Aviraneta, espantado, bajó un escalón y luego otro, y viendo que el

viejo se lanzaba tras él, echó a correr hasta el portal.

--¡Cobarde!--vociferaba el viejo trompicando por las escaleras.

--¿Qué pasa?--preguntó Diamante, que estaba con la patrulla, viendo a

Aviraneta que bajaba rápidamente.

--Un viejo que se echa encima de mí, que está loco.

--¡Loco yo...! ¡Miserable...!--y el padre de Fermina se lanzó sobre

Aviraneta.

Diamante y los soldados sujetaron al viejo, hasta que éste, cansado de

bregar y de pegar patadas, comenzó a echar espuma por la boca y le dió

un desmayo. Al recuperar el conocimiento se levantó, buscó a Aviraneta;

pero éste había salido a la calle.

--¡Demonio con el viejo!--exclamó Diamante--. Es un energúmeno, no hay

manera de sujetarlo.--Luego salió del portal, y al encontrarse con

Aviraneta le dijo:

--¿Qué le ha hecho usted a este hombre?

--Nada. Que estuve para casarme con su hija y luego no me casé.

--Está bien el viejo... Es un hombre de fibra y de corazón. Lo mejor

sería pegarle cuatro tiros.

--No, no; ¡qué barbaridad!

--Sería una muerte digna de él. Además, crea usted, el terror es lo más

beneficioso para estas gentes.

Aviraneta se metió en su casa deseando marcharse cuanto antes de Lerma

para no ver a aquel viejo convulso y furioso.

Este viejo solía ir acompañado de dos navarros, Chatarra y Ezcabarte,

criados suyos.

En el pueblo, la gente que conocía a Aviraneta, antiguos guerrilleros

y amigos de Merino, le consideraban como un traidor por ser liberal.

Muchos de ellos querían equiparar a los franceses con los liberales,

y pensaban que era tan patriótico luchar contra éstos como contra los

soldados de Napoleón.

Una noche habían estado en el alojamiento del general hablando el

Empecinado, Salvador Manzanares y Aviraneta. Después de charlar largo

rato, Salvador y Aviraneta se despidieron de don Juan Martín, salieron

y, al pasar por una calle, sintieron gran alboroto. Se acercaron,

llegaron a la plaza de los Mesones, y vieron delante de la casa de

Fermina un grupo de gente, en su mayoría soldados y nacionales.

--¿Qué hacen?--preguntó Aviraneta.

--Están cantando--dijo Salvador--una canción que han traído de Cádiz:

el _Trágala_.

Efectivamente, una voz aguardentosa en aquel momento cantaba una copla:

Señor doctor,

estoy empachado,

no me ha sentado

la Constitución.

Pues, amiguito,

trague esa china

que no hay más quina

para ese mal.

Concluída la copla, un coro de bárbaros comenzó con el estribillo:

Trágala, trágala,

trágala, trágala

trágala, trágala,

perro,

ya que no quieres

Constitución.

Todo el grupo de soldados y nacionales reía, y, después de la canción,

armaban una algarabía infernal agitando cencerros y dando golpes en

unas calderas. Sobre todo, el coro del _Trágala_ lo repetían de una

manera tan brutal, tan ofensiva, con una intención tan mortificante,

entre carcajadas y gritos, que se comprendía que cualquiera insultado

así se hiciese enemigo a muerte y para siempre de los liberales.

--¡Lo que van a hacer con nosotros si llegan a vencernos!--exclamó

Salvador.

--Sí, creo que todos tendremos que salir corriendo--murmuró Aviraneta.

--Si nos dejan--replicó Manzanares riendo--. ¡Adiós, Eugenio! ¡Buenas

noches!

--¡Adiós, Salvador! Expresiones a Mercedes.

Mercedes era la novia de Salvador.

Aviraneta fué a ver a Diamante, que estaba en el grupo, y a los otros

nacionales a disuadirles de que siguieran cantando; pero a ellos les

parecía ésta una magnífica ocasión y no querían dejarla.

III

EN CAMPAÑA

A la media noche del 29 al 30 de abril salía la columna del Empecinado

para Covarrubias, precedida de la patrulla exploradora de Aviraneta.

