Aviraneta veía a sus pies, con la indiferencia de un conquistador,

aquellos cadáveres abiertos en canal.

Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella solía ir con frecuencia de

tertulia a una ferretería instalada en una planta baja de la calle de

los Estudios.

Era el ferretero un alavés, de Aramayona, llamado Olloqui, que tenía

una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y

tantos años, tenía un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la

ferretería, y tres hijas, muchachas, a cual más sonrientes y alegres.

Olloqui era hombre muy entusiasta de su país; hubiera considerado una

desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los

había enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.

Las hijas de Olloqui, medio madrileñas, medio vascas, tenían un

excelente carácter.

Muchas noches en que Aviraneta iba de tertulia a la ferretería, Olloqui

traía la guitarra y cantaba él y cantaban sus hijas zortzicos.

Que no le preguntaran al ferretero qué opinión política tenía; él

afirmaba que era cristiano, español y vascongado. De aquí no salía.

Para Olloqui, España era una balsa de aceite. Si le contaban que había

disturbios, él replicaba que todo se arreglaría en seguida.

Aviraneta visitaba con mucha frecuencia a Olloqui, para librarse de la

Soledad, que a veces se ponía muy pesada.

La Sole era demasiado mujer para Aviraneta; se manifestaba celosa sin

motivo; lloraba, reía, tenía remordimientos, se sentía pecadora; era

una mujer espectacular. Aviraneta odiaba todo lo que fueran gritos,

lágrimas, tragedia...

Don Eugenio, huyendo de esta pequeña vida trágica, solía ir a

refugiarse a la ferretería del alavés. Un día, al salir de la tienda

de Olloqui, se encontró en la calle con el padre de Fermina. El viejo,

medio paralítico, con la cabeza grande, los ojos salientes, los pies

arrastrando y las manos temblorosas, pasó delante de él. El recuerdo

de aquellos ojos animados de un sentimiento de venganza le producía a

Aviraneta un gran malestar.

El viejo iba con sus dos satélites: Chatarra y Ezcabarte.

Afortunadamente no le habían visto.

Al día siguiente les volvió a encontrar. Sin duda, vivían por allí

cerca, y Aviraneta, que no quería encontrarse con ellos, dejó de

acercarse a la ferretería y se fué a Aranda por unos días.

Rosalía estaba para dar a luz; Teresita iba haciéndose una muchacha

bonita como su hermana, y creciendo en belleza y sabiduría.

A principios de 1822 el país marchaba muy mal; la guerra civil reinaba

en todas partes. En Cataluña, Navarra y Castilla se levantaban partidas.

Merino no salía aún de su escondrijo, pero se movían sus secuaces en la

sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado había aparecido una partida

de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero

de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por

Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si

el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompañase en la

persecución de las partidas de Aragón y Castilla, capitaneadas por

Capapé, Rambla, Chambó, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no debía ir a la guerra.

--¡Podríamos vivir tan bien los dos juntos aquí!--le decía.

--Sí, es verdad--replicaba él--; pero, ¡qué quieres, hija mía!, no hay

más remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta partió para Aragón a

incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difícil. Empecinado con

sus tropas hacía por aquellas tierras el mismo papel que los franceses

durante la guerra de la Independencia; no disponía de buenos guías ni

le daban informes exactos; por el contrario, le engañaban y le hacían

perder el tiempo.

Esta sublevación de los campos, apoyada desde el Palacio Real de

Madrid, era imposible de vencer si no se le hería en la cabeza.

V

ENTREVISTA CON SAN MIGUEL

EL verano de 1822 todo el mundo tenía la evidencia de que el Gobierno

liberal acababa. La esperanza en Riego, presidente entonces de las

Cortes, se desvanecía; el Trapense había tomado la Seo de Urgel, y la

Regencia absolutista contaba ya con una base de operaciones.

En esto se supo en España lo ocurrido el 7 de julio en la capital. El

Empecinado y Aviraneta se hallaban en Sigüenza y decidieron marchar a

la corte unos días después.

Aviraneta fué a Aranda a visitar a su madre, y a principios de agosto

estaba en Madrid.

