¡La primera vez que perdonaba réditos! Confuso y mareado durante toda
la mañana, se sentía en presencia de una estupenda crisis. Veía como
un germen de otro hombre dentro de sí, como un ser nuevo, misterioso,
embrión que ya rebullía, queriendo vivir por sí dentro de la vida
paterna. Y aquel sentimiento novísimo, apuntado como las ansias de
amor en quien ama por primera vez, le producía una turbación juvenil,
mezcla de alegrías y temor. Dirigióse, pues, á casa de las señoras
del Águila, como el novato de la vida que después de mil vacilaciones
se decide á lanzar su primera declaración amorosa. Y por el camino
estudiaba la frase, rebuscando las que tuvieran el saborete melifluo
que al caso correspondía. Dificultad grande era para él la palabra
suave y cariñosa, pues en su repertorio usual todas sonaban broncas,
ordinarias, como la percusión de la llanta de un carro sobre los
desgastados adoquines.
Recibido, como el día anterior, por Cruz, que se asombró mucho
de verle, estuvo muy torpe en el saludo. Olvidósele todo el
_diccionario_ fino que preparado llevaba, y como la dama le
preguntase por la feliz circunstancia á que debía el honor de tal
visita, disparóse el hombre á impulsos de la expansiva ansiedad que
dentro llevaba, y allá como el diablo le dió á entender, fué echando
de su boca este chorretazo de conceptos: «Porque verá usted, señora
doña Cruz... Ayer, como soy tan distraído... Pero mi intención,
¡cuidado!, era dar á ustedes una muestra... Soy hombre considerado y
sé distinguir. Crea usted que pasé un mal rato al percatarme, cuando
salí, de mi descuido, de mi... _estupefacción_. Ustedes valen, ya lo
creo, valen mucho; son personas dignísimas, y merecen que un amigo
de corazón les dé una muestra...»
Embarullándose tomó otro hilo, pero siempre iba á parar á la
muestra; hasta que dando un brinco, de locución, se entiende, fué á
caer espanzurrado en el terreno de la verdad pura y concisa: «Ea,
señora, que no cobro intereses, que no los cobro, aunque me lo
mande el Verbo... Y aquí tiene usted, en buena moneda, lo que ayer
descontamos.»
Quitósele un gran peso de encima, y se maravilló de que la dama no
hiciese remilgos para tomar el dinero devuelto. Diríase que esperaba
el rasgo, y su sonrisa benévola y graciosa de mujer bien curtida en
la sociedad revelaba la satisfacción de una sospecha confirmada.
Dióle las gracias con delicadeza, sin lloriqueos de pobre en quien
el tomar y el pedir ha venido á ser un oficio, y conociendo con tino
admirable que al usurero le causaba enojo aquel asunto, por no ser de
su cuerda, mudó airosamente de conversación. ¡Qué mal tiempo hacía!
¡Vaya que, después de tanto llover, venirse aquel frío seco del Norte
en pleno Mayo! ¡Y qué desastrosa temporada para los infelices que
tenían cajón en la pradera! Francamente, el Santo no se había portado
bien aquel año. De aquí pasaron al disgusto de las dos señoras
por la mala salud de Rafael. Era sin duda una afección hepática,
efecto de su vida sedentaria y tristísima. Una temporada de campo,
un viajecito, una tanda de baños alcalinos, serían quizás remedio
seguro; pero no podían pensar en semejante cosa. Con discreción
de buen tono se abstuvo la señora de recalcar en el tema de sus
escaseces, porque no creyera el otro que pordioseaba su auxilio para
llevar á baños al ciego.
La mente de Torquemada se había chapuzado en un profundo cavilar
sobre la pobreza decorosa de sus amigas, y aunque Cruz habló de muy
distintas cosas, no podía él seguirla más que con alguno que otro
tropezón monosilábico. De repente, como el nadador que después de una
larga inmersión sale á flote respirando fuertemente, se arrancó el
hombre con esta pregunta: «¿Y ese pleito...?»
