Á causa de la mala noche estuvo destemplado y ojeroso toda la mañana
siguiente, y por la tarde se le vió hecho un azacán, persiguiendo
gangas de almoneda para amueblar con decencia, dentro de la economía,
su nueva casa. No compró cama de matrimonio, porque ya la tenía, y
de palosanto, adquirida por doña Silvia en un precio bajísimo. Y
como Ruiz Donoso se tomaba la confianza de asesorarle en aquellos
arduos asuntos, aun antes de que D. Francisco le pidiera su leal
parecer sobre ellos, resultó que fueron comprados multitud de objetos
pertinentes al uso de señoras distinguidas, algunos tan extraños,
que no sabía Torquemada para qué demonios servían. Como adquirido
en liquidaciones diferentes, por embargo, quiebra ó defunción, el
mueblaje era de lo más heterogéneo que imaginarse puede. Pero la casa
iba resultando elegante, de rico y señoril aspecto. Imposible que
dejase de hablarse de ella en la tertulia de las del Águila: Cruz
pedía informes, se hacía explicar y describir todos los trastos,
expresando opiniones discretísimas sobre la necesaria armonía entre
la comodidad y la elegancia.
Una de aquellas tardes (debió de ser pocos días después de la
mudanza) fueron de paseo Torquemada y su modelo, charlando de
negocios. Á la vuelta del Retiro por el Observatorio, saltó la
conversación á lo del pleito, y D. José, parándose en firme, expresó
una opinión optimista acerca de él; mas luego venían los peros, una
cáfila de inconvenientes que quitaban todo su efecto á la primera
afirmación. Había que gastar mucho, y como las señoras carecían
de posibles, quizás..., _y sin quizás_, tendrían que abandonar su
derecho por falta de medios para demostrarlo. ¡Qué pena! ¡Una cosa
tan clara! Él había agotado en obsequio de sus buenas amigas toda
su actividad, todas sus relaciones, y por fin, su corto peculio. Y
no le pesaba, no. ¡Eran tan dignas ellas de que todo el mundo se
sacrificara por servirlas y sacarlas de su horrorosa situación!
Pero ésta, ¡ay!, empeoraba, hasta el punto de que las señoras y
su infeliz hermano tendrían pronto que pedir plaza en un asilo de
mendicidad: ya no poseían renta alguna, pues lo último que restaba de
una lámina intransferible, bocado á bocado se lo habían ido comiendo;
ya no tenían nada que vender ni que empeñar. «Por mi parte—añadió
descorazonado y casi á punto de romper en llanto,—he hecho cuanto
humanamente podía. Los gastos del pleito absorben los tres cuartos
de mi paga, y héteme aquí imposibilitado de ir más adelante, Sr.
D. Francisco. Habrá que abandonar á los pobres náufragos, pues ni
agarrándolos por los cabellos se les puede sacar á flote. Me voy
temiendo que Dios se ha empeñado en ahogar á esa digna familia, y que
todos nuestros esfuerzos por salvarla son inútiles. Dios lo quiere, y
como dueño absoluto de vidas y haciendas, lo hará.»
—Pues no lo hará—dijo Torquemada bravamente, soltando un terno y
reforzándolo con fuerte patada.
—¿Y qué podremos nosotros contra los designios...?
—¡Qué _desinios_ ni qué...! (Aquí una palabra que no se puede
copiar.) Las señoras ganarán el pleito.
—¡Oh!, sí... Pero... garantíceme usted que llegaremos á la sentencia.
Yo confío en la rectitud del Consejo de Estado; pero de aquí á que el
pleno falle, hay una tiradita de tiempo y de gastos, en la cual nos
veremos obligados á abandonar el asunto.
—No se abandonará.
—¿Usted...?
—Yo, yo. _Héteme aquí_ diciendo: adelante con los faroles y con el
litigio. Pues no faltaba más.
—Eso varía... Concretemos: usted...
—Yo, sí, señor; yo, Francisco Torquemada ordeno y mando que se
pleitee. ¿Qué hace falta?, ¿Un abogado de los gordos? Pues á él.
¿Qué más? ¿Levantar un monte de papel sellado? ¡Pues hala con él!...
Nada de abandono. Ó hay corazón ó no hay corazón. ¿Está claro el
derecho? Pues saquémoslo por encima de la cabeza del mismísimo Cristo.
—Bueno... Me parece muy bien—dijo Donoso agarrando á su amigo por el
brazo, pues en el calor de la improvisación, á punto estuvo de que le
cogiera un carruaje de los que en tropel bajaban del Retiro.
Emprendieron la caminata por el Paseo de Atocha, hacia el Prado, á la
hora en que los faroleros encendían el gas, y en que los paseantes á
pie y en coche regresaban en bandadas en busca de la sopa. Allá por
el Museo vieron un hormigueo de luces en el Prado, y les dió en la
nariz tufo de aceite frito. Era la verbena de San Juan. Ya comenzaba
el bullicio, y por evitarlo subieron los dos respetables amigos
por la Carrera, charlando sobre lo mismo, parándose á ratos, para
poder expresar con cierto reposo las graves cosas que les salían del
cuerpo. «Conformes, Sr. D. Francisco—dijo Donoso allá frente á los
leones del Congreso.—Permítame que le felicite por su delicadeza,
virtud de la cual veo en usted uno de los ejemplos más raros. He
dicho delicadeza, y añado abnegación, porque abnegación grande se
necesita para hacer frente á tales dispendios sin..., vamos, sin
obtener ninguna ventaja... Si usted me lo permite, le diré que me
parece mal, pero muy mal... (Torquemada no chistaba.) Digo que no me
parece bien, y que usted, modesto en demasía, no se aprecia en lo que
vale. Le basta con la gratitud de las señoras, y francamente, no veo
paridad entre la recompensa y el servicio. Y no es que sea yo muy
positivista...; es que me duele verle á usted achicarse tanto...»
