Bessieres añadió que los españoles tenían que unirse para combatir a

los franceses, si éstos intentaban entrar en España.

--¿Es un cuco o es un loco?--pensó Aviraneta.

De pronto, Bessieres llamó a su lugarteniente:

--¡Eh, tú, noy!

--¿Qué?--preguntó Portas.

--Los copones--indicó Bessieres.

Portas abrió una maleta y sacó unos magníficos cálices de oro.

Bessieres puso uno delante de Aviraneta y otro delante de él.

--Echa vino, tú--dijo Bessieres.

Portas sacó una botella y llenó de vino los vasos.

--Tenemos una buena vajilla--dijo riendo sarcásticamente el francés--.

Este--y tomó un cáliz--lo cogimos en Auñón; el otro es de aquí, de

Huete. Si ese asqueroso fraile lo supiera, me denunciaría... Lo tengo

que matar. Beba usted.

Aviraneta temió un momento que el vino estuviera preparado; examinó los

dos cálices, y por si acaso bebió en el que había puesto Portas delante

de Bessieres.

Bessieres bebió en el otro.

--Usted es un hombre consecuente, Aviraneta--dijo Bessieres--; usted

es un _lliberal_. ¿Con que esos _lladres_ de _Madrit disen_ que yo he

hecho la _porcá_ de _haserme_ absolutista? Ya verán lo que ha de hacer

Bessieres. Usted ha de ver, Aviraneta, la sorpresa que voy a dar yo.

Bessieres estaba dispuesto a seguir bebiendo; quería, quizá,

emborrachar a su huésped; pero Aviraneta le advirtió que tenía que

volver al campamento. Bessieres quedó displicente y murmuró:

--Bueno, bueno. ¡Adiós! Aun nos tenemos que entender.

--Si usted se pasa a nuestro campo, al momento--contestó Aviraneta.

--¿Me reconocerían los grados?

--No sé, yo creo que sí.

Bessieres alargó la mano y Aviraneta se la estrechó.

Portas acompañó a Aviraneta hasta doscientos pasos de los centinelas

constitucionales.

Al día siguiente, por la noche, Bessieres abandonaba Huete, clavando

antes la artillería. De Huete se dirigió por la villa de Peraleja hacia

las sierras de Priego, cruzó la provincia de Cuenca y apareció en

Poveda de la Sierra.

El ejército constitucional se destacó en su persecución, y en Almonacid

se prendió a algunos rezagados, entre ellos a Pepa Garzón, la mujer de

Joaquín Capapé, mujer guapetona y de buen trapío.

IX

HACIA ARAGÓN

EL día 15 de febrero los constitucionales llegaron al Puente de Priego,

encontrándolo tan bien fortificado que no pudieron forzarlo.

Aviraneta habló a unos pastores, indicándoles que si le enseñaban un

vado próximo les daría lo que le pidiesen. Uno de los pastores se

presentó a la noche diciendo que él le conduciría si le daba cinco

duros.

Se le dieron, y a las tres de la mañana del día siguiente,

completamente a obscuras, atravesaron el río Aviraneta, el Empecinado y

Van-Halen, cuatro o cinco caballos y cincuenta infantes. Esta pequeña

fuerza marchó paralelamente al río, se acercó al Puente de Priego y

comenzó el fuego.

Los facciosos se creyeron cortados por la división completa del

Empecinado, y abandonando sus trincheras del puente se retiraron en

dispersión.

Esta ocurrencia produjo la desmoralización de los realistas, que

comenzaron a dividirse en partidas. Bessieres, con la suya, intentó

penetrar en Cuenca, y rechazado marchó hacia Sigüenza y luego a Aragón;

Chambó se dirigió al Maestrazgo, y Ulman y Capapé, camino de Valencia.

La persecución no fué del todo activa. Al llegar los realistas al Tajo

en Poveda se hundió el puente y parte de la retaguardia no pudo pasar.

