II

La primera pregunta que á D. José se hacía en la tertulia de las del

Águila era esta: «Y Justa, ¿cómo ha pasado el día?» Y en la respuesta

había siempre una afirmación invariable, _mal, muy mal_, seguida

de un comentario que variaba cada veinticuatro horas: «Hoy ha sido

la asistolia.» Otro día era la cefalalgia, el bolo histérico, ó el

dolor agudísimo en el dedo gordo del pie. Gozaba Donoso pintando cada

noche con recargadas tintas un sufrimiento distinto del de la noche

anterior. Y si no se hablaba nunca de esperanzas ó probabilidades de

remedio, porque el curarse habría sido quitar á la epopeya de males

toda su majestad dantesca, en cambio siempre había algo que decir

sobre la continua aplicación de remedios, los cuales se ensayaban

por una especie de _dilettantismo_ terapéutico, y se ensayarían

mientras hubiese farmacias y farmacéuticos en el mundo.

Con estas bromas, y el sin fin de médicos que iban examinando,

con más entusiasmo científico que piedad humanitaria, aquella

enciclopedia doliente, los posibles de Donoso se mermaban que era un

primor. Él no hablaba de tal cosa; pero las Águilas lo presumían, y

acabaron por cerciorarse de que también su amigo padecía de ciertos

ahogos. Por indiscreción de un íntimo de ambas familias enteróse Cruz

de que D. José había contraído una deuda, cosa en él muy anómala y

que pugnaba con los hábitos de toda su vida. ¡Y que no pudiera ella

acudir en su auxilio, devolviéndole con creces los beneficios de él

recibidos! Con estas penas, que unos y otros devoraban en silencio,

coincidieron los días de la tremenda crisis económica de que antes

hablé, los crujidos espantosos que anunciaban el principio del fin,

dejando entrever el rostro lívido de la miseria, no ya vergonzante

y pudibunda, sino desnuda, andrajosa, descarada. Ya se notaban en

algunos proveedores de la casa desconfianzas groseras, que hacían

tanto daño á las señoras como si las azotaran públicamente. Ya no

había ni esperanzas remotas de restablecer las buenas relaciones con

el propietario de la casa, ni se veía solución posible al temido

problema. Ya no era posible luchar, y había que sucumbir con

heroísmo, llamar á las puertas de la caridad provincial ó municipal,

si no preferían las nobles víctimas una triple ración de fósforos en

aguardiente, ó arrojarse los tres en cualquier abismo que el demonio

les deparase.

En tan críticos días apareció la solución. ¡La solución! Sí que lo

era, y cuando Donoso la propuso, refrescando memorias de doña Lupe,

que la había propuesto también como una chifladura que hacía reir á

las señoras, Cruz se quedó aturdida un buen espacio de tiempo, sin

saber si oía la voz de la Providencia anunciando el iris de paz, ó si

el buen amigo se burlaba de ella.

«No, no es broma—dijo Donoso.—Repito que no es imposible. Hace tiempo

que esa idea está labrando aquí. Creo que es una solución aceptable,

y si se me apura, la única solución posible. Falta, dirá usted, que

el interesado manifieste... Pues aunque nada en concreto me ha dicho,

creo que por él no habrá dificultad.»

Hizo Cruz un gesto de repugnancia y después un gesto de conformidad,

y sucesivamente una serie de gestos y mohines que denotaban la

turbación de su alma. Solución, sí; solución era. Si no había otra,

ni podía haberla, ¿á qué discutirla? No se discute el madero flotante

al cual se agarra el náufrago que ya se ha bebido la mitad de la

mar. Marchóse D. José, y al siguiente día volvió con la historia de

que sus negociaciones iban como una seda, que por la parte masculina

bien se podía aventurar un _sí_ como una casa. Faltaba el _sí_ del

_elemento_ femenino. Cruz, que aquella mañana tenía un volcán en su

cerebro, del cual eran señales las llamaradas rojizas que encendían

su rostro, movió los brazos como un delirante tifoideo, y exclamó:

«Aceptado, aceptado, pues no hay valor para el suicidio...»

Donoso no sabía si la señora lloraba, ó si se mordía las manos,

cuando la vió caer en una silla, taparse la cara, extender luego los

brazos echando la cabeza hacia atrás.

—Calma, señora mía. Hablando en plata, diré á usted que el partido me

parecía aceptable en cualesquiera circunstancias. En las presentes,

tengo para mí que es un partido soberbio.

—Si no digo que no; no digo nada. Arréglelo usted como quiera...

El humorismo del destino adverso es horrible, ¿verdad? ¡Gasta unas

bromas Dios Omnipotente!... Crea usted que no puedo menos de ver todo

eso de la inmortalidad y de la eterna justicia por el lado cómico.

