La primera pregunta que á D. José se hacía en la tertulia de las del
Águila era esta: «Y Justa, ¿cómo ha pasado el día?» Y en la respuesta
había siempre una afirmación invariable, _mal, muy mal_, seguida
de un comentario que variaba cada veinticuatro horas: «Hoy ha sido
la asistolia.» Otro día era la cefalalgia, el bolo histérico, ó el
dolor agudísimo en el dedo gordo del pie. Gozaba Donoso pintando cada
noche con recargadas tintas un sufrimiento distinto del de la noche
anterior. Y si no se hablaba nunca de esperanzas ó probabilidades de
remedio, porque el curarse habría sido quitar á la epopeya de males
toda su majestad dantesca, en cambio siempre había algo que decir
sobre la continua aplicación de remedios, los cuales se ensayaban
por una especie de _dilettantismo_ terapéutico, y se ensayarían
mientras hubiese farmacias y farmacéuticos en el mundo.
Con estas bromas, y el sin fin de médicos que iban examinando,
con más entusiasmo científico que piedad humanitaria, aquella
enciclopedia doliente, los posibles de Donoso se mermaban que era un
primor. Él no hablaba de tal cosa; pero las Águilas lo presumían, y
acabaron por cerciorarse de que también su amigo padecía de ciertos
ahogos. Por indiscreción de un íntimo de ambas familias enteróse Cruz
de que D. José había contraído una deuda, cosa en él muy anómala y
que pugnaba con los hábitos de toda su vida. ¡Y que no pudiera ella
acudir en su auxilio, devolviéndole con creces los beneficios de él
recibidos! Con estas penas, que unos y otros devoraban en silencio,
coincidieron los días de la tremenda crisis económica de que antes
hablé, los crujidos espantosos que anunciaban el principio del fin,
dejando entrever el rostro lívido de la miseria, no ya vergonzante
y pudibunda, sino desnuda, andrajosa, descarada. Ya se notaban en
algunos proveedores de la casa desconfianzas groseras, que hacían
tanto daño á las señoras como si las azotaran públicamente. Ya no
había ni esperanzas remotas de restablecer las buenas relaciones con
el propietario de la casa, ni se veía solución posible al temido
problema. Ya no era posible luchar, y había que sucumbir con
heroísmo, llamar á las puertas de la caridad provincial ó municipal,
si no preferían las nobles víctimas una triple ración de fósforos en
aguardiente, ó arrojarse los tres en cualquier abismo que el demonio
les deparase.
En tan críticos días apareció la solución. ¡La solución! Sí que lo
era, y cuando Donoso la propuso, refrescando memorias de doña Lupe,
que la había propuesto también como una chifladura que hacía reir á
las señoras, Cruz se quedó aturdida un buen espacio de tiempo, sin
saber si oía la voz de la Providencia anunciando el iris de paz, ó si
el buen amigo se burlaba de ella.
«No, no es broma—dijo Donoso.—Repito que no es imposible. Hace tiempo
que esa idea está labrando aquí. Creo que es una solución aceptable,
y si se me apura, la única solución posible. Falta, dirá usted, que
el interesado manifieste... Pues aunque nada en concreto me ha dicho,
creo que por él no habrá dificultad.»
Hizo Cruz un gesto de repugnancia y después un gesto de conformidad,
y sucesivamente una serie de gestos y mohines que denotaban la
turbación de su alma. Solución, sí; solución era. Si no había otra,
ni podía haberla, ¿á qué discutirla? No se discute el madero flotante
al cual se agarra el náufrago que ya se ha bebido la mitad de la
mar. Marchóse D. José, y al siguiente día volvió con la historia de
que sus negociaciones iban como una seda, que por la parte masculina
bien se podía aventurar un _sí_ como una casa. Faltaba el _sí_ del
_elemento_ femenino. Cruz, que aquella mañana tenía un volcán en su
cerebro, del cual eran señales las llamaradas rojizas que encendían
su rostro, movió los brazos como un delirante tifoideo, y exclamó:
«Aceptado, aceptado, pues no hay valor para el suicidio...»
Donoso no sabía si la señora lloraba, ó si se mordía las manos,
cuando la vió caer en una silla, taparse la cara, extender luego los
brazos echando la cabeza hacia atrás.
—Calma, señora mía. Hablando en plata, diré á usted que el partido me
parecía aceptable en cualesquiera circunstancias. En las presentes,
tengo para mí que es un partido soberbio.
—Si no digo que no; no digo nada. Arréglelo usted como quiera...
El humorismo del destino adverso es horrible, ¿verdad? ¡Gasta unas
bromas Dios Omnipotente!... Crea usted que no puedo menos de ver todo
eso de la inmortalidad y de la eterna justicia por el lado cómico.
