Dejando a Teresita, Aviraneta se fué al Ayuntamiento. Frutos San Juan

no apareció por allá. Después de comer, Aviraneta se marchó a la _Casa

de la Muerta_ y recibió a sus amigos.

Unos días más tarde estaba charlando con Diamante cuando se presentó a

verle una muchacha muy bonita.

Esta muchacha quería hablar a solas con Aviraneta.

Aviraneta la conocía de verla en la plaza. Se decía de ella que andaba

en malos pasos, y que era algo más que novia de Frutos San Juan. Don

Eugenio supuso que vendría a quejarse de algo referente a su amante.

--¿Vienes a hablar de Frutos?--la dijo.

--Sí.

--Puedes hablar delante de Diamante. Es un amigo.

La muchacha contó que Frutos la había seducido y abandonado después.

La voz pública había comenzado a tacharle a ella de ser la querida de

Frutos, y su padre, un hombre severo, le había dicho varias veces que

si lo que se murmuraba resultaba cierto la echaría de casa.

Ella veía que de un momento a otro se iba a averiguar la verdad, y,

buscando una solución, había pensado en ir en solicitud de ayuda y de

consejo a casa de Aviraneta. ¿Por qué a casa de Aviraneta y no a otra?

No lo sabía.

Sin duda había creído que el hombre más revolucionario de Aranda debía

ser también el menos severo en asuntos de amor.

Aviraneta quedó perplejo al oír a la muchacha. La Soledad, así se

llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y

tristes, la boca pequeña y la tez nacarada.

--¿Y qué piensas hacer?--la dijo Aviraneta.

--No sé--replicó ella--. Eso venía a preguntarle a usted.

--¡A mí! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestión de amor... ¿Le

has hablado a Frutos?

--Sí.

--¿Y qué dice?

--Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.

--Si quieres--exclamó Diamante de pronto--, ahora mismo lo traigo a

Frutos de una oreja y lo pongo ahí, a tus pies, para que lo pises.

--No, no--murmuró ella--; yo le quiero...

--¿A ese mequetrefe?... ¿A ese miserable?--gritó Diamante--. Yo siento

que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafío con mi espada...

--Pero tú algo has pensado al venir a verme--dijo Aviraneta a la

muchacha.

--Yo había pensado marcharme a Madrid.

--Es lo mejor.

--Sí; pero tengo mucho miedo a ir sola: qué sé yo lo que me puede pasar.

--Bueno, yo te acompañaré la semana que viene. Mientrastanto, ¿dónde

podría ir a vivir esta chica?

--Que venga a mi casa--dijo Diamante.

--Van a hablar mucho de usted, licenciado.

--Que hablen; me tiene sin cuidado.

--Magdaleno se va a indignar.

--Le romperé la cabeza si se atreve a decir nada.

--Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le

avisaré cuándo partimos para Madrid.

Se habló mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y

Diamante dieron abundantísimo pasto a la murmuración.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se presentó

en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra

Aviraneta; Aviraneta lo calmó, le contó la verdad, le dijo que iba a

acompañar a la Sole a Madrid, sin más objeto que evitar una desgracia

y un escándalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la

muchacha podía ponerse a trabajar, o a servir.

Unos días después, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid.

En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando,

contó al revolucionario su vida y sus amores, y coqueteó un tanto con

él. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta echó un discurso a la Sole,

hablándole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendió

muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco

que llevaban en la bota, y la Sole se permitió reírse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No

sabía qué hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscaría una casa de huéspedes. La Sole preguntó: ¿Para

qué? Aviraneta pensó que quizá ella daría la solución.

Aviraneta bajó de la diligencia y fué, como de costumbre, a una casa

de huéspedes de la calle Mayor. La Sole le siguió y se instaló allí.

Aviraneta dijo:

--Indudablemente, es el destino.

II

UNA NUEVA SOCIEDAD

MUCHAS veces Aviraneta decidió ocuparse únicamente de sus asuntos

personales. Pensaba así responder al olvido en que le tenía la gente de

Madrid.