El fraile Talarn, con más de quinientos hombres, tuvo que dirigirse a

Peralejo de las Truchas, y atravesó el río por allí sin que nadie le

saliera al encuentro.

Así como entre los liberales se habló de traición a raíz de la derrota

de Brihuega, se habló de traición entre los absolutistas después de la

retirada de Huete.

La Junta de Mequinenza ordenó a Bessieres que fuera de nuevo a Madrid,

y como el francés no hiciera caso, Adán Trujillo, que se titulaba

gobernador de Mequinenza, lo acusó de traidor y publicó un bando en el

que ofrecía dos mil duros por la cabeza de Bessieres, a quien llamaba

masón y republicano.

El 21 de febrero el Empecinado entró en Sigüenza. Se decía que Capapé,

con mil infantes y cien caballos, estaba en las proximidades del

pueblo deseando entregarse; pero no resultó la noticia cierta. También

se aseguraba que Bessieres había reñido con sus oficiales y que,

separándose de la columna, quería abandonar las filas realistas.

El Empecinado continuó la persecución de las partidas; llegó el 24 de

febrero, al anochecer, al Burgo de Osma, donde entró con Aviraneta y

cuatro soldados. Se siguió avanzando por Soria y la serranía de Yanguas

hasta cerca de Agreda, en cuyas inmediaciones el enemigo se dispersó en

pequeños grupos.

Desde Agreda, el Empecinado y Aviraneta volvieron a Sigüenza, y de aquí

marcharon a Aranda, en donde estuvieron un día.

X

VUELTA A MADRID

AL llegar a Aranda Aviraneta dejó al Empecinado en compañía de Moreno,

su administrador, que vivía en la plaza del Trigo, y él se fué a hacer

algunas diligencias.

Contrató con un arriero el porte de los muebles que quería llevar

a Madrid, y al atardecer, embozado en la capa, para que nadie le

conociera, se acercó a la _Casa de la Muerta_.

Una turba de chiquillos había tomado posesión de la encrucijada donde

se hallaba la casa, y jugaban allí; habían pintado en las paredes

letreros y figuras con yeso y amontonado delante tierra y arena.

Cuando llegó Aviraneta dos chicos tiraban piedras a una ventana, y una

mozuela con una criatura en brazos daba golpes con el aldabón.

Aviraneta esperó a que obscureciera y que se fueran los chiquillos.

Entonces se acercó a la puerta, abrió el postigo y entró en el zaguán.

Encendió una vela y subió al primer piso.

Los chicos, y quizá también la gente de la vecindad, habían roto los

cristales a pedradas. La casa estaba fría e inhospitalaria.

Aviraneta recogió algunos papeles que tenía allá y llenó un cestillo de

cubiertos y objetos de plata. Hecho esto bajó al zaguán, buscó entre

un manojo de llaves hasta que encontró una y abrió la bodega. Era ésta

un sitio obscuro, sin ventilación, en cuyo fondo se veían derechos

grandes tinajones para el vino.

Aviraneta cogió una palanca, fué a un rincón y levantó una losa del

suelo sin gran trabajo. Hecho esto volvió al zaguán, y en un cántaro

metió sus cubiertos y sus papeles. Tapó la boca del cántaro con un

corcho, la cubrió después de lacre y la enterró en el agujero; puso la

losa encima y salió de la bodega. Se cepilló la ropa, se lavó las manos

y se fué.

Marchó hacia la Plaza Mayor. Todavía el relojero Schültze estaba

delante del cristal del escaparate con el lente en un ojo, trabajando.

La confitería de doña Manolita se hallaba abierta, y don Eugenio entró

y compró un gran paquete de dulces.

Aviraneta pasó por delante de la casa de Teresita, subió rápidamente

por la reja, hasta el piso primero, y dejó el paquete colgado en el

hierro del balcón con una cinta.

Al bajar se encontró con el Tío Guillotina, el loco, que le miraba

atento.

