IV

Elegida la hora que le pareció conveniente, encaminóse el hombre á

la Costanilla. La casa no tenía pérdida en calle tan pequeña, y con

las señas mortales de la tahona. Vió D. Francisco arrimados á una

puerta dos ó tres hombres enharinados, y más arriba una tienda de

antigüedades, que más bien debiera llamarse prendería. Allí era,

segundo piso. Al mirar el rótulo de la tienda, lanzó una exclamación

de gozo: «Pues si á este prendero le conozco yo. Si es Melchor, el

que antes estaba en el 5 duplicado de la calle de San Vicente.»

Excuso decir que le entraron ganas de echar un párrafo con su amigo

antes de subir á la visita. No tardó el prendero en darle referencias

de las señoras del Águila, pintándolas como lo más decente que él

se había echado á la cara desde que andaba en aquel comercio.

Pobres, eso sí, como las ratas; pero si nadie en pobreza les ganaba,

en dignidad tampoco, ni en resignación para llevar la cruz de su

miseria. ¡Y qué educación fina, qué manera de tratar á la gente, qué

meterse por los ojos y ganarse el corazón de cuantos les hablaban!...

Con estas noticias sintió el avaro que se le disipaba el susto, y

subió corriendo. La misma doña Cruz le abrió la puerta, y aunque

estaba de trapillo (sin perjuicio de la decencia, eso sí), á él se le

antojó tan elegante como el día anterior la vió, de tiros largos.

—Sr. D. Francisco—dijo la dama con más alegría que sorpresa, pues sin

duda esperaba la visita...—Pase, pase...

Las primeras palabras del visitante fueron torpes: «¡Cómo había de

faltar...! ¿Y qué tal? ¿Toda la familia buena?... Gracias... Es

comodidad.» Y se metió por donde no debía, teniendo ella que decirle:

«No, no; por aquí.»

Su azoramiento no le impidió observar muchas cosas desde los primeros

instantes, cuando Cruz del Águila le llevaba, por el pasillo de

tres recodos, á la salita. Fijóse en la hermosa cabeza, bien

envuelta en un pañuelo de color, de modo que no se veía ni poco ni

mucho la cabellera blanca. Observó también que vestía bata de lana

antiquísima, pero sin manchas ni jirones, con una toquilla blanca

cruzándole el pecho, todo muy pulcro, revelando el uso continuo y

esmerado de aquellas personas que saben eternizar las prendas de

ropa. Lo más extraño era que tenía guantes viejos y con los dedos

tiznados.

—Dispénseme—dijo con graciosa modestia;—estaba limpiando los metales.

—¡Ah!..., ¡perfectamente!...

—Porque ha de saber usted, si ya no lo sabía, que no tenemos criada,

y nosotras lo hacemos todo. No, no vaya á creer que me quejo por esta

nueva privación, una de las muchas que nos ha traído nuestro adverso

destino. Hemos convenido en que las criadas son una calamidad, y

cuando una se acostumbra á servirse á sí misma, lleva tres ventajas:

primera, que no hay que lidiar con fantasmonas; segunda, que todo se

hace mucho mejor y á nuestro gusto; tercera, que se pasa el día sin

sentirlo, con ejercicio saludable.

—Higiénico—dijo Torquemada, gozoso de poder soltar una palabra bonita

que tan bien encajaba. Y el acierto le animó de tal modo, que ya era

otro hombre.

—Con permiso de usted—indicó Cruz,—seguiré. No estamos en situación

de gastar muchos cumplidos, y como usted es de confianza...

—¡Oh!, sí, de toda confianza. Tráteme la señora mismamente como á un

chiquillo... Y si quiere que le ayude...

—¡Quiá! Eso sería ya faltar al respeto, y... De ninguna manera.

Con la cajita de los polvos en la mano izquierda y un ante en la

derecha, ambas manos enguantadas, se puso á dar restregones en la

perilla de cobre de una de las puertas, y al punto la dejó tan

resplandeciente que de oro fino parecía.

—Ahora saldrá mi hermana, á quien usted no conoce. (_Suspirando

fuerte._) Es triste decirlo; pero... está en la cocina. Tenemos que

ir alternando en todos los trabajos de casa. Cuando yo declaro la

guerra al polvo ó limpio los metales, ella friega la loza ó pone el

puchero. Otras veces guiso yo y ella barre, ó lava ó compone la ropa.

