Imagen dije, y no me vuelvo atrás; pues con los santos de talla,
mártires jóvenes ó Cristos guapos en oración, tenía indudable
parentesco de color y líneas. Completaban esta semejanza la absoluta
tranquilidad de su postura, la inercia de sus miembros, la barbita de
color castaño, rizosa y suave, que parecía más obscura sobre el cutis
blanquísimo de nítida cera; la belleza, más que afeminada, dolorida y
mortuoria, de sus facciones, y el no ver, el carecer de alma visible,
ó sea mirada.
—Ya me han dicho las señoras que...—balbució el visitante, entre
asombrado y conmovido.—Pues... digo que es muy sensible que usted
perdiera el órgano... ¡Pero quién sabe!... Buenos médicos hay que...
—¡Ah!, señor mío—dijo el ciego con una voz melodiosa y vibrante que
estremecía,—le agradezco sus consuelos, que desgraciadamente llegan
cuando ya no hay aquí ninguna esperanza que los reciba.
Siguió á esto una pausa, á la cual puso término Fidela entrando con
una taza de caldo, que su hermano acostumbraba tomar á aquella hora.
Torquemada no había soltado aún la mano del ciego, blanca y fina
como mano de mujer, de una pulcritud extremada.
—Todo sea por Dios—dijo el avaro entre un suspiro y un bostezo. Y
rebuscando en su mente con verdadera desesperación una frase del
caso, tuvo la dicha de encontrar ésta:—En su desgracia, pues..., la
suerte le ha desquitado dándole estas dos hermanitas tan buenas que
tanto le quieren...
—Es verdad. Nunca es completo el mal, como no es completo el
bien—aseguró Rafael volviendo la cara hacia donde le sonaba la voz de
su interlocutor.
Cruz enfriaba el caldo, pasándolo de la taza al plato y del plato
á la taza. D. Francisco, en tanto, admiraba lo limpio que estaba
Rafael, con su americana ó batín de lana clara, pantalón obscuro y
zapatillas rojas, admirablemente ajustadas á la medida del pie. El
señorito del Águila mereció en su tiempo, que era un tiempo no muy
remoto, fama de muchacho guapo, uno de los más guapos de Madrid.
Lució por su elegancia y atildada corrección en el vestir, y después
de quedarse sin vista, cuando por ley de lógica parecía excusada é
inútil toda presunción, sus bondadosas hermanas no querían que dejase
de vestirse y acicalarse como en los tiempos en que podía gozar de su
hermosura ante el espejo. Era en ellas como un orgullo de familia
el tenerle aseado y elegante, y si no hubieran podido darse este
gusto entre tantas privaciones, no habrían tenido consuelo. Cruz ó
Fidela le peinaban todas las mañanas con tanto esmero como para ir
á un baile; le sacaban cuidadosamente la raya, procurando imitar la
disposición que él solía dar á sus bonitos cabellos; le arreglaban
la barba y bigote. Gozaban ambas en esta operación, conociendo cuán
grata era para él la _toilette_ minuciosa, como recuerdo de su alegre
mocedad; y al decir ellas «¡qué bien estás!», sentían un goce que se
comunicaba á él, y de él á ellas refluía, formando un goce colectivo.
Fidela le lavaba y perfumaba las manos diariamente, cuidándole las
uñas con un esmero exquisito, verdadera obra maestra de su paciencia
cariñosa. Y para él, en las tinieblas de su vida, era consuelo y
alegría sentir la frescura de sus manos. En general, la limpieza le
compensaba hasta cierto punto de la obscuridad. ¿El agua sustituyendo
á la luz? Ello podría ser un disparate científico; pero Rafael
encontraba alguna semejanza entre las propiedades de uno y otro
elemento.
Ya he dicho que era el tal una figura delicada y distinguidísima,
cara hermosa, manos cinceladas, pies de mujer, de una forma
intachable. La idea de que su hermano, por estar ciego y no salir
á la calle, tuviese que calzar mal, sublevaba á las dos damas. La
pequeñez bonita del pie de Rafael era otro de los orgullos de raza,
y antes se quitaran ellas el pan de la boca, antes arrostrarían las
privaciones más crueles que consentir en que se desluciera el pie de
la familia. Por eso le habían hecho aquellas elegantísimas zapatillas
de tafilete, exigiendo al zapatero todos los requisitos del arte. El
pobre ciego no veía sus pies tan lindamente calzados; pero se los
sentía, y esto les bastaba á ellas, sintiendo al unísono con él en
todos los actos de la existencia.
No le ponían camisa limpia diariamente, porque esto no era posible en
su miseria; y además no lo necesitaba, pues su ropa permanecía días
y semanas en perfecta pulcritud sobre aquel cuerpo santo; pero aun
no siendo preciso, le mudaban con esmero..., y cuidado con ponerle
siempre la misma corbata. «Hoy te pones la azul de rayas—decía con
candorosa seriedad Fidela,—y el anillo de la turquesa.» Él contestaba
que sí, y á veces manifestaba una preferencia bondadosa por otra
corbata, tal vez porque así creía complacer más á sus hermanas.
El esmerado aseo del infeliz joven no fué la menor admiración de
D. Francisco en aquella casa, en la cual no escaseaban los motivos
de asombro. Nunca había visto él casa más limpia. En los suelos,
alfombrados tan sólo á trozos, se podía comer; en las paredes no se
veía ni una mota de suciedad; los metales echaban chispas... ¡Y tal
prodigio era realizado por personas que, según expresión de doña
Lupe, no tenían más que el cielo y la tierra! ¿Qué milagros harían
para mantenerse?... ¿De dónde sacaban el dinero para la compra?
