los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo hacía creer que, si
seguía así, en poco tiempo ocuparía Urgel y Mequinenza, defendidos por
Romagosa y Bessieres, y limpiaría las ciudades y los campos de enemigos.
Fernando sabía que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia
entre conspiradores, no podía venderse al absolutismo; pero supuso, en
cambio, que el Empecinado, como más rudo, sería fácilmente seducido,
y le envió un emisario, que fué un tapicero de la Casa Real, llamado
Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un millón de reales y el título
de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.
--Diga usted al rey--contestó don Juan Martín vibrando de cólera--que
si él no quería la Constitución que no la hubiese jurado; el Empecinado
la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.
Y después de decir esto volvió la espalda al emisario.
A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos,
la guerra en los campos no era tan cruel como lo fué después en la
primera carlista.
Parecía que el pueblo no había tomado aún el gusto de la sangre.
II
LOS EXTRANJEROS EN ESPAÑA
TODAS las revoluciones, por ser explosión de ideas generales, tienen
cierta tendencia al internacionalismo.
Ya la guerra de la Independencia, considerada fuera de España como
principio de la lucha de las nacionalidades contra el Imperio, además
de hacer cruzar el suelo de la Península a dos ejércitos tan numerosos
para la época como el francés y el inglés, atrajo a España a una
serie de extranjeros, entre los que se señalaban los O'Donnell, los
Bassecourt, los Saint-Marc, los Sarsfield, y otros muchos.
En la lucha de la libertad por el absolutismo, al restaurarse la
Constitución en 1820, aparecieron también en España más extranjeros que
en período normal.
En las filas constitucionales se vieron figurar a españoles llamados
O'Donnell, Van-Halen, Rotten, Miniussir, Merconchini...
Al lado de estos españoles figuran en esta época franceses como Cugnet
de Montarlot, Vaudoncourt, Nantil, el oficial de artillería que
estudiaba la defensa de Bilbao; Delon, Fabvier, que luego se distinguió
en Grecia; Armando Carrel y Caron; ingleses como Roberto Wilson, e
italianos como Pacchiaroti, Ansaldi, Olini, y otros.
En los dos campos, en el absolutista y en el liberal, los extranjeros
fueron quizá los más exaltados.
Entre los absolutistas extranjeros, el más célebre de todos, el conde
de España, se distinguió por sus extravagancias y por sus crueldades en
Barcelona.
A pesar de la fama bárbara y fanática del español, no deja de ser
extraño que el hombre más representativo del terrorismo clerical fuera
un francés, el conde de España.
Ni Fernando VII, ni Calomarde, ni Chaperon llegaron en sus extremos a
la barbarie del conde francés.
El conde de España era un terrorista de la raza de los Carrier y de los
Fouquier-Thinville.
Parecido a éstos en sus instintos, se diferenciaba de ellos en que
tenía una ideología tradicionalista y clerical. El conde de España era
un francés que se llamaba Carlos Espagne, hijo de un marqués titulado
d'Espagne, según unos; d'Espagnac, según otros, y d'Espignac, según
algunos.
Fernando VII, en su decreto, al hacerle conde, decía que España era
descendiente de los señores de Cominges y de Foix.
Alguien en esta época quiso enterarse y averiguó que España era un
bastardo, y que su verdadero nombre era Domingo Busaraca. Busaraca
había escapado de Francia más que por odio a la Revolución Francesa por
ser hijo natural no reconocido.
España fué durante la Independencia un general valiente y experto; pero
luego se manifestó como un perturbado. Sus crueldades de Barcelona
hicieron época. La muerte suya, cosido a puñaladas y tirado a un río,
fué terrible.
Otro extranjero, francés, que dejó un rastro de pasión y de
inconsciencia en España, fué Jorge Bessieres, que murió fusilado por su
paisano el conde de España en Molina de Aragón.
