Desde la muerte de su hijo Valentín, de triste memoria, Torquemada
se arregló una vivienda en el principal de la casa de corredor
que poseía en la calle de San Blas. Juntando los dos cuartitos
principales del exterior, le resultó una huronera bastante capaz,
con más piezas de las que él necesitaba, todo muy recogido, tortuoso
y estrecho, verdadera vivienda celular en la cual se acomodaba muy
á gusto, como si en cada uno de aquellos escondrijos sintiera el
molde de su cuerpo. Á Rufina le dió casa en otra de su propiedad,
pues aunque hija y yerno eran dos pedazos de pan, se encontraba
mejor solo que bien acompañado. Había dado Rufinita en la tecla de
refitolear los negocios de su padre, de echarle tal cual sermoncillo
por su avaricia, y él no admitía bromas de esta clase. Para cortarlas
y hacer su santa voluntad sin intrusiones fastidiosas, que cada cual
estuviese en su casa, y Dios... ó el diablo en la de todos.
Tres piezas tan sólo de aquel pequeño laberinto servían de vivienda
al tacaño, para dormir, para recibir visitas y para comer. Lo demás de
la huronera teníalo relleno de muebles, tapices y otras preciosidades
adquiridas en almonedas, ó compradas por un grano de anís á deudores
apurados. No se desprendía de ningún vargueño, pintura, objeto de
talla, abanico, marfil ó tabaquera sin obtener un buen precio, y
aunque no era artista, un feliz instinto y la costumbre de manosear
obras de arte le daban ciencia infalible para las compras así como
para las ventas.
En el ajuar de las habitaciones vivideras se notaba una
heterogeneidad chabacana. Á los muebles de la casa matrimonial del
tiempo de doña Silvia, habíanse agregado otros mejores, y algunos de
ínfimo valor, desmantelados y ridículos. En las alfombras se veían
pedazos riquísimos de Santa Bárbara cosidos con fieltros indecentes.
Pero lo más particular de la vivienda del gran Torquemada era que,
desde la muerte de su hijo, había proscrito toda estampa ó cuadro
religioso en sus habitaciones. Acometido en aquella gran desgracia
de un feroz escepticismo, no quería ver caras de santos ni Vírgenes,
ni aun siquiera la de nuestro Redentor, ya fuese clavado en la
cruz, ya arrojando del templo á los mercachifles. Nada, nada...,
¡fuera santos y santas, fuera Cristos, y hasta el mismísimo Padre
Eterno, fuera!..., que el que más y el que menos todos le habían
engañado como á un chino, y no sería él, ¡ñales!, quien les guardase
consideración. Cortó, pues, toda clase de relaciones con el cielo, y
cuantas imágenes había en la casa, sin perdonar á la misma Virgencita
de la Paloma, tan venerada por doña Silvia, fueron llevadas en un
gran canasto á la guardilla, donde ya se las entenderían con las
arañas y ratones.
Era tremendo el tal Torquemada en sus fanáticas inquinas religiosas,
y con el mismo desdén miraba la fe cristiana que todo aquel fárrago
de la Humanidad y del _Gran Todo_ que le había enseñado Bailón.
Tan mala persona era el _Gran Todo_ como el otro, el de los curas,
fabricante del mundo en siete pasteleros días, y luego... ¿para qué?
Se mareaba pensando en el turris-burris de cosas sucedidas desde la
creación hasta el día del cataclismo universal y del desquiciamiento
de las esferas, que fué el día en que remontó su vuelo el sublime
niño Valentín, tan hijo de Dios como de su padre, digan lo que
quieran, y de tanto talento como cualquier _Gran Todo_, ó cualquier
_Altísimo_ de por allá. Creía firmemente que su hijo, arrebatado al
cielo en espíritu y carne, lo ocupaba de un cabo á otro, ó en toda la
extensión del espacio infinito sin fronteras... ¡Cualquiera entendía
esto de no acabarse en ninguna parte los terrenos, los aires ó lo que
fuesen!... Pero, ¡qué demonio!, sin meterse en medidas, él creía á
pies juntillas que ó no había cielo ninguno, ni Cristo que lo fundó,
ó todo lo llenaba el alma de aquel niño prodigioso, para quien fué
estrecha cárcel la tierra y menguado saber todas las matemáticas que
andan por estos mundos.
