VI

Imagen dije, y no me vuelvo atrás; pues con los santos de talla,

mártires jóvenes ó Cristos guapos en oración, tenía indudable

parentesco de color y líneas. Completaban esta semejanza la absoluta

tranquilidad de su postura, la inercia de sus miembros, la barbita de

color castaño, rizosa y suave, que parecía más obscura sobre el cutis

blanquísimo de nítida cera; la belleza, más que afeminada, dolorida y

mortuoria, de sus facciones, y el no ver, el carecer de alma visible,

ó sea mirada.

—Ya me han dicho las señoras que...—balbució el visitante, entre

asombrado y conmovido.—Pues... digo que es muy sensible que usted

perdiera el órgano... ¡Pero quién sabe!... Buenos médicos hay que...

—¡Ah!, señor mío—dijo el ciego con una voz melodiosa y vibrante que

estremecía,—le agradezco sus consuelos, que desgraciadamente llegan

cuando ya no hay aquí ninguna esperanza que los reciba.

Siguió á esto una pausa, á la cual puso término Fidela entrando con

una taza de caldo, que su hermano acostumbraba tomar á aquella hora.

Torquemada no había soltado aún la mano del ciego, blanca y fina

como mano de mujer, de una pulcritud extremada.

—Todo sea por Dios—dijo el avaro entre un suspiro y un bostezo. Y

rebuscando en su mente con verdadera desesperación una frase del

caso, tuvo la dicha de encontrar ésta:—En su desgracia, pues..., la

suerte le ha desquitado dándole estas dos hermanitas tan buenas que

tanto le quieren...

—Es verdad. Nunca es completo el mal, como no es completo el

bien—aseguró Rafael volviendo la cara hacia donde le sonaba la voz de

su interlocutor.

Cruz enfriaba el caldo, pasándolo de la taza al plato y del plato

á la taza. D. Francisco, en tanto, admiraba lo limpio que estaba

Rafael, con su americana ó batín de lana clara, pantalón obscuro y

zapatillas rojas, admirablemente ajustadas á la medida del pie. El

señorito del Águila mereció en su tiempo, que era un tiempo no muy

remoto, fama de muchacho guapo, uno de los más guapos de Madrid.

Lució por su elegancia y atildada corrección en el vestir, y después

de quedarse sin vista, cuando por ley de lógica parecía excusada é

inútil toda presunción, sus bondadosas hermanas no querían que dejase

de vestirse y acicalarse como en los tiempos en que podía gozar de su

hermosura ante el espejo. Era en ellas como un orgullo de familia

el tenerle aseado y elegante, y si no hubieran podido darse este

gusto entre tantas privaciones, no habrían tenido consuelo. Cruz ó

Fidela le peinaban todas las mañanas con tanto esmero como para ir

á un baile; le sacaban cuidadosamente la raya, procurando imitar la

disposición que él solía dar á sus bonitos cabellos; le arreglaban

la barba y bigote. Gozaban ambas en esta operación, conociendo cuán

grata era para él la _toilette_ minuciosa, como recuerdo de su alegre

mocedad; y al decir ellas «¡qué bien estás!», sentían un goce que se

comunicaba á él, y de él á ellas refluía, formando un goce colectivo.

Fidela le lavaba y perfumaba las manos diariamente, cuidándole las

uñas con un esmero exquisito, verdadera obra maestra de su paciencia

cariñosa. Y para él, en las tinieblas de su vida, era consuelo y

alegría sentir la frescura de sus manos. En general, la limpieza le

compensaba hasta cierto punto de la obscuridad. ¿El agua sustituyendo

á la luz? Ello podría ser un disparate científico; pero Rafael

encontraba alguna semejanza entre las propiedades de uno y otro

elemento.

