VII

Su confusión y atontamiento no se disiparon, como pensaba, al

pisar el suelo firme de la calle; antes bien, éste no le pareció

absolutamente seguro. Ni las casas guardaban su nivel, dígase lo

que se dijera; tanto que por evitar que alguna se le cayera encima,

¡cuidado!, D. Francisco pasaba frecuentemente de una acera á otra.

En el café de Zaragoza, donde tenía una cita con cierto colega para

tratar de un embargo; en dos ó tres tiendas que visitó después, en la

calle, y por fin en su propia casa, en la cual recaló ya cerca de

anochecido, le perseguía una idea molesta y tenaz que sacudió de sí

sin conseguir ahuyentarla; y otra vez le atacaba, como el mosquito

que en la obscura alcoba desciende del techo con su trompetilla y

su aguijón, y cuanto más se le ahuyenta más porfiado el indino, más

burlón y sanguinario. La pícara idea concluyó por producirle una

desazón indecible, que le impedía comer con el acompasado apetito de

costumbre. Era una mala opinión de sí mismo, un voto unánime de todas

las potencias de su alma contra su proceder de aquella mañana. Claro

que él quería rebatir aquel dictamen con argumentos mil que sacaba de

este y el otro rincón de su testa; pero la idea condenatoria podía

más, más, y salía siempre triunfante. El hombre se entregaba al fin

ante el aterrador aparato de lógica que la enemiga idea desplegaba, y

dando un trastazo en la mesa con el mango del tenedor, se echó á su

propia cara este apóstrofe: «Porrón de Cristo..., ¡ñales!, mal que te

pese, Francisco, confiesa que hoy te has portado como un cochino.»

Abandonó los nada limpios manteles sin probar el postre, que, según

rezan las historias, era miel de la Alcarria, y tragado el último

buche de agua del Lozoya se fué á su gabinete, mandando á la tarasca,

su sirviente, que le llevase la lámpara de petróleo. Paseándose desde

la cama al balcón, ó sea desde la mitad de la alcoba al extremo del

gabinete; dando tal cual bofetada á la vidriera que ambas piezas

separaba y algún mojicón á la cortina para que no le estorbara el

paso, se rindió, como he dicho, á la idea vencedora. Porque, lo que

él decía, alguna ocasión había de llegar en que fuera indispensable

tener un rasgo. Él jamás tuvo ningún rasgo, ni había hecho nunca más

que apretar, apretar y apretar. Ya era tiempo de abrir un poco la

mano, pues había llegado á reunir, trabajando á pulso, una fortuna

que... Vamos, era más rico de lo que él mismo pensaba; poseía casas,

tierras, valores del Estado, créditos mil, todos cobrables, dineros

colocados con primera hipoteca, dineros prestados á militares y

civiles con retención de paga, cuenta corriente en el Banco de

España; tenía cuadros de gran mérito, tapices, sin fin de alhajas

valiosísimas; era, hablando bien y pronto, un hombre _opíparo_, vamos

al decir, opulento... ¿Qué inconveniente había, pues, en darse un

poco de lustre con las señoras del Águila, tan buenas y finas, damas,

en una palabra, cual él nunca las había visto? Ya era tiempo de tirar

para caballero, con pulso y medida, ¡cuidado!, y de presentarse ante

el mundo, no ya como el prestamista sanguijuela, que no va más que á

chupar y á chupar, sino como un señor de su posición, que sabe ser

generoso cuando le sale de las narices el serlo. ¡Y qué demonio!,

todo era cuestión de unas sucias pesetas, y con ellas ó sin ellas él

no sería ni más rico ni más pobre. Total, que había sido un puerco,

y se privaba de la satisfacción de que aquellas damas le guardaran

gratitud y le tuvieran en más de lo que le tenía el común de los

deudores... Porque las circunstancias habían cambiado para él con

el fabuloso aumento de riqueza: se sentía vagamente ascendido á una

categoría social superior; llegaban á su nariz tufos de grandeza

y de _caballería_, quiere decirse, de caballerosidad... Imposible

afianzarse en aquel estado superior sin que sus costumbres variaran,

y sin dar un poco de mano á todas aquellas artes innobles de la

tacañería. ¡Si hasta para el negocio le convenía una miaja de rumbo

y liberalidad; hasta para el negocio..., ¡ñales!, porque cuando se

marcara más aquella transformación á que abocado se sentía por la

fuerza de los hechos, forzoso era que acomodara sus procederes al

nuevo estado!... En fin, había que ver cómo se enmendaba el error

cometido... Difícil era, ¡re-Cristo!, porque ¿con qué incumbencia se

presentaba él nuevamente allá? ¿Qué les iba á decir? Aunque parezca

extraño, no encontraba el hombre, con toda su agudeza, términos

hábiles para formular el perdón de intereses. Infinitos recursos

de palabra poseía para lo contrario; pero del lenguaje de la

generosidad no conocía ni de oídas un solo vocablo.

Toda la prima noche se estuvo atormentando con aquellas ideas. Su

hija Rufinita y su yerno estuvieron á visitarle, y achacaron su

inquietud á motivos enteramente contrarios á los verdaderos. «Á tu

papá le han arreado algún timo—decía Quevedito á su esposa, cuando

salían para irse al teatro á ver una función de hora.—¡Y que debe de

haber sido gordo!»

Rufina, cogida del brazo de su diminuto esposo, y rebozada en su

toquilla color de rosa, iba refunfuñando por la calle:

—Es que papá no aprende... Aprieta sin compasión; quiere sacar jugo

hasta de las piedras; no perdona, no considera, no siente lástima

ni del _Sursum Corda_, y ¿qué resulta? Que la divina Providencia

se descuelga protegiendo á los malos pagadores..., y al pícaro

prestamista, estacazo limpio... Papá debiera abrir los ojos; ver que

con lo que tiene puede hacer otros papeles en el mundo; subirse á

la esfera de los hombres ricos, usar levita inglesa y darse mucha

importancia. ¡Vamos que vivir en una casa de corredor, y no tratar

más que con gansos, y vestir tan á la pata la llana! Esto no está

bien, ni medio bien. Verdad que á nosotros ¿qué nos va ni nos viene?

Allá se entienda; pero es mi padre, y me gustaría verle en otra

conformidad... Voy á lo que iba: papá estruja demasiado, ahoga al

pobre, y... hay Dios en el cielo, que está mirando donde se cometen

injusticias para levantar el palo. Claro, ve que mi padre es una

fiera para la cobranza, y allá va el garrotazo... Vete á saber lo que

habrá pasado hoy: alguno que no paga ni á tiros, y al ir á embargarle

se han encontrado con cuatro trastos viejos que no valen ni las

diligencias... Ó alguno que ha hecho la gracia de morirse dejando á

mi padre colgado; en fin, qué sé yo lo que será... Lo que digo: que á

Dios no le hace maldita gracia que papá sea tan atroz, y le dice...

«¡eh, cuidado...!»

Torquemada en la cruz · 第 10 / 36 题