--Hola, Guillotina--le dijo Aviraneta.

--Hola. ¿De dónde vienes?--le preguntó el mendigo.

--De arriba.

--De arriba tienen que bajar los buenos a cortar la cabeza a estos

canallas... Sí, canallas..., todos son unos canallas. República y

guillotina... Al río todas las cabezas de los malos de Aranda... Al

río... ¡Canallas, bandidos! He de beber vuestra sangre.

El loco se encontraba en un estado horrible, febril, desencajado; tenía

la frente abierta de una pedrada, con la herida que manaba sangre, y un

ojo hinchado por algún golpe; su traje estaba cubierto de barro, y las

plumas de gallo de su tricornio, caídas.

Era una ruina, un verdadero harapo humano.

Aviraneta intentó calmarlo y lo quiso meter en el mesón del Brigante;

pero el loco se le escapó y se marchó corriendo, vociferando.

Aviraneta volvió acompañado por el sereno hasta el alojamiento de don

Juan Martín, de la plaza del Trigo.

Al día siguiente, el Empecinado con su escolta se dirigió a Madrid.

Había mejorado el tiempo; un hermoso sol brillaba en el cielo.

Aviraneta, con la perspectiva de estar una temporada sin trabajar, se

sentía perezoso, cansado.

Al llegar a Madrid pasó unos días en la cama.

Escribió varias veces a Teresita, y ella le contestó de este modo:

«Mi estimado don Eugenio: Cogí el paquete de dulces del balcón y en

seguida me figuré que era de usted. No sé para qué hace usted esos

gastos.

He leído su carta, y me da mucha pena ver que lleva usted una vida

tan arrastrada y que pasa usted tantos trabajos y fatigas. ¡Mi

pobre don Eugenio, le veo a usted muy mal!

Ese Empecinado es un monstruo. ¿Qué furia le ha entrado a don

Juan Martín de arreglar el mundo cuando debía estar en Castrillo

trabajando su tierra? ¿No ven ustedes que toda España está contra

ustedes? ¿Cómo no lo comprenden? Habrá que decir como dice mi

tía: «Herradura que chacolotea, clavo le falta». Y a ustedes les

falta algún clavo o algún tornillo. ¿No escarmentará usted, don

Eugenio? ¿Por qué no someterse a la razón? ¡Qué afán de cambiar

y de trastornarlo todo. Así hemos encontrado el mundo y así lo

dejaremos. Tenga usted fe. Olvide usted la vanidad. ¿Qué le importa

a usted lo que le digan sus amigotes?

Me figuro que no ha de hacer usted caso de mis palabras y que

seguirá usted erre que erre hasta llegar a la América o al Polo

Norte.

Nosotros hemos tenido este invierno nuestros achaquitos; mi padre

está con una tos que se ahoga; Rosalía engorda y no tiene ganas de

comer, y yo, que como muy bien, estoy cada vez más flaca.

¡Adiós, don Eugenio, cuídese usted y que no se le revuelva más esa

olla de grillos que lleva usted en la cabeza! Muchos recuerdos a su

madre. Su amiga, que desea verle,

TERESA.»

XI

LOS CARBONARIOS DE MADRID

LA pasividad de don Eugenio desapareció un día que fueron a verle

el _Majo de Maravillas_ y un miliciano nacional a quien llamaban el

miliciano Fachada, que había querido matar al infante don Carlos de una

cuchillada en Aranjuez.

El _Majo_ y Fachada eran carbonarios, y se habían convencido, desde la

asonada del 19 de febrero, de que Regato era un agente absolutista.

Todos los carbonarios tenían ya esta evidencia y habían dispuesto

vengarse.

En el mes y medio que faltaba Aviraneta de Madrid, la sociedad

carbonaria había hecho algunos adelantos.

Parte de ella se había relacionado con los comuneros, y visitaba la

casa de éstos; parte quiso permanecer independiente.

