Don Juan Martín había advertido desde Sigüenza que no tenía fuerzas
bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le
importase que derrotaran al Empecinado, insistió en que atacase.
Entonces don Juan Martín, sin hacer caso de las órdenes del ministro,
esquivando un encuentro que hubiera sido desastroso, se presentó en
Torija a esperar refuerzos. Lo mismo había hecho el general Velasco en
Aragón para no ser derrotado estúpidamente.
Al levantarse Aviraneta comenzó sus trabajos. No tenía el Empecinado
arriba de cuatrocientos hombres.
Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados por parásitos:
en una verdadera miseria.
El Empecinado había pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.
El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas
que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros
con ropas y municiones.
La gente del Empecinado mejoró pronto de aspecto.
Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban
los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes,
a los cuales no era fácil imponer con rapidez la disciplina necesaria.
Aviraneta y el Empecinado discutieron qué sería mejor, si mezclar los
unos con los otros o formar compañías aparte.
Por fin se decidieron por esto último. Buscaban el que cada grupo
tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...
Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha
fatiga y molestia para soldados bisoños. No había alojamientos. Pasaron
los del Empecinado y las partidas madrileñas un día en Torija mal que
bien, y el 22 llegaron más compañías de los batallones de Trujillo,
Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballería de Calatrava.
En conjunto se habían reunido unos dos mil hombres y trescientos
caballos. La fuerza era heterogénea y difícil de mandar. No se cabía en
el pueblo.
Las órdenes del Gobierno fueron confusas y contradictorias. El día
22, entre dos y tres de la mañana, se ordenó al Empecinado fuera a
Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El día
24, a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible de deshielo y de
lluvia, se tomó el camino de Aldeanueva. Se descansó una hora y media
en esta aldea y se siguió a Caspueñas recibiendo aguaceros. A las dos
de la tarde se llegó delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas
estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueñas se recibió
nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el
camino de herradura de Valdesaz, y esperar allí en los altos a O'Daly.
Seguía lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado,
vomitaba el agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los
huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para
conservarlo útil en un momento dado.
Al acercarse a Caspueñas, el Empecinado se encontró con el pueblo
ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en número de mil
quinientos hombres. No se habían dado cuenta los facciosos de la
llegada de las tropas del Gobierno por la niebla y el mal tiempo.
¿Qué se iba a hacer?
Don Juan Martín consultó con sus oficiales, y todos estuvieron de
acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa
enemiga a la espalda. Se decidió atacar.
El Empecinado hizo que sus fuerzas de infantería, en guerrillas muy
abiertas, se acercaran a Caspueñas sin disparar. Se reunió en seguida
un pequeño escuadrón de unos doscientos hombres con soldados del
regimiento de Calatrava, nacionales de Madrid y patriotas oficiales de
la guerra de la Independencia, y se les dió orden de avanzar.
Se puso al frente el Empecinado y a su lado Aviraneta, y el escuadrón
marchó al trote, acercándose al pueblo. Al llegar a él, don Juan
Martín mandó cargar, y al galope se entró en la primera calle. Las
guerrillas constitucionales comenzaron el fuego contra los realistas,
que salieron a defender la entrada de la aldea. Algunos grupos
quisieron detener la marcha del escuadrón; pero éste, arrollando todo a
su paso, acuchillando a derecha e izquierda, hizo poner en fuga a los
absolutistas, dejando en el campo treinta y seis muertos, y en poder
del Empecinado, la música, los equipajes y noventa y siete prisioneros.
El mismo Ulman quedó herido y tuvo que huír a la desesperada con su
gente.
Después de ocupado Caspueñas y de batir a los facciosos, se tomó el
camino de herradura de Valdesaz, y de Valdesaz se dirigieron las tropas
a Brihuega. Aquella jornada fué otra senda de martirio. La tarde estaba
horrible; caía el agua a torrentes. El camino, lleno de barro, se ponía
resbaladizo. El terreno era monte bajo, quemado para hacer carbón.
Obscureció en seguida y se siguió marchando hasta llegar sobre Brihuega
a las nueve de la noche, sin haber descansado un momento.
En las alturas que dominan el pueblo formaron en orden de batalla
los batallones que constituían la división y comenzaron a extenderse
las guerrillas. El Empecinado ordenó el ataque. Una patrulla enemiga
apareció por un camino y comenzó a tirotearse con los liberales.
