Yo, si fuera Gobierno, ¿sabe usted lo que haría? Perdone usted que

exponga mi opinión. Pues comenzaría, desde ahora, a arreglar las

murallas de Cádiz y a artillar bien los alrededores. Si la guerra

estallara inmediatamente, cogería al Rey y lo llevaría allí. Luego

amontonaría en Cádiz la tropa más segura, dejando abiertas las

demás ciudades. Y defendería Cádiz durante seis meses o un año, y

si la cosa salía mal, cogería a nuestro repugnante Soberano y lo

mandaría ahorcar.

Me vuelvo a España dentro de unos días, porque creo que no tengo ya

nada que hacer aquí.

_A._»

XI

LOS SARGENTOS DE LA ROCHELA

AVIRANETA había aplazado la marcha a España al recibir aviso de la Alta

Venta Carbonaria, de París, para que se quedara.

Iban a ejecutar a los cuatro sargentos de la Rochela, y el Comité

director necesitaba todos los hombres de buena voluntad para intentar

salvarlos.

Se había pensado en sobornar al encargado de su custodia, y éste pedía

sesenta mil francos.

Al saberlo se hizo una suscripción, que encabezó Lafayette; se

reunieron los sesenta mil francos, y en el momento mismo en que los

agentes carbonarios entregaban el dinero al vigilante de la cárcel

fueron sorprendidos por la policía.

Entonces el Comité director decidió salvar a los sargentos a viva

fuerza cuando los llevaran al patíbulo.

El jefe de la intentona debía ser el barón de Fabvier. Aviraneta fué

invitado a marchar en el grupo con el barón.

Era Fabvier hombre de mediana estatura, fuerte, ágil, atrevido y

rápido; iba afeitado completamente; tenía la cara redonda y muy

expresiva y parecía un actor.

Era Fabvier uno de los aventureros románticos de la época; había

sido en Ispahan el amigo del shá de Persia y el instructor de sus

tropas: había peleado en España a las órdenes de Marmont; conspiró en

Francia contra los Borbones, y se distinguió después en la lucha de la

independencia de Grecia.

Se citaron los carbonarios por la mañana, delante del reloj de

la Conserjería. Habían sido trasladados a esta cárcel los cuatro

sargentos. Se decía que conservaban la serenidad y que estaban

convencidos de que el pueblo los salvaría.

Aviraneta se presentó armado con dos pistolas y un bastón de estoque a

la hora de la cita, y formó en el Estado Mayor de Fabvier.

Algunos grupos de carbonarios se veían en medio de la bruma y se

distinguían por sus pañuelos rojos anudados al cuello.

Al amanecer salió la carreta del muelle del reloj, y, atravesando el

río, tomó la dirección hacia la plaza de la Greve, seguida de una

enorme masa compacta.

El tiempo estaba brumoso y obscuro; las tiendas, cerradas.

Fabvier comenzó a dar órdenes a sus lugartenientes, mandándoles que

al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y

al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los

carbonarios se enredarían a puñaladas y a tiros con los soldados y

gendarmes, se confundiría a los reos con la multitud, se les pondría

trajes prestados y se les haría escapar.

Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pájaro, hubiesen

notado que a los lados de la carreta de las víctimas no se abría la

masa de gente en un surco, sino que, acompañando al carro, iba un grupo

compacto de hombres.

Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que

esperaban la salvación. Los cuatro eran jóvenes. Se decía que el mayor

no tenía más de veinticinco años.

Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera más

despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conocía

por su tipo, avanzaban entre la gente como una cuña.

Fabvier esperó el movimiento ordenado por él; pero no se verificó.

--Vamos nosotros--dijo el barón a Aviraneta y a otros amigos.

Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los

treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barón, se acercaron a la

carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fué imposible.

Más de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un núcleo

impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron

incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.

--Estamos perdidos--murmuró Fabvier con angustia--; han tomado sus

disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra

gente en la plaza de la Greve y atacamos allá.

--Convendría que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos

lanzásemos nosotros en la confusión--dijo Aviraneta.