Aviraneta, hacía tiempo había presentado un plan de organización

carbonaria. Este plan se discutió largamente y se llegó a aprobar.

Algunos de los italianos no querían que se desposeyese a la sociedad

carbonaria de su simbolismo, que en el proyecto de Aviraneta

desaparecía por completo.

Aviraneta era hostil a estas mojigangas.

--Si nos llamamos unos a otros _buenos primos_ y hablamos del

firmamento, la gente se va a reír de nosotros--dijo don Eugenio varias

veces.

En el plan de Aviraneta había cuatro clases de ventas. Cada una estaría

constituída por veinte hombres. Veinte hombres de la primera venta

tendrían un delegado. Veinte delegados de las primeras ventas formarían

la segunda venta; nuevos veinte delegados de las segundas ventas

formarían la tercera, y otros veinte delegados de las terceras, la Alta

Venta. Para no quitar todo aliciente a la imaginación, se dispuso que

las primeras ventas se llamasen manípulas; las segundas, centurias; las

terceras, cohortes, y la cuarta, legión o Alta Venta.

Cada venta tendría su autonomía, y no conocerían sus individuos a las

de las otras.

El procedimiento para impedir las traiciones estaba basado en el

triángulo de Weishaupt; lo que en éste eran individuos, en el

carbonarismo eran grupos de veinte.

El plan de Aviraneta se aprobó estando él fuera.

Se llegó a reunir una centuria, es decir, veinte grupos de a veinte, y

para la reunión de esta centuria se alquiló un local en la calle del

Pozo, en el piso bajo de una casa próxima a la Fontana de Oro.

Aviraneta encontraba muchos defectos a las sociedades secretas;

defectos que había ido comprobando en la práctica, en la masonería.

Primeramente, la gente no sabía callar, y el secreto, la táctica de

protección común, no se respetaba. A esto había que añadir que la

confianza en los miembros era muy escasa, que no se aceptaba de buen

grado una jerarquía, y que no había hombres capaces de obedecer sin

discutir ni comprender.

Otro peligro grande era la entrada de traidores en la sociedad, lo

que podía transformar una institución liberal en un instrumento de

absolutismo, como pasaba con los Comuneros.

A pesar de su desconfianza, Aviraneta fué con asiduidad a la venta

carbonaria creada bajo sus inspiraciones.

La casa en donde se había instalado la venta tenía tres entradas: se

podía llegar a ella por un portal estrecho de la calle del Pozo, por

una taberna próxima y por un pasadizo que comunicaba con la Carrera de

San Jerónimo.

Desde esta misma casa, desde los balcones de la Carrera, se proyectó

matar a Espartero y a O'Donnell, después de su triunfo en la Revolución

de 1854, por unos cuantos republicanos, y Aviraneta, que estaba en el

Saladero, convenció a los directores del complot, también presos, de la

inutilidad del atentado.

En el portal de la calle del Pozo se había instalado un despacho de

memorialista, que servía para que el conserje de los carbonarios

vigilara la calle y advirtiera la llegada de la policía.

La venta carbonaria disfrutaba de una instalación paupérrima. El local

tenía un cuarto bastante grande, que era el salón de juntas, con otros

dos o tres pequeños, y varios pasillos. En el salón grande había una

mesa, unos bancos y un armario. Sobre la mesa, un velón de aceite.

Formaban la centuria carbonaria veinte miembros, que se llamaban por su

número.

Eran: Gipini, el dueño de la Fontana; Cobianchi, el joyero; Nepsenti,

el ex fraile Moore, Cugnet de Montarlot, que estaba en Madrid;

Aviraneta, uno de los hermanos Bonaldi, barítono de fama; el _Majo de

Maravillas_, el miliciano Fachada, el capitán Rini, piamontés huído

de su país; el ex coronel Latorde, dos napolitanos, el uno llamado

Monteleone y el otro apodado _il Re di Faccía_, y otros más, hasta los

veinte.