Reproducíanse en su imaginación las estupendas ponderaciones de doña
Lupe agonizante, y aquellas galeras cargadas de oro, las provincias
enteras, los ingenios de Cuba y el cúmulo increíble de riquezas que
por derecho pertenecían á los del Águila, y que sin duda les había
quitado algún malsín. ¡Hay tanta pillería en esta España hidalga!
—¿Y ese pleito...?—volvió á decir, pues la señora no había contestado
al primer tiro.
—Pues el pleito—replicó al fin Cruz—sigue sus trámites. Es de lo
contencioso-administrativo.
—Quiere decirse que la parte contraria es el Gobierno.
—Justo.
—Pues entonces, no cansarse: lo perderán ustedes... El Gobierno se lo
lleva todo. Es el amo. Peseta que en sus manos cae, no esperemos que
vuelva á salir de aquellas condenadas arcas. Y dígame: ¿es de mucha
cuantía?
—¡Oh!, sí, señor... Y en los seis millones del suministro de cebada
en la primera guerra civil..., negocio de nuestro abuelo, ¿sabe
usted...?; pues en los seis millones, la cosa es tan clara, que si
no nos reconocen ese crédito, hay que despedirse de la justicia en
España.
Al oir el vocablo _millones_ Torquemada se quedó lelo, y aguzó el
hocico soplando hacia arriba, manera muy suya de expresar la magnitud
de las cosas juntamente con el asombro que produce.
—Hay además otros cabos, otros asuntos. La cosa es muy compleja, Sr.
D. Francisco... Mi padre fué despojado de sus tierras de la Rioja
y de la ribera del Jalón, que estuvieron afectas á una fianza por
la contrata de conducción de caudales. El Gobierno no cumplió lo
pactado, hizo mangas y capirotes de las cláusulas del arrendamiento
y echó mano á las fincas. Absurdos, Sr. D. Francisco, que sólo se
ven en este país desquiciado... ¿Quiere usted conocer detalladamente
el asunto? Pues véngase por aquí alguna de estas noches. En la
soledad y desamparo en que vivimos, víctimas de tanta injusticia y
de tanto atropello, alejadas de la sociedad en que nacimos y en la
cual hemos sufrido tantos desaires y desengaños tan horribles, Dios
misericordioso nos ha concedido un lenitivo, un descanso del alma,
la amistad de un hombre incomparable, de un alma caritativa, hidalga
y generosa, que nos sostiene en esta lucha y nos da ánimos. Sin ese
hombre compasivo, sin ese ángel, nuestra vida sería imposible: ya
nos habríamos muerto de tristeza. Ha sido el contrapeso de tanto
infortunio. En él hemos visto á la Providencia, piadosa y bella,
trayéndonos un ramito de oliva después del diluvio, y diciéndonos que
no olvidemos que existe la esperanza. ¡Esperanza! Basta con saber que
no ha sido arrebatada del mundo, para sentirla y vivir y alentar con
ella. Gracias á ese buen amigo no lo creemos todo perdido. Miramos á
las tinieblas que nos cercan, y allá lejos vemos una lucecita, una
lucecita...
—¿Y ese señor...?—dijo Torquemada, en quien la curiosidad pudo más
que el gustillo de oir á la señora.
—¿Conoce usted á D. José Ruiz Donoso?
—Donoso, Donoso... Me parece que me suena ese nombre.
—Persona muy conocida en Madrid, de edad madura, buena presencia,
respirando respetabilidad; modales de príncipe, pocas palabras,
acciones hidalgas sin afectación... D. José Ruiz Donoso... Sí, le
habrá usted visto mil veces. Ha sido empleado en Hacienda, de esos
que nunca quedan cesantes, pues sin ellos no hay oficina posible...