--Sí; estaría bien.

Fabvier llamó a un joven y le ordenó que un grupo de carbonarios

marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que,

reunidos, gritaran: «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», con el

objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.

El joven salió de prisa; Fabvier se quedó solo con Aviraneta, marchando

ambos detrás de la comitiva.

La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve

y atacar inmediatamente a la tropa.

--¿Cuántos hombres cree usted que habrá?--preguntó Aviraneta.

--Se han comprometido doce mil. Yo espero que habrá seis mil, tres

mil...

Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta

desembocar en la plaza de la Greve.

El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercándose

al lugar de la ejecución. Sobre las cabezas de la multitud se veía

la guillotina y la cuchilla, que brillaba pálidamente a la luz de la

mañana.

Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el

punto indicado por el barón había hasta setenta u ochenta hombres

afiliados a la Venta Carbonaria. Los demás habían desaparecido.

Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.

A pesar de su corto número, estaban todos dispuestos a intentar un

ataque a la desesperada.

--Esperemos un momento--dijo Fabvier.

En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. «¡Viva la Carta! ¡Viva

la República!», se escuchaba distintamente.

Hubo algún movimiento entre la tropa.

Fabvier miró a los suyos.

--¿Estamos?--dijo--. Adelante.

Aviraneta desenvainó el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.

La gendarmería de a caballo se había dado cuenta del movimiento y se

lanzó sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo quedó

deshecho.

Aviraneta se encontró desarmado y solo.

--¿Qué hace usted aquí?--le dijo un guardia.

--Soy extranjero. He venido por curiosidad.

--Bueno. Vamos, vamos. A su casa.

Aviraneta avanzó por un puente. Un sol pálido iluminaba las guardillas

de la orilla izquierda del río...

XII

DESPEDIDA

AL acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana

vió, desde lejos, el pañuelo rojo atado al hierro del balcón. Era la

señal de alarma.

Aviraneta volvió sobre sus pasos, entró en un restaurante a comer, y se

dirigió después a la librería Eymery, de la calle Mazarina.

Preguntó si había alguna carta para él; no había ninguna, y fué a dar

un paseo por el jardín del Luxemburgo. A media tarde volvió por la

librería, y el dependiente salió a entregarle una carta. Era de la

Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consiguió. Decía

así:

«Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido

muchos onbres de la calle de Jerusalén con el Espión a buscarle a

usted y que me boy con el señor marqués de Vieuzac porque no puedo

bibir así y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si

usted me quisiera yo no me hiría, aunque me dieran todo el oro del

mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la

Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que

se case usted con ella y sean felices. A usted no le importará pero

estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francés.

Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted

me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre,

siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted

enemigo de dios y de la rreligión.

»Adios don Ugenio adios adios. Ya rezaré todos los días por usted

para que sea feliz. Los pañuelos planchados de usted los han

traido oy y están en el armario a la izquierda. Perdone usted la

letra.--Su segura serbidora, _Soledad Castrillo_.»

Aviraneta, al leer la carta, quedó sorprendido y entristecido. La Sole

era una muchacha buena y simpática, a quien iba tomando cariño.

--En fin--murmuró--, es lo mejor que le podía pasar. ¿Quién sabe si

dentro de unos años veremos a la Sole hecha una madame Cabarrús?

Aviraneta escribió al dueño del hotel de Embajadores diciéndole que

iría a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la

policía.

Lo hizo así, y por la mañana tomó la diligencia para España.

XIII

EL JARDÍN DE ETCHEPARE

AL llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare había muerto. El

caserío Iturbide estaba cerrado.

Aviraneta se acercó a una casa próxima que se llamaba Beguibelchenea,

y la mujer de este caserío salió con las llaves a abrir las puertas de

Iturbide.

--¿Es usted el sobrino del señor Gastón?--le preguntó la mujer.

--Sí.

--¿Qué piensa hacer con esta casa?

--¿Yo?

--¿Pues no sabe usted que es el heredero?