Ya he dicho que era el tal una figura delicada y distinguidísima,

cara hermosa, manos cinceladas, pies de mujer, de una forma

intachable. La idea de que su hermano, por estar ciego y no salir

á la calle, tuviese que calzar mal, sublevaba á las dos damas. La

pequeñez bonita del pie de Rafael era otro de los orgullos de raza,

y antes se quitaran ellas el pan de la boca, antes arrostrarían las

privaciones más crueles que consentir en que se desluciera el pie de

la familia. Por eso le habían hecho aquellas elegantísimas zapatillas

de tafilete, exigiendo al zapatero todos los requisitos del arte. El

pobre ciego no veía sus pies tan lindamente calzados; pero se los

sentía, y esto les bastaba á ellas, sintiendo al unísono con él en

todos los actos de la existencia.

No le ponían camisa limpia diariamente, porque esto no era posible en

su miseria; y además no lo necesitaba, pues su ropa permanecía días

y semanas en perfecta pulcritud sobre aquel cuerpo santo; pero aun

no siendo preciso, le mudaban con esmero..., y cuidado con ponerle

siempre la misma corbata. «Hoy te pones la azul de rayas—decía con

candorosa seriedad Fidela,—y el anillo de la turquesa.» Él contestaba

que sí, y á veces manifestaba una preferencia bondadosa por otra

corbata, tal vez porque así creía complacer más á sus hermanas.

El esmerado aseo del infeliz joven no fué la menor admiración de

D. Francisco en aquella casa, en la cual no escaseaban los motivos

de asombro. Nunca había visto él casa más limpia. En los suelos,

alfombrados tan sólo á trozos, se podía comer; en las paredes no se

veía ni una mota de suciedad; los metales echaban chispas... ¡Y tal

prodigio era realizado por personas que, según expresión de doña

Lupe, no tenían más que el cielo y la tierra! ¿Qué milagros harían

para mantenerse?... ¿De dónde sacaban el dinero para la compra?

¿Tendrían trampas? ¡Con qué artes maravillosas estirarían la triste

peseta, el tristísimo perro grande ó chico! ¡Había que verlo, había

que estudiarlo y meterse hasta el cuello en aquella lección soberana

de la vida! Todo esto lo pensaba el prestamista, mientras Rafael se

tomaba el caldo después de ofrecerle.

—¿Quiere usted, D. Francisco, un poquito de caldo?—le dijo Cruz.

—¡Oh, no! Gracias, señora.

—Mire usted que es bueno... Es lo único bueno de nuestra cocina de

pobres...

—Gracias... Se lo estimo...

—Pues vino no podemos ofrecerle. Á éste no le sienta bien, y nosotras

no lo gastamos por mil y quinientas razones, de las cuales con que

usted comprenda una sola, basta.

—Gracias, señora doña Cruz. Tampoco yo bebo vino más que los domingos

y fiestas de guardar.

—¡Vea usted qué cosa tan rara!—dijo el ciego.—Cuando perdí la vista,

tomé en aborrecimiento el vino. Podría creerse que el vino y la luz

eran hermanos gemelos, y que á un tiempo, por un solo movimiento de

escape, huían de mí.

Fáltame decir que Rafael del Águila seguía en edad á su hermana

Cruz. Había pasado de los treinta y cinco años; mas la ceguera, que

le atacó el 83, y la inmovilidad y tristeza consiguientes parecían

haber detenido el curso de la edad, dejándole como embalsamado, con

su representación indecisa de treinta años, sin lozanía en el rostro,

pero también sin canas ni arrugas, la vida como estancada, suspensa,

semejando en cierto modo á la inmovilidad insana y verdosa de aguas

sin corriente.

Gustaba el pobre ciego de la amenidad en la conversación. Narraba

con gracejo cosas de sus tiempos de vista, y pedía informes de los

sucesos corrientes. Algo hablaron aquel día de doña Lupe; pero

Torquemada no se interesó poco ni mucho en lo que de su amiga se

dijo, porque embargaban su espíritu las confusas ideas y reflexiones

sobre aquella casa y sus tres moradores. Habría deseado explicarse

con las dos damas, hacerles mil preguntas, sacarles á tirones del

cuerpo sus endiablados secretos económicos, que debían de constituir

toda una ley, algo así como la Biblia, un código supremo, guía y faro

eterno de pobres vergonzantes.