Al saber que Regato era el organizador de la algarada del 19 de

febrero, que había dejado al Gobierno sin fuerza, como tiempo antes

preparó la silba a las Embajadas de la Santa Alianza, muchos liberales

no tuvieron más remedio que pensar que Regato estaba vendido a Fernando

VII, como desde hacía tiempo se decía.

En aquella época, como más tarde, la característica de los liberales

españoles era una credulidad tan necia que, en la mayoría de los casos,

confinaba con la estupidez.

El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural

producía, y ha seguido produciendo en el español progresista, una

extraña incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la

realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas.

Aviraneta, que desde hacía tiempo perseguía a Regato, dió infinidad de

detalles a la centuria carbonaria para convencerla de la traición del

comunero.

Aviraneta propuso citar a Regato de noche, en un rincón cualquiera, y

ahorcarlo, o, por lo menos, pegarle una paliza. La venta carbonaria de

Madrid incubó otro plan más misterioso y novelesco.

Entre los italianos se decidió tomar un acuerdo con Regato, terrible, y

fué marcarle en la frente, con un hierro candente, la palabra _Traidor_.

Aviraneta no era partidario de procedimientos tan medievales, y

prefería un sistema más sencillo de deshacerse de Regato: pegarle una

puñalada o dos tiros en un callejón obscuro.

Sin embargo, creía que uno de los modos de dar fuerza al carbonarismo

hubiera sido comenzar con un crimen siniestro y complicado.

Seguramente, la disgregación y la falta de tensión de la sociedad

carbonaria se hubieran evitado así.

La complicidad hubiera apretado los lazos de la centuria carbonaria,

de la cual Aviraneta comenzaba a sospechar. ¿Eran todos los afiliados

fieles? No era fácil asegurarlo.

Se pusieron a discusión varios proyectos para castigar a Regato, y el

de los italianos prevaleció en la reunión.

Covianchi se encargó de traer, dos días después, un hierro con la

palabra _Traidor_ grabada en relieve y sujeto en un mango.

Ya, decidida la forma de la venganza, con el mayor sigilo se comenzaron

los preparativos.

Se envió una denuncia al jefe de policía, como escrita por un agente,

diciendo que había una reunión misteriosa en la calle del Pozo y que

mandaran un hombre que no inspirara sospechas, como Regato. Regato

fué a ver a Gipini a la Fontana de Oro, y Gipini le dió una tarjeta

cortada para que pudiese pasar al interior de la casa donde tenía sus

reuniones la centuria carbonaria. La hora fijada eran las once de la

noche. Aviraneta entró en la venta por la Carrera de San Jerónimo. Al

ir a pasar al salón de actos, un carbonario le tomó la capa y le dió

una careta, que se la puso. Al entrar en la sala se sobrecogió. Estaba

todo el grupo carbonario reunido, cada individuo con su antifaz. En

la mesa, iluminada por dos candelabros, se había formado un tribunal

con tres hombres enmascarados; detrás de ellos, cerrando la puerta de

comunicación con otro cuarto, había una cortina negra.

A las once en punto se oyó ruido de pasos en el corredor. La centuria

carbonaria se disponía a la obra.

Un momento después entró Regato con los ojos vendados y sujeto por

cuatro hombres.

Al acercarse a la mesa le ataron las manos y los pies rápidamente y le

quitaron la venda de los ojos.

La impresión en Regato debió de ser terrible. Algunos carbonarios

habían sacado el puñal y lo mostraban a la víctima.

--Acusado, sentaos--dijo el presidente.

La voz era la del _Re di Faccía_.

Regato se sentó y quedó apabullado en la silla por el terror. Aviraneta

lo miraba de frente. Regato era en esta época un hombre todavía joven,

bajito, grueso, mofletudo, con los ojos claros, el aire clerical, sucio

en el traje y de una viveza de ratón.

--Regato--dijo el presidente--, te acusamos de ser traidor a la causa

liberal; de ser un espía de Ugarte y de Fernando VII; de haber vendido

a nuestros hermanos en varias ocasiones... ¿Qué tienes que alegar?

