SEGUNDA PARTE

I

Levantábase Cruz del Águila al amanecer de Dios, y comúnmente se

despertaba un par de horas antes de dejar el lecho, quedándose en una

especie de éxtasis económico, discurriendo sobre las dificultades

del día y sobre la manera de vencerlas ó sortearlas. Contaba una y

otra vez sus escasos recursos, persiguiendo el problema insoluble

de hacer de dos tres y de cuatro cinco, y á fuerza de revolver en

su caldeado cerebro las fórmulas económicas, lograba dar realidad

á lo inverosímil y hacer posible lo imposible. Con estos cálculos

entremezclaba rezos modulados maquinalmente, y las sílabas de

oraciones se refundían en sílabas de cuentas... Su mente volvíase

de cara á la Virgen, y se encontraba con el tendero. Por fin, la

voluntad poderosa ponía término al balance previo del día, todo

fatigas, cálculos y súplicas á la divinidad, porque era forzoso

descender al campo de batalla, á la lucha con el destino en el

terreno práctico, erizado de rocas y cortado por insondables abismos.

Y no sólo era general en jefe en aquella descomunal guerra, sino el

primero y el más bravo de los soldados. Empezaba el día, y con el

día el combate, y así habían transcurrido años sin que desmayara

aquella firme voluntad. Midiendo el plazo, larguísimo ya, de su

atroz sufrimiento, se maravillaba la ilustre señora de su indomable

valor, y concluía por afirmar la infinita resistencia del alma

humana para el padecer. El cuerpo sucumbe pronto al dolor físico; el

alma intrépida no se da por vencida, y aguanta el mal en presiones

increíbles.

Era Cruz el jefe de la familia con autoridad irrecusable; suya la

mayor gloria de aquella campaña heroica, cuyos laureles cosecharía en

otra vida de reparación y justicia; suya también la responsabilidad

de un desastre, si la familia sucumbía devorada por la miseria.

Obedecíanla ciegamente sus hermanos, y la veneraban, viendo en ella

un ser superior, algo como el Moisés que les llevaba al través

del desierto, entre mil horrendas privaciones y amarguras, con la

esperanza de pisar al fin un suelo fértil y hospitalario. Lo que Cruz

determinaba, fuese lo que fuese, era como artículo de fe para los

dos hermanos. Esta sumisión facilitaba el trabajo de la primogénita,

que en los momentos de peligro maniobraba libremente sin cuidarse de

la opinión inferior, pues si ella hubiera dicho un día: «no puedo

más; arrojémonos los tres abrazaditos por la ventana», se habrían

arrojado sin vacilar.

El uso de sus facultades en empeños tan difíciles, repetidos un día

y otro, escuela fué del natural ingenio de Cruz del Águila, y éste

se le fué sutilizando y afinando, en términos que todos los grandes

talentos que han ilustrado á la humanidad en el gobierno de las

naciones eran niños de teta comparados con ella. Porque aquello era

gobernar: lo demás es música; era hacer milagros, porque milagro es

vivir sin recursos; milagro mayor cubrir decorosamente todas las

apariencias, cuando en realidad, bajo aquella costra de pobreza

digna, se extendía la llaga de una indigencia lacerante, horrible,

desesperada. Por todo lo cual, si en este mundo se dieran diplomas

de heroísmo y se repartieran con justicia títulos de eminencia en el

gobernar, el primer título de gran ministra y el diploma de heroína

debían ser para aquella hormiga sublime.

Cuando se hundió la casa del Águila, los restos del naufragio

permitieron una vida tolerable por espacio de dos años. La

repentina orfandad puso á Cruz al frente de la corta familia, y

como los desastres se sucedían sin interrupción, al modo de golpes

de maza dados en la cabeza por una Providencia implacable, llegó á

familiarizarse con la desdicha: no esperaba bienes; veía siempre

delante la cáfila de males aguardando su turno para acercarse con

espantosa cara. La pérdida de toda la propiedad inmueble la afectó

poco: era cosa prevista. Las humillaciones, los desagradables

rozamientos con parientes próximos y lejanos, también encontraron su

corazón encallecido. Pero la enfermedad y ceguera de Rafael, á quien

adoraba, la hizo tambalear. Aquello era más fuerte que su carácter,

endurecido y templado ya como el acero. Tragaba con insensible

paladar hieles sin fin. Para combatir la terrible dolencia realizó

empresas de heroína, en cuyo ser se confundieran la mujer y la

leona; y cuando se hubo perdido toda esperanza no se murió de pena,

y advirtió en su alma durezas de diamante que le permitían afrontar

presiones superiores á cuanto imaginarse puede.