El Empecinado, mandó a don Francisco Van-Halen que, con doscientos
infantes y treinta caballos, la contuviera. Se esperaba a O'Daly, y
O'Daly no venía. El Empecinado no sabía que mientras él ocupaba con
éxito Caspueñas, O'Daly había sido batido y rechazado en Brihuega.
La situación era mala: seguía lloviendo; la mayoría de los fusiles
estaban mojados y no se podía disparar.
El Empecinado, que siempre quería salir de sus apuros a fuerza de
valor, mandó a uno de los batallones de milicianos de Madrid que
formara en columna cerrada, y, a paso de carga, por un camino muy
pendiente, se dirigiera al pueblo.
Él pensaba atacarlo por el lado contrario. El batallón de milicianos
llegó cerca de Brihuega; pero fué recibido por los facciosos, que,
parapetados y en la obscuridad, le hicieron continuas descargas.
Aviraneta, con una patrulla, se acercó al río Tajuña, a atravesarlo
por un puente, cuando se le acercaron varios fugitivos de la división
de O'Daly, que le contaron el desastre sufrido por ellos. Aviraneta
corrió a dar cuenta del suceso al Empecinado y se decidió la retirada.
Se recogieron los fugitivos de las tropas batidas por la tarde, se
recobraron dos piezas pequeñas de artillería de las abandonadas por
O'Daly y se dió la orden de marcha. El grueso de la fuerza tomó por el
camino de Valdeavellano y el teniente coronel Van-Halen por Atanzón.
Con barro hasta la rodilla, sin comer y sin descanso, muertos de frío,
mojados, a la una de la noche, después de diez y ocho horas de marcha,
llegaron Aviraneta y el Empecinado a Valdeavellano, donde se tendieron
como pudieron en un pajar. Al día siguiente, las fuerzas del Empecinado
volvían a Guadalajara, y don Francisco Bringas, oficial de la Milicia
Nacional voluntaria de caballería, llevaba setenta y dos prisioneros,
que entregó en Madrid, de los noventa y siete hechos por el Empecinado
en Caspueñas.
VI
LO OCURRIDO A O'DALY
DON Demetrio O'Daly era el comandante general de Castilla la Nueva.
El Gobierno, al saber el avance de Bessieres, le encomendó la tarea
de batir a los realistas, operando en combinación con las fuerzas del
Empecinado.
O'Daly participaba del odio de los militares de carrera por los
guerrilleros y del desprecio de los masones por los individuos
afiliados a la Comunería. Además de esto, O'Daly, como todos los
criollos, se creía aristócrata. No era extraño que no quisiera ponerse
en relación con el Empecinado, guerrillero, comunero y plebeyo. Las
fuerzas con que contaba O'Daly no eran bastantes para batir a los
realistas; pero O'Daly quería a todo trance atacar solo con sus tropas.
La noticia de que Ulman se había separado del grueso de los realistas
y marchado a Caspueñas, y de que Bessieres, en compañía del ex
franciscano Talarn, no tenía mas que unos dos mil hombres cerca de
Brihuega, alentó a O'Daly a marchar solo contra los facciosos.
El día 24, por la mañana, sin avisar al Empecinado, salió con su
columna en marcha hacia Brihuega.
El avance fué difícil y penoso por las lluvias y el barro del camino.
Al mediodía la columna de O'Daly se encontró a la vista de los
facciosos.
Estaban los realistas en los cerros, escalonados en trincheras, en
número de unos dos mil, y en la orilla del Tajuña tenían unos mil
hombres con quinientos caballos.
O'Daly dispuso un movimiento de flanco con objeto de envolverlos, y
mandó avanzar al regimiento de milicia activa de Bujalance y a las
compañías de Guadalajara.
A unos y a otros, al entrar en fuego, se les vió sin ánimos, sin más
deseo que hacer como que cumplían.
