Le faltó ánimo aquella noche para acudir á la tertulia; porque si á
D. José le tentaba el demonio y _planteaba la cuestión_ allí, cara
á cara, ¿debajo de qué silla ó de qué mesa se metería él? Y no se
achicaba, no; después de lo hablado con Donoso, tan hombre era él
como otro cualquiera. Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen
nada? ¿No se compensaba una cosa con otra, es decir, la democracia
del origen con la aristocracia de las talegas? ¿Pues no habíamos
convenido en que los santos cuartos son también aristocracia? ¿Y
acaso acaso las señoritas del Águila venían en línea recta de algún
Archipámpano ó del Rey de Babilonia? Pues si venían que vinieran. El
cuento era que á la hora presente no tenían sobre qué caerse muertas,
y su propiedad era... lo que las personas bien habladas llaman _un
mito_..., un pleito que se ganaría allá para la venida de los higos
chumbos. ¡Ea, nada de repulgos ni de hacerse el chiquitín! Bien
podían las tales darse con un canto en los pechos, que brevas como él
no caían todas las semanas. ¿Pues á qué más podían aspirar? ¿Había
de venir el hijo mayor del Emperador de la China á pedir por esposa
á Crucita, ya llena de canas, ó á Fidelita, con los dientes afilados
de tanta cáscara de patata como roía? ¡Ay, ya iba él comprendiendo
que valía más de lo que pesaba! ¡Fuera modestia, fuera encogimientos,
que tenían por causa el no dominar la palabra y el temor de decir un
disparate que hiciera reir á la gente! No se reirían, no; que gracias
á su aplicación ya había cogido sin fin de términos, y los usaba con
propiedad y soltura. Sabía encomiar las cosas diciendo muy á cuento:
_excede á toda ponderación_. Sabía decir: _si yo fuera al Parlamento,
nadie me ganaría en poner los puntos sobre las íes_. Y aunque
no supiera, ¡ñales!, su pesquis para los negocios, su habilidad
maravillosa para sacar dinero de un canto rodado, su economía, su
formalidad, su pureza de costumbres, ¿no valían nada? Á ver, que
le sacaran á relucir algún vicio. Él ni bebida, él ni mujeres, él
ni juego, él ni tan siquiera el inofensivo placer del tabaco. Pues
entonces..., ¿por qué le habían de rechazar? Al contrario, verían
el cielo abierto, y creerían que el Santísimo y toda su corte se
les entraba por las puertas de la casa. Razonando de este modo se
tranquilizó, llenándose de engreimiento y de confianza en sí mismo.
Pero luego volvía la terrible duda: «¿Con cuál, Señor, con cuál?»
En un tris estuvo, por la mañana, que escribiera una esquelita
á D. José Donoso rogándole que le sacara de aquella enfadosa
incertidumbre. Pero no lo hizo. ¿Para qué, si pronto había de
despejarse la incógnita? Al fin, como las señoras mandaran recado á
su casa preguntando por su salud (con motivo de haber hecho rabona en
la tertulia de la noche precedente), no tuvo el hombre más remedio
que ir. Casi casi lo deseaba. ¡Qué miedo ni qué ocho cuartos! Cada
uno es cada uno. Si le rechazaban, ellas se lo perdían. Por mucho
que se les subiera á la cabeza el humillo de la vanidad, no dejarían
de comprender que de hombres como él entran pocos en libra... ¡Y á
fe que estaban los tiempos para reparillos y melindres!... _Sin ir
más lejos_, véase á la Monarquía transigiendo con la democracia,
y echando juntos un piscolabis en el bodegón de la política
representativa. ¿Y este ejemplo no valía? Pues allá iba otro. La
aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo
_abonaba_ (en el sentido de _estercolar_) el pueblo enriquecido. ¡Y
que no había hecho flojos milagros el sudor de pueblo en aquel tercio
de siglo! ¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos á
quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao ó
prestando á rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del
Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, ó que
pasaron hambres por juntar para unas alpargatas? Pues bien: á ese
_elemento_ pertenecía él, y era un nuevo ejemplo del _sudor de pueblo
fecundando_... No sabía concluir la frase.
