Mina, de capitán general de Cataluña, hacía una guerra terrible contra

los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo hacía creer que, si

seguía así, en poco tiempo ocuparía Urgel y Mequinenza, defendidos por

Romagosa y Bessieres, y limpiaría las ciudades y los campos de enemigos.

Fernando sabía que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia

entre conspiradores, no podía venderse al absolutismo; pero supuso, en

cambio, que el Empecinado, como más rudo, sería fácilmente seducido,

y le envió un emisario, que fué un tapicero de la Casa Real, llamado

Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un millón de reales y el título

de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.

--Diga usted al rey--contestó don Juan Martín vibrando de cólera--que

si él no quería la Constitución que no la hubiese jurado; el Empecinado

la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.

Y después de decir esto volvió la espalda al emisario.

A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos,

la guerra en los campos no era tan cruel como lo fué después en la

primera carlista.

Parecía que el pueblo no había tomado aún el gusto de la sangre.

II

LOS EXTRANJEROS EN ESPAÑA

TODAS las revoluciones, por ser explosión de ideas generales, tienen

cierta tendencia al internacionalismo.

Ya la guerra de la Independencia, considerada fuera de España como

principio de la lucha de las nacionalidades contra el Imperio, además

de hacer cruzar el suelo de la Península a dos ejércitos tan numerosos

para la época como el francés y el inglés, atrajo a España a una

serie de extranjeros, entre los que se señalaban los O'Donnell, los

Bassecourt, los Saint-Marc, los Sarsfield, y otros muchos.

En la lucha de la libertad por el absolutismo, al restaurarse la

Constitución en 1820, aparecieron también en España más extranjeros que

en período normal.

En las filas constitucionales se vieron figurar a españoles llamados

O'Donnell, Van-Halen, Rotten, Miniussir, Merconchini...

Al lado de estos españoles figuran en esta época franceses como Cugnet

de Montarlot, Vaudoncourt, Nantil, el oficial de artillería que

estudiaba la defensa de Bilbao; Delon, Fabvier, que luego se distinguió

en Grecia; Armando Carrel y Caron; ingleses como Roberto Wilson, e

italianos como Pacchiaroti, Ansaldi, Olini, y otros.

En los dos campos, en el absolutista y en el liberal, los extranjeros

fueron quizá los más exaltados.

Entre los absolutistas extranjeros, el más célebre de todos, el conde

de España, se distinguió por sus extravagancias y por sus crueldades en

Barcelona.

A pesar de la fama bárbara y fanática del español, no deja de ser

extraño que el hombre más representativo del terrorismo clerical fuera

un francés, el conde de España.

Ni Fernando VII, ni Calomarde, ni Chaperon llegaron en sus extremos a

la barbarie del conde francés.

El conde de España era un terrorista de la raza de los Carrier y de los

Fouquier-Thinville.

Parecido a éstos en sus instintos, se diferenciaba de ellos en que

tenía una ideología tradicionalista y clerical. El conde de España era

un francés que se llamaba Carlos Espagne, hijo de un marqués titulado

d'Espagne, según unos; d'Espagnac, según otros, y d'Espignac, según

algunos.

Fernando VII, en su decreto, al hacerle conde, decía que España era

descendiente de los señores de Cominges y de Foix.

Alguien en esta época quiso enterarse y averiguó que España era un

bastardo, y que su verdadero nombre era Domingo Busaraca. Busaraca

había escapado de Francia más que por odio a la Revolución Francesa por

ser hijo natural no reconocido.

España fué durante la Independencia un general valiente y experto; pero

luego se manifestó como un perturbado. Sus crueldades de Barcelona

hicieron época. La muerte suya, cosido a puñaladas y tirado a un río,

fué terrible.

Otro extranjero, francés, que dejó un rastro de pasión y de

inconsciencia en España, fué Jorge Bessieres, que murió fusilado por su

paisano el conde de España en Molina de Aragón.