--Que es falso--gritó Regato--. Si me he acercado a la policía ha sido

para defender a los nuestros.

--¿Qué dice nuestro hermano, el número 11?--preguntó el presidente.

--En la conspiración de Renovales él fué el denunciador--dijo Aviraneta

con acento enérgico.

--¿Lo podría jurar?

--Sí.

--¿Qué dice el número 13?

--Que Regato ha vendido al Gobierno los secretos de la Masonería en los

años anteriores al glorioso levantamiento de Cádiz.

--¿Lo podría jurar?

--Por mi alma.

--¿Qué dice el número 15?

--Que Regato está vendido a Ugarte desde 1821; que obedece las órdenes

de Fernando VII para desunir a los liberales; que intentó hace un

año el apedrear las Embajadas para que cuanto antes la Santa Alianza

declarase la guerra a España.

--¿Lo puede jurar?

--Lo juro. El zapatero que quedó preso delante de la Embajada de Rusia,

que se llama Damián Santiago, ha dicho que estaba pagado por Regato.

--¿Qué dice el número 17?

--Que la algarada del 19 de febrero ha sido tramada por los comuneros y

por Regato para acabar con el régimen.

--¿Qué alega el acusado contra estos testimonios?

--Que son falsos.

--Está bien. Silencio, compañeros--dijo el presidente, dirigiéndose a

todos los enmascarados--. ¿Tenéis la conciencia de que el acusado es

culpable?

--Sí, sí--dijo la mayoría.

--¿Qué pena merece?

--La marca, la marca.

En esto se descorrió la cortina negra, y, en el fondo, aparecieron dos

enmascarados con un braserillo encendido. Regato, al verlo, dió un

grito espantoso y se levantó de la silla. Se produjo un gran barullo y

se oyó un silbido agudo. Algunos carbonarios, entre ellos el _Majo de

Maravillas_, sujetaban a Regato; pero otros se habían puesto delante de

él, defendiéndole.

--¡La ronda! ¡La ronda!--dijeron varios.

Aviraneta, curioso, contemplaba la escena. Pronto pudo comprender que

Regato tenía defensores entre los carbonarios. En aquella sociedad

había polizontes, como en casi todas las sociedades secretas.

Al segundo silbido se oyó llamar a golpes en la puerta. Era la ronda;

los carbonarios guardaron su careta, y cada uno, embozado en su capa,

escapó por la puerta de la Carrera de San Jerónimo. Regato se había

salvado.

XII

TERESITA

DOS o tres días después, la madre de Aviraneta decidió marcharse a Irún

con su vieja criada Joshepa-Anthoni.

Pensaba detenerse dos días en Aranda y seguir después.

Aviraneta les acompañó hasta el coche. Pasada una semana, su madre le

escribió una carta.

Le contaba varias noticias de Aranda. Frutos San Juan se había casado

con una señorita bastante rica, pero nada joven, de Roa; la _Gaceta_

estaba herido de un garrotazo que le había dado un miliciano nacional;

Emilio García, el de Vadocondes, había comprado varias tierras y

pensaba ir a vivir a Madrid, y el Tío Guillotina había muerto en el

hospital.

Tras estas noticias, para Aviraneta de poco interés, le decía que

Teresita, la hija de Auñón, entraba monja.

El cura don Víctor y un jesuíta recién llegado a Aranda la habían

convencido. Doña Nona estaba contentísima. Teresita estaba admirando al

pueblo con su sabiduría.

Aviraneta quedó absorto, sintió como si se le escapase el suelo bajo

los pies.

Había, sin duda, forjado vagas ilusiones, en las cuales intervenía

Teresita, la muchacha amable, sabia y discreta de la casa del juez.

Teresita se le escapaba, marchaba a un convento, abandonando las

complicaciones del mundo...