La Sole había presenciado desde el balcón de su casa los jaleos de los

días anteriores, y contó a don Eugenio, con mil detalles, lo sucedido.

La muchacha estaba aterrorizada.

Aviraneta salió en seguida a ver a la gente.

Todavía quedaba el entusiasmo por la victoria de los liberales, que

había hecho borrar durante unos días las divisiones entre masones y

comuneros; pero se iniciaban de nuevo las diferencias.

A mediados de agosto Aviraneta recibió en la calle Mayor la visita de

don Juan Martín.

Quería el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo

Ministerio, ofreciéndose.

Don Evaristo había estado siempre muy amable y atento con don Juan

Martín.

Aviraneta escribió a San Miguel, y el ministro contestó citando al

Empecinado en su secretaría.

Al Ministerio San Miguel se le consideraba masón; el Empecinado

pertenecía a la sociedad de los comuneros; pero don Juan posponía las

pequeñas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa

liberal.

--Bueno, nos presentaremos al ministro--dijo Aviraneta.

--¿Cuándo vamos? ¿Mañana?

--Sí, mañana por la mañana.

Se citaron al día siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los

dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.

--¿Qué hará ahora nuestro despreciable soberano?--dijo Aviraneta--. ¿A

quién estará engañando?

--Sí, yo también temo que sea un miserable--repuso el Empecinado--.

¡Qué chasco nos hemos llevado!

Entraron en el Palacio, y Aviraneta preguntó a un portero por la

Secretaría de Estado. Indicó el portero dónde se hallaba y siguieron

avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

--No sea usted así, don Juan--le dijo Aviraneta--; usted vale más que

toda esta gente junta.

Entraron en una antecámara, donde Aviraneta vió a Juan Van-Halen, que

había venido a Madrid desde Cataluña, de parte de Torrijos, a recibir

órdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pasó

inmediatamente a su despacho y les recibió con gran amabilidad. Era don

Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta más que de

militar.

--Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martín en el

Ministerio--dijo--. ¡Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable

que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones,

memoriales... Este es un país de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los

guerrilleros, pero hacía una excepción en favor del Empecinado por su

carácter popular. Todos los sublevados del año 20 eran de carrera; se

tenían a sí mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los

guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejército. Ni el

Empecinado, ni Mina, ni Jáuregui, ni don Tomás Sánchez se salvaron de

esta animadversión.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de

Aviraneta, dijo:

--Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al

Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por mí en

este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta,

y a cada uno de ustedes dé una misión aparte.

--Usted manda--dijo con sencillez el Empecinado.

--A usted, don Juan Martín--dijo don Evaristo--, le enviaremos a Aragón

y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos López Baños

y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a

Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en

combinación.

--Está bien. Estoy siempre a las órdenes del Gobierno. Donde me llamen

para defender la Libertad allá estaré.

--Gracias, don Juan, en nombre de España.

--De mí pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del país.

--¡Gracias! ¡Gracias! ¿Usted, Aviraneta, quiere ir a París?

--Si me manda usted, ¿por qué no?

--Bien. Irá usted a París en seguida. Se pondrá usted al habla con

los liberales y revolucionarios de allá. Me dirá usted si están

dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la

intervención que Francia piensa ejercer aquí, impulsada por la Santa

Alianza.

--Está bien.

--Si puede usted averiguar qué agentes tienen los absolutistas en

Madrid, me lo comunicará usted.

--Bueno.

--Convendría que enviara usted la correspondencia a algún amigo de la

frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastián. Aquí la

entregarán al jefe político, y éste me la remitirá.

--Todo eso se hará como usted indica--dijo Aviraneta.

--Bueno; pase usted mañana por aquí y le daré el dinero necesario y los

papeles.

--Muy bien.

--¡Señores, hasta la vista!--exclamó el ministro, y tendiendo las dos

manos al mismo tiempo, estrechó las de Aviraneta y el Empecinado y

volvió a su trabajo.

LIBRO SEXTO

PARÍS EN 1822

I

DE MADRID A BIDART

MUCHAS veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar.

El Gobierno le abandonaba, no le había encomendado nada, no le había

aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tenía

más remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante él

inmediatamente se abría otro nuevo.