--No, no lo sabía.

--Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrán que leer

el testamento.

--Iré después.

La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta

recorrió las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego bajó al

jardín donde paseaba su tío.

El jardín de Etchepare era muy hermoso. Estaba en declive, orientado

al mediodía, sobre una duna próxima al mar. Tenía alrededor una tapia

más alta hacia el norte y el oeste para proteger las plantas del viento

frío y marino.

Etchepare, como jardinero, había buscado el defender su huerto del aire

del mar; pero quería, sin duda, gozar de su vista, y en un ángulo de

las dos tapias altas había construido hacía años un pequeño cenador,

como una garita. El cenador estaba ya deshecho, con las maderas

podridas; únicamente parecía sostenerle el tronco de una glicina añosa,

que le estrujaba como una serpiente con sus anillos.

Desde el cenador se dominaba la costa. Se veía avanzar en el mar las

rocas de Hendaya; luego, el cabo Higuer, con su faro, que de noche

brillaba, y más lejos, la costa vasca de España, la isla de Guetaria y

el cabo de Machichaco.

Por el lado de tierra se veía el comienzo de los Pirineos; cerca se

destacaba solitario el monte Larrun, y tras él se alargaban en la

niebla las montañas de Navarra.

A todo lo largo de la tapia, que daba hacia el mar, los pinos y los

cipreses formaban una cortina contra el viento.

En la parte baja del jardín, la más templada, tenía Etchepare sus

hortalizas.

En los rincones, en los ángulos de las tapias, en los sitios sombríos,

Etchepare había plantado rosales, enredaderas, madreselvas, que cubrían

las paredes y las llenaban de hojas verdes y de campanillas ligeras de

varios colores.

En un extremo del jardín se levantaba una alta magnolia, con una gran

flor blanca; en el otro, uno de esos arbustos que llaman Júpiter, casi

redondo, se ofrecía a los ojos en aquel momento, con sus mil flores,

como una bola roja llena de pompa y de riqueza.

Al pasear por aquellos caminos, Aviraneta comprendió el gran amor del

viejo Etchepare por la tierra, su culto vagamente panteísta por las

hierbas, los árboles y las flores.

¡Qué vida la de Etchepare! Sin ambición, contemplativo, enamorado de

la Naturaleza, había pasado allí una existencia tranquila y feliz.

Quizá todavía quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor;

quizá sentía la voz querida en el murmullo del viento, y la figura

amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.

Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la

costa. No tenía relaciones sociales. Sus amigos eran los árboles, las

rosas, una nube que sonreía en el cielo, un faro que guiñaba a lo lejos

su roja pupila...

La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le contó

a Aviraneta los últimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de

la República había muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama,

venida de París, estuvo acompañándole los últimos días.

Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al último ella

transigió. La mujer de Beguibelchenea solía ver a los dos hablando

constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del árbol

rojo.

El otoño había sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los

otoños vascos. Al caer las hojas, suavemente, había partido el viejo

solitario para su último viaje.

Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el médico y un guarda, que

fué soldado en tiempo de la Revolución, se presentaron en la casa.

Al día siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desaparecía.

Aviraneta salió de Iturbide, y después, a la caída de la tarde, entró

en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su tío.

El tiempo estaba espléndido. En el cielo azul brillaban grandes y

espléndidas nubes rojas.

Aviraneta buscó la sepultura y la encontró. La tierra estaba recién

removida, y en la losa nueva se leía:

AQUÍ YACE

GASTON D'ETCHEPARE

SOLDADO DE LA REPÚBLICA

1760-1822

El rebelde había tomado su puesto entre los demás convecinos; allí

aguardaría su cuerpo hasta convertirse su substancia en la verde

hierba, en las amarillas flores que tanto había amado.

XIV

AL ENTRAR EN ESPAÑA

AL día siguiente, Aviraneta fué a San Juan de Luz, adonde se había

trasladado la viuda de Arteaga. Mercedes le dijo que su padre vivía en

Laguardia con su hermano mayor, que estaba casado y con hijos. Ella no

quería ir ni a Pamplona ni a Laguardia.