Era su vida, su vida inquieta y nómada la que arrebataba a Aviraneta la

posibilidad de detenerse un momento en el camino, de entregarse a un

afecto hondo y fuerte.

Aviraneta estuvo varios días dominado por una impresión de vértigo;

pasaba las horas en actitud indecisa, sin pensar en nada.

No sabía qué hacer, no sabía qué determinación tomar.

Un día, el francés Cugnet de Montarlot fué a su casa y le sacó de su

pasividad con sus exageraciones y sus gritos.

--Los franceses están ya en la frontera--dijo--; la Libertad española

peligra. Hay que tomar las armas en seguida...

Madrid, febrero, 1915.

FIN DE CON LA PLUMA Y CON EL SABLE

ÍNDICE

Páginas.

PRÓLOGO. 7

LIBRO PRIMERO

DE VERACRUZ A ARANDA

I.--Los hilos de la vida pasada. 15

II.--En Madrid, de perfumista. 21

III.--Dos madamas francesas. 25

IV.--Cádiz. 33

V.--El Empecinado. 43

LIBRO SEGUNDO

EL TIRANO DE ARANDA

I.--Los milicianos. 47

II.--Diamante. 53

III.--Los tres cargos de don Eugenio. 59

IV.--Una familia amiga. 71

V.--El señor Sorihuela. 75

VI.--La moral del tirano. 83

LIBRO TERCERO

ASECHANZAS Y EMBOSCADAS

I.--Un oficio. 89

II.--Conferencia con el gobernador. 93

III.--Frente a frente. 101

IV.--La partida de Barrio. 105

V.--Hostilidad popular. 109

VI.--La Vid. 113

VII.--Auto de Fe. 119

VIII.--Nochebuena en La Vid. 123

IX.--San Martín con su capa. 129

X.--El dilema de doña Nona. 135

LIBRO CUARTO

EL EMPECINADO CONTRA MERINO

I.--Don Juan Martín y Salvador Manzanares. 141

II.--En Lerma. 147

III.--En campaña. 153

IV.--Merino se oculta. 161

LIBRO QUINTO

ENTRE ARANDA Y MADRID

I.--Rosalía y Teresa. 165

II.--Una nueva sociedad. 171

III.--Confusión. 179

IV.--Olloqui, el ferretero. 185

V.--Entrevista con San Miguel. 189

LIBRO SEXTO

PARÍS EN 1822

I.--De Madrid a Bidart. 193

II.--Los absolutistas de Bayona. 197

III.--La condesa de Rupelmonde. 203

IV.--Trabajos de los absolutistas. 209

V.--De la logia a la Venta Carbonaria. 213

VI.--Cugnet de Montarlot. 217

VII.--Los carbonarios y el complot de Belfort. 221

VIII.--La ayuda extranjera. 227

IX.--La Soledad. 231

X.--Ultima carta. 235

XI.--Los sargentos de la Rochela. 239

XII.--Despedida. 243

XIII.--El jardín de Etchepare. 245

XIV.--Al entrar en España. 249

LIBRO SÉPTIMO

EL INVIERNO

I.--La situación. 253

II.--Los extranjeros en España. 259

III.--Las cartas de Teresita. 265

IV.--El avance absolutista. 269

V.--Caspueñas y Brihuega. 273

VI.--Lo ocurrido a O'Daly. 279

VII.--En Guadalajara. 283

VIII.--Persecución de Bessieres. 287

IX.--Hacia Aragón. 295

X.--Vuelta a Madrid. 297

XI.--Los carbonarios de Madrid. 301

XII.--Teresita. 309

Obras publicadas por esta Casa.

Novelas de Willy.

WILLY:

Los amigos de Siska.

La insaciable Siska.

Historia sombría.

Ginette la soñadora.

Ledos, tapicero.

El éter consolador.

Historia, Sociología y Biografía.

CARLOS RIVET:

El último Romanof (historia del Tsar y su corte).

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 16 / 17 段