I
Levantábase Cruz del Águila al amanecer de Dios, y comúnmente se
despertaba un par de horas antes de dejar el lecho, quedándose en una
especie de éxtasis económico, discurriendo sobre las dificultades
del día y sobre la manera de vencerlas ó sortearlas. Contaba una y
otra vez sus escasos recursos, persiguiendo el problema insoluble
de hacer de dos tres y de cuatro cinco, y á fuerza de revolver en
su caldeado cerebro las fórmulas económicas, lograba dar realidad
á lo inverosímil y hacer posible lo imposible. Con estos cálculos
entremezclaba rezos modulados maquinalmente, y las sílabas de
oraciones se refundían en sílabas de cuentas... Su mente volvíase
de cara á la Virgen, y se encontraba con el tendero. Por fin, la
voluntad poderosa ponía término al balance previo del día, todo
fatigas, cálculos y súplicas á la divinidad, porque era forzoso
descender al campo de batalla, á la lucha con el destino en el
terreno práctico, erizado de rocas y cortado por insondables abismos.
Y no sólo era general en jefe en aquella descomunal guerra, sino el
primero y el más bravo de los soldados. Empezaba el día, y con el
día el combate, y así habían transcurrido años sin que desmayara
aquella firme voluntad. Midiendo el plazo, larguísimo ya, de su
atroz sufrimiento, se maravillaba la ilustre señora de su indomable
valor, y concluía por afirmar la infinita resistencia del alma
humana para el padecer. El cuerpo sucumbe pronto al dolor físico; el
alma intrépida no se da por vencida, y aguanta el mal en presiones
increíbles.
Era Cruz el jefe de la familia con autoridad irrecusable; suya la
mayor gloria de aquella campaña heroica, cuyos laureles cosecharía en
otra vida de reparación y justicia; suya también la responsabilidad
de un desastre, si la familia sucumbía devorada por la miseria.
Obedecíanla ciegamente sus hermanos, y la veneraban, viendo en ella
un ser superior, algo como el Moisés que les llevaba al través
del desierto, entre mil horrendas privaciones y amarguras, con la
esperanza de pisar al fin un suelo fértil y hospitalario. Lo que Cruz
determinaba, fuese lo que fuese, era como artículo de fe para los
dos hermanos. Esta sumisión facilitaba el trabajo de la primogénita,
que en los momentos de peligro maniobraba libremente sin cuidarse de
la opinión inferior, pues si ella hubiera dicho un día: «no puedo
más; arrojémonos los tres abrazaditos por la ventana», se habrían
arrojado sin vacilar.
El uso de sus facultades en empeños tan difíciles, repetidos un día
y otro, escuela fué del natural ingenio de Cruz del Águila, y éste
se le fué sutilizando y afinando, en términos que todos los grandes
talentos que han ilustrado á la humanidad en el gobierno de las
naciones eran niños de teta comparados con ella. Porque aquello era
gobernar: lo demás es música; era hacer milagros, porque milagro es
vivir sin recursos; milagro mayor cubrir decorosamente todas las
apariencias, cuando en realidad, bajo aquella costra de pobreza
digna, se extendía la llaga de una indigencia lacerante, horrible,
desesperada. Por todo lo cual, si en este mundo se dieran diplomas
de heroísmo y se repartieran con justicia títulos de eminencia en el
gobernar, el primer título de gran ministra y el diploma de heroína
debían ser para aquella hormiga sublime.
Cuando se hundió la casa del Águila, los restos del naufragio
permitieron una vida tolerable por espacio de dos años. La
repentina orfandad puso á Cruz al frente de la corta familia, y
como los desastres se sucedían sin interrupción, al modo de golpes
de maza dados en la cabeza por una Providencia implacable, llegó á
familiarizarse con la desdicha: no esperaba bienes; veía siempre
delante la cáfila de males aguardando su turno para acercarse con
espantosa cara. La pérdida de toda la propiedad inmueble la afectó
poco: era cosa prevista. Las humillaciones, los desagradables
rozamientos con parientes próximos y lejanos, también encontraron su
corazón encallecido. Pero la enfermedad y ceguera de Rafael, á quien
adoraba, la hizo tambalear. Aquello era más fuerte que su carácter,
endurecido y templado ya como el acero. Tragaba con insensible
paladar hieles sin fin. Para combatir la terrible dolencia realizó
empresas de heroína, en cuyo ser se confundieran la mujer y la
leona; y cuando se hubo perdido toda esperanza no se murió de pena,
y advirtió en su alma durezas de diamante que le permitían afrontar
presiones superiores á cuanto imaginarse puede.
