Tras de una conspiración tramada por esta última, la mayoría de sus

socios escapó de Francia, y un oficial llamado Dugied fué a Nápoles

y se hizo carbonario.

Volvió Dugied a París con la idea de que había que implantar aquí

el carbonarismo, y habló de esto a todos sus amigos, hasta que los

convenció.

Tres jóvenes tomaron la iniciativa: un estudiante de Medicina

apellidado Buchez, hombre tosco y de energía; un periodista, Amando

Bazard, fundador de la Sociedad Los Amigos de la Verdad, y otro

muchacho llamado Flotard.

El 1.º de mayo del año pasado estos tres jóvenes se reunían en la

mesa redonda de una casa de huéspedes miserable de la calle de

Copeau, casa pobre de un barrio de los más pobres de París.

Se discutió entre los tres amigos la proposición del oficial Dugied

y los estatutos de los carbonari italianos que tenían sobre la

mesa.

Después de una larga discusión, se llegó a varios acuerdos, que

eran éstos:

Primero. Los estatutos de los carbonari italianos no responden ni

al carácter ni a las inclinaciones de los franceses; por lo tanto,

hay que cambiarlos.

Segundo. Al fundar la Carboneria desaparecerán todas las sociedades

de carácter político liberal.

Bazard habló al Consejo administrativo de Los Amigos de la Verdad,

que se mostró conforme; se escribieron los nuevos estatutos y se

fundó la sociedad. Se suprimió en ella todo carácter místico.

Los siete fundadores del carbonarismo en Francia fueron: Bazard,

Flotard, Buchez, Dugied, Carriol, Joubert y Limperani.

Los deberes del carbonario francés son: tener un fusil y cincuenta

cartuchos, estar pronto al sacrificio y obedecer ciegamente a las

órdenes de jefes desconocidos.

Las sociedades carbonarias son civiles y militares.

En la calle, los carbonarios se saludan unos a otros llevando la

mano a la frente, a la manera militar; luego se cruzan las manos

sobre la espalda y se quedan en esta actitud hasta que la persona a

la cual se dirige uno tiende también la mano derecha; entonces se

aprieta fuertemente la mano y después el antebrazo.

Los italianos se reconocen diciendo al dar la mano:

--Fe, Esperanza y Ca... ri... dad...

La palabra Caridad la dicen recortándola, y en la palma de la mano

de quien saludan trazan con el pulgar una C y una N.

Los carbonarios nunca escriben nada; se comunican de viva voz y

se reconocen por monedas partidas o por tarjetas cortadas de una

manera irregular.

Al militar que va a un pueblo de guarnición se le da un trozo de

moneda y a la Venta del pueblo se envía otro.

Una vez constituída la sociedad carbonaria, arraigó

rapidísimamente. En seguida se extendió por los cuarteles y por las

escuelas.

Bazard trabajó en París y consiguió que, más o menos claramente, se

afiliaran los generales Lafayette, Lamarque, el diputado Manuel,

Dupont de l'Eure, el general Thiars. Se comenzaron a pasar revistas

por la noche, y los afiliados hacían el ejercicio en los desvanes,

cubiertos de paja.

Mientras Bazard trabajaba en París, Flotard estaba en el Oeste,

Dugied en Borgoña, Joubert en Alsacia y los demás repartidos por

Francia.

Al año consiguieron cubrir Francia de ventas. La primera

conspiración carbonaria se fraguó entre los alumnos de Saumur, y

tenía que estallar el 22 de diciembre de 1821. Fracasó, y pocos

días después, el 1.º de enero de 1822, abortaba el complot de

Belfort.

La conspiración ésta abortó por varias razones: la principal por

querer poner a la cabeza de gente ardiente y joven hombres viejos y

experimentados.

Se tenía la tropa comprometida en Belfort, Colmar, Estrasburgo,

Metz, Epinal y Mulhouse. Había cinco regimientos completos en la

conspiración y varias compañías y batallones de la zona. En la

línea del Rhin, las ventas carbonarias tenían cerca de diez mil

afiliados.

El movimiento había de ser por el estilo del nuestro de Cádiz.

El Comité directivo lo formaban: Lafayette, Manuel, Dupont de

l'Eure, Voyer d'Argenson, Jackes Koechlin, el general Thiars,

Merilhou y Chevalier.

La gente de acción que iban a dirigir la conspiración eran: entre

los civiles, Bazard, Flotard, Buchez, Joubert, los pintores Ary

Scheffer y Horacio Vernet y otros carbonarios; entre los militares

estaban: el general Dermoncourt, los coroneles Caron, Fabvier,

Pailhés, y los oficiales de menos graduación, Rusconi, Roger,

Armando Carrel, etc.

