más alto, adonde no llegaba el tufo de la casa y donde se respiraba un
aire más limpio.
Hubo que hacer varios cambios, y la Sole y Aviraneta se instalaron,
por fin, en un cuarto bastante grande, en el último piso, con dos
balcones a la calle. La habitación tenía pretensiones de elegante:
estaba tapizada con un papel con dibujos, tenía una chimenea de mármol
y encima de ella un gran espejo dorado. En los balcones había tiestos
de enredaderas. Desde allí arriba se veía un panorama de guardillas y
de tejados, y un bosque de chimeneas de todas clases, de ladrillo, de
barro, de hierro, agrupadas como tubos de órgano, aisladas, torcidas,
derechas, en zig-zag, terminadas en caperuzas, cascos, mitras,
morriones, sombreros de teja, sombreros de obispo y gorros de dormir.
La Sole quedó un poco sorprendida de esta vista sobre París a vuelo de
pájaro, y comenzó a sacar su ropa del baúl.
Aviraneta escribió a González Arnao y a otros amigos pidiéndoles hora
para verles.
--Bueno--le dijo a la Sole--; me voy.
--¿Te vas?
--Sí; vendré a la hora de comer.
Aviraneta marchó a dejar en su destino el encargo de Etchepare. Era un
paquete pequeño, cuadrado, envuelto en un papel, con esta dirección:
«A la señora condesa de Rupelmonde.--Calle del Infierno, 23, hotel.»
¿Qué demonio tendría que ver el republicano Etchepare con aquella
condesa?
Aviraneta tomó un coche a la puerta de su hotel, cruzó el Sena por
el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vías estrechas
y sucias, llegó a una calle próxima al Val de Grace, la calle del
Infierno. Aviraneta pagó al cochero, y antes de llamar en el hotel
estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas
piedras nacían manchones de hierba. Miró al reloj: eran las diez y
media. Le pareció que quizá sería demasiado temprano para visitar a una
dama de la aristocracia, y pensó en hacer un poco de tiempo, paseando.
Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza
d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrière d'Enfer.
El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace,
convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento
de Port Royal, notable por la protección que dispensaron las monjas a
los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las _Feuillantines_...
Aviraneta recorrió el barrio y se acercó de nuevo al hotel de la calle
del Infierno. Era éste pequeño, de piedra, con dos pabellones de color
negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.
Aviraneta llamó; sonó a lo lejos una campana, y poco después apareció
un criado viejo, que le preguntó en voz baja qué deseaba. Aviraneta
le explicó que traía un encargo para la condesa de parte del señor
Etchepare de Bidart.
--Etchepare... Bidart...--murmuró el viejo--. Espere usted un momento.
Entró Aviraneta en el portal, se sentó en un banco y esperó unos
minutos. Volvió el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una
gran escalera de mármol, alfombrada en el centro.
El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde había una
señora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.
Esta señora, de aire imponente, tenía el rostro joven, a pesar de la
blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.
--Mi tío, el señor Etchepare--dijo Aviraneta--, me manda con este
encargo para usted.
--¡Ah! ¿Es usted sobrino del señor Etchepare?--preguntó ella dando
muestras de gran sorpresa.
--Sí, señora.
--¿Vascofrancés?
--No, señora; soy español.
--Un momento.
La señora se acercó a un costurero, sacó unas tijeras y abrió el
paquetito de Etchepare. Aviraneta, que estaba lleno de curiosidad, vió
que encerraba unos papeles y una miniatura.
La dama se quedó contemplándolos absorta.
--No comprendo por qué me manda esto el tío de usted--dijo la señora
con voz temblona--. ¿Le pasa algo? ¿Es que está enfermo?
--Sí, muy enfermo.
--¿Grave?
--El cree que durará poco, unos días solamente.
--¿Quién le cuida?
--Una mujer de un caserío próximo le lleva la comida y le saca al
jardín. Luego queda solo.
--¡Pobre amigo!--exclamó la condesa--. ¿Sabe usted si se ha
reconciliado con la Iglesia?
--Creo que no, señora.
La dama quedó pensativa. Aviraneta dió dos pasos para retirarse.