La historia de Bessieres era curiosa. En 1809, el guerrillero catalán

don José Manso supo que las tropas francesas de Barcelona forrajeaban

en las cercanías de Hospitalet con una escolta de treinta a cuarenta

caballos e igual número de infantes. Manso, al frente de su partida, se

colocó en sitio estratégico, cortó la retirada a los franceses, hizo

treinta y cuatro prisioneros y se apoderó de treinta y seis caballos.

Cogió, además, un furgón con sus mulas y dos caballos del general

Duhesme. El furgón iba guiado por un cochero llamado Jorge Bessieres.

Bessieres, prisionero de los españoles, se ofreció a asesinar al

gobernador francés de Barcelona, Mauricio Mattieu. Había sido ordenanza

de un ayudante del gobernador y pensaba valerse de su condición para

acercarse al general Mattieu. Bessieres intentó el asesinato, pero no

lo pudo realizar.

No se sabe si a consecuencia de estos atentados o si por alguna hazaña

de guerrillero, Lacy lo hizo capitán. Después de la guerra de la

Independencia, Bessieres quedó retirado, se estableció en Barcelona,

se casó con una mujer llamada Juana Portas y ensayó varias industrias,

entre ellas una tintorería.

Bessieres intervino en las conspiraciones de Barcelona, estuvo

relacionado con Lacy, y en 1820 ayudó a proclamar la Constitución.

Luego, en 1821, tomó parte en un complot republicano en Barcelona, en

compañía de un fraile. Condenado a muerte y preso en la ciudadela,

fué indultado por el general Villacampa. Se decía que la influencia

de los comuneros, entre los cuales, como se sabe, había muchos espías

reaccionarios, le salvó.

Otros aseguraron que la conspiración de Bessieres iba dirigida más

contra el Gobierno francés que contra el español, y que Villacampa

conocía sus intenciones.

Bessieres, indultado, fué encerrado en el castillo de Figueras; de aquí

huyó a Francia, y apareció poco después transformado en realista;

los liberales dijeron que Bessieres se había hecho rico asesinando

a su antiguo amo, que le trataba como a hijo más que como a criado;

luego, cuando la reacción del 1823, se afirmó que Fernando VII estaba

en relaciones con él ya desde la época de la conspiración republicana

de Barcelona, y que le ascendió a general, a causa de documentos

comprometedores que guardaba el ex tintorero.

Bessieres, al que algunos confundían con el general francés, duque

de Istria, con quien no tenía parentesco alguno, era más que nada un

atolondrado ambicioso, enloquecido por el éxito.

Nunca había sido creyente, y entre sus amigos decía que era

republicano, a pesar de estar en las filas realistas. Desvalijaba las

iglesias sin miedo, y en sus correrías por Castilla el año 23 bebía

tranquilamente durante las comidas en el cáliz de la iglesia de Auñón,

lo cual no deja de ser extraordinario, teniendo en cuenta que iba

acompañado del fraile Bartolomé Talarn.

El final de Bessieres fué trágico: la Sociedad El Angel Exterminador,

después del triunfo del absolutismo, puso a Bessieres en relación

con el padre Cirilo y Calomarde. Estos y Fernando VII aconsejaron al

revoltoso francés que se sublevara contra el predominio de los masones

en el Gobierno.

La sublevación no tuvo éxito. Fernando VII, al saber su fracaso, envió,

como a un perro de presa, al conde de España contra Bessieres.

Un francés contra otro francés.

La patrulla de don Saturnino Abuin, el _Manco_, fué la que capturó a

Bessieres en Zafrilla.

Si Bessieres era hombre que cambiaba de casaca con facilidad, Abuin no

lo era menos. Abuin había sido empecinado y antiempecinado, absolutista

y liberal.

Abuin prendió a Bessieres y lo condujo, con sus oficiales, a presencia

del conde de España a Molina de Aragón.

Bessieres, preso, se creía seguro; tenía una carta de Fernando VII, en

la cual le ordenaba el alzamiento.

El conde de España trató a Bessieres como a un compañero y a un

paisano; le convidó a cenar con él y estuvieron los dos hablando en

catalán y en francés largo tiempo. A los postres, el conde preguntó a

su comensal con gran amabilidad por qué se había sublevado, y Bessieres

mostró la carta del rey.