La indecisión del Comité director fué una de las causas principales

del fracaso.

Caron, el mayor, después de abortar el movimiento de Belfort, fué

engañado por la policía.

El coronel Caron intentaba levantar los regimientos en Colmar.

Los jefes del ejército ordenaron a los oficiales y suboficiales

que dieran aparentemente oídos a las proposiciones revolucionarias

del coronel. Caron, ilusionado, salió de Colmar con un escuadrón

de falsos cómplices; fué de pueblo en pueblo descubriendo él mismo

dónde tenía sus amigos, y al último, preso por sus subalternos,

atado y en una carreta, lo llevaron a Estrasburgo, donde lo

fusilaron.

Al mismo tiempo que el complot de Belfort se preparaba una segunda

conspiración en Saumur, con fuerzas mandadas por el general Berton

y por el teniente de artillería Delon. Al saber el fracaso de

Belfort se pensó en abandonar el proyecto; pero Berton, como hombre

decidido y terco, no quiso cejar. Decidió comenzar el movimiento

en Thonars, y fué allí el 22 de febrero de este año vestido de

general, montó a caballo, enarboló la bandera tricolor y, seguido

de algunos cientos de guardias nacionales, intentó entrar en Saumur.

La tropa le salió al encuentro, y Berton tuvo que dar la orden de

retirarse a su columna. Todos los cómplices desaparecieron; Berton

no quiso hacerlo y, descubierto, ha sido preso y será guillotinado.

Por esta misma época se encontraron tarjetas cortadas y otros

papeles comprometedores a los cuatro sargentos de la Rochela. En su

proceso se demostró que estaban afiliados al carbonarismo.

Estos fracasos de Belfort y Saumur tienen mucha importancia para

nosotros, porque nos privan de fuerzas que podían venir en nuestro

auxilio. Muchos militares están en la cárcel. Ahora mismo se está

celebrando el juicio contra el general Berton y la conspiración

de Saumur, y el fiscal acusa a los liberales, a Manuel, a Foy y a

otros de pertenecer a sociedades secretas. Se intenta amedrentarlos.

Dentro de unos días se va a guillotinar a los cuatro sargentos de

la Rochela. Los carbonarios dicen que los salvarán, que tendrán

doscientos mil hombres en las calles de París. Ya veremos.

_A._»

VIII

LA AYUDA EXTRANJERA

AL día siguiente de escribir esta carta, Aviraneta, acompañado de uno

de los hermanos Bonaldi, fué a casa de un fondista llamado Rossel, de

la calle de Rivoli. En esta fonda había vivido, durante algún tiempo,

uno de los jefes carbonarios, Flotard, y seguía viviendo todavía un

amigo suyo, estudiante de Medicina.

Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por él, y les pasaron a un cuartucho

pequeño que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todavía

joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que

tenía delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin

duda marcada según el sistema de Gall. El estudiante escuchó lo que le

dijeron, y advirtió que había que llamar a un comisionista que vivía

también en la casa.

--Este comisionista--dijo el estudiante--tiene la especialidad de que

fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque

no tiene la protuberancia que Gall señala para la memoria.

--¿Y eso qué importa?--dijo Bonaldi.

--Importa mucho para la ciencia.

--Sí; pero, en fin, nosotros somos políticos, no entendemos de eso.

Decía usted que tiene una gran memoria.

--Sí, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho

les servía de libro de señas.

El estudiante llamó al comisionista y le explicó en pocas palabras el

deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire

insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.

--Si se trata de algo con relación a España--dijo el comisionista--,

lo sabrá Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle

Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. Allí le

encontrarán, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la

calle Lourcine, núm. 23, y pregunten ustedes por él.

El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a

Aviraneta, y explicarles por qué el joven comisionista no tenía la

protuberancia de la memoria señalada por Gall; pero ellos tenían prisa.

Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de

planchado de la calle Lourcine.

La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle.

Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les

preguntó a su vez quién les enviaba; Bonaldi contestó que venían de

casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban

dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial,

hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un señor bajito,

rubio y cano.

Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cómico, hizo las

presentaciones y explicó la misión que llevaba Aviraneta del Gobierno

español.

Chevalier no conocía nada de asuntos relacionados con España. Dentzel

sabía algo por haber oído hablar en casa del general Schramm, donde

se reunían los generales Esteve y Solignac, pues se discutía allá la

posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales españoles.