Los absolutistas, que estaban a orillas del río, se dieron cuenta en
seguida de lo que pasaba; cruzaron el puente sobre el Tajuña, a las
órdenes del fraile Talarn, avanzaron con rapidez a la bayoneta, y los
milicianos y voluntarios de O'Daly, volviendo la espalda, tiraron los
fusiles y echaron a correr. Al ver esto, la caballería facciosa salió
en persecución de los fugitivos. La infantería realista, saltando de
sus trincheras, corrió a envolver al enemigo, se extendió en anfiteatro
e hizo un copo de las tropas constitucionales. Estas se entregaron a
discreción, y los realistas cogieron prisioneros a un brigadier, a
siete jefes, veintisiete oficiales, mil doscientos soldados con sus
fusiles, y cinco piezas de artillería con sus carros de municiones.
No quedaron todas las fuerzas de O'Daly prisioneras, porque a media
tarde un escuadrón del regimiento de Alcántara, mandado por el coronel
Pintado, dió una carga contra los facciosos, rompió el cerco y salió de
él. En la carga cayeron heridos a lanzadas Talarn y varios oficiales de
Bessieres.
Se hizo de noche y las fuerzas derrotadas pudieron retirarse a Caracena.
A pesar de que O'Daly tenía medios de comunicar lo ocurrido al
Empecinado, no lo hizo por despecho, y éste, después de batirse
en Caspueñas, se presentaba a las nueve de la noche en Brihuega,
pretendiendo entrar en la villa.
Los realistas, desde las fortificaciones, se defendieron y destacaron
una columna exploradora, pero no se atrevieron a salir y aceptar la
batalla, quizá pensando que la fuerza que les atacaba era mayor.
La noticia de la derrota de Brihuega hizo un efecto desastroso en
Madrid. Los masones dijeron que la culpa había sido del Empecinado por
no haber secundado a O'Daly; los comuneros, que era de O'Daly, por no
haber avisado al Empecinado.
O'Daly había sido culpable; su vanidad, su deseo de vencer solo,
ocasionó aquella derrota, que contribuyó a desmoralizar a los
liberales.
VII
EN GUADALAJARA
DESPUÉS de la derrota de Brihuega, el Gobierno tuvo que echar mano de
todos sus recursos; nombró capitán general de Castilla la Nueva a don
Francisco Ballesteros; gobernador militar de Madrid, a Zarco del Valle,
y concluyó de organizar una fuerza de tres mil hombres de infantería y
cuatrocientos caballos, que puso a las órdenes de otro prestigio, el
general don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal.
Los realistas, por su parte, no se durmieron; la misma noche del
triunfo de Brihuega, Bessieres hizo ingresar en sus filas algunos de
los prisioneros constitucionales, y a los demás los soltó.
Al día siguiente del encuentro, por la mañana, Bessieres y el ex
coronel de ejército, don Nicolás de Isidro, con un pelotón de lanceros,
salieron de Brihuega; llegaron a Horche, donde se reunieron con unos
doscientos infantes, y juntos se acercaron a Guadalajara y entraron
hasta el palacio del Infantado. Intimaron su rendición, que no fué
atendida por el gobernador civil, que estaba en el palacio, y siguieron
adelante hasta ocupar el pueblo.
Al mediodía, el gobernador pudo mandar aviso al batallón de Bujalance,
que se encontraba fuera de la ciudad, de que Bessieres había entrado
en Guadalajara con pocos hombres.
Las tropas de Bessieres y de Isidro se posesionaron del pueblo; pero al
anochecer, temiendo un ataque, se retiraron hacia el puente. El momento
y la obscuridad lo aprovecharon los del batallón de Bujalance para
entrar en Guadalajara y distribuír fuerzas en el palacio del Infantado
y en algunos otros puntos estratégicos.
El mismo día de la entrada de Bessieres y de Isidro llegaba O'Donnell a
Alcalá de Henares, y saliendo inmediatamente, ocupaba el 26 Guadalajara.
Se habían reunido en esta ciudad tropas de Labisbal, de O'Daly, de
Velasco y del Empecinado. En conjunto, cerca de ocho mil hombres.
Labisbal, al llegar, llamó al Empecinado, con quien tuvo una larga
entrevista acerca de lo ocurrido en Brihuega; después avisó a O'Daly, y
a los dos juntos les dijo:
--Ha sido una mala inteligencia la que ha producido el tropiezo de
Brihuega. No creo que ninguno de ustedes tendrá inconveniente en servir
a mis órdenes.