Hoy le tiene usted jubilado con treinta y seis mil, y vive como un
patriarca, sin más ocupación que cuidar á su mujercita enferma y
mirar por nosotras, activando el dichoso pleito, que si fuera cosa
suya no le inspiraría mayor interés. ¡Ay, nos quiere mucho, nos
adora! Fué íntimo de nuestro padre, y juntos siguieron en Granada la
carrera de leyes. Hombre muy bien quisto en todo el Madrid oficial;
para él no hay puerta cerrada en este y el otro Ministerio, ni en el
Tribunal de Cuentas, ni en el Consejo de Estado. Todo el día le tiene
usted de oficina en oficina, dando empujones al carro pesadísimo de
nuestro pleito, que hoy se nos atasca en este bache, mañana en el
otro. Conocedor como nadie del teclado jurídico y administrativo, ya
toca el registro de la recomendación amistosa, ya el de la autoridad
severa; un día le echa el brazo por el hombro al consejero A; otro
le suelta una peluca al oficial B, del Tribunal de Cuentas; y así
marcha el asunto, y así sabemos lo que es esperanza, y así vivimos.
Crea usted que el día en que Donoso nos falte, para nosotros se acabó
el mundo, y nada tendremos que hacer en él más que procurarnos una
muerte cristiana que nos lleve al otro lo más pronto posible.
Panegírico tan elocuente acreció la curiosidad de Torquemada, que
no veía las santas horas de echarse á la cara al señor de Donoso, á
quien, por el retrato trazado de tan buena mano, ya creía conocer. Le
estaba viendo, le sentía, érale familiar.
—No falta aquí ni una noche, aunque caigan capuchinos de
bronce—añadió la dama.—Es nuestra única tertulia, y el único solaz
de esta vida tristísima. Se me figura que han de simpatizar ustedes.
Conocerá usted á un hombre muy severo de principios, recto como los
caminos de Dios, veraz como el Evangelio, y de trato exquisito, sin
zalamerías, ese trato que ya se va perdiendo, la finura unida á la
dignidad y al sentimiento justo de la distancia que debe guardarse
siempre entre las personas.
—Sí que vendré—dijo D. Francisco, abrumado ya por la superioridad del
personaje tal como Cruz le pintaba.
Algo más de lo conveniente alargó la visita esperando que asomara
Fidela, á quien deseaba ver. Oyó su voz dulce y cariñosa, hablando
con el ciego en el gabinete próximo, como si amorosamente le riñera.
Mas la cocinerita no se presentaba, y al fin el tacaño no tuvo más
remedio que largarse, consolándose de su ausencia con el propósito
firme de volver á la noche.
X
Vestido con los trapitos de cristianar se fué entre ocho y nueve, y
cuando llamaba á la puerta subía tosiendo y con lento paso el señor
de Donoso. Entraron casi juntos, y en el saludo y presentación,
dicho se está que habían de contrastar la soltura y práctica mundana
del viejo amigo de la casa con la torpeza desmañada del nuevo. Era
Donoso un hombre eminentemente calvo, de bigote militar casi blanco;
las cejas muy negras, grave y ceremonioso el rostro, como un emblema
oficial que en sí mismo llevaba el respeto de cuantos lo miraban;
lleno y bien proporcionado de cuerpo y talla, con cierta tiesura
de recepción, obra de la costumbre y del trato social; vestido con
acendrada pulcritud, todo muy limpio, desde el cráneo pelado que
relucía como una tapadera de bruñido marfil, hasta las botas bien
dadas de betún y sin una mota del fango de las calles.