Afortunadamente tenemos salud; el trabajo no envilece; el trabajo

consuela y acompaña, y además fortifica la dignidad. Hemos nacido en

una gran posición: ahora somos pobres. Dios nos ha sometido á esta

prueba tremenda... ¡Ay, qué prueba, Sr. D. Francisco! Nadie sabe lo

que hemos sufrido, las humillaciones, las amarguras... Más vale no

hablar. Pero el Señor nos ha mandado al fin una medicina maravillosa,

un específico que hace milagros..., la santa conformidad. Véanos

usted hoy ocupadas las dos en estos trajines, que en otro tiempo nos

habrían parecido indecorosos; vivimos en paz, con una especie de

tristeza plácida que casi casi se nos va pareciendo á la alegría.

Hemos aprendido, con las duras lecciones de la realidad, á despreciar

todas las vanidades del mundo, y poquito á poco hemos llegado á creer

hermosa esta honrada miseria en que vivimos, á mirarla como una

bendición de Dios...

En su pobrísimo repertorio de ideas y expresiones, no halló el

bárbaro nada que pudiera ser sacado dignamente ante aquel decir

elegante y suelto, sin afectación. No supo más que admirar y gruñir

asintiendo, que es el gruñido más fácil.

—También conocerá usted á mi hermano, el pobrecito ciego.

—¿De nacimiento?

—No, señor. Perdió la vista seis años ha. ¡Ay, qué dolor! Un

muchacho tan bueno, llamado á ser..., ¡qué sé yo, lo que hubiera

querido!... ¡Ciego á los veintitantos años! Su enfermedad coincidió

con la pérdida de nuestra fortuna... para que nos llegara más al

alma. Créalo usted, D. Francisco, la ceguera de mi hermano, de ese

ángel, de ese mártir, es un infortunio al cual mi hermana y yo no

hemos podido resignarnos todavía. Dios nos lo perdone. Claro que

de arriba nos ha venido el golpe; pero no lo admito, no bajo la

cabeza, no, señor...; la levanto..., aunque á usted le parezca mal mi

irreverencia.

—No, señora..., ¿qué ha de parecerme?... El Padre Eterno... es atroz.

¿Pero usted sabe la que me hizo á mí? No es que yo me le suba á las

barbas, ¡cuidado!...; pero francamente..., ¡quitarle á uno toda su

esperanza! Al menos usted no la habrá perdido; su hermanito podrá

curarse...

—¡Ah!, no, señor... No hay esperanza.

—¿Pero usted sabe...? Hay en Madrid los grandes _ópticos_...

En el momento de decirlo, conoció el hombre la enormidad de su

_lapsus linguæ_. ¡Vaya que decir _ópticos_ por _oculistas_! Quiso

enmendarlo; pero la señora, que al parecer no había parado mientes

en el desatino, le dió fácil salida por otra parte. Pidióle permiso

para ausentarse brevemente á fin de traer á su hermana, lo que á

D. Francisco le supo muy bien, aunque las zozobras no tardaron en

acometerle de nuevo. ¿Cómo sería la hermanita? ¿Se reiría de él? ¡Si

por artes del enemigo no era tan fina como Cruz, y se espantaba de

verle á él tan ordinario, tan zafiote, tan...! «Vamos, no es tanto—se

dijo, estirando el cuello para verse en un espejo que frontero

al sofá pendía de la pared, con inclinación hacia adelante, como

haciendo una cortesía,—no es tanto... Lo que digo..., llevo muy bien

mi edad, y si yo me perfilara, daría quince y raya á más de cuatro

mequetrefes que no tienen más que la estampa.»

En esto estaba, cuando sintió á las dos hermanas en el pasillo

disputando con cierta viveza:

—Así, mujer, ¿qué importa? ¿No ves que es de toda confianza?

—¿Pero cómo quieres que entre así? Deja siquiera que me quite el

delantal.

—¿Para qué? Si somos nuestras propias criadas y nuestras propias

señoras, y él lo sabe bien, ¿qué importa que te vea así? Este es

un caso en que la forma no supone nada. Si estuviéramos sucias ó

indecentes, bueno que no nos vieran humanos ojos. Pero á limpias

nadie nos gana, y las señales del trabajo no nos hacen desmerecer á

los ojos de una persona tan razonable, tan práctica, tan... sencilla.

¿Verdad, D. Francisco?

Esto lo dijo alzando la voz, ya cerca de la puerta, y el aturrullado

prestamista creyó que la mejor respuesta era adelantarse á recibir

airosamente á las dos damas, diciendo: «Bien, bien; nada de

farándulas conmigo, que soy muy llano y tan trabajador como el

primero, y desde la más tierna infancia...»

Iba á seguir diciendo que él se limpiaba sus propias botas y se

barría el cuarto; pero le cortó la palabra la aparición de la segunda

Águila, que le dejó embobado y suspenso.

