II

Sin permitirse más descanso que unas cinco horas de catre y hora

y media más para desayuno, cepillar la ropita negra y ponérsela,

calzarse las botas nuevas y _echar un ojo á los intereses_, volvió el

usurero á la casa mortuoria, recelando que no harían poca falta allí

su presencia y autoridad, porque las amigas todo lo embarullaban,

y el sobrino cura no era hombre para resolver cualquier dificultad

que sobreviniese. Por fortuna, todo iba por los trámites ordinarios.

Doña Lupe, de cuerpo presente en la sala, dormía el primer sueño

de la eternidad, rodeada de un duelo discreto y como de oficio.

Los parientes lo habían tomado con calma, y la criada y la portera

mostraban una tendencia al consuelo que había de acentuarse más

cuando se llevasen el cadáver. Nicolás Rubín hociqueaba en su

breviario con cierto recogimiento, entreverando esta santa ocupación

con frecuentes escapatorias á la cocina, para poner al estómago los

reparos que su debilidad crónica y el cansancio de la noche en claro

exigían.

De cuantas personas había en la casa, la que expresaba pena más

sincera y del corazón era una señora que Torquemada no conocía; alta,

de cabellos blancos prematuros, pues su rostro cuarentón y todavía

fresco no armonizaba con la canicie sino en el concepto de que ésta

fuese gracia y adorno más que signo de vejez; bien vestida de negro,

con sombrero que á D. Francisco le pareció una de las prendas más

elegantes que había visto en su vida; señora de aspecto noble _hasta

la pared de enfrente_, con guantes, calzado fino, de pie pequeño,

toda ella pulcra, decente, requetefina, despidiendo de su persona

lo que Torquemada llamaba _olorcillo de aristocracia_. Después de

rezar un ratito junto al cadáver pasó la desconocida al gabinete,

adonde la siguió el avaro deseoso de meter baza con ella, haciéndole

comprender que él, entre tanta gente ordinaria, sabía distinguir lo

fino y honrarlo. Sentóse la dama en un sofá, enjugando sus lágrimas,

que parecían verdaderas, y viendo que aquel estafermo se le acercaba

sombrero en mano, le tuvo por representación de la familia, que hacía

los honores de la casa.

—Gracias—le dijo,—estoy bien aquí... ¡Ay, qué amiga hemos perdido!

Y otra vez lágrimas, á las que contestó el prestamista con un suspiro

gordo, que no le costó trabajo sacar de sus recios pulmones.

—¡Sí, señora, sí, qué amiga, qué _sujeta_ tan excelente!... ¡Como

disposición para el manejo..., pues..., y como honradez á carta

cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por

el interés y haciendo todas las cosas como es debido!... Para mí es

una pérdida...

—¿Y para mí?—agregó la dama con vivo desconsuelo.—Entre tanta

tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña

Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir

algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita

enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...

Aquello de _no pagar nunca_ sonó mal en los oídos de Torquemada.

¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?

—Cuatro días hace me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los

Vidrios—dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano

derecha—sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió

el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde el

13 por la noche, su caletre, que siempre fué como un reloj, ya no

marchaba, no, señora. Tan pronto le decía á usted cosas que eran como

los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el demonio

las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla, que me habría

vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más

firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara

barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita,

que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme á unas amigas

suyas, á quienes tiene dado á préstamo algunos reales, se empeñaba

en...

—En que usted ampliase el préstamo rebajando intereses...

—No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me

habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues...

esas amigas de la difunta son unas que se apellidan _Águilas_,

señoras de buenos principios según oí, pobres porfiadas á mi

entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar

con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la

pestaña me tuvo en el suplicio de _Tártaro_ con aquellos disparates.

—Disparates, sí—dijo la señora gravemente;—pero en ellos se ve la

nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor

por un delirio. ¡Nos quería tanto!... ¡Se interesaba tanto por

nosotras!...

Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba á la señorona sin saber

qué decirle.

—Sí—añadió ésta con bondad, ayudándole á salir del mal paso.—Esas

Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor...

Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido

ofendernos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que

nos haya llamado pobres porfiadas...

—Señora, yo no sabía..., perdóneme.

—Claro, no me conocía, nunca me vió, ni yo tuve el gusto de

conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con

el señor D. Francisco Torquemada.

—Para servir á usted...—balbució el prestamista, que se habría dado

un bofetón en castigo de su torpeza.—¿Conque usted...? Muy señora

mía, haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...

—Es verdad, y no me ofende. Lo de _porfiadas_ se lo perdono: ha sido

una ligereza de esas que se escapan á las personas más comedidas

cuando hablan de lo que desconocen...

—Cierto.

—Y lo del casamiento, tengámoslo por una broma, mejor dicho, por un

delirio de moribundo. Tanto como á usted le sorprende esa idea nos

sorprende á nosotras.

—Y era una idea sola, una idea clavada que le cogía todo el hueco

de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento...

¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un

suplicar, un rogar como se pide á Dios que nos ampare... Y para que

se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted

qué desatino!... Digo que es desatino, en el sentido de... Por lo

demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo

que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no

digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas

las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente,

viéndola tan sofocada no podía menos de avenirme; pero en mi

interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el

materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para

mí, sino por razones naturales y respectivas á mí mismo, como edad,

circunstancias...

—Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso,

habríamos contestado lo mismo, que sí..., para tranquilizarla, y en

nuestro fuero interno... ¡Oh!... ¡Casarse con...! No es desprecio,

no... Pero respetando, eso sí, respetando á todo el mundo, esas

bromas no se admiten, no, señor, no pueden admitirse... Y ahora, Sr.

D. Francisco...

Levantóse, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el

avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué

hacer con ella.

—Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue á

la panadería..., piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los

tres solos, mi hermana y yo y nuestro hermano Rafael, que está ciego.

—Por muchos años..., digo, no; no sabía que estuviera ciego su

hermanito. Disimule... Á mucha honra...

—Beso á usted la mano.

—Estimando á toda la familia...

—Gracias...

—Y... lo que digo... Conservarse...

Acompañóla hasta la puerta refunfuñando cumplidos, sin que ninguno de

los que imaginó le saliera correcto y airoso, porque el azoramiento

le atascaba las cañerías de la palabra, que nunca fueron en él muy

expeditas.

—¡Valiente plancha acabo de tirarme!—bramó airado contra sí

mismo, echándose atrás el sombrero y subiéndose los pantalones

con movimiento de barriga ayudado de las manos. Maquinalmente se

metió en la sala, sin acordarse de que allí estaba, entre velas

resplandecientes, la difunta; y al verla, lo único que se le ocurrió

fué decirle con el puro pensamiento:

—¿Pero usted..., ¡ñales!, por qué no me advirtió...?

Torquemada en la cruz · 第 6 / 36 题