Bueno. Pues con tales antecedentes se comprenderá que la única
imagen que en la casa del prestamista representaba á la Divinidad,
era el retrato de Valentinito, una fotografía muy bien ampliada,
con marco estupendo, colgado en el testero principal del gabinete,
sobre un vargueño, en el cual había candeleros de plata repujada,
con velas, pareciéndose mucho á un altar. La carilla del muchacho
era muy expresiva. Diríase que hablaba, y su padre, en noches de
insomnio, entendíase con él en un lenguaje sin palabras, más bien
de signos ó visajes de inteligencia, de cambio de miradas, y de un
suspirar hondo á que respondía el retrato con milagrosos guiños y
muequecillas. Á veces sentíase acometido el tacaño de una tristeza
indefinible, que no podía explicarse, porque sus negocios marchaban
como una seda, tristeza que le salía del fondo de toda aquella
cosa interior que no es nada del cuerpo; y no se le aliviaba sino
comunicándose con el retrato por medio de una contemplación lenta
y muda, una especie de éxtasis, en que se quedaba el hombre como
lelo, abiertos los ojos y sin ganas de moverse de allí, sintiendo
que el tiempo pasaba con extraordinaria parsimonia, los minutos
como horas y éstas como días bien largos. Excitado algunas veces
por contrariedades ó cuestiones con sus víctimas, se tranquilizaba
haciendo la limpieza total y minuciosa del cuadro, pasándole
respetuosamente un pañuelo de seda que para el caso tenía y á ningún
otro uso se destinaba; colocando con simetría los candeleritos, los
libros de matemáticas que había usado el niño, y que allí eran como
misales, un carretoncillo y una oveja que disfrutó en su primera
infancia; encendiendo todas las luces y despabilándolas con exquisito
cuidado, y tendiendo sobre el vargueño, para que fuese digno mantel
de tal mesa, un primoroso pañuelo grande bordado por doña Silvia.
Todo esto lo hacía Torquemada con cierta gravedad, y una noche llegó
á figurarse que aquello era como decir misa, pues se sorprendió con
movimientos pausados de las manos y de la cabeza que tiraban á algo
sacerdotal.
Siempre que le acometía el insomnio rebelde se vestía y calzaba, y
encendido el altar se metía en pláticas con el chico, haciéndole
garatusas, recordando con fiel memoria su voz y sus dichos, y
ensalzando con una especie de hosanna inarticulado..., ¿qué dirán
ustedes?, las matemáticas, las santísimas matemáticas, ciencia
suprema y única religión verdad en los mundos habidos y por haber.
Dicho se está que aquella noche, por lo muy excitado que estaba
el hombre, fué noche de gran solemnidad en tan singulares ritos.
Sintiéndose incapaz de dormir, ni siquiera pensó en acostarse.
La tarasca le dejó solo. Encendidas las velas apagó la lámpara
de petróleo, llevándola á la sala próxima para que el tufo no le
apestara, y entregóse á su culto. El recuerdo de las señoras del
Águila, y el vigor con que su conciencia le afeaba la conducta
observada con ellas, mezcláronse á otras visiones y sentimientos,
formando un conjunto extraño. Las matemáticas, la ciencia de la
cantidad, los sacros números, embargaban su espíritu. Caldeado el
cerebro, creyó oir cantos lejanos sumando cantidades con música y
todo... Era un coro angélico. El rostro de Valentinico resplandecía
de júbilo. El padre le dijo: «Cantan, cantan bien... ¿Quiénes son
esos?»
En su interior sentía el retumbar de una gran verdad proferida
como un cañonazo, á saber: que las matemáticas son el _Gran Todo_,
y los números los espíritus, que mirados desde abajo... son las
estrellas... Y Valentinico tenía en su ser todas las estrellas, y
por consiguiente, todito el espíritu que anda por allá y por acá. Ya
cerca de la madrugada rindióse D. Francisco al cansancio, y se sentó
frente al vargueño, apoyando la cabeza en el ruedo de sus brazos, y
éstos en el respaldo de la silla. Las luces se estiraban y enrojecían
lamiendo el pábilo negro; la cera chorreaba, con penetrante olor
de iglesia. El prestamista se aletargó, ó se despabiló, pues ambos
verbos, con ser contrarios, podían aplicarse al estado singular
de sus nervios y de su cabeza. Valentín no decía nada, triste y
mañoso como los niños á quienes no se ha hecho el gusto en algo que
vivamente apetecen. Ni habría podido decir D. Francisco si le miraba
realmente, ó si le veía en los nimbos nebulosos de aquel sueñecillo
que en la silla descabezaba. Lo indudable es que hijo y padre se
hablaron; al menos puede asegurarse como de absoluta realidad que D.
Francisco pronunció estas ó parecidas palabras: «Pero si no supe lo
que hacía hijo de mi alma. No es culpa mía si no sé tocar esa cuerda
del perdón..., y si la toco no me suena, cree que no me suena.»
—Pues... lo que digo—debió de expresar la imagen de Valentín,—fuiste
un grandísimo puerco... Corre allá mañana y devuélveles á toca teja
los arrastrados intereses.
Levantóse bruscamente Torquemada, y despabilando las luces,
se decía: «Lo haremos; es menester hacerlo... ¡Devolución...,
caballerosidad..., rasgo! ¿Pero cómo se compone uno para el rasgo?
¿Qué se dice? ¿De qué manera y con qué retóricas hay que arrancarse?
Diréles, ¡ñales!, que fué una equivocación..., que me distraje...,
¡ea!, que me daba vergüenza de ser rumboso..., la verdad, la verdad
por delante..., que no acertaba con el vocablo..., por ser la primera
vez que...»