—Mi hermana Fidela—dijo Cruz, tirando de ella por un brazo hasta

vencer su resistencia.

V

—¿Qué importa que yo las vea en traje de mecánica, si ya sé que

son damas y muy requetedamas?—argumentó D. Francisco, que á cada

nuevo incidente se iba desentumeciendo de aquel temor que le

paralizaba.—Señorita Fidela, por muchos años... ¡Si está muy bien

así!... Las buenas mozas no necesitan perfiles...

—¡Oh!, perdone usted—dijo la Águila menor toda vergonzosa y

confusa.—Mi hermana es así: ¡hacerme salir en esta facha..., con unas

botas viejas de mi hermano, este mandil... y sin peinarme!

—Soy de confianza, y conmigo, ¡cuidado!, con Francisco Torquemada no

se gastan cumplidos... ¿Y qué tal? ¿Usted buena? ¿Toda la familia

buena? Lo que digo, la salud es lo primero, y en habiendo salud todo

va bien. Pienso, de conformidad con ustedes, que no hay chinchorrería

como el tener criadas, generalmente puercas, enredadoras, golosas, y

siempre, siempre soliviantadas con los malditos novios.

Á todas éstas no le quitaba ojo á la cocinerita, que era una preciosa

miniatura. Mucho más joven que su hermana, el tipo aristocrático

presentaba en ella una variante harto común. Sus cabellos rubios, su

color anémico, el delicado perfil, la nariz de caballete y un poquito

larga, la boca limpia, el pecho de escasísimo bulto, el talle sutil,

denunciaban á la señorita de estirpe, pura sangre, sin cruzamientos

que vivifican, enclenque de nacimiento y desmedrada luego por una

educación de estufa. Todo esto y algo más se veía bajo aquel humilde

empaque de fregona, que más bien parecía invención de chicos que

juegan á las máscaras.

Como la pobre niña (no tan niña ya, pues frisaba en los veintisiete)

no se había penetrado aún de aquel dogma de la desgracia que

prescribe el desprecio de toda presunción, esfuerzo grande le costaba

el presentarse en tal facha ante personas desconocidas. Tardó

bastante en aplomarse delante de Torquemada, el cual, acá para _inter

nos_, le pareció un solemne ganso.

—El señor—indicó la hermana mayor—era grande amigo de doña Lupe.

—¡Pobrecita! ¡Qué cariño nos tomó!—dijo Fidela, sentándose en

la silla más próxima á la puerta y escondiendo sus pies tan mal

calzados.—Cuando Cruz trajo la noticia de que había muerto la

pobre señora, ¡sentí una aflicción...! ¡Dios mío!, nos vimos más

desamparadas en aquel instante, más solas... La última esperanza, el

último cariño se nos iban también, y me pareció ver allá, allá lejos

una mano arrugadita que nos hacía... (_doblando los dedos á estilo

de despedida infantil_) así, así...

—Pues ésta—pensó el avaro, de admiración en admiración—también se

explica. ¡Ñales!, ¡qué par de picos de oro!

—Pero Dios no nos desampara—afirmó Cruz denegando expresivamente con

su dedo índice,—y dice que no, que no, que no nos quiere desamparar,

aunque el mundo entero en ello se empeñe.

—Y cuando nos vemos más solas, más rodeadas de tinieblas, asoma un

rayito de sol, que va entrando, entrando, y...

—Esto va conmigo. Yo soy ese sol...—dijo para su sayo Torquemada;

y en alta voz:—Sí, señoras, pienso lo mismo. La suerte protege al

que trabaja... ¡Vaya, que esta señorita tan delicada meterse en el

materialismo de una cocina!

—Y lo peor es que no sirvo—dijo Fidela.—Gracias que ésta me enseña...

—¡Ah! ¿La enseña doña Cruz?... ¡Qué bien!

—No, no quiere decir esto que yo aprenda... Empieza ella por no ser

una eminencia ni mucho menos. Yo me aplico, eso sí; ¡pero soy muy

distraída y hago cada barbaridad...!

—Bueno, ¿y qué?—indicó la mayor en tono festivo.—Como no cocinamos

para huéspedes exigentes, como esto no es hotel y sólo tenemos que

gustarnos á nosotras mismas, cuantas faltas se cometan están de

antemano perdonadas.

—Y una vez porque sale crudo, otras porque sale quemado, ello es que

siempre tenemos diversión en la mesa.

—Y en fin, que nos resulta una salsa con que no contamos: la alegría.

—Que no se compra en ninguna tienda—dijo Torquemada muy gozoso

de haber comprendido la figura.—Justo y cabal. Que me den á mí

esa salsa, y le meto el diente á todas las malas comidas de la

cristiandad. Pero usted, señorita Fidela, dice que guisa mal por

modestia... ¡Ah!, ya quisieran más de cuatro...