Allí se averiguó que el 30 había pasado Merino con su gente por Acinas

y Santo Domingo de Silos. Se avanzó hasta Silos y, siguiendo la pista

del Cura, el Empecinado llegó a Hontoria del Pinar el 1.º de mayo.

En Hontoria un vecino liberal dijo que los facciosos, en número de

unos seiscientos hombres, acababan de salir del pueblo hacía unas ocho

o diez horas. Sin descansar, el Empecinado ordenó que la columna se

pusiera en movimiento. Pasaron por Navas y por Huerta, y al llegar a

Arauzo de Miel, Aviraneta, con su vanguardia exploradora, pudo alcanzar

a la retaguardia de Merino y acuchillarla, hasta hacer huír a los

facciosos precipitadamente hacia el monte.

Era la táctica de Aviraneta no dejar descansar al enemigo, y aquella

misma tarde se volvió a alcanzarlo en Peña Tejada, en una altura de

casi imposible acceso, ocupada por tiradores que hicieron un fuego

vivísimo al divisar la columna liberal.

No quería el Empecinado retroceder y fué colocando en guerrilla sus

tropas. Pasaron una hora respondiendo al fuego hasta que comenzó a

obscurecer. Ya obscuro, Aviraneta, que conocía muy bien los caminos,

con cincuenta hombres, entre los que iba Salvador Manzanares, hizo que

rodearan el alto donde se encontraban los facciosos. Se les desalojó de

allí, se les persiguió en la obscuridad, y a media noche los liberales

retornaron a Pinilla de Trasmontes, donde se había establecido el

cuartel general.

Salvador y Aviraneta volvieron cantando romanzas francesas y españolas.

La noche estaba espléndida, y de las hierbas del monte se levantaba un

olor acre y perfumado...

El día 3 de mayo, a las cinco de la tarde, estaban Aviraneta y el

Empecinado a una legua del pueblo, en compañía de los ordenanzas,

cuando se vió a pequeña distancia la columna facciosa, que marchaba a

paso redoblado y se desplegaba acercándose a ellos en un movimiento

envolvente.

--¡Sálvese usted, mi general!--gritó Aviraneta al Empecinado--.

Nosotros nos defenderemos un momento.

El Empecinado no tuvo tiempo mas que para hincar las espuelas a su

caballo y echar a correr.

--¡Entrégate! ¡Date, Martín!--oyó que gritaban.

Era la voz del Cura Merino, que iba en su persecución. El Empecinado,

encorvado sobre el cuello del caballo, huyó como una flecha entre las

balas y pudo acercarse a sus tropas.

Mientrastanto, Aviraneta, con los ordenanzas, estuvo batiéndose en

retirada, defendiéndose en cada piedra y en cada mata hasta que comenzó

a venir la caballería constitucional y a formarse en orden de batalla.

Los de Merino fueron retirándose y acogiéndose al monte; el Empecinado,

furioso de haber estado a punto de caer prisionero, dió una soberbia

carga de caballería; pero pronto el enemigo desapareció como si se le

hubiera tragado la tierra.

Los días siguientes fueron igualmente de escaso éxito para las

tropas constitucionales y se decidió en el consejo de los oficiales

fraccionar las columnas e ir poniendo guarniciones en los pueblos.

Aviraneta era contrario a este plan. Suponía que dejando guarniciones

de doscientos o trescientos hombres, el Cura podría reunir mil o dos

mil soldados y atacarlas fácilmente. Para guarnecer con probabilidades

de éxito la sierra de Burgos y Soria se necesitaban lo menos diez o

doce mil hombres.

Aviraneta sabía el fracaso de las tentativas de Roquet y Kellerman en

tiempo de la guerra de la Independencia.

Las excitaciones de curas y frailes animaban a los facciosos, y los

soldados de la Fe, feotas, como les llamaban los liberales, iban

presentándose en el campo. Luchaban con Merino, el Blanco, el Rojo de

Valderas, Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, y comenzaban a

campear aparte Cuevillas, el sombrerero Arija, y otros.