--Espere usted un momento--dijo la condesa--. ¿Necesita usted en París
alguien que le guíe?
--No, señora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.
--Sin embargo, no le perjudicará a usted tener una persona conocida.
--¡Ah, claro que no!
La condesa tocó una campanilla, y apareció el criado viejo.
--Dile al señor abate que venga.
Aviraneta esperaba de pie.
--Siéntese usted, caballero--dijo la señora.
Aviraneta se acercó a la mesa y miró la miniatura... La conocía. Era
la que le había enseñado Etchepare hacía muchos años al contarle su
historia.
Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendió que era la
sobrina de Guzmán, de la que había estado enamorado Etchepare en su
juventud.
Pasaron así unos minutos, sentados frente a frente, la señora y
Aviraneta, sin hablarse, hasta que llegó el criado en compañía de un
abate.
La condesa presentó al abate Dumanoir a Aviraneta; después dijo que
tenía que ausentarse por unos días de París, y se despidió.
El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta años, charlatán,
ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.
Tenía el aspecto de un hombre del antiguo régimen, jugaba con un lente
de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de
concha, que llevaba siempre en la mano.
Dumanoir le interrogó a Aviraneta acerca de los asuntos de España, y le
llevó al jardín de la casa. Este jardín había sido de mademoiselle la
Valliere; allí había paseado en sus últimos tiempos la favorita de Luis
XIV.
Dumanoir le mareó a Aviraneta a preguntas; quería sonsacarle, saber sus
opiniones políticas.
El fingir que no comprendía bien unas veces y el hacer que no tenía
facilidad de expresarse en francés otras, le salvaba de descubrirse
como liberal.
De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le venía a la memoria.
--Mio caro, studiate la matematica.
Después de enterarse bien de la política española, el abate Dumanoir
habló de sus teorías políticas. Era partidario de las doctrinas de
Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, según él, debía estar
por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la
Iglesia, por encima de todos los gobiernos.
Aviraneta le dejó hablar, y luego le preguntó su opinión acerca de
la posible guerra con España. El abate estaba convencido de que la
intervención se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tenía
para creerlo.
Aviraneta inventó una ocupación urgente, se despidió del abate y salió
del hotel.
A la puerta esperaba un coche. ¿Iría la condesa a ver a Etchepare?
IV
TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS
AL volver Aviraneta al hotel se encontró a la Sole, que estaba llorando
a mares.
--¿Qué pasa?--le preguntó.
Realmente, no pasaba nada. La Sole, viéndose en el cuarto de un hotel
y en una ciudad desconocida, había creído lo más conveniente ponerse a
llorar.
Aviraneta se rió de este llanto, y la Sole le dijo que era muy
desgraciada y que deseaba morirse.
--Bueno--replicó don Eugenio--; son las doce y media. Yo tengo que
escribir unas cartas. Te esperaré abajo, en el salón de lectura. Te
doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo
rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.
La Sole protestó; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna
y se arregló para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del
hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un
paseo por los bulevares.
La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran éxito.
Llamaba la atención allí por donde iba.
--Creo que Aranda está quedando a una gran altura--la dijo Aviraneta.
--Sí; es verdad--contestó ella riendo.
La Sole se había dado cuenta de la expectación que despertaba, y el
instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta
expectación.
Aviraneta no podía acompañarla con frecuencia, entregado, como estaba,
a sus investigaciones, y se decidió que la muchacha saliera sola, y que
para volver, si no sabía el camino, tomara un coche.
Después de cenar iban los dos a los cafés y a los teatros, y andaban
por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.
A los pocos días de llegar Aviraneta, escribió al ministro.
«Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de información, que, como
comprenderá usted, no son fáciles.
González Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de
la Regencia de Urgel, Martín Balmaseda, ha venido hace días a París
con pliegos para la familia real.
Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry
y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya
contra esos bandidos españoles que quieren vivir con el _mínimum de
frailes_.
Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabellón Marsan
patrocinan la idea, y con él el partido jesuíta y los periódicos
_La Bandera Blanca_, _La Cuotidiana_, la _Gaceta de Francia_, etc.
En las consultas de Balmaseda con los políticos no ha habido
unanimidad; los moderados Villele, Montmorency y Chateaubriand
se inclinan a que España tenga una Carta al estilo de Francia.