¿Qué hizo Dios, al crear al hombre, más que fundar el eterno sainete?

—No hay que tomarlo así—dijo D. José buscando argumentos de peso.—Nos

encontramos frente á un problema... La solución única aceptable

desde luego es un poquito amarga, de catadura fea... Pero hay

cualidades: yo creo que raspando la tosquedad se encuentra el hombre

de mérito, de verdadero mérito...

Cruz, que tenía los brazos desnudos porque había estado lavando, los

cruzó, clavándose en ellos las uñas. Á poco más se saca tiras de

piel. «Aceptado; he dicho que aceptado—afirmó con energía, tembloroso

el labio inferior.—Ya sabe que mis resoluciones son decisivas. Lo que

resuelvo, se hace.»

Cuando se retiraba, D. José, asaltado de una duda enojosa, tuvo que

llamarla. «Por Dios, no sea usted tan viva de genio. Hay que tratar

de un extremo importantísimo. Para seguir las negociaciones, y fijar

con la otra parte contratante los términos precisos de la solución,

necesito saber...»

—¿Qué, qué más?

—Pues ahí es nada lo que ignoro. Á estas alturas, ni él ni yo sabemos

con cual de ustedes...

—Es verdad... Pues... con ninguna, digo, con las dos... No, no haga

usted caso. Yo pensaré ese detalle.

—¿Lo llama detalle?...

—Tengo la cabeza en ebullición. Déjeme pensarlo despacio, y lo que yo

resuelva, eso será.