El conde de España, tranquilamente, cogió la carta y la quemó en la

llama de una bujía.

--¿_Qué feu_, general?--gritó Bessieres en catalán, abalanzándose al

conde de España--. _Qu'en perdeu._

--_Oui peut-étre, mais je sauve le roy_--dijo el conde de España en

francés, con una contestación a modo de Duguesclín.

España llamó a sus ayudantes e hizo que se llevaran a Bessieres.

Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre

muerto.

Al día siguiente un Consejo de guerra sumarísimo condenaba a ser

pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus

compañeros. Pocas horas después de la ejecución, todos los papeles de

Bessieres eran entregados a las llamas.

Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que

Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de él, desapareció.

El conde de España fué premiado. Estas canalladas han constituído

durante mucho tiempo la política.

La familia de Bessieres quedó en mala situación: su mujer acabó

perturbada y alcohólica en Granada; un hijo suyo fué después a la

facción carlista, y por su matrimonio tomó el título de conde de Cuba...

Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fué don Antonio Rotten,

el suizo, amigo de Mina.

El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido

hubiese limpiado de curas y de frailes toda España.

Su idea era que había que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mandó

saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostró con los

absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.

Otro suizo, éste absolutista, que tuvo alguna importancia en la época,

fué Carlos Ulman, amigo del conde de España. Los liberales decían que

Ulman había sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a España.

Ulman hizo la correría absolutista del año 23 por Castilla. Luego llegó

a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se

distinguió por su crueldad con los liberales. Cuando suponía que algún

preso guardaba dinero, solía sacar el sable y pasar la punta arañando

la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algún

cinturón con dinero.

También extranjera y también absolutista fué Josefina Comerford, la

amiga del Trapense.

Esta Josefina se distinguió, en la lucha constitucional, por sus ideas

clericales; quizá fué la única mujer que llegó a destacarse en el campo

absolutista.

No deja de ser extraño que en un país tan retrógrado como España,

en donde se habían distinguido muchas mujeres en la guerra de la

Independencia, no llegara a señalarse ninguna por su entusiasmo

absolutista en el período constitucional. La única que se destacó fué

esta Josefina, inglesa fanática y arrebatada.

III

LAS CARTAS DE TERESITA

ESTABA Aviraneta en Madrid desde hacía tiempo presenciando con pena y

con desprecio la tarea de masones y de comuneros de desacreditar la

libertad y echar abajo la Constitución.

Aviraneta, que nunca había tenido entusiasmo por los masones, porque

su comedia místicoarquitectónica no era de su gusto, y no quería nada

con los comuneros, porque le constaba que muchos eran agentes del

absolutismo, se inclinó hacia la naciente sociedad de carbonarios.

El ver la influencia que en París tenía el carbonarismo, había

inclinado a Aviraneta a esta sociedad.

Siempre que podía acudía a la Fontana de Oro, a una reunión de

carbonarios establecida allí; pero el carbonarismo había venido tarde

a España, cuando el entusiasmo liberal estaba decayendo y no tomaba

impulso.

Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en

el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.

Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Había abandonado su cargo de

regidor y esperaba que viniesen mejores días para volver a continuar su

vida normal.

Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escribía a su

madre y a Teresita.

Teresita, la hermana de Rosalía, había pasado una grave enfermedad;

al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le

envió una caja de dulces por la diligencia.

Teresita le contestó a los pocos días esta carta.

«Mi buen amigo don Eugenio. Recibí la suya, tan afectuosa, y el

cajoncito de dulces, que ahora me los iré comiendo con más gusto,

porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba

monísima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en

dulce, deliciosas. Todavía no tengo fuerzas para salir de casa;

así, que he pasado el día de Santa Teresa en un sillón, y ayer

no me encontré con ánimos para escribir a usted. Hoy, que estoy

algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su

felicitación. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y

para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su

cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. ¿Por qué no

ha de ser usted una buena persona? ¿Por qué andar así, de la Ceca a

la Meca, pudiendo vivir tranquilo?