Consideran que si Toreno, Morillo y Martínez de la Rosa ceden en su
entusiasmo por las doctrinas liberales, estarán en el fiel de la
balanza.
Si existen en España organizados los Anilleros, quizá se intente
una reacción en este sentido para traer la Carta con dos cámaras;
pero creo que los partidarios de esas ideas se han de encontrar
chasqueados, porque la avalancha absolutista los ha de tragar a
todos. La gente clerical odia lo mismo, o quizá más, al liberal
moderado que al más rabioso.
Ugarte anda por París intrigando; tiene por aquí centros
absolutistas franceses, a donde concurre, y está en correspondencia
en Madrid, con Miñano, Corpas y con amigos de Martínez de la Rosa.
No sé qué contubernio afrancesado, apostólico, moderado, preparan.
Los absolutistas franceses trabajan con un gran entusiasmo por
la causa clerical española. La Sociedad de Beneficencia de los
Conservadores de la Legitimidad, sociedad jesuítica que tiene
una policía muy bien montada, organiza los Dragones Ligeros del
Ejército de la Fe.
Muchos aristócratas realistas y vendeanos se preparan para entrar
en España.
Esta sociedad de Beneficencia legitimista, ayudada por el partido
del pabellón Marsan, hace una terrible campaña contra nosotros. Los
periódicos absolutistas subvencionados por el Gobierno, como la
_Bandera Blanca_, elogian a los guerrilleros feotas, y la _Foudre_,
otro periódico clerical, pagado por el Ministerio y escrito por
saineteros, pintaba hace días al Trapense vestido de fraile, sobre
una escalera y con un látigo en la mano, subiendo la muralla de la
Seo de Urgel y haciendo huír a los liberales.
La mayoría de la gente de posición es hostil a los españoles. Creen
que de un día a otro vamos a colgar al rey y a su familia. ¡Ojalá!
Cierto que los doctrinarios liberales no quieren hablar de guerra,
y los que se llaman independientes, como Foy, Manuel, Lafayette,
luchan contra ella; pero no podrán evitarla.
Por ahora, lo más importante me parece explorar el ánimo de los
militares. A esto me voy a dedicar durante unos días.
Ayer comencé mi campaña. Hay en mi hotel un judío francés, Ben
Assag, que tiene un almacén de vinos en Bayona, en el barrio de
Saint-Esprit.
Este judío ha venido a París a solicitar del Gobierno una contrata
para el futuro ejército de la Fe, que probablemente nos hará la
guerra. Le he dicho yo que conocía a Basterreche, y el judío me ha
indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado
tiene buenas amistades en el ejército, y que podría servirle. El
judío me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le
consigo algo; le he acompañado a la calle de Montmartre, 148, donde
vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misión que
tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el
Ministerio de la Guerra.
Este general, que, al parecer, antes tenía fama de republicano, nos
ha hablado como un perfecto monárquico de la fidelidad a sus reyes,
del respeto a su señor...
El general ha indicado al judío que vuelva de nuevo para hablar con
él.
Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejército está
cortado por este patrón. Todos los oficiales son burócratas y de
tendencia jesuítica y servil.
De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qué
piensan los subalternos. Intentaré averiguarlo.
_A._»
V
DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA
HABÍA por entonces, como siempre, una colonia de españoles en París,
gente llegada allí como los restos de los naufragios a las playas.
Estos náufragos habían echado su ancla en alguno de los negros
callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una
vida extraña. Habitaban los últimos pisos de casuchas hórridas, en
calles estrechas, húmedas y malsanas, en la más espantosa miseria,
pensando siempre en su país. De pronto, un día, cambiaba el Gobierno
de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco
después eran nombrados para ocupar un alto cargo en España o en Cuba, y
entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.
Este contraste de la extrema miseria con el extremo lujo explicaba
aquella floración de romanticismo enfermizo de la época. Todavía hace
años en París existía un recuerdo mitigado de este romanticismo con el
nombre de bohemia.
Poco a poco, al desaparecer los contrastes, se ha ido perdiendo
ese sentimiento. El aire, la luz y los árboles han acabado con el
romanticismo allí y en todas partes.