Desde los primeros momentos cautivó, á Torquemada, que no le
quitaba ojo ni perdía sílaba de cuanto dijo, admirando lo correcto
de su empaque y la fácil elegancia de sus expresiones. Aquella
levita cerrada, tan bien ajustadita al cuerpo, era la pieza de ropa
más de su gusto. Así, así eran galanas y _señoras_ las levitas,
_herméticamente cerradas_, no como la suya, del tiempo de Mariana
Pineda, tan suelta y desgarbada, que no parecía, al andar con ella,
sino un murciélago en el momento de levantar el vuelo. ¿Pues y aquel
pantalón de rayas, con tan buena caída, sin rodilleras?... ¡Y todo,
Señor, todo: los cuellos tiesos, blancos como la leche; las botas
de becerro, gruesas sin dejar de ser elegantes, y hasta la petaca
que sacó, con cifra, para ofrecerle un cigarrillo negro, de papel
pectoral engomado! Todo, Señor, todo en D. José Ruiz Donoso delataba
al caballero de estos tiempos, tal y como debían ser los caballeros,
como Torquemada deseaba serlo, desde que esta idea de la caballería
se le metió entre ceja y ceja.
El estilo, ó lo que D. Francisco llamaba _la explicadera_, le
cautivaba aún más que la ropa, y apenas se atrevía el hombre á dar
una opinión tímida sobre las cosas diversas que allí se hablaron.
Donoso y Cruz se lo decían todo, y se lo comentaban á competencia.
Ambos gastaban un repertorio inagotable de frases lucidísimas, que
Torquemada iba apuntando en su memoria para usarlas cuando el caso
viniese. Fidela hablaba poco; en cambio el ciego metía baza en todos
los asuntos, con verbosidad nerviosa y con el donaire propio de un
hombre en quien la falta de vista ha cultivado la imaginación.
Dando mentalmente gracias á Dios por haberle deparado en el señor de
Donoso el modelo social más de su gusto, D. Francisco se proponía
imitarle fielmente en aquella transformación de su personalidad que
le pedían el cuerpo y el alma; y más atento á observar que á otra
cosa, no se permitía intervenir en la conversación sino para opinar
como el oráculo de la tertulia. ¡Vamos que también doña Cruz era
oráculo, y decía unas cosas que ya las habría querido Séneca para
sí! Torquemada soltaba gruñiditos de aprobación, y aventuraba alguna
frase tímida, con el encogimiento de quien á cada instante teme hacer
un mal papel.
Dicho se está que Donoso trataba al prestamista de igual á igual, sin
marcar en modo alguno la inferioridad del amigo nuevo de la casa.
Su cortesía era como de reglamento, un poco seca y sin incurrir en
confianzas impropias de hombres tan formales. Representaba don José
unos sesenta años; pero tenía más, bastante más, muy bien llevados,
eso sí, gracias á una vida arregladísima y llena de precauciones.
Cuerpo y alma se equilibraban maravillosamente en aquel sujeto de
intachables costumbres, de una probidad en que la maledicencia no
pudo poner jamás la más mínima tacha; con la religión del método,
aprendida en el culto burocrático y trasegada de la administración á
todos los órdenes de la vida; de inteligencia perfectamente alineada
en ese nivel medio que constituye la fuerza llamada opinión. Todo
esto, con sagacidad adivinatriz, lo caló al instante Torquemada:
aquel era su hombre, su tipo, lo que él debía y quería ser al
encontrarse rico y merecedor de un puesto honroso en la sociedad.
Picando aquí y allá, la conversación recayó en el pleito. Aquella
noche, como todas, Donoso llevaba noticias. Cuando no tenía algo
nuevo que decir, retocaba lo de la noche anterior, dándole visos de
frescura, para sostener siempre verdes las esperanzas de sus amigas,
á quienes quería entrañablemente.
—Al fin, en el Tribunal ha aparecido el inventario del año 39. No
ha costado poco encontrarlo. El oficial es amigo mío, y ayer le
acusé las cuarenta por su morosidad... El ponente del Consejo me ha
prometido despachar el dictamen sobre la incidencia. Podemos contar
con que antes de las vacaciones habrá recaído fallo... He podido
conseguir que se desista del informe de Guerra, que sería el cuento
de nunca acabar...—Y por aquí seguía. Cruz suspiraba, y Fidela
parecía más atenta á su labor de _frivolité_ que al litigio.