También había oído decir que el ex coronel Bourbaki, después de

avistarse con el embajador de España, el duque de San Lorenzo, iba a

salir de París hacia Navarra.

El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no

tenía otros. Luego, después, recordó que había un miniaturista español

llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que vivía en la calle

Bergere, y añadió que quizá éste supiera algo.

Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta

volvieron a la otra orilla.

El miniaturista Pastor tenía un estudio muy pobre. Era un hombre

afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de

negro, lleno de manchas.

Este miniaturista, a creerle a él, lo sabía todo; hablaba en tono de

confidencia y de misterio. Su conversación era un continuo aparte.

Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, decía

al dueño: «En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de

queso».

Pastor dijo que se habían visto en París en la semana pasada los

generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para

tratar asuntos de España. El general Lamarque había estado con su mujer

en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.

--¿Y se va a hacer algo?--preguntó Aviraneta.

--Claro que sí. Se organizará una legión francesa en Zaragoza y una

legión inglesa en Galicia; las tropas francesas estarán mandadas por

los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir

Roberto Wilson.

--Esto se dice. La cuestión es que se pueda hacerlo--dijo Aviraneta.

--Por otro lado, Pepé está en relaciones con Lafayette--siguió diciendo

Pastor--. Le escribe firmando miss Wright, y la intermediaria es la

señora Hutchison, que vive en la calle de Clichy, 28.

--¿Y qué puede hacer Pepé?

--Organizar una legión italiana. Fabvier también está con nosotros.

Fabvier, con el nombre de Cabillo Torres, ha escrito varias cartas

al banquero Haguerman, desde Barcelona, explicando a Lafayette la

situación. Fabvier va otra vez a España, desde Londres, con una mujer

que toma el nombre de Sorting, y que es una criada de lady Holland.

Ahora Fabvier está en París.

--Sí. Fabvier estará con nosotros y Pepé y algunos otros; pero son

hombres, no batalladores--dijo Aviraneta.

A Pastor parecía preocuparle poco la realidad de lo que contaba. Le

bastaba con hablar y entusiasmarse.

--El que va a venir con fuerzas perfectamente equipadas es el gran sir

Roberto Thomas Wilson. Wilson es de ideas republicanas, diputado de

la Cámara de los Comunes; está en París en el hotel de Londres, de la

plaza de Vendome.

--¿Pero trae gente?

--Sí, le acompañan Antonio Adolfo Marbot, hijo del general Marbot;

John Braandon y John Hickes, radicales ingleses, y dos carbonarios

italianos, Santini y Rossi.

--Los conozco--dijo Bonaldi.

--Por último--exclamó Pastor--, tengo una noticia importantísima.

--¿Y es?

--Que los liberales franceses van a enviar a Benjamín Constant a España.

De la charlatanería del miniaturista, Aviraneta quedó convencido de que

no sabía nada, probablemente porque no había tampoco nada preparado.

IX

LA SOLEDAD

LA situación entre la Sole y Aviraneta iba haciéndose cada día más

extraña. Aviraneta se entendía bien con ella; pero su vida era tan

agitada y movida, que no tenía apenas tiempo de hablarla.

La Sole, por su parte, era muy mimosa, y necesitaba que alguien se

ocupara constantemente de ella.

Don Eugenio defraudaba sus esperanzas; la dejaba sola durante largo

tiempo; si ella le hablaba, él sonreía distraídamente, siempre pensando

en sus enredos políticos.

La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si éste hubiese sido como

las demás personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginación

estaba siempre en movimiento.

La Sole comenzó a unir la desilusión de no atraer al hombre con quien

vivía con el miedo.

Al principio, no; pero poco después comenzaron a presentarse en el

hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la

policía. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino

que fueron a interrogar a la Soledad.

La muchacha quedó aterrada.

El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el

Espión, y la Soledad, también, creyendo que éste sería su nombre.

El Espión era un tunante de unos cuarenta años, fuerte y rojo. Tenía

la cara irónica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas.

Vestía levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y

sombrero de copa de alas anchas, a la Bolívar. Gastaba un garrote,

sobre el que se apoyaba en una actitud cínica y desafiadora. A las

órdenes del Espión andaban dos hombres que, según dijo el mozo del

hotel, eran dos finos sabuesos de la policía: el padre Chicard y

Gargouille.

El padre Chicard era un viejo pálido y muy pequeño, tan rapado, que

no tenía apenas cuerpo. Vestía una hopalanda desteñida y andaba

deslizándose como una sombra. El padre Chicard solía estar tan

ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espía. A veces su

mirada se iluminaba con una sonrisa irónica y aguda.