Siguiendo el plan de fraccionamiento de las columnas acordado por el

Empecinado y sus oficiales, se decidió que los coroneles Escario,

Ceruti y el teniente coronel Manzanares recorriesen la parte más llana

del país hasta la orilla del Duero, y que en la Sierra operase don Juan

Martín.

Aviraneta quedó en Lerma, en el cuartel general.

El fraccionamiento en columnas no consiguió hacer que Merino cayese

en ninguna trampa. Conocía el terreno como nadie y contaba con el

paisanaje.

En cambio, el defender los pueblos con guarniciones pequeñas produjo

más de una catástrofe en el campo constitucional. En Salas de los

Infantes, el Cura sorprendió a tropas del regimiento de Sevilla y

estuvo a punto de hacer grandes destrozos en otros pueblos.

Uno de éstos fué Tordueles, aldea próxima a Lerma. Se había dejado

aquí, de guarnición, cincuenta hombres al mando de un oficial llamado

Juan José Allegui.

El día 26 de mayo, a las doce del día, se presentó Merino delante de

Tordueles y se dispuso a penetrar en esta aldea. Llevaba el Cura una

fuerza de ochenta caballos y otros tantos infantes. Al acercarse al

pueblo abrió el fuego, que fué contestado por los soldados de Allegui,

que se retiraron a una casona llamada de los Sevillanos, donde se

dispusieron a pelear hasta el final.

Después de dos horas de fuego, el Cura intimó a Allegui a la rendición,

y como Allegui le contestara con desprecio, Merino, dejando el pueblo

sitiado, se retiró al anochecer a Cebreros.

Allegui, de noche, salió él mismo de la casa de los Sevillanos, habló a

un pastor conocido suyo y le confió una carta para el cuartel general

de Lerma.

El campesino, marchando por veredas, llegó a esta villa y entregó la

misiva a Aviraneta.

Aviraneta se vió en un gran aprieto; no había apenas fuerzas que enviar

a Londueles. El Empecinado estaba, en aquel momento, camino de Roa,

donde pensaba unirse con el coronel Ceruti. Manzanares se encontraba en

Aranda de Duero.

Aviraneta no podía abandonar a Allegui, y, llamando al jefe de los

nacionales de Lerma para que preparase con su gente la defensa del

pueblo en caso de ataque, reunió treinta hombres del regimiento de

Jaén, veinte caballos de Calatrava y diez de Lusitania, y con ellos y

seis mulos cargados de municiones marchó a Tordueles, donde entró al

amanecer.

Antes había mandado dos propios, uno al Empecinado y otro a Manzanares,

diciéndoles adónde iba.

La entrada en Tordueles no ofreció dificultad. Aviraneta y Allegui,

reunidos, decidieron ensanchar la posición, para lo cual ocuparon

la manzana en donde estaba enclavada la casona de los Sevillanos, y

fortificaron la puerta de ésta con toneles, carros atados unos con

otros y piedras. La sección de caballos quedó en el patio de una

cuadra, que tenía una puerta sólida y fuerte y que dejaron de modo que

se pudiera abrir y cerrar rápidamente.

Esta cuadra se hallaba comunicada con el resto de la manzana.

Estudiando el terreno, vieron que para defender la entrada de la

casona de los Sevillanos era indispensable ocupar una casucha próxima,

pero que no se hallaba unida a la primera, pues entre ambas había un

callejón de unos dos metros de ancho.

Esta casucha de adobes se llamaba la casa del Cojo, y tenía importancia

porque, desde sus dos ventanas, se podía disparar contra los realistas,

si intentaban el asalto acercándose a la puerta de la casona de los

Sevillanos.

La ventaja se hallaba compensada con el inconveniente de ser la casucha

del Cojo muy fácil de ser tomada.

Para obviar la dificultad, Aviraneta mandó deshacer la escalera hasta

el primer piso, en la casa del Cojo, y luego ordenó que se hiciera un

agujero en la pared del desván de ésta, y otro en el muro espeso de la

de los Sevillanos, de manera que se pudieran comunicar por un puente de

tablas los desvanes de las dos casas.