Por entonces, muchos de los españoles que vivían en París eran
realistas que esperaban a que se movilizara el Ejército de la Fe para
entrar en España.
Aviraneta se reunió con algunos de ellos. Iban al café Ambroisie del
bulevar Montmartre, y algunos solían comer en un restaurante de la
calle de Petits Champs.
Estos militares realistas no sabían nada de cierto de cuanto pasaba en
España; creían que Madrid estaba ardiendo en clubs, y, además de las
dos sociedades de masones y comuneros, suponían que había otras muchas:
la Joven España, el Centro Universal, la Santa Hermandad, la de los
Carbonarios, la de los Europeos Reformados.
Aviraneta oyó decir que los asesinos del cura Vinuesa habían formado la
Orden de los Caballeros del Martillo, y que estos ciudadanos tenían por
insignia un pequeño martillo de oro pendiente de una cinta, y que se
presentaban con ella por todas partes.
Las cosas que se ignoraban en Madrid se sabían en París. Claro que todo
era invención fantástica.
Al séptimo día de estancia en París, Aviraneta, que se había citado
con Gaspar Colombi en el café Foy, se encontró con él. Colombi era un
milanés dedicado a negocios de relojería y afiliado a los Carbonarios.
Aviraneta le explicó con detalles la misión que tenía del Gobierno, y
Colombi le llevó a casa de otro lombardo, llamado Cobianchi, antiguo
ayudante del general Pepé, y uno de los _Buon cugino_ de la Venta
Carbonaria de París.
Cobianchi vivía en este momento en el Faubourg-Poissoniere, y para
despistar a la policía se hacía llamar conde de Clermont. Por lo que
dijo Cobianchi, Pepé le escribía asiduamente bajo el nombre de Bucelli.
Colombi explicó a Cobianchi la misión que tenía Aviraneta, y el
ayudante de Pepé dijo que hablaría a los Buenos-Primos de la Venta
Carbonaria de París para que le facilitaran todos los datos necesarios.
Aviraneta dió las señas de su casa, y los siguientes días fueron
varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi,
cantores de ópera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misión
de fundar _ventas_ en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cónsul de España
en París, dueño de un café de un pueblo de los Pirineos, que se ofrecía
a servir de intermediario; un tal Pérez, español, que vivía enfrente
del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un señor, Grandmaison,
negociante de la calle de Nuestra Señora de Loreto, que enviaba
paraguas, sombrillas y abanicos a España.
Aviraneta no descuidó el presentarse en el Gran Oriente masónico del
rito escocés. Tuvo que pasar por todas las clásicas ceremonias, un
poco cómicas, de la masonería: marchar con los ojos vendados, estar
tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de
un compás en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente
y pronunciar la palabra del pasado _Milbihg_ y la palabra sagrada _Mac
Benak_.
Después de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo
más ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Aragó, Lafitte, Armand
Carrel...
Como en París no había hostilidad entre masones y carbonarios,
Aviraneta se presentó en la Venta Carbonaria y fué desde entonces uno
de los Buenos-Primos.
VI
CUGNET DE MONTARLOT
AVIRANETA necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y
pidió uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, José
Pantanelli, que sabía el español, el francés y el inglés. Pantanelli
era un viejecillo pequeño, de ojos azules y pelo blanco. Era de
Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no parecía un hombre muy
terrible.
La Sole y él se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy
ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente
su vida, y Pantanelli llevó a su nieta al hotel de Embajadores para que
le viera la Soledad.
La Sole tendía hacia el aristocratismo rápidamente; se vestía cada
vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucherías y
estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela
elegante.
Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la acción.
Marchaba como un búfalo a través de las selvas, embriagado por sus
aventuras.
Unos días después de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta
escribió al ministro:
«Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aquí un oficial del
Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet,
como quizá no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas
en Francia y ha dado que hablar últimamente con una supuesta
conspiración tramada por él en Zaragoza hace unos meses. Cugnet,
ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido
que la manera de comunicarse con él es dejarle un recado en casa de
un administrador de coches de París a Saint-Denis, que vive en la
calle de Saint-Denis, 374.
Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.