A pesar de esto, siempre temía que, al cerrarse uno de los caminos, su

vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta buscó recomendaciones para cumplir bien su misión; Gipini,

el dueño de la Fontana de Oro, le llevó a casa de Gaspar Colombi, un

milanés que vivía en Madrid dedicado a negocios de relojería. Colombi

era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba

también marchar a París.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana después en París, en el

café Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogió el dinero del Ministerio y advirtió a la Sole que se

marchaba.

--¿A París?--preguntó ella.

--Sí.

--¡Ah! Yo también--dijo ella.

--No digas locuras.

--No, no. Si tú vas a París, yo voy contigo. A mí no me dejas sola.

--Pero eso es absurdo.

--Lo que tú quieras; pero si tú vas a París, yo voy contigo.

Aviraneta, sorprendido de sí mismo, cedió. Luego pensó que así el viaje

sería más divertido. Se dispuso que ella marchara un día antes y que se

reunieran en Valladolid.

Aviraneta estuvo en Aranda unos momentos. Fué a ver a su madre, habló

con Teresita y después con el _Lobo_ y Diamante.

Diamante le dijo que el joven Frutos trabajaba ya descaradamente por

los absolutistas. Diamante estaba deseando que hubiera un alboroto para

trincarlo y fusilarlo sobre la marcha.

Dejó Aviraneta Aranda y se reunió con la Sole en Valladolid, y

siguieron los dos a la frontera sin más obstáculos en el camino que el

ser detenidos un momento en Salinas.

La policía obligó a mostrar sus papeles a don Eugenio, por sospechas

de complicidad con don Juan Ignacio de Aizquibel, a quien habían

preso en Escoriaza días antes por organizar en Vitoria un movimiento

anticonstitucional.

La detención obligó a perder unas horas; mas se pudo recuperarlas

pronto, porque el gobernador puso a la disposición de Aviraneta y de su

supuesta señora una silla de postas, en la que llegaron en pocas horas

a la frontera.

La Sole iba admirada y encantada de su viaje; los pueblos que se

cruzaban, las casas de posta, las posadas de Castilla, el trágico

desfiladero de Pancorbo, las aldehuelas vascas, los gritos de los

postillones, todo era para ella nuevo y extraordinario.

En Hendaya tomaron asiento en la diligencia francesa hasta Bidart.

En este corto trayecto se encontró Aviraneta sorprendido con un español

que parecía navarro, que de cuando en cuando gritaba: «¡Viva el rey!

¡Viva Dios!»

El tal navarro vivía en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes,

y aquél, que lo era en grado sumo, creía que su grito «¡Viva Dios!» era

un hallazgo.

Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: ¡Eh! ¿Qué

les parece a ustedes mi adquisición?

Un francés gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolívar,

lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.

Aviraneta se cansó de este grito desafiador, y le preguntó al

pamplonica:

--¿Qué grita usted tanto?

--Grito: ¡Viva Dios! ¿Está mal?

--¡Pse! No sé.

--¿Cómo que no sabe usted?

--No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica miró a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del

estupor.

Aviraneta contó al francés gordo y apoplético del sombrero a la Bolívar

lo ocurrido, y a éste le hizo una gracia tal, que empezó a ponerse rojo

y a reírse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruñado, miraba a

Aviraneta y al francés con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que habían escapado

de la ciudad después de un choque que tuvieron con la tropa, en donde

los soldados gritaban: «¡Viva Riego! ¡Viva la Libertad!»; y los

milicianos contestaban: «¡Viva el Rey! ¡Viva Dios!» De este choque

resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolución de la

Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los ¡Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta bajó con la Sole de la diligencia, y

dejando a la muchacha en la posada, se dirigió en línea recta al

caserío Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesía. Se encontraba, como

de costumbre, solo en su jardín, envuelto en una manta. Una mujer de

un caserío de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en

un sillón con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta,

le preguntó cómo seguía la revolución en España, y escuchó con gran

detenimiento lo que le contó su sobrino. Después oyó la explicación de

los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

--Y usted, ¿cómo está?--dijo de pronto Eugenio.

--Yo tengo vida para pocos días.

--¡Bah! No tenga usted aprensión.