Este olvido le irritaba. Había trabajado tanto como el que más por el

triunfo de la Constitución y de la Libertad; expuesto la vida; empleado

parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar

de esto, nadie se acordaba de su persona.

Aviraneta veía en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus

trabajos, sus esfuerzos, su desinterés, no se apreciaban, no tenían

valor. Las recompensas saltaban al llegar a él. Se hubiera creído que

alguien tenía la constante intención de anularle, de achicarle.

Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; éste recibía el

periódico inspirado por ellos, _El Espectador_, y colaboraba en él;

pero jamás se les había ocurrido llamarle para algo.

En Madrid, Aviraneta se enteró del proyecto de conspiración y de la

muerte del Cura Vinuesa en la cárcel; de la revolución de Nápoles,

ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiración

republicana, fraguada en Málaga por el aventurero Mendialdúa, y de los

sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de

Corps.

Aviraneta suponía que se seguiría conspirando por los absolutistas.

Había perdido el deseo de intervenir en las intrigas políticas del

momento cuando recibió un aviso, sin firma, citándole en la Fontana de

Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le serviría

de contraseña.

Aviraneta, que se creía harto de complicaciones y de intrigas, pero que

en el fondo estaba deseando meterse en nuevos líos, decidió acudir a la

reunión.

La Sole, los días anteriores, le había pedido que le acompañase y le

enseñara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llevó también

por los barrios en donde había correteado de chico y había hecho mil

barbaridades con sus amigos.

Por la noche, después de cenar con la Sole, Aviraneta se presentó en la

Fontana de Oro. Estaban allí Salvador Manzanares, Félix Mejía, Remigio

Morales, Mac-Crohon, José Joaquín Mora, Romero Alpuente, el francés

Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio

Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueño del café de la

Fontana de Oro, y el otro, un cantante de ópera, con unos bigotes como

dos escobillones.

Aviraneta se presentó en la reunión y entregó el trozo de tarjeta, que

coincidía con otro que guardaba el cantante italiano.

Aviraneta saludó a los conocidos y se sentó.

Estaba hablando Mac-Crohon y contaba anécdotas de su amigo el abate

Marchena, que acababa de morir hacía poco tiempo.

Entre varias cosas que contó dijo que, durante una época, Marchena

vivió con un jabalí que tenía domesticado y que hacía dormir a los pies

de su cama.

Un día el jabalí, al salir a la escalera, se cayó y se le rompieron las

patas. Marchena mandó matarlo y dió un banquete a sus amigos con la

carne del animal, y después leyó un epitafio en su honor.

Se celebró la humorada del abate, y cuando concluyó de hablar

Mac-Crohon, Aviraneta paseó la mirada por el grupo del café como

preguntando por qué le llamaban.

Romero Alpuente tomó la palabra y explicó el motivo de la llamada.

Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo

ridículo, alto, seco, con la cara arrugada y una estúpida sonrisa.

El ciudadano Romero Alpuente usaba patillas cortas, gorro negro

y anteojos de hierro; hablaba de una manera pesada, pedantesca y

monótona. Se creía un hombre genial. Sus argumentaciones de patán mixto

de leguleyo asombraban a sí mismo.

Al parecer, de Italia, pasando primero por Francia--explicó Romero

Alpuente--, había llegado a España una nueva sociedad secreta llamada

de los Carbonari. Esta sociedad tenía menos ritos que la masónica y era

esencialmente política. Su objeto era limpiar el bosque de lobos o,

dicho en lenguaje más claro, acabar con los tiranos. El carbonarismo

comenzaba a avanzar en España; pero la masonería, recelosa de sus

progresos, había acordado exigir a los masones juramento de no formar

parte de otra sociedad secreta.

Entonces, unos cuantos, encontrando en el carbonarismo un principio de

acción más útil y más práctico que en la masonería con sus misterios

ridículos, y al mismo tiempo, viendo que su simbolismo de ventas,

barracas y florestas no respondía a nada, al menos en España, habían

pensado en aceptar un pensamiento de don Bartolomé José Gallardo y

formar una sociedad titulada los Comuneros, en donde el simbolismo

fuera más español y caballeresco.