Esto pensaba al subir la escalera de la casa de sus amigas, casi casi
podía decir de sus mujeres; pues no pudiendo discernir en su agitada
mente cuál de las dos le tocaría, se le representaba el matrimonio
dando una mano á cada una. Abrióle Cruz, que le llevó á la sala, como
si quisiera hablarle á solas. «Esto de enchiquerarme en la sala—pensó
Torquemada—me huele á _manifestaciones_. Ya tenemos la pelota en el
tejado.»
En efecto, Cruz, que había llevado á la salita la lámpara que de
ordinario alumbraba la tertulia en el gabinete, le acorraló allí
para _manifestarle_ con fría urbanidad que el señor de Donoso _les_
(¡siempre el plural!) había hablado de un asunto, cuya importancia
ni á ellos ni al señor de Torquemada se podía ocultar. Inútil decir
que las señoras se sentían honradísimas con la... indicación...
No era aún más que indicación; pero luego vendría la proposición.
Honradísimas, naturalmente. Agradecían con toda su alma el nobilísimo
rasgo... (_rasgo_ nada menos) de su noble amigo, y estimaban sus
nobles sentimientos (tanta nobleza empalagaba ya) en lo mucho que
valían. Mas no era fácil dar respuesta categórica hasta que no pasara
algún tiempo, pues cosa tan grave debía mirarse mucho y pesarse...
Así convenía á la dignidad de todos. Contestó D. Francisco en frases
entrecortadas y rápidas, sin decir nada en substancia, sino que
él _abrigaba la convicción de_..., y que él había hecho aquellas
_manifestaciones_ al señor de Donoso movido de la lástima...,
no, movido de un sentimiento... nobilísimo... (ya todos éramos
nobilísimos); que su deseo de ser grato á las señoras del Águila
_excedía á toda ponderación_...; que se tomaran todo el tiempo que
quisieran para pensarlo, pues así le gustaban á él las cosas, bien
pensaditas y bien mediditas...; que él era muy sentado, y _evacuaba_
siempre despacito y con toda mesura los asuntos de responsabilidad.
Breve fué la conferencia. Dejóle solito un instante la señora, y él
se paseó agitadísimo por la angosta sala, otra vez atormentado por
aquella duda, que ya se iba volviendo del género cómico, de un cómico
verdaderamente sainetesco. Fué á dar ante el espejo, y al ver su
imagen no pudo menos de increparse con saña: «¡Pero hombre, si serás
burro que todavía no sabes con cuál ha de ser!... Pedazo de congrio,
pregúntalo, pregúntalo, que es ridículo ignorarlo á estas alturas...,
aunque también preguntarlo es gran mamarrachada, ¡ñales!»
La entrada del señor de Donoso puso fin á estas _manifestaciones_
internas, y no tardaron los cinco personajes en hallarse reunidos
en el próximo gabinete, las señoras próximas á la luz, D. Francisco
junto al ciego y Donoso allá en la marquesita del ángulo, apartado
como en señal de veneración, para que sus palabras, teniendo que
recorrer un espacio relativamente largo, resonaran con mayor
solemnidad. Perdido ya el miedo, Torquemada, si le pinchan, arroja
en medio de la noble sociedad su pregunta explosiva: «Conque á ver,
sepamos, señoras mías, con cuál de ustedes me voy á casar yo.» Pero
no hubo nada de esto, porque ni alusiones remotísimas se hicieron
al peliagudo caso; y por más atención que puso, no pudo descubrir
el avaro ninguna novedad en el rostro de las dos damas, ni síntoma
alguno de emoción. ¡Cosa más rara! Porque lo natural era que
estuviese _emocionada_ la que... la que _fuese_. En Cruz, únicamente
podía observarse un poco de animación; en Fidela, quizás, quizás un
poco más de palidez. Amables como siempre las dos señoritas, no le
dijeron al pretendiente nada que él no supiera; de lo que dedujo que
no les importaba un comino el casorio, ó que disimulaban la procesión
que les andaba por dentro. Lo que sí pudo notar D. Francisco, fué
que á Rafael no hubo medio de sacarle del cuerpo una palabra en toda
la velada. ¿Cuál sería el motivo de que estuviese el bendito joven
tan tétrico y metido en sí? ¿Tendría relación aquella..., ¿cómo se
decía?..., ¡ah!, _actitud_..., aquella actitud con el proyectado
casorio? Puede que no, porque probablemente nada le habrían dicho sus
hermanas.