Los hombres que se quedaran en la casa del Cojo, si llegaban a

verse apurados, pasarían por el puente de tablas a la casona de los

Sevillanos, y después de pasar se quitaría el puente.

Suponiendo que el ataque podría durar varios días, se preparó la

defensa lo mejor posible. Se abrieron agujeros en las paredes del

pajar y en el tejado, y se llevaron piedras y sacos de tierra para

disparar, guareciéndose en ellos. En los balcones se colgaron colchones

y jergones.

Por la mañana, al amanecer, los de Merino, con fuerzas triples a los

sitiados, atacaron la casa de los Sevillanos y llegaron hasta la

puerta. Mandaban a los facciosos los Leonardos, feroces cabecillas

de Merino, que hacían de verdugos por satisfacer sus inclinaciones

sanguinarias. Al acercarse los feotas, gritaron con furia: «¡Viva la

religión! ¡Viva el rey!»

Los de dentro contestaban con el mismo o con mayor entusiasmo: «¡Viva

la Libertad! ¡Viva la Constitución!»

Aviraneta y Allegui dirigieron el fuego, haciendo que no se perdiera un

tiro.

Los encerrados en la casa del Cojo tenían la orden de no disparar

mientras no se les avisase.

El ataque de los Leonardos fué, sin duda, para tantear el terreno. Al

mediodía se dió otro ataque a la casa de los Sevillanos, dirigido por

el mismo Merino.

Unos cuantos exploradores en guerrilla se acercaron a la explanada de

delante de la casona, e intentaron abrir la puerta a tiros. Cuando

habían formado un gran grupo fueron cogidos por los fuegos de la casa

del Cojo, que les hizo bastantes muertos. Merino, entonces, ocupó un

tejado de enfrente y comenzó a dirigir los tiros contra la casa del

Cojo.

El fuego se hizo intermitente. Sólo se disparaba de un lado y de otro

cuando alguno se decidía a dar la cara.

Al anochecer, los absolutistas comenzaron un ataque atrevido contra

la casa del Cojo; rompieron la puerta y entraron en el zaguán. Cuando

estaban en esta faena, los treinta jinetes de los constitucionales al

mando de Aviraneta salieron por la puerta de la cuadra a cargar contra

los facciosos.

Los caballos se alinearon en la callejuela, y a la orden de Aviraneta

avanzaron al trote, y luego, al galope. Las herraduras sacaban chispas

de las piedras del suelo. Al desembocar en la encrucijada, Aviraneta,

irguiéndose en la silla y levantando el sable, gritó; «Soldados:

¡Constitución o Muerte! ¡Viva la Libertad!» El pelotón de caballería

dejó en un instante la plazoleta limpia, acuchillando, atropellando,

matando. Desde la casa de los Sevillanos, Allegui y los suyos

vitoreaban y aplaudían con entusiasmo.

Tras de esta acometida, cesó el fuego, y los realistas se retiraron.

La noche la pasaron los sitiados con la mayor vigilancia, fortificando

algunos puntos, y al amanecer, un parlamentario, con bandera blanca,

se presentó ante la casa de los Sevillanos. Traía una carta para

Aviraneta. La carta decía así:

«Aviraneta: Me es sensible derramar sangre de cristiano, aunque

dudo mucho que la vuestra lo sea. Saliste de una; no saldrás de

otra. Si no haces que toda vuestra gente entregue las armas en

seguida, seréis fusilados en montón.

»JERÓNIMO MERINO.

»La contestación, luego, luego.»

Aviraneta, iracundo, escribió:

«A don Jerónimo Merino: Muy señor mío y capellán: Dejé escapar

la otra vez, por compasión, al cura hipócrita que se presentaba

humilde. Si la sangre de la morralla absolutista es la sangre de

cristiano, prefiero no tener con ella más relación que la necesaria

para derramarla abundantemente. Somos menos que ustedes, es

verdad; pero tenemos más alma. Si se entregan, los trataremos con

conmiseración.

AVIRANETA.»

Al día siguiente volvió de nuevo el ataque, con alternativas de avance

y retroceso de los sitiadores; y por la noche éstos se apoderaron de la

casa del Cojo.