—No, no; lo hago malditamente. Y puede usted creerme—añadió con la

expresión viva, que era quizás la más visible semejanza que tenía

con Cruz,—puede usted creerme que me gustaría mucho cocinar bien;

pero muchísimo. Sí, sí; el arte culinario paréceme un arte digno del

mayor respeto, y que debe estudiarse por principios y practicarse con

seriedad.

—¡Como que debiera ser parte principal de la educación!—afirmó Cruz

del Águila.

—Lo que digo—apuntó Torquemada:—debieran poner en las escuelas

una clase de guisado... Y que las niñas, en vez de tanto piano y

tanto bordado de zapatillas, aprendieran á poner bien un arroz á la

vizcaína ó un atún á la marinera.

—Apruebo.

—Y yo.

—Conque...—murmuró el prestamista golpeando con ambas manos

los brazos del sillón, manera ruda y lacónica de expresar lo

siguiente:—Señoras mías, bastante tiempo hemos perdido en la

parlamenta. Vamos ahora al negocio...

—No, no; no venga usted con prisas—dijo la mayor, risueña, alardeando

de una confianza que trastornó más al hombre.—¿Qué tiene usted que

hacer ahora? Nada. No le dejamos salir de aquí sin que conozca á

nuestro hermano.

—Con _sumísimo_ gusto... No faltaba más. Como prisa, no la hay. Es

que no quisiera molestar...

—De ningún modo.

Fidela fué la primera que se levantó, diciendo: «No puedo

descuidarme. Dispénseme.»

Y se fué presurosa, dejando á su hermana en situación conveniente

para hacerle el panegírico.

—Es un ángel de Dios. Por la diferencia de edad, que no es menor de

doce años, soy para ella, más que hermana mayor, una madre. Hija y

madre somos, hermanas, amiguitas, pues el cariño que nos une no sólo

es grande por lo intenso, Sr. D. Francisco, sino por la extensión...;

no sé si me explico...

—Comprendido—indicó Torquemada quedándose á obscuras.

—Quiero decir que la desgracia, la necesidad, la misma bravura con

que Fidela y yo luchamos por la vida, ha dado á nuestro cariño

ramificaciones...

—Ramificaciones..., justo.

—Y por mucho que usted aguce su entendimiento, Sr. D. Francisco,

ya tan agudo, no podrá tener idea de la bondad de mi hermana, de

la dulzura de su carácter. ¡Y con qué mansedumbre cristiana se ha

sometido á estas duras pruebas de nuestro infortunio! En la edad en

que las jóvenes gustan de los placeres del mundo, ella vive resignada

y contenta en esta pobreza, en esta obscuridad. Me parte el alma su

abnegación, que parece una forma de martirio. Crea usted que si á

costa de sufrimientos mayores aún de los que llevo sobre mí pudiera

yo poner á mi pobre hermana en otra esfera, lo haría sin vacilar. Su

modestia es para esta triste casa el único bien que quizás poseemos

hoy; pero es también un sacrificio, consumado en silencio para que

resulte más grande y meritorio, y la verdad, quisiera yo compensar

de algún modo este sacrificio... Pero... (_confusa_) no sé lo que

digo..., no puedo expresarme. Dispénseme si le doy un poquito

de matraca. Mi cabeza es un continuo barajar de ideas. ¡Ay, la

desgracia me obliga á discurrir tanto, pero tanto, que yo creo que

me crece la cabeza, sí!... Tengo por seguro que con el ejercicio del

pensar se desarrolla el cráneo, por la hinchazón de todo el oleaje

que hay dentro... (_Riendo._) Sí, sí... Y también es indudable que no

tenemos derecho á marear á nuestros amigos... Dispénseme, y venga á

ver á mi hermano.

Camino del cuarto del ciego Torquemada no abrió el pico, ni nada

hubiera podido decir aunque quisiera, porque la elocuencia de

la noble señora le fascinaba, y la fascinación le volvía tonto,

dispersando sus ideas por espacios desconocidos, é inutilizando para

la expresión las poquitas que quedaban.

En la mejor habitación de la casa, un gabinetito con mirador,

hallábase Rafael del Águila, figura inmóvil y melancólica que tenía

por peana un sillón negro. Hondísima impresión hizo en Torquemada

la vista del joven sin vista, y la soberana tristeza de su noble

aspecto, la resignación dulce y discreta de aquella imagen, á la cual

no era posible acercarse sin cierto respeto religioso.

Torquemada en la cruz · 第 8 / 36 题