Como D. Francisco no rezongaba, clavados sus ojos en el suelo cual si
tomara nota de las rayas de las baldosas, arrancóse el otro á mayores
claridades, y allá por la esquina de Cedaceros paróse otra vez en
firme, y con gallardía rasgó el velo en esta forma:
—Ea, basta de jugar á la gallina ciega con nuestras intenciones, Sr.
D. Francisco. ¿Para qué hacemos misterio de lo que debe ser claro
como la luz? Yo le adivino á usted los sentimientos. ¿Quiere que le
describa el estado de su ánimo?
—¿Á ver...?
—Pues desde que tuve la honra de hablarle de un delicado asunto...,
vamos, de la conveniencia de tomar estado, la idea ha ido labrando en
usted... ¿Es ó no cierto que desde entonces no cesa usted de pensar
en ello noche y día...?
—Es ciertísimo.
—Usted piensa en ello; pero su descomunal modestia le impide tomar
una resolución. Se cree indigno, ¡oh!, siendo, por el contrario,
digno de las mayores felicidades. Y ahora, cuando planteamos la
cuestión de sacar adelante el pleito famoso; ahora, cuando usted
se dispone á prestar á esa familia un servicio impagable, su
delicadeza viene á remachar el clavo, porque si antes se sentía usted
cohibido como diez, ahora lo está como doscientos mil, y no cesa de
atormentarse con este argumento, que es un verdadero sofisma: «Yo,
que me creo indigno de aspirar á la mano, _etcétera_..., ahora que,
por venir las cosas rodadas, les presto este servicio, _etcétera_,
menos puedo pensar en casorio, porque creerían ellas y el mundo,
_etcétera_, que vendo el favor ó que compro la mano, _etcétera_...»
¿Es esto, sí ó no, lo que piensa el amigo Torquemada?
—Eso mismísimo.
—Pues me parece una tontería mayúscula, Sr. D. Francisco de mi alma,
que usted sacrifique sentimientos nobilísimos ante el ídolo de una
delicadeza mal entendida.
Dijo esto con tanta gallardía, que á Torquemada le faltó poco para
que la emoción le hiciera derramar lágrimas.
—Es que..., diré á usted..., yo..., como soy así..., no me ha gustado
nunca ser _mayúsculo_, vamos al decir, picar más alto de lo que
debo. Cierto que soy rico; pero...
—¿Pero qué?
—Nada, no digo nada. Dígaselo usted todo...
—Ya sé lo que usted teme: la diferencia de clases, de educación, los
timbres nobiliarios... Todo eso es música en los tiempos que corren.
¿Se le ha pasado por las mientes que sería rechazado?...
—Sí, señor... Y este cura, aunque de cepa humilde y no muy fuerte en
finuras de sociedad, porque no ha tenido tiempo de aprenderlas, no
quiere que nadie le desprecie, ¡cuidado!
—Y la pobreza de ellas le cohibe más, y dice usted: «no vayan á creer
que porque son pobres les hago la forzosa...»
—Justo... Parece que anda usted por dentro de mí con un farolito,
registrando todas las incumbencias y _sofismas_ que me andan por los
rincones del alma.
Aproximábanse á la Puerta del Sol, donde habían de separarse, porque
Donoso vivía hacia Santa Cruz, y el camino de Torquemada era la calle
de Preciados. Fué preciso abreviar la conferencia, porque á entrambos
les picaba la necesidad, y en su imaginación veían el santo garbanzo.
—No hay para qué decir—indicó Donoso—que he hablado por cuenta propia
antes y ahora, y que jamás, jamás, puede creerlo, hemos tocado esta
cuestión las señoras y yo... Debo recordar además que la pobre doña
Lupe, que en gloria esté, abrigaba este proyecto...
—Sí que lo abrigaba—replicó D. Francisco, encantado de la frase
_¡abrigar un proyecto!_
—Algo me dijo á mí.
—Y á mí. Como que me volvió loco el día de su defunción.
—En ella debió de ser manía, y me consta que indicó á las señoras...
—Las cuales no me conocían entonces.
—Justo; ni yo tampoco. Ahora nos conocemos todos, y yo, amigo D.
Francisco, me voy á permitir...
—¿Qué cosa?
—Me voy á permitir proponer á usted que ponga el asunto en mis manos.
¿Cree que seré buen diplomático?
—El mejor que ha echado Dios al mundo.
—¿Cree que sabré dejar á salvo la dignidad de todos en caso de
aceptación y en caso de repulsa?
—¿Pues qué duda tiene?
—Ea... No hay más que hablar por ahora. Adiós, que es tarde.
Se despidió con un fuerte apretón de manos, y no había andado seis
pasos, cuando D. Francisco, que perplejo quedó en la esquina de
Gobernación, sintióse asaltado de una duda punzante... Quiso llamar
á su amigo; pero éste se había perdido ya entre la muchedumbre. El
tacaño se llevó las manos á la cabeza, formulando esta pregunta:
«¿Pero... con cuál?» Porque Donoso hablaba siempre en plural: _las
señoras_. ¿Acaso pretendía casarle con las dos? ¡Demonio, la duda era
para volver loco á cualquiera! Lanzándose intrépido en el torbellino
de la Puerta del Sol, y haciendo quiebros y pases para librarse
de los tranvías y evitar choques con los transeuntes, interrogaba
mentalmente la esfinge de su destino: «¿Pero con cuál, ¡ñales!, con
cuál...?»