Aunque bien conocía el avaro que se prolongaba más de la cuenta la

visita, no sabía cómo cortarla, ni en qué forma desenvainar el pagaré

y los dineros, pues esto, sin saber por qué, se le representaba como

un acto vituperable, equivalente á sacar un revólver y apuntar con él

á las dos señoras del Águila. Nunca había sentido tan vivamente la

_cortedad del negocio_, que esto y no otra cosa era su perplejidad;

siempre embistió con ánimo tranquilo y conciencia firme de su derecho

á los que por fas ó por nefas necesitaban de su auxilio para salir de

apuros. Dos ó tres veces echó mano al bolsillo, y se le vino al pico

de la lengua el sacramental introito: «Conque señoras...», y otras

tantas la desmayada voluntad no llegó á la ejecución del intento.

Era miedo, verdadero temor de faltar al respeto á la infeliz cuanto

hidalga familia. La suerte suya fué que Cruz, bien porque conociera

su apuro, bien porque deseara verle partir, tomó la iniciativa,

diciéndole: «Si á usted le parece, arreglaremos eso.» Volvieron á la

sala, y allí se trató del negocio tan brevemente, que ambos parecían

querer pasar por él como sobre ascuas. En Cruz era delicadeza; en

Torquemada el miedo que había sentido antes, y que se le reprodujo

con síntomas graves en el acto de ajustar cuentas pasadas y futuras

con las pobrecitas aristócratas. Por su mente pasó como relámpago

la idea de perdonar intereses en gracia de la tristísima situación

de las tres dignas personas... Pero no fué más que un relámpago,

un chispazo, sin intensidad ni duración bastantes para producir

explosión en la voluntad... ¡Perdonar intereses! Si no lo había hecho

nunca, ni pensó que hacerlo pudiera en ningún caso... Cierto que las

señoras del Águila merecían consideraciones excepcionales; pero el

abrirles mucho la mano, ¡cuidado!, sentaba un precedente funestísimo.

Con todo, su voluntad volvió á sugerirle en el fondo, allá en el

fondo del ser, el perdón de intereses. Aún hubo en la lengua un

torpe conato de formular la proposición; pero no conocía él palabra

fea ni bonita que tal cosa expresara, ni qué cara se había de poner

al decirlo, ni hallaba manera de traer semejante idea desde los

espacios obscuros de la primera intención á los claros términos

del hecho real. Y para mayor tormento suyo, recordó que doña Lupe

le había encargado algo referente á esto. No podía determinar su

infiel memoria si la difunta había dicho _perdón_ ó _rebaja_.

Probablemente sería esto último, pues _la de los Pavos_ no era

ninguna derrochadora... Ello fué que en su perplejidad no supo el

avaro lo que hacía, y la operación de crédito se verificó de un modo

maquinal. No hizo Cruz observación alguna; Torquemada tampoco,

limitándose á presentar á la señora el pagaré ya extendido para

que lo firmase. Ni un gemido exhaló la víctima, ni en su noble faz

pudiera observar el más listo novedad alguna. Terminado el acto,

pareció aumentar el aturdimiento del prestamista, y despidiéndose

grotescamente salió de la casa á tropezones, chocando como pelota en

los ángulos del pasillo, metiéndose por una puerta que no era la de

salida, enganchándose la americana en el cerrojo y bajando al fin

casi á saltos, pues no se fijó en que eran curvas las vueltas de la

escalera, y allá iba el hombre por aquellos peldaños abajo como quien

rueda por un despeñadero.

Torquemada en la cruz · 第 9 / 36 题