Cruz siempre afable, guardando la distancia, señora neta y de calidad
superior; Fidela más corriente, tendiendo á la familiaridad festiva,
con leves atrevimientos y mayor flexibilidad que su hermana en la
conversación. Tales fueron aquella noche, como la anterior, como
siempre; mas por lo tocante al _materialismo_ de aquel proyecto
que alborotaba el espíritu y los nervios de Torquemada, fueron
un par de jeroglíficos á cual más enigmático é indescifrable. Ya
le iba cargando á D. Francisco tanto repulgo, tanto fruncido de
labios, marcando la indiferencia, y tanto escoger y recalcar las
palabras más sosas y que no decían carne ni pescado. Deseaba que
terminase la tertulia para salir de estampía y desahogarse con D.
José... ¡Ah, gracias á Dios que se acababa al fin! «Buenas noches...
Conservarse...» En la escalera no quiso decir nada, porque las
señoras, que salían de faroleras, podían oir. Pero en cuanto llegaron
á la calle, cuadróse el hombre, y allí fué el estallar de su cólera,
con la grosería que informaba su ser efectivo anterior y superior á
los postizos de su artificiosa metamorfosis.
—¿Me quiere usted decir qué comedia de puñales es ésta?
—¡Pero D. Francisco...!
—Si se han enterado, ¡me caigo en la mar!, ¿por qué tanta tiesura?
¡Vaya que ni tan siquiera darle á entender á uno que les retoza un
poco de alegría por el cuerpo!...
—¡Pero D. Francisco...!
—Y sobre todo, y esto es lo que más me revienta..., dígame, dígamelo
pronto... ¿Con cuál de las dos me caso?... El demonio me lleve si lo
entiendo... ¡Puñales y la Biblia en pasta!
—Moderación, mi querido D. Francisco. Y parta del principio de que yo
no intervengo si...
—Yo no parto de más principio ni de más postre, ¡cuerno!, sino del
saber ahora mismo...
—¿Con cuál...?
—¡Sí, con _cuála_! Sépalo yo con cien mil gruesas de demonios y con
la Biblia en pasta...
—Pues... no lo sé yo tampoco todavía. Estamos en lo más delicado de
las negociaciones, y si no me confirma sus poderes plenos, aguardando
con moderación y calma lo que resulte, me desentiendo, y nombre usted
otro... legado pontificio (_echándose por lo festivo_), ó trate usted
directamente con la potencia.
—¡Mecachis con la potencia! Yo creía..., vamos..., parecía natural
(_calmándose_) que lo primero fuera saber cuál es la rama en que á
uno le cuelgan... De modo que...
—Nada puedo decir aún sobre ese particular, cuya importancia soy el
primero en reconocer.
—Apañado estoy... Ya debe comprender que tengo razón... _hasta cierto
punto_, y que otro cualquiera, _en igualdad de circunstancias_...
Al ver que se ponía otra vez la máscara de finura, Donoso le tuvo por
vencido, y le encadenó más diciéndole:
—Repito que si mis gestiones no le acomodan, ahí va mi dimisión de
ministro plenipotenciario...
—¡Oh, no, no!... No la admito, no debo admitirla..., ¡cuidado! Es
más, suplico á usted que la retire...
—Queda retirada. (_Palmetazo en el hombro._)
—Dispénseme si se me fué un poco la burra...
—Dispensado, y tan amigos como antes.
Separáronse en la Red de San Luis, y Torquemada se fué rezongando;
aún repercutían en su interior los ecos de la tempestad, mal sofocada
por la fascinación que D. José Donoso ejercía sobre él.