¿Qué hizo Dios, al crear al hombre, más que fundar el eterno sainete?
—No hay que tomarlo así—dijo D. José buscando argumentos de peso.—Nos
encontramos frente á un problema... La solución única aceptable
desde luego es un poquito amarga, de catadura fea... Pero hay
cualidades: yo creo que raspando la tosquedad se encuentra el hombre
de mérito, de verdadero mérito...
Cruz, que tenía los brazos desnudos porque había estado lavando, los
cruzó, clavándose en ellos las uñas. Á poco más se saca tiras de
piel. «Aceptado; he dicho que aceptado—afirmó con energía, tembloroso
el labio inferior.—Ya sabe que mis resoluciones son decisivas. Lo que
resuelvo, se hace.»
Cuando se retiraba, D. José, asaltado de una duda enojosa, tuvo que
llamarla. «Por Dios, no sea usted tan viva de genio. Hay que tratar
de un extremo importantísimo. Para seguir las negociaciones, y fijar
con la otra parte contratante los términos precisos de la solución,
necesito saber...»
—¿Qué, qué más?
—Pues ahí es nada lo que ignoro. Á estas alturas, ni él ni yo sabemos
con cual de ustedes...
—Es verdad... Pues... con ninguna, digo, con las dos... No, no haga
usted caso. Yo pensaré ese detalle.
—¿Lo llama detalle?...
—Tengo la cabeza en ebullición. Déjeme pensarlo despacio, y lo que yo
resuelva, eso será.
Retiróse D. José, y la dama siguió lavando, sin dejar comprender
á Fidela el gallo tapado que el amigo de la casa traía. Ambas se
ocupaban con el ardor de siempre en las faenas domésticas, alegre la
joven, taciturna la mayor. Una de las cosas á que más difícilmente se
resignaba ésta era á la necesidad de ir á la compra. Pero no había
más remedio, pues la portera, que tal servicio solía prestarles, se
hallaba gravemente enferma, y antes morir que fiarse para ello de
alguna de las vecinas entrometidas y fisgonas. Confiar los secretos
económicos de la desgraciada familia á gente tan desconsiderada,
incapaz de comprender toda la grandeza de aquel martirio, habría sido
venderse estúpidamente. Y antes que venderse, mejor era humillarse
á bajar al mercado, hacer frente á placeras insolentes y tenderos
desvergonzados, procurando no darse á conocer, ó haciéndose la
ilusión de no ser conocida. Cruz se disfrazaba, envolviéndose el
cuerpo en un mantón y la cara en luengo pañuelo, y así salía, con
su escaso repuesto de moneda de cobre, que cambiaba por porciones
inverosímiles de carne, legumbres, pan y algún huevo en ciertos
días. Ir á la compra sin dinero, ó con menos dinero del necesario,
era para la dignísima señora suplicio que se dejaba tamañitos todos
los que inventó el Dante en su terrible Infierno. Tener que suplicar
que se le concediese algún crédito, tener que mentir, ofreciendo
para la semana próxima lo que seguramente no había de poder dar,
era un esfuerzo de voluntad sólo inferior en un grado al que se
necesita para estrellarse el cráneo contra la pared. Flaqueaba á
veces; pero el recuerdo del pobrecito ciego, que no conocía más
placer que saborear la comida, la estimulaba con aguijón terrible á
seguir adelante en aquel _vía crucis_. «¡Y luego me hablan á mí de
mártires—se decía, camino de la calle de Pelayo—y de las vírgenes
arrojadas á las fieras y de otras á quienes desollaban vivas! Me
río yo de todo eso. Que vengan aquí á sufrir, á ganar el cielo sin
ostentación de que se gana, sin bombo y platillo.» Regresaba á su
casa jadeante, el rostro como un pimiento, rendida del colosal
esfuerzo, que otra vez le daba idea de la infinita resistencia de la
voluntad humana. Seguían á estas amarguras las de aderezar aquellos
recortes de comida, de modo que Rafael tuviese la mejor parte, si no
la totalidad, sin enterarse de que sus hermanas no lo probaban. Para
que no conociese el engaño, Fidela imitaba el picoteo del tenedor,
el rumor del mascar, y todo lo que pudiera dar la ilusión de que
ambas comían. Cruz se había hecho ya á sobriedades inverosímiles; y
si Fidela mordiscaba, por travesura y depravaciones del gusto, mil
porquerías, hacíalo ella por convicción, curada ya de todos los ascos
posibles. El partido que allí se sacaba de una patata, resultaría
increíble si se narrara con toda puntualidad. Cruz, como el filósofo
calderoniano, recogía las hierbas arrojadas por la otra. Huevos,
ninguna de las dos los cataba tiempo hacía, y para que Rafael no
lo comprendiera, la traviesa hermana menor golpeaba un cascarón
sobre la huevera, imitando con admirable histrionismo el acto de
comer un huevo pasado. Para sí hacían caldos inverosímiles, guisos
que debieran pasar á la historia culinaria cual modelos de la nada
figurando ser algo. Ni aun á Donoso se le revelaban estos milagros de
la miseria noble, por temor de que el buen señor hiciera un disparate
sacrificándose por sus amigas. Tanta delicadeza en ellas era ya
excesiva; pero se encontraban sin fuerzas para conllevar por más
tiempo actitudes tan angustiosamente difíciles, y por las noches no
podían sostener la afable rigidez de la tertulia sino con tremendas
erecciones de la voluntad.