Siguió á la época de la ceguera otra en que la escasez fué tomando
carácter grave. Pero no se había llegado aún á lo indecoroso; y
además, el leal y consecuente amigo de la familia les ayudaba á
sortear el tremendo oleaje. La venta de un título, único resto de la
fortuna del Águila, y de varios objetos de reconocida superfluidad,
permitióles vivir malamente; pero ello es que vivían, y aun hubo
noche en que al recogerse, después de rudos trabajos, las dos
hermanas estaban alegres, y daban gracias á Dios por la ventura
relativa que les deparaba. Esta fué la época que podríamos llamar
de doña Lupe, porque en ella hicieron conocimiento con la insigne
prestamista, que si empezó echándoles la cuerda al cuello, después,
á medida que fué conociéndolas, aflojó, compadecida de aquella
destronada realeza. De los tratos usurarios se pasó al favor benigno,
y de aquí, por natural pendiente, á una amistad sincera, pues doña
Lupe sabía distinguir. Para que no se desmintiera el perverso sino
que hacía de la existencia de las señoras del Águila un tejido de
infortunios, cuando la amistad de doña Lupe anunciaba algún fruto de
bienandanza, la pobre señora hizo la gracia de morirse. Creeríase que
lo había hecho á propósito, por fastidiar.
¡Y en qué mala ocasión le dió á _la de los Pavos_ la humorada de
marcharse al otro mundo! Cuando su enfermedad empezó á presentar
síntomas graves, las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido á
hombre fino, habría llamado el _período álgido_ de la pobreza. Hasta
allí habían ido viviendo con mil estrecheces, careciendo no sólo de
lo superfluo en que se habían criado, sino de lo indispensable en
que se crían grandes y chicos. Vivían mal, aunque sin ruborizarse,
porque se comían lo suyo; pero ya se planteaba el dilema terrible
de morir de inanición ó de comer lo ajeno. Ya era llegado el caso
de mirar al cielo, por si caía algún maná que se hubiera quedado en
el camino desde el tiempo de los hebreos, ó de implorar la caridad
pública en la forma menos bochornosa. Si se ha de decir verdad,
este período de suprema angustia se inició un año antes; pero el
leal amigo de la casa, D. José Donoso, lo contuvo, ó lo disimuló
con donativos ingeniosamente disfrazados. Para las señoras, las
cantidades que de las manos de aquel hombre sin par recibían, eran
producto de la enajenación de una carga de justicia; mas no había
tal carga de justicia enajenada, ni cosa que lo valiera. Descubriólo
al fin Crucita, y su consternación no puede expresarse con palabras.
No se dió por entendida con D. José, comprendiendo que éste le
agradecería el silencio.
Habría seguido el buen Donoso practicando la caridad de tapadillo,
si humanamente tuviera medios hábiles para ello. Pero también había
empezado á gemir bajo el yugo de un adverso destino. No tenía hijos;
pero sí esposa, la cual era, sin género alguno de duda, la mujer
más enferma de la creación. En el largo inventario de dolencias que
afligen á la mísera humanidad, ninguna se ha conocido que ella no
tuviera metida en su pobre cuerpo, ni en éste había parte alguna que
no fuese un caso patológico digno de que vinieran á estudiarlo todos
los facultativos del mundo. Más que una enferma, era la buena señora
una escuela de medicina. Los nervios, el estómago, la cabeza, las
extremidades, el corazón, el hígado, los ojos, el cuero cabelludo,
todo en aquella infeliz mártir estaba como en revolución. Con tantos
alifafes, por indefinido tiempo sufridos sin que se vieran señales de
remedio, la señora de Donoso llegó á formarse un carácter especial
de persona soberanamente enferma, orgullosa de su mala salud. De tal
modo creía ejercer el monopolio del sufrimiento físico, que trinaba
cuando le decían que pudiera existir alguien tan enfermo como ella. Y
si se hablaba de tal persona que padecía tal dolor ó molestia, ella,
no queriendo ser menos que nadie, se declaraba atacada de lo mismo,
pero en un grado superior. Hablar de sus dolencias, describirlas con
morosa prolijidad, cual si se deleitara con su propio sufrimiento,
era para ella un desahogo que fácilmente le perdonaban cuantos tenían
la desdicha de oirla; y los de la familia le daban cuerda para que
se despotricara, con aquel dejo vago de voluptuosidad que ponía en
el relato de sus punzadas, angustias, bascas, insomnios, calambres
y retortijones. Su esposo, que la quería entrañablemente, y que ya
llevaba cuarenta años de ver en su casa aquella recopilación de toda
la patología interna, desde los tiempos de Galeno hasta nuestros
días, concluyó por asimilarse el orgullo hipocrático de su doliente
mitad, y no le hacía maldita gracia que se hablase de padecimientos
no conocidos de su Justa, ó que á los de su Justa remotamente se
pareciesen.