La historia de Bessieres era curiosa. En 1809, el guerrillero catalán
don José Manso supo que las tropas francesas de Barcelona forrajeaban
en las cercanías de Hospitalet con una escolta de treinta a cuarenta
caballos e igual número de infantes. Manso, al frente de su partida, se
colocó en sitio estratégico, cortó la retirada a los franceses, hizo
treinta y cuatro prisioneros y se apoderó de treinta y seis caballos.
Cogió, además, un furgón con sus mulas y dos caballos del general
Duhesme. El furgón iba guiado por un cochero llamado Jorge Bessieres.
Bessieres, prisionero de los españoles, se ofreció a asesinar al
gobernador francés de Barcelona, Mauricio Mattieu. Había sido ordenanza
de un ayudante del gobernador y pensaba valerse de su condición para
acercarse al general Mattieu. Bessieres intentó el asesinato, pero no
lo pudo realizar.
No se sabe si a consecuencia de estos atentados o si por alguna hazaña
de guerrillero, Lacy lo hizo capitán. Después de la guerra de la
Independencia, Bessieres quedó retirado, se estableció en Barcelona,
se casó con una mujer llamada Juana Portas y ensayó varias industrias,
entre ellas una tintorería.
Bessieres intervino en las conspiraciones de Barcelona, estuvo
relacionado con Lacy, y en 1820 ayudó a proclamar la Constitución.
Luego, en 1821, tomó parte en un complot republicano en Barcelona, en
compañía de un fraile. Condenado a muerte y preso en la ciudadela,
fué indultado por el general Villacampa. Se decía que la influencia
de los comuneros, entre los cuales, como se sabe, había muchos espías
reaccionarios, le salvó.
Otros aseguraron que la conspiración de Bessieres iba dirigida más
contra el Gobierno francés que contra el español, y que Villacampa
conocía sus intenciones.
Bessieres, indultado, fué encerrado en el castillo de Figueras; de aquí
huyó a Francia, y apareció poco después transformado en realista;
los liberales dijeron que Bessieres se había hecho rico asesinando
a su antiguo amo, que le trataba como a hijo más que como a criado;
luego, cuando la reacción del 1823, se afirmó que Fernando VII estaba
en relaciones con él ya desde la época de la conspiración republicana
de Barcelona, y que le ascendió a general, a causa de documentos
comprometedores que guardaba el ex tintorero.
Bessieres, al que algunos confundían con el general francés, duque
de Istria, con quien no tenía parentesco alguno, era más que nada un
atolondrado ambicioso, enloquecido por el éxito.
Nunca había sido creyente, y entre sus amigos decía que era
republicano, a pesar de estar en las filas realistas. Desvalijaba las
iglesias sin miedo, y en sus correrías por Castilla el año 23 bebía
tranquilamente durante las comidas en el cáliz de la iglesia de Auñón,
lo cual no deja de ser extraordinario, teniendo en cuenta que iba
acompañado del fraile Bartolomé Talarn.
El final de Bessieres fué trágico: la Sociedad El Angel Exterminador,
después del triunfo del absolutismo, puso a Bessieres en relación
con el padre Cirilo y Calomarde. Estos y Fernando VII aconsejaron al
revoltoso francés que se sublevara contra el predominio de los masones
en el Gobierno.
La sublevación no tuvo éxito. Fernando VII, al saber su fracaso, envió,
como a un perro de presa, al conde de España contra Bessieres.
Un francés contra otro francés.
La patrulla de don Saturnino Abuin, el _Manco_, fué la que capturó a
Bessieres en Zafrilla.
Si Bessieres era hombre que cambiaba de casaca con facilidad, Abuin no
lo era menos. Abuin había sido empecinado y antiempecinado, absolutista
y liberal.
Abuin prendió a Bessieres y lo condujo, con sus oficiales, a presencia
del conde de España a Molina de Aragón.
Bessieres, preso, se creía seguro; tenía una carta de Fernando VII, en
la cual le ordenaba el alzamiento.
El conde de España trató a Bessieres como a un compañero y a un
paisano; le convidó a cenar con él y estuvieron los dos hablando en
catalán y en francés largo tiempo. A los postres, el conde preguntó a
su comensal con gran amabilidad por qué se había sublevado, y Bessieres
mostró la carta del rey.