En la proyectada sociedad todo tendría aire guerrero. Las logias y

puntos de reunión se llamarían, según su importancia, casas fuertes,

torres, fortalezas, etc.

Después de oír la explicación del proyecto, Aviraneta, con bastante

frialdad, dijo que no le parecía mal, y añadió que, para él, las

palabras y las fórmulas simbólicas no tenían valor.

--¿Quiénes son los que van a afiliarse?--preguntó Aviraneta.

--Por ahora--contestó Mejía--está Torrijos, Palarea, Ballesteros, Díaz

del Moral, Moreno Guerra, el Empecinado, todos nosotros, Regato...

--¿Regato también?

--Sí.

--Entonces yo no entro en la sociedad.

--¿Por qué?--preguntó Romero Alpuente.

--Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la

policía.

--Engaña a la policía--aseguró el viejo Romero Alpuente con una sonrisa

de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.

--Yo tengo la evidencia--contestó Aviraneta--de que nos denunció cuando

la conspiración de Renovales.

No se pusieron de acuerdo. Mejía y Morales afirmaron que la mala

opinión que se tenía de Regato la habían echado a volar los masones al

saber que éste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron

todos en una discusión en que nadie se entendía. Mejía y Morales y los

que vivían en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado

exacto que se les prestaba en el momento sólo ellos conocían. Hablaron

repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro,

serviles, servilones, hipócritas, pancistas, fanáticos, feotas,

anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros,

moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales

puros, nacionales sospechosos. Además se refirieron al señorito, al

marqués, al maestro.

Aquello era un lío que nadie lo entendía.

Después de la inútil discusión se acabó quedándose cada uno con su

idea anterior: la mayoría, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad

de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile

Patricio Moore, creyendo más útil el carbonarismo, y Aviraneta,

asegurando que él con Regato no iba a ninguna parte.

Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana

y fueron a la pastelería de Ceferino, de la calle de León.

--Amigo Aviraneta--dijo Manzanares--, haces mal en no entrar en esta

nueva sociedad.

--¿Por?

--Porque hay que ir siempre en compañía de alguien para hacer algo.

--¿Aunque sea en compañía de granujas?

--Sí. ¿No te parece que sería mejor un Gobierno de pillos y de granujas

listos que el que tenemos?

--Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes

pillos que tienen ambición. Son pilletes que se venden por dos cuartos.

¡Ah! Si tuviéramos un político ambicioso e inteligente, aunque fuera un

granuja, yo lo serviría con gusto.

--Y yo también, siempre que fuera liberal.

--¡Ah, claro!, condición indispensable. Necesitábamos un Dantón...;

aunque fuera un Fouché nos bastaría.

--Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Además hay que tener

en cuenta--dijo Manzanares--que los pillos, naturalmente, se inclinan a

los Gobiernos fuertes, bien constituídos y bien despóticos, porque son

los que pueden dar más dinero, más cargos y más honores.

--¡Y, claro!--añadió Aviraneta--. Nada hay tan goloso de honores como

un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por

dentro no siente.

--¿Sabes tú quién podría ser nuestro hombre?

--¿Quién?

--Tú.

--¡Bah! No soy bastante granuja para eso.

--Creo que sí. Eres un granuja honrado. Tú no robarás para ti; pero tú

mandarías asesinar a uno si estorbara al país.

--¡Ah, seguramente!

--Nada, nada. Tú eres el hombre.

--No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no sé hablar; es

decir, no sé mentir con efusión. Yo no creo que la oratoria sea una

cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se

traduce en hechos; pero aquí en España se considera la oratoria como

si tuviera objeto en sí misma... La charlatanería triunfa, y yo no soy

charlatán... Para mí eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades

con calor y entusiasmo está por encima de mis fuerzas. No puedo ser un

farsante.

--Lástima. Porque tú tienes madera de político.

--¿Tú crees?

--Sí. ¿Sabes tú lo que debías hacer?

--¿Qué?