¿Tendrían trampas? ¡Con qué artes maravillosas estirarían la triste
peseta, el tristísimo perro grande ó chico! ¡Había que verlo, había
que estudiarlo y meterse hasta el cuello en aquella lección soberana
de la vida! Todo esto lo pensaba el prestamista, mientras Rafael se
tomaba el caldo después de ofrecerle.
—¿Quiere usted, D. Francisco, un poquito de caldo?—le dijo Cruz.
—¡Oh, no! Gracias, señora.
—Mire usted que es bueno... Es lo único bueno de nuestra cocina de
pobres...
—Gracias... Se lo estimo...
—Pues vino no podemos ofrecerle. Á éste no le sienta bien, y nosotras
no lo gastamos por mil y quinientas razones, de las cuales con que
usted comprenda una sola, basta.
—Gracias, señora doña Cruz. Tampoco yo bebo vino más que los domingos
y fiestas de guardar.
—¡Vea usted qué cosa tan rara!—dijo el ciego.—Cuando perdí la vista,
tomé en aborrecimiento el vino. Podría creerse que el vino y la luz
eran hermanos gemelos, y que á un tiempo, por un solo movimiento de
escape, huían de mí.
Fáltame decir que Rafael del Águila seguía en edad á su hermana
Cruz. Había pasado de los treinta y cinco años; mas la ceguera, que
le atacó el 83, y la inmovilidad y tristeza consiguientes parecían
haber detenido el curso de la edad, dejándole como embalsamado, con
su representación indecisa de treinta años, sin lozanía en el rostro,
pero también sin canas ni arrugas, la vida como estancada, suspensa,
semejando en cierto modo á la inmovilidad insana y verdosa de aguas
sin corriente.
Gustaba el pobre ciego de la amenidad en la conversación. Narraba
con gracejo cosas de sus tiempos de vista, y pedía informes de los
sucesos corrientes. Algo hablaron aquel día de doña Lupe; pero
Torquemada no se interesó poco ni mucho en lo que de su amiga se
dijo, porque embargaban su espíritu las confusas ideas y reflexiones
sobre aquella casa y sus tres moradores. Habría deseado explicarse
con las dos damas, hacerles mil preguntas, sacarles á tirones del
cuerpo sus endiablados secretos económicos, que debían de constituir
toda una ley, algo así como la Biblia, un código supremo, guía y faro
eterno de pobres vergonzantes.
Aunque bien conocía el avaro que se prolongaba más de la cuenta la
visita, no sabía cómo cortarla, ni en qué forma desenvainar el pagaré
y los dineros, pues esto, sin saber por qué, se le representaba como
un acto vituperable, equivalente á sacar un revólver y apuntar con él
á las dos señoras del Águila. Nunca había sentido tan vivamente la
_cortedad del negocio_, que esto y no otra cosa era su perplejidad;
siempre embistió con ánimo tranquilo y conciencia firme de su derecho
á los que por fas ó por nefas necesitaban de su auxilio para salir de
apuros. Dos ó tres veces echó mano al bolsillo, y se le vino al pico
de la lengua el sacramental introito: «Conque señoras...», y otras
tantas la desmayada voluntad no llegó á la ejecución del intento.
Era miedo, verdadero temor de faltar al respeto á la infeliz cuanto
hidalga familia. La suerte suya fué que Cruz, bien porque conociera
su apuro, bien porque deseara verle partir, tomó la iniciativa,
diciéndole: «Si á usted le parece, arreglaremos eso.» Volvieron á la
sala, y allí se trató del negocio tan brevemente, que ambos parecían
querer pasar por él como sobre ascuas. En Cruz era delicadeza; en
Torquemada el miedo que había sentido antes, y que se le reprodujo
con síntomas graves en el acto de ajustar cuentas pasadas y futuras
con las pobrecitas aristócratas. Por su mente pasó como relámpago
la idea de perdonar intereses en gracia de la tristísima situación
de las tres dignas personas... Pero no fué más que un relámpago,
un chispazo, sin intensidad ni duración bastantes para producir
explosión en la voluntad... ¡Perdonar intereses! Si no lo había hecho
nunca, ni pensó que hacerlo pudiera en ningún caso... Cierto que las
señoras del Águila merecían consideraciones excepcionales; pero el
abrirles mucho la mano, ¡cuidado!, sentaba un precedente funestísimo.
Con todo, su voluntad volvió á sugerirle en el fondo, allá en el
fondo del ser, el perdón de intereses. Aún hubo en la lengua un
torpe conato de formular la proposición; pero no conocía él palabra
fea ni bonita que tal cosa expresara, ni qué cara se había de poner
al decirlo, ni hallaba manera de traer semejante idea desde los
espacios obscuros de la primera intención á los claros términos
del hecho real. Y para mayor tormento suyo, recordó que doña Lupe
le había encargado algo referente á esto. No podía determinar su
infiel memoria si la difunta había dicho _perdón_ ó _rebaja_.
Probablemente sería esto último, pues _la de los Pavos_ no era
ninguna derrochadora... Ello fué que en su perplejidad no supo el
avaro lo que hacía, y la operación de crédito se verificó de un modo
maquinal. No hizo Cruz observación alguna; Torquemada tampoco,
limitándose á presentar á la señora el pagaré ya extendido para
que lo firmase. Ni un gemido exhaló la víctima, ni en su noble faz
pudiera observar el más listo novedad alguna. Terminado el acto,
pareció aumentar el aturdimiento del prestamista, y despidiéndose
grotescamente salió de la casa á tropezones, chocando como pelota en
los ángulos del pasillo, metiéndose por una puerta que no era la de
salida, enganchándose la americana en el cerrojo y bajando al fin
casi á saltos, pues no se fijó en que eran curvas las vueltas de la
escalera, y allá iba el hombre por aquellos peldaños abajo como quien
rueda por un despeñadero.