Gargouille era un pequeño monstruo: tenía una cara de sátiro alegre y

cómica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba

los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso

grotesco, como el de los cómicos de melodrama y los cantantes de ópera.

El padre Chicard y Gargouille solían estar los dos en frente del hotel

de Embajadores a la puerta de una casquería, en la que había unas

cabezas de ternera muy pálidas y melancólicas en el escaparate.

Un día se presentó un joven rubio, elegante, que sabía algo de

español. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo

una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un

carbonario, que tenía una misión secreta y espantosa; que lo mejor que

podía hacer era abandonarle. La Sole se echó a temblar.

--¡Qué voy a hacer yo, Dios mío!--dijo llorando.

--Una mujer tan bonita como usted siempre encontrará quien la ofrezca,

no una morada, sino un trono--le dijo el joven.

La Sole le miró por entre sus lágrimas y no contestó.

Al despedirse, el joven dejó su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:

EL MARQUÉS DE VIEUZAC

El marqués pidió a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo

concedió.

El saber que Aviraneta era un bandido no aminoró en nada la simpatía

que tenía por él la Soledad.

Esta no le habló de la visita del marqués, empleado en el Ministerio;

le dijo únicamente que había gente que preguntaba por él en la portería

y que le espiaba.

--La gente de la calle de Jerusalén--dijo Aviraneta, como si el hecho

no tuviera importancia.

--¿Quién es esa gente?

--La policía--contestó él con indiferencia.

La Sole quiso convencerle de que debía dejar los asuntos tenebrosos en

que estaba metido, y Aviraneta escuchó estas palabras riéndose.

--No tengas miedo; ya dentro de unos días nos volveremos a España--dijo.

--¿Y por qué no en seguida?

--Hay que esperar hasta el veintiuno de septiembre.

--¿Para qué?

--Porque ese día van a ejecutar a cuatro sargentos, y nosotros los

vamos a salvar.

--¿Quiénes sois vosotros?

--Nosotros, los revolucionarios.

La Soledad comenzó a llorar, pidiendo a Aviraneta que no se mezclara en

estos asuntos, porque le iban a cortar la cabeza. Aviraneta se rió y

tranquilizó a la muchacha.

Unos días después volvieron los de la policía y pasaron largo tiempo en

el portal.

Aviraneta no quería encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que,

cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusalén en acecho, atara

un pañuelo blanco en el hierro del balcón. Entonces él le mandaría un

aviso diciéndole en dónde le podía encontrar.

Si en vez de esperarle nada más los de la policía, querían prenderle,

la Soledad pondría un pañuelo rojo, y en seguida escribiría una carta

diciéndole lo que pasaba a la librería de Eymery, y la enviaría por el

mozo del hotel.

La Soledad tenía mucho miedo al Espión y a los hombres de la calle de

Jerusalén; pero prometió hacer las señales que le pedía don Eugenio.

Un día Aviraneta se enteró por el dueño de la fonda que el joven rubio

entraba en su cuarto. Un domingo por la mañana, en que Soledad se

preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se

fué la muchacha saltó de la cama, abrió con el cortaplumas un armario

donde ella tenía su ropa y encontró dos cartas del marqués de Vieuzac.

En una de ellas el marqués le hacía grandes protestas de amor; en la

otra le decía que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quería,

él contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle

deportado para siempre.

Aviraneta castañeteó los dedos, y murmuró:

--¡Diablo!

Don Eugenio esperó a que volviera la muchacha, para tener una

explicación con ella.

Entró la Soledad una hora después, y Aviraneta le dijo lo que había

descubierto. Ella, llorando, le confesó que era verdad; pero que no le

quería al marqués; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a

España, y que él dejara aquellos asuntos políticos tan peligrosos.

X

ÚLTIMA CARTA

DOS días después, Aviraneta escribía al ministro:

«Amigo S.:

He seguido todas las pistas que me han indicado. Estoy convencido

de que no hay nada serio organizado en París a nuestro favor.

Se podrán contar con los dedos los hombres que vayan voluntarios a

España; no llegarán a mil. Todas las Ventas carbonarias de Francia

excitan a que se hagan suscripciones y alistamientos; pero esto, si

marcha, marcha muy despacio.

Convendría respetar las Ventas carbonarias de España, por pequeñas

que sean, para que puedan servir de punto de reunión de los

liberales y extranjeros.