Después de saludar a Mercedes y de besar a Corito, Aviraneta se dirigió

a España.

Estaba la frontera llena de partidas realistas; en Irún era Aviraneta

conocido y no le pareció muy prudente entrar por allá llevando papeles

en la maleta. Así que, desde San Juan de Luz, a caballo, entró en

España por Vera de Navarra.

La primera persona con quien se topó en Vera fué el teniente Leguía,

que, según le dijo, iba a salir, a la mañana siguiente, camino de

Elizondo con su tropa.

Fermín Leguía le habló de una cuenta pendiente que tenía con el prior

del convento de capuchinos de Vera y con el párroco de la iglesia.

Leguía estaba dispuesto a perseguirlos y a no dejarlos en paz hasta

aplastarlos.

Fermín le dijo que por aquellos contornos se repetía, como un refrán,

este dístico en vascuence:

Veraco, Fermín Leguía,

alderaco, contraco baño obía.

(Fermín Leguía, el de Vera, mejor para amigo que para enemigo.)

Fermín andaba con una partida de ciento sesenta hombres; ochenta de la

cuarta compañía del batallón ligero de cazadores de Pamplona, cincuenta

a sesenta de Hostalrich y Bailén y veintitantos del resguardo oficial.

Fermín recorría el Bidasoa y el Baztán; pensaba atacar a los

absolutistas que se habían apoderado de Valcarlos, y pegar fuego el

mejor día al convento de capuchinos de Vera, a la parroquia y hasta al

pueblo.

Leguía invitó a Aviraneta a cenar con él, y por la noche fueron los dos

a una taberna de Alzate, donde se reunían sus amigos. Hablaron largo

rato, tomaron café y aguardiente, y Leguía, animado, le dijo a uno de

sus amigos:

--¡Berécoche!

--¿Qué?

--¿Tienes la filarmónica en casa?

--Sí.

--Pues tráela. Vamos a dar serenata a los amigos.

Berécoche salió de la taberna; Aviraneta y Leguía siguieron hablando y

bebiendo hasta que llegó Berécoche con el acordeón.

Berécoche era hombre intrépido y jovial, que hablaba por apotegmas.

Trajo un acordeón nuevo con un letrero en marfil, donde se leía:

«Altemburgia», y comenzó a tocar en él.

Leguía se puso una boina y se embozó en la capa.

--¡Hala! Vamos todos al convento--dijo Leguía--. Eh, tú, Errotachipi,

Errotari, Chamburne. ¡A formarse! Uno... dos... ¡Adelante!; y cogiendo

su palo como una batuta, marcó el compás, y cuando Berécoche comenzó

con un pasodoble, dió media vuelta y siguió andando.

Luego se acercó a Aviraneta.

--Me tienen un odio terrible en el pueblo--le dijo riendo--; les estoy

dominando por el terror.

Al son del acordeón, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta

el convento de capuchinos, y Leguía mandó a Berécoche que tocara el

_Himno de Riego_. Berécoche lo tocó.

--«¡Viva la Libertad! ¡Viva Riego! ¡Viva Mina!»--gritaron los amigos de

Leguía.

El convento, grande y negro, parecía agazapado en la obscuridad. Uno de

los amigos de Leguía cogió una piedra y la disparó con toda su fuerza.

La piedra dió en una de las ventanas, y se oyó una voz que gritaba:

--¡Granujas! ¡Miserables!

--Ahora al pueblo--dijo Leguía.

Comenzó de nuevo a tocar el acordeón, y los amigos de Leguía, saltando

y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de

nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.

Aviraneta se retiró a su posada a dormir.

Al día siguiente Fermín le preguntó a Aviraneta si necesitaba algún

guía, y habiéndole dicho que sí, le prestó dos hombres para que le

acompañaran: Errotachipi y Arroschco.

Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los

dos eran fuertes y marchaban más de prisa que el caballo que montaba

Aviraneta.

Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por

la orilla del Bidasoa salieron a Zalaín y comenzaron a subir Baldrun y

después Escolamendi. Al medio día llegaron para comer a la ermita de

San Antón, en el límite de Navarra y Guipúzcoa, enfrente de la Peña de

Aya.

Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Peña de Aya

se levantaba allá como una pared cortada a pico, de quinientos o

seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado

por la enorme muralla de granito, se veían unas cuantas ferrerías

abandonadas y derruídas.

La ermita de San Antón tenía adosada una venta, y en ella entraron

Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conocía

y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en

medio, les sirvió la comida.

Después de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por

Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y allí se despidieron

de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.

Al día siguiente, Aviraneta tomó de nuevo la diligencia para Madrid,

donde se presentó a don Evaristo San Miguel, que le dió las gracias por

sus servicios.

LIBRO SÉPTIMO

EL INVIERNO

I

LA SITUACIÓN

AL final de 1822 la situación en España era desdichada. De un extremo

a otro la Península ardía; las partidas absolutistas brotaban como del

fondo de la tierra armadas y equipadas.

En el Norte, don Carlos España, Quesada y Abuin espiaban el momento de

entrar con sus fuerzas camino de Madrid; don Santos Ladrón estaba entre

Lumbier y Pamplona; Juanito el de la Rochapea, en las Cinco Villas

de Navarra; Castelar y Guergué, en el Roncal; Uranga y el Fraile, en

Alava, reclutando gente por los alrededores de Santa Cruz de Campezu.

Además de estos, Antoñana y Gambarte campeaban en la ribera del Ebro,

y Castor, Zabala, Gorostidi, Eraso, Uranga, y otros muchos, formaban

partidas en los pueblos vasconavarros.

Contra estos cabecillas operaban constantemente los liberales; Torrijos

había batido a Ladrón y a Uranga; Fermín Iriarte, Chapalangarra y López

Baños no dejaban descansar a sus tropas.

Además de las columnas grandes había pequeñas partidas, como la de

Leguía en Navarra, la de Mantilla en Alava y la de Arana en Logroño.

A mediados de invierno Torrijos entraba en Burguete y tomaba el fuerte

de Irati, y Leguía desalojaba a los absolutistas de Valcarlos.

En Castilla se había vuelto a presentar Merino con sus antiguos

partidarios. Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, Cuevillas, el

Rojo de Valderas y otros, operaban en combinación con el Cura.

Entre Aragón y Valencia, y por la parte del Maestrazgo, andaban Chambó,

Rambla, Capapé, la partida de los Chicos de Calatayud y otra porción

de facciosos sueltos. Cada partida era perfectamente autónoma. Había

algunas juntas realistas, como la Junta Suprema de Mequinenza, pero

nadie la hacía caso.

De los más importantes cabecillas aragoneses era Capapé, que luego tuvo

también importancia por una sublevación de carácter realista.

Capapé estuvo a punto de ser condenado a muerte, siendo brigadier, en

1824; pero se defendió mostrando dos cartas del infante don Carlos, en

las que le incitaba a la rebelión.

Joaquín Capapé era un carretero de Alcañiz convertido en soldado

durante la guerra de la Independencia.

Se le llamaba de apodo el _Royo_. Había querido ser oficial de los

voluntarios liberales de Alcañiz, y como no pudo conseguirlo, se alistó

entre los realistas.

Capapé estaba casado con la hermana de un fraile dominico llamado

Garzón. Esta, Pepa Garzón, apodada la _Morena_, era una mujer un poco

alborotada y escandalosa, que acompañaba al marido en sus empresas

guerreras, y que murió en Alcañiz durante el cólera del 34.

Rambla y Ramón Cambó eran cabecillas ignorantes y bárbaros.

Respecto a la partida de los Chicos de Calatayud, la mandaba Mosén

Manuel Oroz. Esta partida se disolvió después del 7 de julio, y Oroz

apareció más tarde en Navarra con otra partida.