Me ha dicho lo que ocurrió en Zaragoza el año pasado. Cugnet estaba
al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han
entrado en el Carbonarismo, y había ideado el plan de formar una
columna republicana de tres mil hombres con españoles, franceses y
napolitanos y entrar con ella en Francia por el Rosellón, ocupando
plazas fuertes y defendiéndose en éstas.
Cugnet había pensado en nombrar comandantes a los militares
extranjeros republicanos refugiados en España: a Nantil, oficial
de artillería, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barón
Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a
Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa
de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha,
pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.
Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidiéndole
detalles de la empresa, y éste contestó que todo iba preparándose y
que se anunciaría el día de la reunión.
Vaudoncourt, que no tenía mucha confianza, escribió a Riego para
advertirle la precipitación de Cugnet de Montarlot y rogarle que
evitase un movimiento prematuro y parcial.
Le decía que la frontera del Rosellón era muy estrecha, obstruída
de fortalezas, y que no sería fácil batir con pocos hombres las
guarniciones de Perpiñán, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis,
Collioure, etc.
Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contestó al
requerimiento que le hicieron diciendo que no sería el primero;
pero que si se hacía el movimiento invasor hacia Francia se uniría
a él.
Cugnet siguió con sus preparativos; pero vió claramente que no
tenía fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil
hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unión de los
comuneros, ideó el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres
de infantería y cien de a caballo y proclamar la República. Cugnet
fué a Madrid, volvió a Zaragoza, habló a todo el mundo de sus
proyectos, y en esto el jefe político Moreda le mandó prender.
Al ir a echarle mano, un patriota le suministró un pasaporte y
Cugnet se dirigió a Francia, y en el camino de Olorón, entre
Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compañeros
y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama
generalísimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos
meses en la cárcel, volvió a salir y fué al Languedoc.
Después de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los
oficiales franceses le habían denunciado al embajador de Francia
en Madrid, monsieur de la Garde, y que éste había comprado al
gobernador de Zaragoza, Moreda.
Yo le pregunté:
--¿Con qué individuos de la sociedad de los Comuneros se ha
entendido usted?
--Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con
Regato, hombres sin tacha.
--Pues ahí tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.
--¿De verdad?
--De verdad.
--¿Lo juraría usted?
--Por lo más sagrado.
Y le conté lo que sé de Regato y de algunos otros comuneros.
Cugnet ha dicho que si encuentra a Regato lo matará.
Cugnet marcha a España un día de estos. Piensa hacer lo posible
para luchar contra la expedición francesa. Si entran los franceses
en España formará una partida. Desde ahora cambiará de nombre, y en
vez de Cugnet de Montarlot se llamará Carlos de Malsot. Convendría
que se le protegiera y que la policía no le pusiera ninguna
dificultad a su paso.
Un saludo de
_A_.»
VII
LOS CARBONARIOS Y EL COMPLOT DE BELFORT
«AMIGO S.: Se habla mucho en París--escribía Aviraneta al
ministro--de esta nueva sociedad venida de Italia, y que se llama
la Carboneria, y a sus afiliados los carbonari. La Carboneria tiene
pocos ritos misteriosos, y a sus logias llama Ventas.
El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a
la Santa Alianza.
La Alta Venta Carbonaria de París pretende ser el centro de los
liberales de España, de los radicales de Inglaterra, de los
carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los
turcos. Hay comités para favorecer la revolución griega, española e
italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para
oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno español no debe
desdeñar a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los
masones se opongan. Los informes de los carbonari serán buenos, y
sus hombres, como más jóvenes y decididos que los masones, pueden
servir de mucho.
El origen de esta sociedad es un tanto fantástico. Unos suponen
que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de
Italia, tenían que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la
fundó San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones
aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos
religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judaísmo, como
la masonería.
Los carbonari, que no han suprimido los mitos simbólicos, llaman
al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y
tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el
bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.
Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptación
francesa.
El origen de la adaptación es éste:
Durante la Restauración aparecieron en Francia muchas sociedades
secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas,
como formadas por oficiales del Imperio. Luego, más tarde, estas
sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones,
partidarios en su mayoría de la República.
En 1820 existían dos sociedades importantes: Los Caballeros de la
Libertad y los Amigos de la Verdad.