--Yo, por mi parte, no--dijo el Empecinado.
--Ni yo tampoco--añadió O'Daly.
--Pues entonces prepárense ustedes. Ahora mismo vamos a desalojar a los
enemigos del puente de Guadalajara y a dispersarlos.
El Empecinado contó a Aviraneta lo ocurrido, y se dieron las órdenes
para el ataque.
Llovía de una manera desastrosa. Guadalajara, que es de por sí un
lugarón pobre, envuelto en aquel continuo chubasco parecía más mísero y
triste.
Bessieres, con sus hombres, se había atrincherado en el puente sobre el
Henares y en algunas casas inmediatas.
Se reunieron en la plaza, delante del palacio del Infantado, unos
trescientos hombres, cien caballos y dos piezas de artillería. Labisbal
dispuso que se tomaran posiciones en la cabeza del puente que da a la
ciudad. Lo hicieron así, y comenzó el tiroteo.
Al cabo de media hora se ordenó que se colocaran dos piezas de
artillería a orillas del río, cerca de unas colinas terrosas y
amarillentas, a las que va desmoronando el Henares en sus crecidas.
Tras de una hora de fuego de fusil y de cañón, O'Donnell dispuso que
una compañía desplegada en guerrilla avanzara por el puente.
Bessieres estaba fortificado en un molino y en dos o tres casas de la
otra orilla, y había mandado construír un parapeto de un lado a otro
del puente, uniendo los dos baluartes en el ángulo saliente que tiene
en medio.
El Henares venía ancho, crecido, turbio, de color de ocre. No era
posible atravesarlo por ningún vado. Al entrar la columna en el puente,
comenzó un fuego muy vivo. Los dos cañones disparaban simultáneamente
y destrozaron una casa baja de ladrillo, desde donde los realistas
tiroteaban por las ventanas.
Los soldados constitucionales avanzaron hasta el centro del puente,
y antes de que se entablara la lucha cuerpo a cuerpo, los realistas
retrocedieron. Pronto se dieron cuenta los liberales que los de
Bessieres no se defendían con valor, y notando la debilidad del
adversario hicieron un esfuerzo y desalojaron de las casas y del molino
a los realistas, donde se habían guarecido.
Cuando se pasó a la orilla opuesta, se vió que los realistas
se retiraban rápidamente. El triunfo de Brihuega quedaba algo
contrarrestado, y Bessieres y los suyos no se atrevieron a seguir
camino de Madrid.
Se puso una compañía vigilando el puente, y Labisbal y el Empecinado
volvieron a Guadalajara.
Seguía lloviendo. Aviraneta se fué a la posada de los Mandambriles,
donde había varios oficiales que estaban jugando al monte. Uno de
ellos, oficial de O'Daly, le dijo que Labisbal se inclinaba a defender
a O'Daly y a echar la culpa al Empecinado por lo de Brihuega.
--No me choca nada--dijo Aviraneta--. Son los dos de origen irlandés.
Se las echan de aristócratas, y tienen el odio de todos los militares
de escuela por los guerrilleros.
--Eso no es cierto--dijo el militar.
--Sí lo es. ¡Bah! ¡Ya lo creo!
--Tienen mucha vanidad estos guerrilleros.
--Hombre, nosotros no tenemos la culpa de que ganáramos acciones
mientras el ejército español perdía batallas.
--Eso es un insulto.
--No; únicamente es un hecho.
La discusión hubiera tenido malas consecuencias, si no la hubiese
interrumpido la entrada de otros oficiales.
VIII
PERSECUCIÓN DE BESSIERES
DON Enrique O'Donnell era hombre de una perpetua doblez, histrión
inconsciente que jugaba siempre con dos barajas. Aviraneta sabía
que había estado comprometido en varias conspiraciones militares,
principalmente en la de Richart y la de Lacy.
Se aseguraba que entre los papeles cogidos a los insurrectos de
Barcelona, cuando lo de Lacy, se habían encontrado monedas acuñadas, en
cuyo reverso se leía: «Enrique I, cónsul de la República española».
La conducta de O'Donnell en el Palmar y después en Ocaña reveló el
fondo de inconsciencia y deslealtad de su alma.
Al comienzo del año 23 se decía que O'Donnell tenía relaciones con los
absolutistas, aunque otros opinaban que sus simpatías estaban por los
constitucionales moderados o del Anillo.