La Junta de Mequinenza la dirigía don Juan Adán Trujillo, que formó un

batallón, que luego se incorporó a las tropas de Bessieres.

El Empecinado había luchado con las partidas de Aragón y había

derrotado a Capapé en Almonacid de la Sierra, donde le cogió cerca de

400 prisioneros.

En la Mancha, Andalucía y Murcia, las partidas realistas eran más de

bandolerismo que de facción.

Los compañeros del guapo Francisco Esteban de Davalillos y de Jaime

el Barbudo se habían convertido de pronto en soldados de la Fe. En

la Mancha alta Manuel Adame, el _Locho_, de chico porquero y luego

basurero en Ciudad Real, ex guerrillero también de la Independencia, se

había echado al campo, y llegó a tener mil quinientos caballos.

El _Locho_, un fraile capuchino teniente suyo y Palillos se pasearon

por la Mancha con unas buenas mozas, y al entrar en Toledo se llevaron

de las platerías toledanas unos tres millones de reales.

En Valencia merodeaban Rafael Sempere y el suizo Carlos Ulman.

En Cataluña abundaban los cabecillas facciosos como en ninguna otra

región. La mayoría eran guerrilleros a quienes la vida tranquila y

pacífica no seducía.

Uno de los más célebres fué el Trapense, Antonio Marañón, capitán de la

guerra de la Independencia.

Marañón era un jugador y un perdido, y un día, pasada la guerra,

desapareció en un convento de la Trapa. A los seis o siete años volvió

a aparecer como cabecilla realista, montado en un caballo blanco, con

un látigo en una mano y un crucifijo en la otra, y acompañado de una

extranjera hermosa y valiente, Josefina Comerford. El Trapense, después

de dejar un rastro de crímenes y de violencias, y de llegar a mariscal

de campo, volvió desde Logroño, por orden del Gobierno, al convento de

Santa Susana.

Guerrilleros célebres entre los catalanes eran Misas, Romagosa, el Jep

d'Estany y Mosén Antón.

Misas, postillón de Figueras, había estado en una partida de

guerrilleros de la Independencia capitaneada por un tal Pujol, que

murió ahorcado.

Misas se llamaba así porque cuando era ladrón parte del producto de sus

robos lo empleaba en decir misas. Misas tuvo su partida de bandidos,

y estuvo en la cárcel varias veces, hasta convertirse en un jefe

realista, que mandaba un núcleo de fuerzas importantes en el Ampurdán.

Romagosa, el carbonero de Labisbal, hombre muy fuerte y muy bruto,

llegó a brigadier, y fué fusilado a principio de la guerra carlista por

el general Llauder.

El Jep d'Estany, apellidado Bosons, era un individuo inquieto,

turbulento y audaz. Poco después de la guerra de la Independencia fué

enviado a galeras por Lacy. Estuvo siete veces condenado a muerte,

hasta que fué preso y fusilado por orden del conde de Mirasol. En

capilla, este defensor de la fe anduvo a bofetadas con el fraile

que quiso confesarle. En la época constitucional tenía su centro de

operaciones a orillas del Segre.

Mosén Antón Coll, cura de Vich, era el que en tiempo de la guerra de la

Independencia había levantado a los estudiantes catalanes.

Además de éstos, campeaban por Cataluña Pablo Miralles, hombre inculto

y bárbaro; Romanillo el _Aceitero_, de Castell-Fullit, violento y

cruel, y otros de menos importancia, como el padre Orri, apodado el

Padre Puñal, que blandía su acero a los gritos de «¡Viva la religión!

¡Muera la patria y la nación! ¡Viva el rey absoluto!» y «¡Mueran las

leyes!»

Toda esta nidada de facciosos se había empollado al calor del fanatismo

y del dinero enviado desde Madrid por Fernando VII.

Este siniestro Borbón hacía todas las maniobras imaginables para

lanzar más absolutistas al campo y para comprar a los militares

constitucionales.

Algunos de estos le inquietaban, sobre todo Mina, por quien tenía un

odio profundo, sabiendo que era insobornable.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 13 / 17 段