—En este Madrid—dijo D. Francisco, que en aquel punto de la
conversación se encontró con valor para irse soltando—se eternizan
los pleitos, porque los que administran justicia no miran más que á
las influencias. Si las señoras las tienen, échense á dormir. Si no,
esperen sentadas el fallo. De nada le vale al pobre litigante que su
derecho sea más claro que el sol, si no halla buenas aldabas á que
agarrarse.
Dijo, y se sopló de satisfacción al notar lo bien que caía en los
oyentes su discurso. Donoso lo apoyaba con rápidos movimientos
de cabeza, que producían en la convexidad reluciente de su calva
destellos mareantes.
—Lo sé por experiencia propia de mí mismo—agregó el orador, abusando
lastimosamente del pleonasmo.—¡Ay qué curia, ralea del diablo, peste
del infierno! Olían la carne, se figuraban que había donde hincar la
uña, y me volvían loco con esperas de hoy para mañana y de este mes
para el otro, hasta que yo los mandaba adonde fué el padre Padilla y
un poquito más allá. Claro, como no me dejaba saquear, perdía, y por
esto ahora, antes que andar por justicia, prefiero que todo se lo
lleven los demonios.
Risas. Fidela le miró, diciendo de improviso:
—Sr. D. Francisco, ya sabemos que en Cadalso de los Vidrios tiene
usted mucha propiedad.
—Lo sabemos—agregó Cruz—por una mujer que fué criada nuestra y que
es de allá. Viene á vernos de vez en cuando, y nos trae albillo por
Octubre, y en tiempo de caza, conejos y perdices.
—¿Propiedad yo?... Regular, nada más que regular.
—¿Cuántos pares?—preguntó lacónicamente Donoso.
—Diré á ustedes... Lo principal es viña. Cogí el año pasado mil y
quinientas cántaras...
—¡Hola, hola!
—¡Pero si va á seis reales! Apenas se saca para el coste de laboreo y
para la condenada contribución.
—No se achique—dijo Cruz.—Todos los labradores son lo mismo. Siempre
llorando...
—Yo no lloro, no, señora... No vayan á creer que estoy descontento de
la suerte. No hay queja, no. Tengo, sí, señora, tengo. ¿Á qué lo he
de negar, si es el fruto de mi sudor?
—Vamos, que es usted riquísimo—dijo Fidela en tono que lo mismo podía
ser de burla que de desdén, con un poquito de asombro, como si detrás
de aquella frase hubiese una vaga acusación á la Providencia por lo
mal que repartía las riquezas.
—Poco á poco... ¿Qué es eso de riquísimo? Hay, sí, señora; hay para
una mediana olla. Tengo algunas casas... Y en Cadalso, además del
viñedo, hay su poco de tierra de labor, su poco de pasto...
—Va á resultar—observó el ciego en tono jovial—que con todos esos
pocos se trae usted medio mundo en el bolsillo. ¡Si con nosotros no
ha de partirlo usted!
Risas. Torquemada, un poquitín corrido, se arrancó á decir:
—Pues bueno, señoras y caballeros, soy rico, relativamente rico,
lo cual no quita que sea humilde, muy humilde, muy llano, y que
sepa vivir á lo pobre, con un triste pedazo de pan si á mano viene.
Miserable me suponen algunos que me ven trajeado sin los requilorios
de la moda; por pelagatos me tienen los que saben mi cortísimo gasto
de casa y boca, y el no suponer, el no pintarla nunca. Como que
ignoro lo que es darse lustre, y para mí no se ha hecho la bambolla.
Al oir este arranque, en que D. Francisco puso cierto énfasis,
Donoso, después de reclamar con noble gesto la atención, endilgó un
solemne discurso, que todos oyeron religiosamente, y que merece ser
consignado, pues de él se derivan actitudes y determinaciones de la
mayor importancia en esta real historia.