Siguió á la época de la ceguera otra en que la escasez fué tomando

carácter grave. Pero no se había llegado aún á lo indecoroso; y

además, el leal y consecuente amigo de la familia les ayudaba á

sortear el tremendo oleaje. La venta de un título, único resto de la

fortuna del Águila, y de varios objetos de reconocida superfluidad,

permitióles vivir malamente; pero ello es que vivían, y aun hubo

noche en que al recogerse, después de rudos trabajos, las dos

hermanas estaban alegres, y daban gracias á Dios por la ventura

relativa que les deparaba. Esta fué la época que podríamos llamar

de doña Lupe, porque en ella hicieron conocimiento con la insigne

prestamista, que si empezó echándoles la cuerda al cuello, después,

á medida que fué conociéndolas, aflojó, compadecida de aquella

destronada realeza. De los tratos usurarios se pasó al favor benigno,

y de aquí, por natural pendiente, á una amistad sincera, pues doña

Lupe sabía distinguir. Para que no se desmintiera el perverso sino

que hacía de la existencia de las señoras del Águila un tejido de

infortunios, cuando la amistad de doña Lupe anunciaba algún fruto de

bienandanza, la pobre señora hizo la gracia de morirse. Creeríase que

lo había hecho á propósito, por fastidiar.

¡Y en qué mala ocasión le dió á _la de los Pavos_ la humorada de

marcharse al otro mundo! Cuando su enfermedad empezó á presentar

síntomas graves, las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido á

hombre fino, habría llamado el _período álgido_ de la pobreza. Hasta

allí habían ido viviendo con mil estrecheces, careciendo no sólo de

lo superfluo en que se habían criado, sino de lo indispensable en

que se crían grandes y chicos. Vivían mal, aunque sin ruborizarse,

porque se comían lo suyo; pero ya se planteaba el dilema terrible

de morir de inanición ó de comer lo ajeno. Ya era llegado el caso

de mirar al cielo, por si caía algún maná que se hubiera quedado en

el camino desde el tiempo de los hebreos, ó de implorar la caridad

pública en la forma menos bochornosa. Si se ha de decir verdad,

este período de suprema angustia se inició un año antes; pero el

leal amigo de la casa, D. José Donoso, lo contuvo, ó lo disimuló

con donativos ingeniosamente disfrazados. Para las señoras, las

cantidades que de las manos de aquel hombre sin par recibían, eran

producto de la enajenación de una carga de justicia; mas no había

tal carga de justicia enajenada, ni cosa que lo valiera. Descubriólo

al fin Crucita, y su consternación no puede expresarse con palabras.

No se dió por entendida con D. José, comprendiendo que éste le

agradecería el silencio.

Habría seguido el buen Donoso practicando la caridad de tapadillo,

si humanamente tuviera medios hábiles para ello. Pero también había

empezado á gemir bajo el yugo de un adverso destino. No tenía hijos;

pero sí esposa, la cual era, sin género alguno de duda, la mujer

más enferma de la creación. En el largo inventario de dolencias que

afligen á la mísera humanidad, ninguna se ha conocido que ella no

tuviera metida en su pobre cuerpo, ni en éste había parte alguna que

no fuese un caso patológico digno de que vinieran á estudiarlo todos

los facultativos del mundo. Más que una enferma, era la buena señora

una escuela de medicina. Los nervios, el estómago, la cabeza, las

extremidades, el corazón, el hígado, los ojos, el cuero cabelludo,

todo en aquella infeliz mártir estaba como en revolución. Con tantos

alifafes, por indefinido tiempo sufridos sin que se vieran señales de

remedio, la señora de Donoso llegó á formarse un carácter especial

de persona soberanamente enferma, orgullosa de su mala salud. De tal

modo creía ejercer el monopolio del sufrimiento físico, que trinaba

cuando le decían que pudiera existir alguien tan enfermo como ella. Y

si se hablaba de tal persona que padecía tal dolor ó molestia, ella,

no queriendo ser menos que nadie, se declaraba atacada de lo mismo,

pero en un grado superior. Hablar de sus dolencias, describirlas con

morosa prolijidad, cual si se deleitara con su propio sufrimiento,

era para ella un desahogo que fácilmente le perdonaban cuantos tenían

la desdicha de oirla; y los de la familia le daban cuerda para que

se despotricara, con aquel dejo vago de voluptuosidad que ponía en

el relato de sus punzadas, angustias, bascas, insomnios, calambres

y retortijones. Su esposo, que la quería entrañablemente, y que ya

llevaba cuarenta años de ver en su casa aquella recopilación de toda

la patología interna, desde los tiempos de Galeno hasta nuestros

días, concluyó por asimilarse el orgullo hipocrático de su doliente

mitad, y no le hacía maldita gracia que se hablase de padecimientos

no conocidos de su Justa, ó que á los de su Justa remotamente se

pareciesen.

Torquemada en la cruz · 第 19 / 36 题