No sé cuántas hay; me han dicho que Guillermo Pepé, a su paso por

España, ha fundado algunas.

Como le digo a usted, no hay nada serio; todos son «Se dice...»

Se dice que el Ejército francés no tiene entusiasmo por servir a la

Santa Alianza.

Se dice que no encontrará dinero para hacer la guerra.

Se dice que se mandarán banderas tricolores al Ejército

constitucional español y que se pasarán los franceses.

Se dice que el banquero Lafitte dará dinero para formar una

división, que mandará Lafayette.

Se dice que a mediados de otoño España habrá organizado un ejército

de ciento ochenta mil hombres para oponerse a los franceses, el

cual llevará por vanguardia una legión francesa con la bandera

tricolor, y que esta legión estará mandada por el príncipe Eugenio

de Beauharnais.

Se dice que el general Foy está en relación con los españoles, y

que la Lamarque se ha ofrecido a Mina.

No me parece esto fácil, porque Foy y Lamarque dejaron en España un

recuerdo de violencias y crueldades difícil de borrar.

De estos proyectos podría ser importante el que Lafayette viniese a

España a luchar contra la Santa Alianza; pero dudo que lo haga.

Irán solamente los exaltados: Wilson, Fabvier, Caron, Cugnet de

Montarlot, Armando Carrel, y no podrán hacer gran cosa.

Algunos están ya en camino; van por Perpiñán a luchar en Cataluña

con Mina, en la legión extranjera de Pachiarotti. Entre los

franceses van Carrel, Joubert y otros del complot de Belfort.

Entre los italianos marchan el general Regis, el teniente coronel

Ansaldi y el oficial Sormami, alistados como soldados; otros se

incorporarán en Gerona con el coronel Olini. El general Rossaroll,

que fué el último que defendió la Constitución napolitana en

Mesina, debe estar también en Barcelona. No hay organización

liberal fuerte; la masa no responde; la Francia republicana está en

un período de cansancio.

En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo.

La Junta católica de España y el partido jesuítico de Francia

organizan en París, Burdeos y Bayona escuadrones de caballería.

Todo un regimiento de Dragones para el Ejército de la Fe va a

salir de sus manos. El Gobierno francés prepara la guerra para

corto plazo. Se están llevando baterías de Metz, de Estrasburgo y

de Valencia del Ródano a la frontera. Los generales y oficiales

piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No será para acabar

con la fiebre amarilla de Barcelona.

Parece que un político francés ha dicho: «Estamos colocados en la

alternativa de atacar a la Revolución española en los Pirineos o de

ir a defenderla en las fronteras del Norte».

La elección para ellos no es dudosa. Están en contra nuestra

todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia,

el país de la Revolución, sea el que dé el golpe de gracia a la

libertad española. Así Francia se purifica ante la Santa Alianza

y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de María

Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la

Santa Alianza saldrá la guerra contra España.

Muchos esperan que falte dinero a última hora para la expedición y

que no se pueda realizar.

He hablado con un militar francés; es liberal templado y no está

afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:

--Creer, como creen algunos liberales cándidos, que si el

Gobierno francés manda sus tropas a España, los liberales y

republicanos harán la Revolución, es una tontería. Ni el ejército

se negará a entrar en España, ni los revolucionarios intentarán

nada. El ejército francés actual es un ejército de gente joven,

en el que la inmensa mayoría no ha hecho las campañas de

Napoleón. Los viejos del Imperio resellados están mostrándose más

cortesanos que los nuevos. Nuestra generación es una generación

tranquila, burocrática, de las que vienen después del cansancio

de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplirá,

quizá sin entusiasmo, pero lo cumplirá.

Mi opinión es la misma. Creo que los liberales franceses no harán

nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para

organizar batallones, y menos para una Revolución.

Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejército francés,

perfectamente organizado como está, se nos echa encima. Algunos

españoles de aquí dicen: «Mejor era el ejército de Napoleón, y lo

vencimos».

Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napoleón, sino con ayuda

de los ingleses; después, esto nos costó la ruina del país, y, por

último, entonces los españoles éramos un solo cuerpo, absolutistas

y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de

Wéllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales

somos la minoría, y el país entero está contra nosotros.

Creo que los absolutistas españoles, ayudados por el dinero

francés, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros;

quizá cincuenta o sesenta mil hombres; quizá más.

El ejército constitucional luchará con un ejército poderoso, como

el francés, y contra las partidas absolutistas españolas, que serán

casi todo el grueso de las guerrillas de la Independencia.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 12 / 17 段