Su madre me indica que le diga a usted que está buena; pero que le

parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.

Aquí, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero:

una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.

Muchos recuerdos de su amiga,

TERESA.»

Aviraneta celebró la carta de su amiga y la contestó otra larga

y seria, hablándola de la situación política de España y de las

esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le

contestó a los pocos días:

«Mi buen don Eugenio: ¡Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aquí,

al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas

vienen de Aragón y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha

miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes,

los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la

familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si

encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el

pajar. ¡Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder

ganar una peseta! Van a concluir marchándose al campo con los

realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales.

¡Qué disparates no hacen ustedes! El otro día subió al púlpito, en

Santa María, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de

ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal;

que no saben ustedes nada de latín ni de historia, y yo creo que

tiene razón. Porque, ¡cuidado que hacen ustedes tonterías! Y no los

otros, sino usted, don Eugenio. Como aquí, cuando estaba usted en

la Milicia de caballería, que tenía usted que pagar el caballo, el

uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes

y los asistentes de los demás. Usted está algo trastornado, don

Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere

seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado,

ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. ¡Parece mentira

que un hombre listo sea tan tonto!

Su madre me dice que está fastidiada con los milicianos, que van

todos los días a su casa a decirle que por qué no viene usted, que

entre los liberales hay divisiones.

Su madre no sabe qué contestarles. Por un lado, se alegra de que

usted no esté en Aranda. Si ha de seguir usted así, lo mejor será

que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aquí le van a dar un

disgusto.

Su amiga,

TERESA.»

Aviraneta se había acostumbrado a esta correspondencia, y todas las

semanas escribía a Teresita una larga carta y le enviaba algún regalo.

Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompañó a su

madre a Madrid.

IV

EL AVANCE ABSOLUTISTA

A principios del año 1823, Jorge Bessieres, obligado por Mina a salir

de Cataluña, se dirigió a Aragón y entró en Fraga y en Mequinenza.

La Regencia de Urgel le había dado el mando de esta ciudad. Organizó

Bessieres en ella, en colaboración con el padre Talarn, su tropa, que

ascendía a unos tres mil hombres, y se dispuso a seguir camino de

Madrid.

Durante su estancia en el pueblo aragonés, sus diferencias con Adán

Trujillo, el presidente de la Junta Suprema de Mequinenza, estuvieron a

punto de producir choques y que ambos jefes viniesen a las manos.

Adán Trujillo mandaba a la Regencia de Urgel informes contra Bessieres;

le acusaba de masón, de tener relaciones con los liberales, y de no

darse prisa en la organización de sus fuerzas. La Regencia ordenó a

Bessieres que saliera lo antes posible de Mequinenza y se acercara a

Madrid alarmando los pueblos.

Bessieres se aproximó a Zaragoza el 4 de enero e intimó la rendición de

esta ciudad el 5, intimación que fué despreciada; hizo otra tentativa

inútil sobre Calatayud y comenzó a internarse en Castilla.

Bessieres no tenía en su viaje un fin claramente concebido. Pensaba

llegar hasta donde pudiese; pero si la casualidad hacía que fuera de

éxito en éxito y de fortuna en fortuna, entonces pensaba entrar en

Madrid, apoderarse del rey y de su familia, ponerlo a la cabeza de las

tropas y marchar hacia el Norte.

Fernando VII estaba enterado del proyecto y lo aprobaba.

En su marcha se incorporaron a Bessieres Carlos Ulman, que llegaba de

Peñíscola con más de mil hombres y doscientos caballos, reclutados en

Castellar, y Rafael Sempere.

Sempere se había levantado primeramente en Benazal con sesenta hombres,

y después de varios encuentros, afortunados para él, con los liberales,

su partida había crecido hasta formar una brigada.

Poco después se unieron a Sempere el comandante Prats y el carretero

Ramón Chambó.

Chambó tenía una partida de cien hombres en el Maestrazgo y había

sustituído al cabecilla Rambla. Sempere, con un núcleo de fuerzas

importantes, tomó Segorbe, donde cogió un botín importante, y después

avanzó hacia Castilla para unirse a Bessieres.

Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco después con

las de Capapé y las del ex coronel Nicolás de Isidro.

En conjunto formaron una hueste de más de cinco mil infantes y de cerca

de mil lanceros.

El Gobierno destinó a la persecución de estas fuerzas a los generales

don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.

Cerca de Calatayud, Carondelet salió al encuentro de los facciosos, los

atacó, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados

prisioneros.

El 11 de enero, Antonio Martín, capitán de caballería, hermano del

Empecinado, volvió a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se

hallaba en las proximidades de Molina de Aragón, y le hizo algunos

muertos y setenta y dos prisioneros.

A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia

Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballería

para su tropa.

Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Coeli y pedía al

Ayuntamiento de Sigüenza que quitara de la plaza la lápida de la

Constitución, símbolo de _irreligión y de licenciosidad_, según decía

el antiguo republicano.

Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Coeli y avanzaban

hacia Guadalajara, el pánico en Madrid fué terrible. Se sabía que

estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capapé, Chambó y el

ex coronel Nicolás de Isidro. Tales datos hacían creer a la gente en

contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el número de los facciosos

más que a tres o cuatro mil; que éstos ascendían al doble o quizá al

triple.

El peligro era grande; la guarnición de Madrid, exigua, no bastaba

para defender la ciudad; se sentía la ramificación reaccionaria con el

movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se veía que algunos

políticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista,

paralizando en lo posible la acción del Gobierno.

La Milicia voluntaria de Madrid pidió a las Cortes, como favor

especial, pues la disposición de la ley no le autorizaba a hacer este

servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra

los facciosos. La petición se aprobó por unanimidad y se designaron

los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que

salieran a luchar. En Madrid se preparó una columna de dos mil hombres

de infantería, quinientos caballos del regimiento de Alcántara y cinco

piezas de artillería. Esta columna estaba mandada por don Demetrio

O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares

sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueño, de origen irlandés,

muy católico y franc-masón.

El 16 de enero había salido de la corte O'Daly con sus fuerzas.

Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.

El día 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcalá la

partida de cuatro compañías de milicianos que marchaban a Guadalajara.

Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las órdenes de varios jefes

populares, entre ellos Beltrán de Lis, que pensaban unirse a las

fuerzas del Empecinado.

El Ayuntamiento de Madrid reunió todas las diligencias, tartanas,

calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los

nacionales. El espectáculo era de lo más desordenado y lamentable;

la gente del pueblo, la mayoría deseosa de que derrotasen a los

milicianos, les dirigía bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en

la mayor confusión. Hablaban, reñían, disputaban en corrillos, sacaban

a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcalá, ocupada por

la masa de público y por los milicianos discutidores y chillones, era

como el símbolo de la sociedad y de la Revolución española.

Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle

abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acercó a Aviraneta:

--¿Qué pasa?--preguntó don Eugenio.

--En el café hay dos lanceros que le andan buscando.

Estos lanceros traían una carta del Empecinado. Aviraneta abrió la

carta. Don Juan Martín le decía que necesitaba de él; que le nombraba

secretario de campaña y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el

Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.

Aviraneta pidió el caballo, y poco después, entre los dos lanceros,

pasaba por la Puerta de Alcalá, alcanzaba a los milicianos y seguía

adelante.

V

CASPUEÑAS Y BRIHUEGA

SALIERON Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus

caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá,

hacia las Ventas del Espíritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron

hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía

negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso

retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.

A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no

hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica

aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso,

morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de

ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas

capas, se veían recorrer los campos.

Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la

lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se

acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un

hombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía

quiénes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban

lejos o cerca.

Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir

y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete

mulas con la cabeza baja.

Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se

destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció

la silueta de Alcalá.

Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la

mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo

nuevo, se puso en marcha.

Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres

puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido

que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.

Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y

Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta

los huesos.

--Es un buen comienzo de expedición--murmuraba entre dientes.

Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le

trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 14 / 17 段