solución será todo lo
estrafalaria que se quiera; pero es una solución. Ó aceptarla,
ó dejarnos morir. Cierto que resulta un poquito y un muchito
ridícula...; pero no estamos en el caso de mirar mucho al qué dirán.
¿Qué debemos á la sociedad? Desaires y humillaciones, cuando no
dentelladas horribles. Pues no miremos á la sociedad; figurémonos
que no existe. Los mismos que nos critiquen le besarán la mano á él,
sí..., porque con esa mano firma el talonario...; la besarán, por si
algo se les pega... ¡Qué risa!»
Media vuelta, y rápida inmersión á los profundos abismos: «Pues si
esta pobrecita Fidela, que siempre fué mimosilla y voluntariosa, se
niega al sacrificio, si no logro convencerla, si prefiere la muerte
á la redención de la familia por tal procedimiento, no tendré más
remedio que apechugar yo... No, no; yo la convenceré: es razonable,
y comprenderá que á ella le toca apurar este cáliz, como á mí me
han tocado otros... Lo que es yo no me lo bebo... Además, ya estoy
vieja. De seguro que él preferirá á la otra... Pero ¿y si por artes
del enemigo se vuelve á mí, ó me saca como en el juego de las
pajitas?... ¡No, no; qué disparate! He cumplido cuarenta años, y me
siento como si hubiera vivido sesenta. ¡Yo ahora en esos trotes,
teniendo que acostarme con ese gaznápiro, y soportarle, y...! ¡Ni
cómo he de servir yo para eso!... Fidela, Fidela, que apenas tiene
veintinueve... Porque..., ¡cielos divinos!, para que el sacrificio
sea provechoso, es preciso que nazca algo... Yo criaré á mis
sobrinitos y gobernaré á todos, chicos y grandes, porque eso sí...,
mi autoridad no la pierdo. Estableceré una dictadura; nadie respirará
en la casa sin mi permiso, y...»
Breve sueño y despertar repentino, con excitación y hormiguilla en
todo el cuerpo.
«En cuanto á ese pobre hombre, respondo de que le afinaré. Yo le
alecciono de una manera indirecta, y... la verdad, no hay queja del
discípulo. En su afán de encasillarse en lugar más alto del que
tiene, se asimila todas las ideas que le voy echando, como se echa
pan á los pececillos de un estanque. El infeliz está ávido de ideas
nuevas, de modales finos y de términos elegantes. No tiene nada de
tonto, y se espanta de ser ridículo. Ponte en mis manos, asnito de
la casa, y yo te volveré tan galán que causes envidia... Cuando
tenga más confianza, le cogeré por mi cuenta, y veremos si me luzco.
Por de pronto, me valgo del amigo Donoso para advertirle ciertas
conveniencias, leccioncillas que no puede una espetar sin tocarle
al amor propio. D. José me servirá de intermediario para hacerle
entender que las personas finas no comen cebolla cruda. Hay noches,
¡Dios mío!, en que es preciso ponerse á metro y medio del buen señor,
porque...»
Balanceo en aguas medias..., desvanecimiento, letargo.