Al amanecer del día siguiente, un soldado que estaba en una guardilla

de la casa de los Sevillanos de vigía vino corriendo a decir que se

acercaban tropas del lado de Lerma. Aviraneta corrió a la guardilla y

enarboló su anteojo. Eran las tropas del Empecinado. Estaban a salvo.

Aviraneta y Allegui pensaron en el medio de cortar la retirada a Merino

y a su gente. Se preparó el pelotón de caballería y se abrió la puerta

del zaguán de la cuadra. Luego todas las fuerzas de Allegui y de

Aviraneta, abandonando la casa de los Sevillanos, se apostaron a la

salida del pueblo por donde Merino tenía que pasar.

El Empecinado y los suyos avanzaron despacio. Los de Merino se

dispusieron a defenderse; pero Allegui y Aviraneta les atacaron por la

espalda y les hicieron diez o doce muertos. Los de Merino se dieron a

la fuga y en un momento desaparecieron.

Después de celebrar la salvación del peligro en que se habían

encontrado, Aviraneta marchó a hablar con el Empecinado. Intentó

convencerle de que el sistema de dejar guarniciones pequeñas en los

pueblos era malo, como el de tener varias columnas, y el general se

decidió a formar solamente dos brigadas que operaran en combinación.

Mientras esperaban en Tordueles la llegada de Manzanares, se supo

que el Cura Merino había avanzado, furioso por su derrota, hasta el

Monasterio de Arlanza, sitiándolo en seguida. Había en el antiguo

edificio ruinoso un destacamento del batallón de voluntarios de

Cataluña, con su jefe.

Merino les intimó la rendición; pero el oficial, que sabía los

procedimientos del Cura, no quiso rendirse hasta que, viéndose sin

municiones, se entregó.

Merino los fusiló y descuartizó a todos y mandó enterrar sus despojos a

orillas del Arlanza.

El Empecinado se indignó al saberlo y ordenó a Salvador Manzanares y a

Aviraneta que redactaran una comunicación enérgica amenazando con las

represalias.

Esta comunicación, firmada en el Campo de Fontioso, se mandó imprimir

y fijar en los Ayuntamientos y en las esquinas de las casas de los

pueblos de la Sierra. Se titulaba:

«Carta de don Juan Martín, el Empecinado, al Cura Merino, con motivo de

la horrenda crueldad que ha usado con los soldados de Cataluña».

IV

MERINO SE OCULTA

AL día siguiente de fijar este bando comenzó la persecución de Merino

con las dos columnas combinadas.

El 30 de mayo el Empecinado y Aviraneta salieron de Lerma y recorrieron

el monte de Villoviado. Se hicieron indagaciones sin éxito y se pasó a

Arlanza.

Se mandaron desenterrar los cadáveres de los soldados de Cataluña que

estaban cerca del río, y se los trasladó a Covarrubias, donde se les

hizo un entierro solemne.

De Covarrubias, las dos columnas se dirigieron a la Sierra. No había

rastro del Cura ni de su partida. Se encontró cerca de Hontoria del

Pinar a un tal Rufo, jefe del batallón de la Fe, que marchaba escapado

con cuatro mulos cargados con armas, y se le detuvo.

El Rufo dijo que había oído decir que el Cura andaba entre Celleruelo

y Roa, y que parte de su tropa estaba guarecida en el monte de la

Ventosilla, cerca de Aranda.

Se fué hacia allá y no se encontraron huellas de Merino.

Aviraneta indicó al Empecinado los refugios que podía haber escogido

el Cura: Neila, la cueva del Abejón, Covaleda, Clunia, y se dieron

órdenes terminantes para que se registraran estos sitios. Se mandaron

patrullas por toda la Sierra. Nada.

--Hay que entrar en las iglesias y en los conventos--se dijo

Aviraneta--. Es posible que Merino se haya escapado a Francia; pero me

parece más probable que esté aquí, escondido en alguna sacristía, en

alguna torre, en una guarida clerical.

Se dictaron órdenes para registrar iglesias y conventos, pero no dieron

resultado.