Aquel día, que debía señalarse con piedra de algún color, por ser la
fecha en que fueron aceptadas en principio por Cruz las proposiciones
de Torquemada, sentíase la buena señora con más ánimos. Se presentaba
una solución, buena ó mala, pero solución al fin. La salida de
aquella caverna tenebrosa era ya posible, y debían alegrarse, aun
ignorando adónde irían á parar por la grieta que en la ingrata roca
se vislumbraba. Al dar de comer á su hermano, la dama ponderó más
que otras veces la buena comidita de aquel día. «Hoy tienes lo
que tanto te gusta: lenguado al _gratin_. Y un postre riquísimo:
polvorones de Sevilla.» Fidela le ataba la servilleta al cuello;
Cruz le ponía delante el plato de sopa, mientras él, tentando en la
mesa, buscaba la cuchara. La falta de vista habíale aguzado el oído,
dándole una facultad de apreciar las más ligeras variaciones del
timbre de voz en las personas que le rodeaban. De tal modo afinaba,
en aquel memorable día, la ampliación del sentido, que conoció por la
voz, no sólo el temple de su hermana, sino hasta sus pensamientos, á
nadie declarados.
En los ratos que Cruz iba á la cocina, dejándole solo con Fidela,
el ciego, comiendo despacio y sin mucho apetito, platicaba con su
hermana.
—¿Qué pasa?—le preguntó con cierta inquietud.
—Hijo, ¿qué ha de pasar? Nada.
—Algo pasa. Yo lo conozco, lo adivino.
—¿En qué?...
—En la voz de Cruz. No me digas que no. Hoy ocurre en casa algo
extraordinario.
—Pues no sé...
—¿No estuvo D. José esta mañana?
—Sí.
—¿Oiste lo que hablaron?
—No; pero supongo que no hablarían nada de particular.
—No me equivoco, no. Algo hay, y algo muy gordo, Fidela. Lo que no sé
es si nos traerá felicidad ó desgracia. ¿Qué crees tú?
—¿Yo?... Hijo, sea lo que fuere, más desgracias no han de caer sobre
nosotros. No puede ser; la imaginación no concibe más.
—¿De modo que tú sospechas que será bueno?
—Te diré...: en primer lugar, yo no creo que ocurra nada; pero si
algo hubiere, por razón lógica, por ley de justicia, debe de ser cosa
buena.
—Cruz nada nos dice. Nos trata como á niños... ¡Caramba! y si lo que
pasa es bueno, bien podía decírnoslo.
La entrada de Cruz cortó este diálogo.
—¿Y vosotras, qué tenéis hoy para comer?
—¿Nosotras?... ¡Ah!, una cosa muy buena. Hemos traído un pez...
—¿Cómo se llama? ¿Lo ponéis con arroz, ó cocido, en salsa tártara?
—Lo pondremos á la madrileña.
—Á estilo de besugo, las tres rajitas y las ruedas de limón.
—Pues yo no lo pruebo. No tengo gana—dijo Fidela.—Cómetelo tú.
—No, tú... Para ti se ha traído.
—Tú, tú...; tú te lo comes. ¡No faltaba más!...
—¡Ay, qué risa!—dijo el ciego con infantil gozo.—Será preciso echar
suertes.
—Sí, sí.
—Arranca dos pajitas de la estera, y tráemelas. Á ver..., vengan...
Ahora no miréis. Corto una de las pajitas para que sean desiguales
de tamaño... Ya está... Ahora las cojo entre los dedos: no mirar,
digo... ¡Ajajá! La que saque la paja grande, esa se come el
pescadito. Á ver..., señoras, á sacar...
—Yo esta.
—Yo esta.
—¿Quién ha ganado?
—¡Tengo la pajita chica!—exclamó Fidela, gozosa.
—Yo la grande.
—Cruz se lo come, Cruz—gritó el ciego con seriedad y decisión
impropias de cosa tan baladí.—Y no admito evasivas. Yo mando... Á
callar... y á comer.