Desde su reunión en Guadalajara, O'Donnell buscaba las ocasiones de
que O'Daly se rehabilitara; en cambio, no llamaba al Empecinado cuando
pudiera lucirse.
O'Daly, que era falso, como buen criollo, e hipócrita, como hombre
iglesiero, trabajó para desacreditar al Empecinado.
Don Juan Martín, que tenía mucho amor propio, buscó la forma de operar
solo, ayudando al grueso de la división.
El 29 de enero, Aviraneta y él, con ochenta caballos, pasaron el Tajo
a nado a media noche. Fueron flanqueando al enemigo, y a las dos de la
mañana lo sorprendieron en la villa de Sacedón. Iba la pequeña partida
en dos patrullas: en la primera marchaban el Empecinado y Aviraneta; la
segunda la mandaba Antonio Martín y Francisco Van-Halen. Al llegar a
las puertas de Sacedón picó el Empecinado las espuelas, y arrollando a
los guardias, pasó adentro. Los realistas tenían una posición fuerte;
pero creyéndose rodeados, la abandonaron y se dieron a la fuga.
Con aquella maniobra se facilitó el paso del puente fortificado sobre
el Tajo a las fuerzas de O'Donnell, que entraron en Sacedón el día 30.
Por la mañana de este día se recogió la lápida de la Constitución
derribada y se volvió a ponerla en el Ayuntamiento.
Los oficiales de Estado Mayor interinos don Carlos Peman, don Ramón
Collantes y Aviraneta, hicieron formar una compañía delante del
Ayuntamiento. Collantes arengó a las tropas, y después Peman se
adelantó, y, quitándose el morrión, gritó:
--¡Soldados! ¡Libertad o muerte! ¡Viva España! ¡Viva la Constitución!
Un coro de aclamaciones frenéticas le contestó.
Se hicieron tres descargas, y la tropa marchó a su alojamiento.
Este acto, al parecer, no fué muy del agrado del general en jefe. Todos
sabían que don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal, no tenía gran
entusiasmo por la Constitución de Cádiz.
Ocupado Sacedón, los constitucionales se dispusieron a seguir
persiguiendo al enemigo. Se había desencadenado un temporal horroroso.
El Tajo, en Sacedón, venía imponente, arrastrando tierra y troncos de
árboles. El camino de Auñón estaba inundado.
El Empecinado y Aviraneta exploraron los alrededores de Sacedón, y
tuvieron una escaramuza en la Puerta del Infierno.
El 4 de febrero O'Donnell estableció su cuartel general en Bellisca,
y el 9 tuvo que detenerse en Garcinarro. El temporal había puesto los
caminos imposibles.
Mientras que las fuerzas de O'Donnell estaban en Bellisca y por los
alrededores de Alcázar y Loranca, Bessieres ocupaba Huete y lo iba
fortificando. Huete era pueblo de recursos. Quedaban todavía allí
muchos lienzos y cubos de muralla útiles, algunos conventos y casas
de gruesas paredes, y se podía hacer una buena defensa, teniendo como
tenía el caudillo realista cerca de cinco mil hombres, cuatro piezas de
artillería y quinientos caballos.
Al acercarse los constitucionales a Huete, Bessieres, desde las
murallas y desde el cerro del Canillo, los recibió con descargas de
metralla y de fusilería desde sus trincheras. Esto, unido al temporal,
obligó a los constitucionales a paralizar las operaciones y a limitarse
a hacer reconocimientos.
El mismo día en que se llegó cerca de Huete se incorporó a las fuerzas
de Labisbal el regimiento de Calatrava, que venía de Cuenca.
Aviraneta y el Empecinado se instalaron en un ventorro entre Buendía
y Huete. Por la noche estaba Aviraneta en el ventorro cuando un
pastorcillo se le acercó y le dijo:
--¿Es usted don Eugenio?
--Sí.
--¿El amigo del señor Empecinado?
--Sí.
--Pues tome usted esta carta.
Aviraneta cogió la carta, la abrió y la leyó. Decía:
«Amigo Aviraneta: Esta noche, a las nueve, si quiere usted, avance
usted hacia el pueblo por la carretera. Le saldrá a recibir un
sobrino mío con una escolta, que le traerá aquí y hablaremos.
