Sin permitirse más descanso que unas cinco horas de catre y hora
y media más para desayuno, cepillar la ropita negra y ponérsela,
calzarse las botas nuevas y _echar un ojo á los intereses_, volvió el
usurero á la casa mortuoria, recelando que no harían poca falta allí
su presencia y autoridad, porque las amigas todo lo embarullaban,
y el sobrino cura no era hombre para resolver cualquier dificultad
que sobreviniese. Por fortuna, todo iba por los trámites ordinarios.
Doña Lupe, de cuerpo presente en la sala, dormía el primer sueño
de la eternidad, rodeada de un duelo discreto y como de oficio.
Los parientes lo habían tomado con calma, y la criada y la portera
mostraban una tendencia al consuelo que había de acentuarse más
cuando se llevasen el cadáver. Nicolás Rubín hociqueaba en su
breviario con cierto recogimiento, entreverando esta santa ocupación
con frecuentes escapatorias á la cocina, para poner al estómago los
reparos que su debilidad crónica y el cansancio de la noche en claro
exigían.
De cuantas personas había en la casa, la que expresaba pena más
sincera y del corazón era una señora que Torquemada no conocía; alta,
de cabellos blancos prematuros, pues su rostro cuarentón y todavía
fresco no armonizaba con la canicie sino en el concepto de que ésta
fuese gracia y adorno más que signo de vejez; bien vestida de negro,
con sombrero que á D. Francisco le pareció una de las prendas más
elegantes que había visto en su vida; señora de aspecto noble _hasta
la pared de enfrente_, con guantes, calzado fino, de pie pequeño,
toda ella pulcra, decente, requetefina, despidiendo de su persona
lo que Torquemada llamaba _olorcillo de aristocracia_. Después de
rezar un ratito junto al cadáver pasó la desconocida al gabinete,
adonde la siguió el avaro deseoso de meter baza con ella, haciéndole
comprender que él, entre tanta gente ordinaria, sabía distinguir lo
fino y honrarlo. Sentóse la dama en un sofá, enjugando sus lágrimas,
que parecían verdaderas, y viendo que aquel estafermo se le acercaba
sombrero en mano, le tuvo por representación de la familia, que hacía
los honores de la casa.
—Gracias—le dijo,—estoy bien aquí... ¡Ay, qué amiga hemos perdido!
Y otra vez lágrimas, á las que contestó el prestamista con un suspiro
gordo, que no le costó trabajo sacar de sus recios pulmones.
—¡Sí, señora, sí, qué amiga, qué _sujeta_ tan excelente!... ¡Como
disposición para el manejo..., pues..., y como honradez á carta
cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por
el interés y haciendo todas las cosas como es debido!... Para mí es
una pérdida...
—¿Y para mí?—agregó la dama con vivo desconsuelo.—Entre tanta
tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña
Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir
algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita
enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...
Aquello de _no pagar nunca_ sonó mal en los oídos de Torquemada.
¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?
—Cuatro días hace me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los
Vidrios—dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano
derecha—sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió
el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde el
13 por la noche, su caletre, que siempre fué como un reloj, ya no
marchaba, no, señora. Tan pronto le decía á usted cosas que eran como
los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el demonio
las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla, que me habría
vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más
firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara
barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita,
que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme á unas amigas
suyas, á quienes tiene dado á préstamo algunos reales, se empeñaba
en...
—En que usted ampliase el préstamo rebajando intereses...
—No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me
habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues...
esas amigas de la difunta son unas que se apellidan _Águilas_,
señoras de buenos principios según oí, pobres porfiadas á mi
entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar
con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la
pestaña me tuvo en el suplicio de _Tártaro_ con aquellos disparates.
—Disparates, sí—dijo la señora gravemente;—pero en ellos se ve la
nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor
por un delirio. ¡Nos quería tanto!... ¡Se interesaba tanto por
nosotras!...
Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba á la señorona sin saber
qué decirle.
—Sí—añadió ésta con bondad, ayudándole á salir del mal paso.—Esas
Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor...
Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido
ofendernos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que
nos haya llamado pobres porfiadas...
—Señora, yo no sabía..., perdóneme.
—Claro, no me conocía, nunca me vió, ni yo tuve el gusto de
conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con
el señor D. Francisco Torquemada.
—Para servir á usted...—balbució el prestamista, que se habría dado
un bofetón en castigo de su torpeza.—¿Conque usted...? Muy señora
mía, haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...
—Es verdad, y no me ofende. Lo de _porfiadas_ se lo perdono: ha sido
una ligereza de esas que se escapan á las personas más comedidas
cuando hablan de lo que desconocen...
—Cierto.
—Y lo del casamiento, tengámoslo por una broma, mejor dicho, por un
delirio de moribundo. Tanto como á usted le sorprende esa idea nos
sorprende á nosotras.
—Y era una idea sola, una idea clavada que le cogía todo el hueco
de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento...
¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un
suplicar, un rogar como se pide á Dios que nos ampare... Y para que
se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted
qué desatino!... Digo que es desatino, en el sentido de... Por lo
demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo
que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no
digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas
las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente,
viéndola tan sofocada no podía menos de avenirme; pero en mi
interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el
materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para
mí, sino por razones naturales y respectivas á mí mismo, como edad,
circunstancias...
—Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso,
habríamos contestado lo mismo, que sí..., para tranquilizarla, y en
nuestro fuero interno... ¡Oh!... ¡Casarse con...! No es desprecio,
no... Pero respetando, eso sí, respetando á todo el mundo, esas
bromas no se admiten, no, señor, no pueden admitirse... Y ahora, Sr.
D. Francisco...
Levantóse, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el
avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué
hacer con ella.
—Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue á
la panadería..., piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los
tres solos, mi hermana y yo y nuestro hermano Rafael, que está ciego.
—Por muchos años..., digo, no; no sabía que estuviera ciego su
hermanito. Disimule... Á mucha honra...
—Beso á usted la mano.
—Estimando á toda la familia...
—Gracias...
—Y... lo que digo... Conservarse...
Acompañóla hasta la puerta refunfuñando cumplidos, sin que ninguno de
los que imaginó le saliera correcto y airoso, porque el azoramiento
le atascaba las cañerías de la palabra, que nunca fueron en él muy
expeditas.
—¡Valiente plancha acabo de tirarme!—bramó airado contra sí
mismo, echándose atrás el sombrero y subiéndose los pantalones
con movimiento de barriga ayudado de las manos. Maquinalmente se
metió en la sala, sin acordarse de que allí estaba, entre velas
resplandecientes, la difunta; y al verla, lo único que se le ocurrió
fué decirle con el puro pensamiento:
—¿Pero usted..., ¡ñales!, por qué no me advirtió...?