--Esperar. Orientarte, ver qué marcha lleva esto sin significarte

demasiado. Al mismo tiempo estudiar, dominar una especialidad, irte

preparando.

--Me parece que sería tiempo perdido. Yo creo que no sirvo mas que para

una cosa.

--¿Para qué?

--Para mandar.

--¡Tiene gracia! ¡Es posible que hubieras sido un gran ministro de un

tirano, o un secretario de Estado del Papa!

--Sí; creo que sí.

Manzanares se echó a reír. En esto entraron en la pastelería unos

cuantos señores.

--La redacción de _El Censor_--dijo Manzanares.

Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso,

Lista, Hermosilla, Miñano, Narganes, Javier de Burgos y otros.

Comenzaron a hablar, burlándose de las necedades y exageraciones de

los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don

Sebastián Miñano se distinguía por su crítica satírica.

--¡Es gente que me molesta!--exclamó Manzanares en voz alta--. Si para

valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el

cambio. Se burlan de nosotros. ¿Pero qué hacen ellos? Han servido a

Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitución; mañana

serán cualquier cosa, si les pagan.

Miñano miró a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:

--Estos clérigos renegados me repugnan. ¡Vámonos!

Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelería.

III

CONFUSIÓN

AUNQUE sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador

Manzanares, Aviraneta quiso, durante algún tiempo, tomar el pulso a

Madrid y ver si de la baraúnda de opiniones de unos y otros se sacaba

algo en limpio.

Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitación producida por el

movimiento revolucionario era todavía superficial: no llegaba a la

gran masa del pueblo; únicamente la clase media y parte del ejército

aceptaban las ideas liberales. Además, entre éstos había muchos

constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades

patrióticas por motivos de medro personal.

Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad

semejante.

Es indudable que en los períodos políticos de trascendencia de un país

los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres

una fisonomía moral casi idéntica.

¿Es que la naturaleza tira en algunas épocas una edición numerosa de

ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero

no tienen ocasión favorable de desarrollarse mas que en determinadas

circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este período, todos

los tipos salientes estaban cortados por el patrón del militar o del

orador. Cierto que entre ellos había gente de talento y de inventiva;

pero eran los que tenían menos influencia. Pesaba demasiado la

tradición y la costumbre, para que las lucubraciones de un político

original influyeran en el medio ambiente.

La Revolución española era como un carro pesado tirado por mariposas;

no podía avanzar.

Algunos de los oradores célebres de la época conocían a fondo las bases

del sistema constitucional; otros muchos hablaban de oídas, y sus

discursos tenían el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A

cada paso se oía citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los

que no estaban muy seguros de sus citas se defendían hablando de la

Constitución, código inmortal de las libertades patrias; de la Prensa,

esa palanca del progreso; del ejército, brazo defensor de la soberanía

nacional, etc., etc.

Los más jóvenes citaban con preferencia a Benjamín Constant y a

Jeremías Bentham, que iban tomando en España una fama inmensa entre los

eruditos y doctrinarios de la política liberal.

Con tanta oratoria, más o menos elocuente, la confusión era completa,

un verdadero caos; había orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que

defendía tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales,

y el público, que se tenía por liberal, sin poder distinguir unas de

otras, las aplaudía con entusiasmo.

Para mayor lío y obscuridad, surgía la división entre masones y

comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.

Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros:

Aunque se disfracen

esos pasteleros,

ya los conocemos.

Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los

absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.

Desde el negro profundo al rojo más subido, había una porción de

grupos y sociedades medio públicas, medio secretas. La primera en las

filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y

teocrática, que duró hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces

valiéndose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles

de víctimas. La Concepción, otra sociedad teocrática, no llegó a tener

la importancia del Angel Exterminador.

En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebró una gran junta

en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la

que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta

junta tenía por objeto organizar matanzas de liberales en Cataluña.

Según informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El

Angel Exterminador había producido la muerte de 1.828 liberales en las

posadas y en los caminos. Esta sociedad fué también la que provocó el

levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados,

en Cataluña; la que tendió un lazo a Torrijos y a sus compañeros, por

intermedio del general González Moreno, y la que se alió con Calomarde

para traer a Don Carlos.

