Su confusión y atontamiento no se disiparon, como pensaba, al
pisar el suelo firme de la calle; antes bien, éste no le pareció
absolutamente seguro. Ni las casas guardaban su nivel, dígase lo
que se dijera; tanto que por evitar que alguna se le cayera encima,
¡cuidado!, D. Francisco pasaba frecuentemente de una acera á otra.
En el café de Zaragoza, donde tenía una cita con cierto colega para
tratar de un embargo; en dos ó tres tiendas que visitó después, en la
calle, y por fin en su propia casa, en la cual recaló ya cerca de
anochecido, le perseguía una idea molesta y tenaz que sacudió de sí
sin conseguir ahuyentarla; y otra vez le atacaba, como el mosquito
que en la obscura alcoba desciende del techo con su trompetilla y
su aguijón, y cuanto más se le ahuyenta más porfiado el indino, más
burlón y sanguinario. La pícara idea concluyó por producirle una
desazón indecible, que le impedía comer con el acompasado apetito de
costumbre. Era una mala opinión de sí mismo, un voto unánime de todas
las potencias de su alma contra su proceder de aquella mañana. Claro
que él quería rebatir aquel dictamen con argumentos mil que sacaba de
este y el otro rincón de su testa; pero la idea condenatoria podía
más, más, y salía siempre triunfante. El hombre se entregaba al fin
ante el aterrador aparato de lógica que la enemiga idea desplegaba, y
dando un trastazo en la mesa con el mango del tenedor, se echó á su
propia cara este apóstrofe: «Porrón de Cristo..., ¡ñales!, mal que te
pese, Francisco, confiesa que hoy te has portado como un cochino.»
Abandonó los nada limpios manteles sin probar el postre, que, según
rezan las historias, era miel de la Alcarria, y tragado el último
buche de agua del Lozoya se fué á su gabinete, mandando á la tarasca,
su sirviente, que le llevase la lámpara de petróleo. Paseándose desde
la cama al balcón, ó sea desde la mitad de la alcoba al extremo del
gabinete; dando tal cual bofetada á la vidriera que ambas piezas
separaba y algún mojicón á la cortina para que no le estorbara el
paso, se rindió, como he dicho, á la idea vencedora. Porque, lo que
él decía, alguna ocasión había de llegar en que fuera indispensable
tener un rasgo. Él jamás tuvo ningún rasgo, ni había hecho nunca más
que apretar, apretar y apretar. Ya era tiempo de abrir un poco la
mano, pues había llegado á reunir, trabajando á pulso, una fortuna
que... Vamos, era más rico de lo que él mismo pensaba; poseía casas,
tierras, valores del Estado, créditos mil, todos cobrables, dineros
colocados con primera hipoteca, dineros prestados á militares y
civiles con retención de paga, cuenta corriente en el Banco de
España; tenía cuadros de gran mérito, tapices, sin fin de alhajas
valiosísimas; era, hablando bien y pronto, un hombre _opíparo_, vamos
al decir, opulento... ¿Qué inconveniente había, pues, en darse un
poco de lustre con las señoras del Águila, tan buenas y finas, damas,
en una palabra, cual él nunca las había visto? Ya era tiempo de tirar
para caballero, con pulso y medida, ¡cuidado!, y de presentarse ante
el mundo, no ya como el prestamista sanguijuela, que no va más que á
chupar y á chupar, sino como un señor de su posición, que sabe ser
generoso cuando le sale de las narices el serlo. ¡Y qué demonio!,
todo era cuestión de unas sucias pesetas, y con ellas ó sin ellas él
no sería ni más rico ni más pobre. Total, que había sido un puerco,
y se privaba de la satisfacción de que aquellas damas le guardaran
gratitud y le tuvieran en más de lo que le tenía el común de los
deudores... Porque las circunstancias habían cambiado para él con
el fabuloso aumento de riqueza: se sentía vagamente ascendido á una
categoría social superior; llegaban á su nariz tufos de grandeza
y de _caballería_, quiere decirse, de caballerosidad... Imposible
afianzarse en aquel estado superior sin que sus costumbres variaran,
y sin dar un poco de mano á todas aquellas artes innobles de la
tacañería. ¡Si hasta para el negocio le convenía una miaja de rumbo
y liberalidad; hasta para el negocio..., ¡ñales!, porque cuando se
marcara más aquella transformación á que abocado se sentía por la
fuerza de los hechos, forzoso era que acomodara sus procederes al
nuevo estado!... En fin, había que ver cómo se enmendaba el error
cometido... Difícil era, ¡re-Cristo!, porque ¿con qué incumbencia se
presentaba él nuevamente allá? ¿Qué les iba á decir? Aunque parezca
extraño, no encontraba el hombre, con toda su agudeza, términos
hábiles para formular el perdón de intereses. Infinitos recursos
de palabra poseía para lo contrario; pero del lenguaje de la
generosidad no conocía ni de oídas un solo vocablo.
Toda la prima noche se estuvo atormentando con aquellas ideas. Su
hija Rufinita y su yerno estuvieron á visitarle, y achacaron su
inquietud á motivos enteramente contrarios á los verdaderos. «Á tu
papá le han arreado algún timo—decía Quevedito á su esposa, cuando
salían para irse al teatro á ver una función de hora.—¡Y que debe de
haber sido gordo!»
Rufina, cogida del brazo de su diminuto esposo, y rebozada en su
toquilla color de rosa, iba refunfuñando por la calle:
—Es que papá no aprende... Aprieta sin compasión; quiere sacar jugo
hasta de las piedras; no perdona, no considera, no siente lástima
ni del _Sursum Corda_, y ¿qué resulta? Que la divina Providencia
se descuelga protegiendo á los malos pagadores..., y al pícaro
prestamista, estacazo limpio... Papá debiera abrir los ojos; ver que
con lo que tiene puede hacer otros papeles en el mundo; subirse á
la esfera de los hombres ricos, usar levita inglesa y darse mucha
importancia. ¡Vamos que vivir en una casa de corredor, y no tratar
más que con gansos, y vestir tan á la pata la llana! Esto no está
bien, ni medio bien. Verdad que á nosotros ¿qué nos va ni nos viene?
Allá se entienda; pero es mi padre, y me gustaría verle en otra
conformidad... Voy á lo que iba: papá estruja demasiado, ahoga al
pobre, y... hay Dios en el cielo, que está mirando donde se cometen
injusticias para levantar el palo. Claro, ve que mi padre es una
fiera para la cobranza, y allá va el garrotazo... Vete á saber lo que
habrá pasado hoy: alguno que no paga ni á tiros, y al ir á embargarle
se han encontrado con cuatro trastos viejos que no valen ni las
diligencias... Ó alguno que ha hecho la gracia de morirse dejando á
mi padre colgado; en fin, qué sé yo lo que será... Lo que digo: que á
Dios no le hace maldita gracia que papá sea tan atroz, y le dice...
«¡eh, cuidado...!»