Todo aquel día estuvo el avaro de malísimo temple, sin poder apartar
del pensamiento su turbación infantil ante la dama, cuya finura y
aristocrático porte le cautivaban. Era hombre muy pagado de las
buenas formas y admirador sincero de las cualidades que no poseía,
entre las cuales contaba en primer término, con leal modestia, la
soltura de modales y el arte social de los cumplidos. Pensó que la
tal doña Cruz habría bajado la escalera riéndose de él á todo trapo,
y se la imaginaba contando el caso á la otra hermana y partiéndose
las dos de risa, llamándole gaznápiro y... ¡sabe Dios lo que le
llamarían! Francamente, él tenía su puntillo de amor propio como
cualquier hijo de vecino, y su dignidad y todos los perendengues de
un sujeto merecedor de ocupar puesto honroso en la sociedad. Poseía
fortuna suficiente (bien ganadita con su industria) para no hacer
el monigote delante de nadie, y eso de ser él personaje de sainete
no le entraba..., ¡cuidado! Verdad que en el caso de aquel día él
tuvo la culpa, por haber hecho befa de las señoras del Águila,
llamándolas _pobres porfiadas_ en la propia _fisonomía del rostro_
de la mayor de ellas, tan peripuesta, tan _política_, en toda la
extensión de la palabra... ¡Ay!, al recordarlo le subían ardores á
la cara y apretaba los puños. Porque verdaderamente, ya podía haber
sospechado que aquella individua era... quien era. Y sobre todo,
ningún hombre agudo dice cosas en desprecio de nadie delante de
personas desconocidas, porque el diablo las carga, y cuando menos
se piensa salta un compromiso... Hay que mirar lo que se parla, so
pena de no poder meter el cuezo en cotarro de gente fina. «Yo—decía
poniendo término á sus meditaciones, porque había llegado la hora de
la conducción del cuerpo—tengo pesquis, bastante pesquis, comprendo
todo muy bien. Dios no me ha hecho tonto, ni medio tonto, ¡cuidado!,
y entiendo el trasteo de la vida. Pero ello es que no tengo política,
no la tengo; en viéndome delante de una persona principal, ya estoy
hecho un zángano y no sé qué decir ni qué hacer con las manos... Pues
hay que aprenderlo, ¡ñales!, que cosas más difíciles se aprenden
cuando sobran buena voluntad y entendederas... Ánimo, Francisco, que
á nuevas posiciones nuevos modos, y el rico no es bien que haga malos
papeles. ¡Bueno andaría el mundo si los hombres de peso, los hombres
afincados, los hombres de riñón cubierto fueran cuento de risa!...
¡Eso no, no, no!»
En el largo trayecto fúnebre, en la monotonía de aquel paseo perezoso
y triste, los mismos pensamientos le acometieron. Delante veía el
monstruoso y feísimo armatoste del carro mortuorio, con balances de
barco; su cerebro se aletargaba con el rumor lento, sin solución ni
fin, de las llantas de las ruedas rayando el suelo polvoroso de los
mal cuidados caminos. Como unos veinte simones iban detrás del coche
de cabecera, ocupado por D. Francisco, Nicolás Rubín, otro clérigo
y un señor, pariente lejano de doña Lupe, personas las tres que al
usurero le cargaban, y más en aquella ocasión por tenerlas tan cerca
y sin poder zafarse de ellas. No era Torquemada hombre para estar
tanto tiempo embutido en angosto cajón entre tipos que le daban de
cara, y no hacía más que cambiar de postura, apoyándose ya en una, ya
en otra cadera. Le estorbaban sus piernas y las de Nicolás Rubín, su
chistera y la teja del otro cura; le estorbaban el continuo fumar y
la charla de aquellos tres puntos, que no sabían hablar más que del
matute y de lo perdido que andaba el Ayuntamiento.
Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo
afirmativo para que lo royeran como hueso aquellos pelagatos que
no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid,
Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa
mortuoria.
—Lo que digo, no tengo política..., y hay que gastar política para
ponerse á la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender
nada tocante á la buena forma, si en mi vida he tratado más que con
gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también
era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!; persona
buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo
quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la
ofendo, lo que es persona fina..., ¡que te quites! Intentaba serlo,
y no le salía..., ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama...,
y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de
París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas la de
esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada
le valió á mi amiga mirarse en tal espejo... Ya era tarde, ya era
tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición,
eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura,
tono..., ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de
poco más ó menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas
y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía _ivierno_, _áccido_
y _Jacometrenzo_, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se
dicen así... No vaya á creer que la ofendo por eso... Cualquiera
equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve
diciendo _diferiencia_ hasta el año 85... Pero para eso está el
fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar... El
cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado á pulso con su
sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente
se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las
buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha
la sociedad y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y
mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos, me parece
bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los
acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos
contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no.
Aún le duraba la correa de aquella meditación cuando volvían del
cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista
perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San
Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo á engolosinarse con
la comidilla del matute, contaban mil cuchufletas acerca del modo
de introducir aceite y de las batallas entre los guardias y toda
la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en
seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el
temor de volverla á ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza
mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque
sin duda las dos hermanas se soltarían á reir cuando le viesen,
_tomándole el pelo_ en la visita. La más negra era que forzosamente
tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación
ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré
de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no
sería á la orden de los herederos de la viuda de Jáuregui, sino á
la de Torquemada, á quien la difunta había dejado, con aquel y otros
fines, algunos fondos, de cuyo producto gozarían unos parientes
pobres de su difunto esposo. Que D. Francisco habría de cumplir con
recta conciencia cuantos encargos de este linaje le hizo su socia
mercantil, no hay para qué decirlo. Lo difícil era cumplirlos sin
personarse en el nido de las Águilas, como categóricamente le había
ordenado la muerta, y aquí entraban los apuros del pobre hombre.
¿Cómo se presentaría? ¿Risueño ó con cara de pocos amigos? ¿Cómo
se vestiría? ¿Con los trapitos de cristianar ó con los de diario?
Porque pensar en evadir el careo dando la comisión á otra persona,
era un disparate; además implicaba cobardía, deserción ante el
peligro, y esto le malquistaba consigo mismo, pues su amor propio le
pedía siempre apencar con las dificultades y no volver la espalda á
ninguna _peripecia_ grave. Resolvió, pues, poner pecho á las Águilas,
y en aquella duda sobre el vestir su natural despejo triunfó de la
vanidad, sugiriéndole la idea de presentarse con el traje de todos
los días, la camisita limpia, eso sí, que aquella soez costumbre de
la camisa de quincena ya no regía desde que el hombre empezó á ver
claro en el panorama social. En suma, se presentaría tal cual era
siempre y hablaría lo menos posible, contestando con sencillez á
cuanto le preguntasen. Si se reían que se rieran..., ¡ñales! Pero
no: probablemente le recibirían con palio, atendiendo al favor que
les hacía y al consuelo que les llevaba con su visita, pues debían
de estar las pobres señoras, con toda su aristocracia y su innegable
finura, esperando el santo advenimiento..., como quien dice.