Retiróse D. José, y la dama siguió lavando, sin dejar comprender

á Fidela el gallo tapado que el amigo de la casa traía. Ambas se

ocupaban con el ardor de siempre en las faenas domésticas, alegre la

joven, taciturna la mayor. Una de las cosas á que más difícilmente se

resignaba ésta era á la necesidad de ir á la compra. Pero no había

más remedio, pues la portera, que tal servicio solía prestarles, se

hallaba gravemente enferma, y antes morir que fiarse para ello de

alguna de las vecinas entrometidas y fisgonas. Confiar los secretos

económicos de la desgraciada familia á gente tan desconsiderada,

incapaz de comprender toda la grandeza de aquel martirio, habría sido

venderse estúpidamente. Y antes que venderse, mejor era humillarse

á bajar al mercado, hacer frente á placeras insolentes y tenderos

desvergonzados, procurando no darse á conocer, ó haciéndose la

ilusión de no ser conocida. Cruz se disfrazaba, envolviéndose el

cuerpo en un mantón y la cara en luengo pañuelo, y así salía, con

su escaso repuesto de moneda de cobre, que cambiaba por porciones

inverosímiles de carne, legumbres, pan y algún huevo en ciertos

días. Ir á la compra sin dinero, ó con menos dinero del necesario,

era para la dignísima señora suplicio que se dejaba tamañitos todos

los que inventó el Dante en su terrible Infierno. Tener que suplicar

que se le concediese algún crédito, tener que mentir, ofreciendo

para la semana próxima lo que seguramente no había de poder dar,

era un esfuerzo de voluntad sólo inferior en un grado al que se

necesita para estrellarse el cráneo contra la pared. Flaqueaba á

veces; pero el recuerdo del pobrecito ciego, que no conocía más

placer que saborear la comida, la estimulaba con aguijón terrible á

seguir adelante en aquel _vía crucis_. «¡Y luego me hablan á mí de

mártires—se decía, camino de la calle de Pelayo—y de las vírgenes

arrojadas á las fieras y de otras á quienes desollaban vivas! Me

río yo de todo eso. Que vengan aquí á sufrir, á ganar el cielo sin

ostentación de que se gana, sin bombo y platillo.» Regresaba á su

casa jadeante, el rostro como un pimiento, rendida del colosal

esfuerzo, que otra vez le daba idea de la infinita resistencia de la

voluntad humana. Seguían á estas amarguras las de aderezar aquellos

recortes de comida, de modo que Rafael tuviese la mejor parte, si no

la totalidad, sin enterarse de que sus hermanas no lo probaban. Para

que no conociese el engaño, Fidela imitaba el picoteo del tenedor,

el rumor del mascar, y todo lo que pudiera dar la ilusión de que

ambas comían. Cruz se había hecho ya á sobriedades inverosímiles; y

si Fidela mordiscaba, por travesura y depravaciones del gusto, mil

porquerías, hacíalo ella por convicción, curada ya de todos los ascos

posibles. El partido que allí se sacaba de una patata, resultaría

increíble si se narrara con toda puntualidad. Cruz, como el filósofo

calderoniano, recogía las hierbas arrojadas por la otra. Huevos,

ninguna de las dos los cataba tiempo hacía, y para que Rafael no

lo comprendiera, la traviesa hermana menor golpeaba un cascarón

sobre la huevera, imitando con admirable histrionismo el acto de

comer un huevo pasado. Para sí hacían caldos inverosímiles, guisos

que debieran pasar á la historia culinaria cual modelos de la nada

figurando ser algo. Ni aun á Donoso se le revelaban estos milagros de

la miseria noble, por temor de que el buen señor hiciera un disparate

sacrificándose por sus amigas. Tanta delicadeza en ellas era ya

excesiva; pero se encontraban sin fuerzas para conllevar por más

tiempo actitudes tan angustiosamente difíciles, y por las noches no

podían sostener la afable rigidez de la tertulia sino con tremendas

erecciones de la voluntad.

Aquel día, que debía señalarse con piedra de algún color, por ser la

fecha en que fueron aceptadas en principio por Cruz las proposiciones

de Torquemada, sentíase la buena señora con más ánimos. Se presentaba

una solución, buena ó mala, pero solución al fin. La salida de

aquella caverna tenebrosa era ya posible, y debían alegrarse, aun

ignorando adónde irían á parar por la grieta que en la ingrata roca

se vislumbraba. Al dar de comer á su hermano, la dama ponderó más

que otras veces la buena comidita de aquel día. «Hoy tienes lo

que tanto te gusta: lenguado al _gratin_. Y un postre riquísimo:

polvorones de Sevilla.» Fidela le ataba la servilleta al cuello;

Cruz le ponía delante el plato de sopa, mientras él, tentando en la

mesa, buscaba la cuchara. La falta de vista habíale aguzado el oído,

dándole una facultad de apreciar las más ligeras variaciones del

timbre de voz en las personas que le rodeaban. De tal modo afinaba,

en aquel memorable día, la ampliación del sentido, que conoció por la

voz, no sólo el temple de su hermana, sino hasta sus pensamientos, á

nadie declarados.

En los ratos que Cruz iba á la cocina, dejándole solo con Fidela,

el ciego, comiendo despacio y sin mucho apetito, platicaba con su

hermana.

—¿Qué pasa?—le preguntó con cierta inquietud.

—Hijo, ¿qué ha de pasar? Nada.

—Algo pasa. Yo lo conozco, lo adivino.

—¿En qué?...

—En la voz de Cruz. No me digas que no. Hoy ocurre en casa algo

extraordinario.

—Pues no sé...

—¿No estuvo D. José esta mañana?

—Sí.

—¿Oiste lo que hablaron?

—No; pero supongo que no hablarían nada de particular.

—No me equivoco, no. Algo hay, y algo muy gordo, Fidela. Lo que no sé

es si nos traerá felicidad ó desgracia. ¿Qué crees tú?

—¿Yo?... Hijo, sea lo que fuere, más desgracias no han de caer sobre

nosotros. No puede ser; la imaginación no concibe más.

—¿De modo que tú sospechas que será bueno?

—Te diré...: en primer lugar, yo no creo que ocurra nada; pero si

algo hubiere, por razón lógica, por ley de justicia, debe de ser cosa

buena.

—Cruz nada nos dice. Nos trata como á niños... ¡Caramba! y si lo que

pasa es bueno, bien podía decírnoslo.

La entrada de Cruz cortó este diálogo.

—¿Y vosotras, qué tenéis hoy para comer?

—¿Nosotras?... ¡Ah!, una cosa muy buena. Hemos traído un pez...

—¿Cómo se llama? ¿Lo ponéis con arroz, ó cocido, en salsa tártara?

—Lo pondremos á la madrileña.

—Á estilo de besugo, las tres rajitas y las ruedas de limón.

—Pues yo no lo pruebo. No tengo gana—dijo Fidela.—Cómetelo tú.

—No, tú... Para ti se ha traído.

—Tú, tú...; tú te lo comes. ¡No faltaba más!...

—¡Ay, qué risa!—dijo el ciego con infantil gozo.—Será preciso echar

suertes.

—Sí, sí.

—Arranca dos pajitas de la estera, y tráemelas. Á ver..., vengan...

Ahora no miréis. Corto una de las pajitas para que sean desiguales

de tamaño... Ya está... Ahora las cojo entre los dedos: no mirar,

digo... ¡Ajajá! La que saque la paja grande, esa se come el

pescadito. Á ver..., señoras, á sacar...

—Yo esta.

—Yo esta.

—¿Quién ha ganado?

—¡Tengo la pajita chica!—exclamó Fidela, gozosa.

—Yo la grande.

—Cruz se lo come, Cruz—gritó el ciego con seriedad y decisión

impropias de cosa tan baladí.—Y no admito evasivas. Yo mando... Á

callar... y á comer.

Torquemada en la cruz · 第 20 / 36 题