El conde de España, tranquilamente, cogió la carta y la quemó en la
llama de una bujía.
--¿_Qué feu_, general?--gritó Bessieres en catalán, abalanzándose al
conde de España--. _Qu'en perdeu._
--_Oui peut-étre, mais je sauve le roy_--dijo el conde de España en
francés, con una contestación a modo de Duguesclín.
España llamó a sus ayudantes e hizo que se llevaran a Bessieres.
Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre
muerto.
Al día siguiente un Consejo de guerra sumarísimo condenaba a ser
pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus
compañeros. Pocas horas después de la ejecución, todos los papeles de
Bessieres eran entregados a las llamas.
Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que
Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de él, desapareció.
El conde de España fué premiado. Estas canalladas han constituído
durante mucho tiempo la política.
La familia de Bessieres quedó en mala situación: su mujer acabó
perturbada y alcohólica en Granada; un hijo suyo fué después a la
facción carlista, y por su matrimonio tomó el título de conde de Cuba...
Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fué don Antonio Rotten,
el suizo, amigo de Mina.
El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido
hubiese limpiado de curas y de frailes toda España.
Su idea era que había que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mandó
saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostró con los
absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.
Otro suizo, éste absolutista, que tuvo alguna importancia en la época,
fué Carlos Ulman, amigo del conde de España. Los liberales decían que
Ulman había sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a España.
Ulman hizo la correría absolutista del año 23 por Castilla. Luego llegó
a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se
distinguió por su crueldad con los liberales. Cuando suponía que algún
preso guardaba dinero, solía sacar el sable y pasar la punta arañando
la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algún
cinturón con dinero.
También extranjera y también absolutista fué Josefina Comerford, la
amiga del Trapense.
Esta Josefina se distinguió, en la lucha constitucional, por sus ideas
clericales; quizá fué la única mujer que llegó a destacarse en el campo
absolutista.
No deja de ser extraño que en un país tan retrógrado como España,
en donde se habían distinguido muchas mujeres en la guerra de la
Independencia, no llegara a señalarse ninguna por su entusiasmo
absolutista en el período constitucional. La única que se destacó fué
esta Josefina, inglesa fanática y arrebatada.
III
LAS CARTAS DE TERESITA
ESTABA Aviraneta en Madrid desde hacía tiempo presenciando con pena y
con desprecio la tarea de masones y de comuneros de desacreditar la
libertad y echar abajo la Constitución.
Aviraneta, que nunca había tenido entusiasmo por los masones, porque
su comedia místicoarquitectónica no era de su gusto, y no quería nada
con los comuneros, porque le constaba que muchos eran agentes del
absolutismo, se inclinó hacia la naciente sociedad de carbonarios.
El ver la influencia que en París tenía el carbonarismo, había
inclinado a Aviraneta a esta sociedad.
Siempre que podía acudía a la Fontana de Oro, a una reunión de
carbonarios establecida allí; pero el carbonarismo había venido tarde
a España, cuando el entusiasmo liberal estaba decayendo y no tomaba
impulso.
Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en
el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.
Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Había abandonado su cargo de
regidor y esperaba que viniesen mejores días para volver a continuar su
vida normal.
Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escribía a su
madre y a Teresita.
Teresita, la hermana de Rosalía, había pasado una grave enfermedad;
al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le
envió una caja de dulces por la diligencia.
Teresita le contestó a los pocos días esta carta.
«Mi buen amigo don Eugenio. Recibí la suya, tan afectuosa, y el
cajoncito de dulces, que ahora me los iré comiendo con más gusto,
porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba
monísima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en
dulce, deliciosas. Todavía no tengo fuerzas para salir de casa;
así, que he pasado el día de Santa Teresa en un sillón, y ayer
no me encontré con ánimos para escribir a usted. Hoy, que estoy
algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su
felicitación. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y
para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su
cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. ¿Por qué no
ha de ser usted una buena persona? ¿Por qué andar así, de la Ceca a
la Meca, pudiendo vivir tranquilo?