--No tengo aprensión; estoy malo, muy malo, y ya que estás aquí y vas a

París te voy a hacer un encargo. Llévame hasta casa.

Aviraneta empujó el sillón de ruedas y llevó a su tío hasta la entrada

de la casa, y pasó el sillón adentro. Etchepare se acercó a una mesa,

sacó un paquete, donde escribió algo, y entregándoselo a su sobrino,

dijo:

--Cuando llegues a París lleva este paquete a su destino. Ahí encima

están escritas las señas.

--¿Nada más?

--Nada más. Ahora sácame de nuevo al jardín.

Aviraneta lo hizo así, y continuaron tío y sobrino la conversación.

Poco después vino el médico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor

del ejército imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidió de

Etchepare.

--Hasta la vista, tío--le dijo.

--Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando

vuelvas, yo no viviré.

--No diga usted eso.

--Lo verás.

Aviraneta estrechó la mano de su tío y salió mal impresionado.

El médico le dijo que, efectivamente, Etchepare tenía ya para poco

tiempo.

II

LOS ABSOLUTISTAS DE BAYONA

AL llegar a Bayona, Aviraneta marchó a la fonda de Francia con la Sole,

y desde allí comenzó sus gestiones para averiguar lo que ocurría. La

Soledad quería saber cuál era la misión de Aviraneta, y don Eugenio se

la explicó, y en vista de que ella quería colaborar en sus intrigas,

Aviraneta le envió a varias tiendas donde se hablaba castellano a que

se enterase de lo que se decía. Por la noche, don Eugenio se encerró en

su cuarto y escribió al ministro:

«Amigo S.: Comienzo mis indagaciones en Bayona. Los absolutistas

españoles, instalados aquí, trabajan mucho; pero como buenos

españoles, se hallan divididos; los más ilustrados y transigentes

siguen a Mozo de Rosales (Mataflorida), y los más clericales, los

más puros, como se llaman ellos, van con don Francisco de Eguía.

La Junta Realista, dirigida por Mataflorida y subvencionada por

Luis XVIII, hace ya mucho tiempo que funciona aquí.

Con Mataflorida están Eroles, Podio, Queral, Martín Balmaseda, y

otros; con Eguía, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgel,

don Juan Bautista Erro, don Antonio Calderón...

El partido de Mataflorida es más culto, razón para que no tenga

simpatías. Se le acusa a Eroles de estar en relaciones con los

constitucionales, como Toreno y Martínez de la Rosa. Mataflorida,

que es el hombre intrigante y activo de siempre, no descansa; según

parece, trabaja mucho.

Morejón, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Calderón y

a Mataflorida; pero no lo consiguió, y siguen las dos fracciones

absolutistas divididas.

El partido de Eguía se dedica a murmurar y a rezar.

Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser

envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice también

que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido

asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo

Urgel, proyectando enterrar después sus restos en los fosos de las

murallas.

Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

Una de las cosas que aquí se comenta más es la vida del general don

Francisco Eguía, el célebre viejo maniático, caprichoso y absurdo,

a quien conocemos por Coletilla.

El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelería de los

Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia,

conocida mía, la Delfina, es la que aconseja al general.

La trastienda de la pastelería se ha convertido en la antecámara de

Palacio. Allí Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado

por Delfina la pastelera, cosa que a los españoles que se las echan

de aristócratas indigna.

Según dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le

quieren asesinar y de que ella será un Argos para impedirlo.

Por lo que oigo, el secretario de Eguía, Núñez Abreu, no es extraño

a la maniobra.

Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la

ganga mayor la ha pescado Núñez Abreu, el ayudante de Coletilla,

que, según parece, se beneficia de la pastelería, de la pastelera

y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la

causa realista, la friolera de doce millones.

A pesar de esto, Núñez Abreu ha llegado a insultar al general y a

tratarle de vieja momia.

Además de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes

militares que forman rancho aparte. El más importante es el de

Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en

Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capellán de las

Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que

echar el guante, si pueden.

Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se reúnen los

principales agentes realistas. De paso debían ustedes encargar a la

policía que hiciera un padrón de sospechosos.

Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de

España, que en Verona, en donde está, ha inventado un proyecto de

contrarrevolución, que, según dicen, ha sido aprobado por Francia

y Rusia, y que consiste en que estos países presten su ayuda a

Fernando para combatir la Constitución, a cambio de una parte

del Perú. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca,

otro plan por el estilo. También quisiera mandar en el cotarro el

general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por último,

Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora

convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de

este tinglado realista.

El Gobierno francés apoya los trabajos de todos e intenta impedir

que se separen en grupos.

Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia

real de Francia. Hará un mes que estuvo aquí el secretario de la

Embajada, Eduardo Lagrange, y dió en la fonda de San Esteban una

audiencia a los partidarios de Quesada.

Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un

personaje enigmático, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba

mucha importancia como aristócrata de gran tono, y venía, según

unos, con una misión particular del conde de Artois; según otros,

de parte del ministro Villele.

Por lo que se cuenta, consultó con Eguía y con su secretario, Núñez

Abreu, y, según los partidarios de Quesada y de Mataflorida, quedó

convencido de que el general de la pastelería, con sus setenta y

dos años, es un viejo _gagá_, es decir, un viejo chocho e inútil.

A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez

más importancia, y la gente cree que triunfará, pues, a la corta o

la larga, los franceses nos declararán la guerra.

El Gobierno francés da dinero a manos llenas. Según se dice, los

oficiales y tropas del Ejército de la Fe, preparados para entrar en

España, cobran sus sueldos religiosamente.

El cordón sanitario y los lazaretos establecidos en los Pirineos

Orientales con el pretexto de la fiebre amarilla sirvieron de

medios de comunicación entre los absolutistas españoles y el

ejército francés.

Ahora, últimamente, se dice que se han enviado nuevas remesas de

dinero, y que dentro de unos días Quesada y el Trapense entrarán en

España.

Los rumores de guerra con Francia corren constantemente.

Ha habido día en que se han levantando los puentes levadizos y en

que la guarnición de Bayona ha pasado la noche sobre las armas.

Se dice que se están enganchando los realistas y que los cónsules

les dan pasaportes para entrar en España. Se asegura también que

preparan un desembarco en la punta de Socoa, en San Juan de Luz.

La cuestión de los cónsules debía preocupar al Gobierno español;

el de Bayona es, en política, un pastelero; el de Burdeos, un tal

don Isidoro Montenegro, es uno de los agentes absolutistas más

caracterizados.

Los encargados de defender al país son los que lo venden. ¡Qué

vergüenza! ¡Qué prueba de incapacidad la nuestra!

_A._»

III

LA CONDESA DE RUPELMONDE

CONCLUÍDA su misión en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de

nuevo la diligencia.

La admiración de la Sole crecía de punto al internarse en Francia. El

viaje por tierra extranjera le parecía un sueño.

Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con

que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los

gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos

niños o un señor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados

puntiagudos y su camino enarenado, el río o el mar que se veía a los

lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que

tenía que mostrar a don Eugenio.

De noche las impresiones eran para ella también admirables. Se llegaba

a algún pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa,

delante de la puerta de una posada llamada el Dragón Azul, las Armas

de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en

donde se veían galeras, camiones, carrozas, tílburis, montones de heno,

cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y

barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una

palmatoria en la mano, se llegaba a una galería que daba la vuelta al

patio y se penetraba después en una sala iluminada con un candelabro, y

una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.

--¡Qué miedo tendría si viniera sola!--exclamaba la Soledad, y el

sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.

Todo el viaje la muchacha fué así encantada.

Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontró con que uno de sus parientes

de Méjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se había instalado allá, en

unión de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.

Don Eugenio preguntó a sus parientes qué se hablaba allí de política

española; pero éstos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo

encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misión que llevaba,

y Aviraneta con la Sole siguió inmediatamente a París. Llegaron por la

mañana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de

Embajadores de la calle de Santa Ana.

El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba

afiliado a la masonería.

Llevó a don Eugenio y a su compañera a un saloncito de lectura, y

después de hacerles descansar y de charlar un momento con ellos, les

acompañó a ver los cuartos.

El hotel era estrecho y estaba repleto; tenía una escalera angosta, en

la que se respiraba un vaho de comida y de agua de fregar caliente; en

los rincones, obscuros, había bujías encendidas.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 10 / 17 段