Después de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y

de La Concepción venían los carlistas, en donde los partidarios de

la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los

absolutistas fernandinos, y, por último, los absolutistas afrancesados,

que más tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.

Entre los constitucionales, los más tímidos eran los Sabios o los del

Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de años después, no se sabe

si llegaron a estar constituídos en sociedad o no, querían modificar

la Constitución, convirtiéndola en una Carta otorgada por el rey,

suprimiendo la Cámara única y reemplazándola por dos; tras ellos venían

los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que

eran, en su mayoría, masones; luego, los liberales exaltados, entre los

que había masones y comuneros; por último, estaban algunos comuneros

republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini,

Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Además de éstas se decía que existía una sociedad, dedicada al cultivo

de la pornografía, llamada La Bella Unión. Es muy posible que la tal

sociedad fuera algún alarde de inmoralismo de la época o una invención

de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenían, por entonces, periódicos

importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escribían

_El Censor_, redactado por Miñano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba

a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las

sociedades patrióticas.

Miñano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intención. Sabía

mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcalá Galiano, en

un artículo de _El Censor_, titulado «Defensa legal de la borrachera y

de los borrachos».

Don Sebastián era todo un clérigo. Vivía con una señora, de la

que tenía tres o cuatro hijos. Había sido masón, afrancesado,

constitucional moderado, apostólico; fué amigo de Soult y de Calomarde

y murió años después declarándose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de _El Censor_, los

constitucionales tibios publicaban _El Imparcial_ y _El Universal_,

dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenían _El Espectador_, que escribía San Miguel y Pidal.

_El Espectador_ defendía la política de las logias de los ataques de

los absolutistas y acusaba a los periódicos comuneros de exasperar los

ánimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco después de fundarse, _El Eco de Padilla_,

y al último, _El Zurriago_ y _La Tercerola_, que atacaban a derecha e

izquierda con procacidades e insultos.

Cada fracción constitucional tenía su color predilecto: los liberales

puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el

morado, que recordaba el color del pendón de Castilla.

De los hombres de la Revolución ninguno gozaba de completo prestigio.

Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno lo habían perdido entre los

exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un

botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro,

en Madrid, se había puesto a cantar desde un palco el _Trágala_.

Otros decían que no había sido él, sino un ayudante suyo. Aviraneta

no había conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin

embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que

desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridículo.

Liberales y absolutistas vivían en plena demagogia. Unos y otros tenían

que adular al pueblo; unos y otros tenían que escamotear la voluntad

popular a su gusto.

En los dos partidos se señalaban los caracteres de la demagogia

populachera, el dogmatismo fanático, los celos entre las personas y, en

último término, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fanático provenía de la falta de benevolencia y de

elasticidad del español, los celos entre los hombres del mismo partido,

de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histriónica de

los héroes de las masas democráticas y el culto a la fuerza, del

convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenían valor mas

que para los ya convencidos.

La Revolución española fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no

veían en ella mas que el encono contra la religión; los liberales la

encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros,

Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se

esperaba para dominar la anarquía.

No había vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta veía a

Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros

agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don

Carlos y se entendía con Regato, que representaba su papel de liberal

exaltado y no producía sospechas entre sus cándidos compañeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corría alegremente entre

aquellos pícaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos

liberales tan desorientados y tan idiotas.

IV

OLLOQUI, EL FERRETERO

HABÍA ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huéspedes de la

calle Mayor, próxima a la plaza de San Miguel.

La casa podía conocerse por este rótulo misterioso que había en la

tienda:

SALC IC RÍA D FROI AN CANT

Cualquiera hubiera dicho que esta inscripción era de un idioma de

Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero

estaba puesto en castellano, sólo que se habían borrado unas cuantas

letras, y quería decir, sencillamente: Salchichería de Froilán Cantos.

A la puerta de la salchichería del tal Froilán colgaban chorizos y

cerdos raspados y embadurnados de pimentón.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 9 / 17 段