Su madre me indica que le diga a usted que está buena; pero que le
parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.
Aquí, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero:
una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.
Muchos recuerdos de su amiga,
TERESA.»
Aviraneta celebró la carta de su amiga y la contestó otra larga
y seria, hablándola de la situación política de España y de las
esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le
contestó a los pocos días:
«Mi buen don Eugenio: ¡Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aquí,
al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas
vienen de Aragón y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha
miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes,
los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la
familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si
encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el
pajar. ¡Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder
ganar una peseta! Van a concluir marchándose al campo con los
realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales.
¡Qué disparates no hacen ustedes! El otro día subió al púlpito, en
Santa María, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de
ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal;
que no saben ustedes nada de latín ni de historia, y yo creo que
tiene razón. Porque, ¡cuidado que hacen ustedes tonterías! Y no los
otros, sino usted, don Eugenio. Como aquí, cuando estaba usted en
la Milicia de caballería, que tenía usted que pagar el caballo, el
uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes
y los asistentes de los demás. Usted está algo trastornado, don
Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere
seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado,
ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. ¡Parece mentira
que un hombre listo sea tan tonto!
Su madre me dice que está fastidiada con los milicianos, que van
todos los días a su casa a decirle que por qué no viene usted, que
entre los liberales hay divisiones.
Su madre no sabe qué contestarles. Por un lado, se alegra de que
usted no esté en Aranda. Si ha de seguir usted así, lo mejor será
que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aquí le van a dar un
disgusto.
Su amiga,
TERESA.»
Aviraneta se había acostumbrado a esta correspondencia, y todas las
semanas escribía a Teresita una larga carta y le enviaba algún regalo.
Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompañó a su
madre a Madrid.
IV
EL AVANCE ABSOLUTISTA
A principios del año 1823, Jorge Bessieres, obligado por Mina a salir
de Cataluña, se dirigió a Aragón y entró en Fraga y en Mequinenza.
La Regencia de Urgel le había dado el mando de esta ciudad. Organizó
Bessieres en ella, en colaboración con el padre Talarn, su tropa, que
ascendía a unos tres mil hombres, y se dispuso a seguir camino de
Madrid.
Durante su estancia en el pueblo aragonés, sus diferencias con Adán
Trujillo, el presidente de la Junta Suprema de Mequinenza, estuvieron a
punto de producir choques y que ambos jefes viniesen a las manos.
Adán Trujillo mandaba a la Regencia de Urgel informes contra Bessieres;
le acusaba de masón, de tener relaciones con los liberales, y de no
darse prisa en la organización de sus fuerzas. La Regencia ordenó a
Bessieres que saliera lo antes posible de Mequinenza y se acercara a
Madrid alarmando los pueblos.
Bessieres se aproximó a Zaragoza el 4 de enero e intimó la rendición de
esta ciudad el 5, intimación que fué despreciada; hizo otra tentativa
inútil sobre Calatayud y comenzó a internarse en Castilla.
Bessieres no tenía en su viaje un fin claramente concebido. Pensaba
llegar hasta donde pudiese; pero si la casualidad hacía que fuera de
éxito en éxito y de fortuna en fortuna, entonces pensaba entrar en
Madrid, apoderarse del rey y de su familia, ponerlo a la cabeza de las
tropas y marchar hacia el Norte.
Fernando VII estaba enterado del proyecto y lo aprobaba.
En su marcha se incorporaron a Bessieres Carlos Ulman, que llegaba de
Peñíscola con más de mil hombres y doscientos caballos, reclutados en
Castellar, y Rafael Sempere.
Sempere se había levantado primeramente en Benazal con sesenta hombres,
y después de varios encuentros, afortunados para él, con los liberales,
su partida había crecido hasta formar una brigada.
Poco después se unieron a Sempere el comandante Prats y el carretero
Ramón Chambó.
Chambó tenía una partida de cien hombres en el Maestrazgo y había
sustituído al cabecilla Rambla. Sempere, con un núcleo de fuerzas
importantes, tomó Segorbe, donde cogió un botín importante, y después
avanzó hacia Castilla para unirse a Bessieres.
Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco después con
las de Capapé y las del ex coronel Nicolás de Isidro.
En conjunto formaron una hueste de más de cinco mil infantes y de cerca
de mil lanceros.
El Gobierno destinó a la persecución de estas fuerzas a los generales
don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.
Cerca de Calatayud, Carondelet salió al encuentro de los facciosos, los
atacó, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados
prisioneros.
El 11 de enero, Antonio Martín, capitán de caballería, hermano del
Empecinado, volvió a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se
hallaba en las proximidades de Molina de Aragón, y le hizo algunos
muertos y setenta y dos prisioneros.
A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia
Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballería
para su tropa.
Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Coeli y pedía al
Ayuntamiento de Sigüenza que quitara de la plaza la lápida de la
Constitución, símbolo de _irreligión y de licenciosidad_, según decía
el antiguo republicano.
Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Coeli y avanzaban
hacia Guadalajara, el pánico en Madrid fué terrible. Se sabía que
estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capapé, Chambó y el
ex coronel Nicolás de Isidro. Tales datos hacían creer a la gente en
contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el número de los facciosos
más que a tres o cuatro mil; que éstos ascendían al doble o quizá al
triple.
El peligro era grande; la guarnición de Madrid, exigua, no bastaba
para defender la ciudad; se sentía la ramificación reaccionaria con el
movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se veía que algunos
políticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista,
paralizando en lo posible la acción del Gobierno.
La Milicia voluntaria de Madrid pidió a las Cortes, como favor
especial, pues la disposición de la ley no le autorizaba a hacer este
servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra
los facciosos. La petición se aprobó por unanimidad y se designaron
los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que
salieran a luchar. En Madrid se preparó una columna de dos mil hombres
de infantería, quinientos caballos del regimiento de Alcántara y cinco
piezas de artillería. Esta columna estaba mandada por don Demetrio
O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares
sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueño, de origen irlandés,
muy católico y franc-masón.
El 16 de enero había salido de la corte O'Daly con sus fuerzas.
Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.
El día 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcalá la
partida de cuatro compañías de milicianos que marchaban a Guadalajara.
Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las órdenes de varios jefes
populares, entre ellos Beltrán de Lis, que pensaban unirse a las
fuerzas del Empecinado.
El Ayuntamiento de Madrid reunió todas las diligencias, tartanas,
calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los
nacionales. El espectáculo era de lo más desordenado y lamentable;
la gente del pueblo, la mayoría deseosa de que derrotasen a los
milicianos, les dirigía bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en
la mayor confusión. Hablaban, reñían, disputaban en corrillos, sacaban
a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcalá, ocupada por
la masa de público y por los milicianos discutidores y chillones, era
como el símbolo de la sociedad y de la Revolución española.
Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle
abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acercó a Aviraneta:
--¿Qué pasa?--preguntó don Eugenio.
--En el café hay dos lanceros que le andan buscando.
Estos lanceros traían una carta del Empecinado. Aviraneta abrió la
carta. Don Juan Martín le decía que necesitaba de él; que le nombraba
secretario de campaña y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el
Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.
Aviraneta pidió el caballo, y poco después, entre los dos lanceros,
pasaba por la Puerta de Alcalá, alcanzaba a los milicianos y seguía
adelante.
V
CASPUEÑAS Y BRIHUEGA
SALIERON Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus
caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá,
hacia las Ventas del Espíritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron
hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía
negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso
retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.
A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no
hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica
aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso,
morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de
ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas
capas, se veían recorrer los campos.
Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la
lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se
acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un
hombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía
quiénes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban
lejos o cerca.
Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir
y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete
mulas con la cabeza baja.
Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se
destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció
la silueta de Alcalá.
Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la
mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo
nuevo, se puso en marcha.
Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres
puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido
que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.
Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y
Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta
los huesos.
--Es un buen comienzo de expedición--murmuraba entre dientes.
Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le
trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.