JORGE BESSIERES».
Aviraneta, algo sorprendido, iba a preguntar al chico quién le había
dado la carta; pero el pastorcillo había desaparecido.
Aviraneta enseñó la carta al Empecinado.
--Bueno, vete a ver qué quiere--dijo éste.
Aviraneta esperó a que se hiciera de noche, y después de cenar avanzó
por la carretera.
Pasó la línea de centinelas y se detuvo.
Al poco rato se acercó una patrulla de jinetes:
--¡Aviraneta!--gritó una voz.
--Soy yo.
Era el sobrino de Bessieres y lugarteniente suyo, llamado Portas.
Marcharon todos al trote largo hasta llegar a una casa de la carretera.
En un cuartucho se hallaba Bessieres con el francés Delpetre, que
después en la guerra carlista anduvo con Merino. Estaba también el
fraile Talarn, que tenía un brazo vendado. Bessieres era un hombre
fuerte, moreno, de buena figura, con ese rictus sardónico de los
mediterráneos acostumbrados a lo que ellos llaman la _railla_. Tenía
una mirada de suspicacia y un gesto, al hablar, de exaltado y de matón.
Era éste catalán, hombre turbio, atrevido, audaz, que iba viviendo y
avanzando entre dos paralelas: la muerte en el patíbulo, por un lado, y
la gloria y el poder por otro. Bessieres era un hombre intrépido, que
despreciaba a los demás y amaba el éxito y el dinero.
Sabía disimular su capacidad y su inteligencia con formas bruscas y
brutales; hablaba una jerga medio catalana, medio francesa, medio
española, y la adornaba con toda clase de juramentos, blasfemias y
exclamaciones.
Bessieres recibió amablemente a Aviraneta.
--Ahora, cuando nos quedemos solos, hablaremos.
Era una indirecta bien clara a los que estaban allí para que se
marchasen; pero Delpetre y Talarn no parecieron entenderla.
Bessieres, de pronto, se incomodó y dijo a estos dos:
--Perdonen ustedes; tengo que hablar con este señor.
Delpetre salió; pero el fraile Talarn no lo hizo; se entretuvo en atar
de nuevo el pañuelo en donde apoyaba el brazo en cabestrillo, con una
gran lentitud.
Cuando terminó, se marchó dando un portazo:
--Cochino _frare_--dijo Bessieres--. Algún día le voy a cortar las
orejas.
Cuando quedaron solos Bessieres, Portas y Aviraneta en el cuarto, el
francés pareció estar más tranquilo.
Bessieres quería sonsacar a Aviraneta, preguntarle el efecto que
había hecho en Madrid la derrota de Brihuega. Aviraneta contestó con
ambigüedades.
Bessieres habló largo rato. Había en el aventurero francés el fondo
resbaladizo del que cambia de nacionalidad y de principios. Como hombre
voluble y traidor, tenía muchos rencores y animosidades. Sentía por
los franceses un gran odio: había peleado como guerrillero contra
ellos; abominaba de los aristócratas realistas españoles, por haber
sido obrero e industrial; despreciaba a los curas y frailes con quienes
convivía, y guardaba por los liberales moderados la hostilidad del
republicano.
Bessieres era un hombre anárquico, un demagogo que podía tomar
cualquier actitud política; pero que siempre había de sentirse rebelde.
Para él el orden, la jerarquía, la disciplina, no podían tener valor.
--¿Qué dicen en Madrid de mí?--preguntó Bessieres.
Aviraneta le contestó que los realistas y los frailes estaban muy
contentos con él; que los liberales y carbonarios decían que era
traidor.
--¡Yo traidor!--exclamó Bessieres--. Yo soy más republicano que
Robespierre; sí, diga «ustet» en «Madrit» que si desenmascaran a los
traidores como Ballesteros y Labisbal, si echan a esos _lladres_ a
patadas, yo, yo, Jorge Bessieres--y se dió fuertes puñetazos en el
pecho--, iré a sacrificarme por la _llibertat_.
Aviraneta estaba un poco sorprendido. La mirada de Bessieres le daba la
impresión de que se las había con un truchimán listo; la voz y el gesto
eran de un exaltado o de un loco.