Aviraneta desconfiaba de algunos agentes que se enviaban en persecución

del Cura; debía haber desconfiado de todos; no sabía que al mismo

tiempo que se dictaban providencias para descubrirle y prenderle, de

Madrid partían órdenes de Palacio para que no se le buscase. Casi todos

los jueces, escribanos y alcaldes de la Sierra eran partidarios del

rey absoluto, y no había que hacer en ellos gran presión para que no

inquietasen a Merino.

Por otra parte, la Junta Apostólica de Burgos, que se reunía en casa de

un mayordomo de frailes benitos, trabajaba para invalidar los esfuerzos

de los constitucionales.

Mientras el cabecilla fantasma era buscado activamente por toda la

provincia, el verdadero Cura Merino estaba muy tranquilo acogido a un

convento de monjas de Santa Clara, próximo a su pueblo, a Villoviado.

Por el día se le vestía un hábito de religiosa para que pudiera

pasearse con las hermanas en el huerto, y por la noche se acostaba en

la iglesia, detrás de una estatua de Santa Clara, en el fondo de un

escondrijo, donde habían puesto una camilla.

Es muy posible que de cuando en cuando la superiora obsequiara al viejo

cura, sátiro y sanguinario, con alguna monja guapa; pues todas ellas le

consideraban como un santo varón. Es muy posible, pero no consta en los

archivos, que Merino dejara en el convento descendencia mística.

En vista de que las partidas facciosas habían desaparecido, se

dispuso hacer una excursión de carácter político por la provincia. El

gobernador de Burgos, Escario, acompañado de González de Navas, el juez

de Arauzo de Miel, de Aviraneta y de algunos oficiales del Empecinado,

recorrieron la provincia.

Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias,

las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran

verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era

un horror. Escario ofició al alcalde de Burgos para que enviase un

cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quería

vacunarse.

Se hizo una suscripción voluntaria para plantar árboles en los bordes

de las carreteras, y el jefe político, Aviraneta y otros varios dieron

cada uno quinientos reales, y se comenzó la plantación en Arauzo de

Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.

Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se

armó también un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey.

Un oficial, aficionado, pintó el telón.

La pintura era cómica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa

en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima

de ellas, marchaba hacia una escalinata verde, vigilada a un lado y a

otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y España, con su

corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima había un medallón con

el retrato de Cervantes, coronado de laurel.

Seguramente, aquel telón hubiera parecido muy malo a un profesional;

pero a los oficiales del Empecinado les pareció una obra maestra.

De Huerta del Rey se bajó a Aranda, y después de pasar unos días aquí,

Aviraneta, con la columna del Empecinado, marchó a Valladolid. Se

avanzó luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado,

escribió una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo:

«Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida

por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: ¡Constitución o

Muerte!»

LIBRO QUINTO

ENTRE ARANDA Y MADRID

I

ROSALÍA Y TERESA

DESPUÉS de esta campaña contra Merino, Aviraneta dejó el ejército

y volvió a Aranda de Duero a seguir con sus cargos de regidor, de

subteniente y de comisionado del Crédito Público.

Era la primavera de 1821.

Don Eugenio llegó muy de mañana a Aranda y se presentó en casa de

su madre, que, como de costumbre, se había levantado temprano y se

preparaba a ir a la iglesia.

La madre de Aviraneta seguía con su vieja Joshepa Antoni, sin enterarse

gran cosa de lo que ocurría en el pueblo. Siempre con su cofia blanca

en la cabeza y siempre haciendo calceta; para ella, el tiempo estaba

ocupado principalmente por los pares de medias hechos.

El ama y la criada llevaban la misma vida en Madrid, en Irún o

en Aranda; conversaban de lo que podía ocurrir en su pueblo y se

preocupaban poco de lo demás.

Esta limitación voluntaria le producía a Aviraneta gran asombro.

En la calle, la criada del juez le contó lo ocurrido durante su

ausencia en la familia.

Rosalía se había casado con un propietario rico de Aranda. Teresita

asombraba al pueblo con su saber. Se decía que iba a aprender latín.

Su madre, doña Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se

encontraba enfermo; al chico, Juanito, querían hacerle estudiar para

cura.

Aviraneta veía que desde que había entrado el cura don Víctor la casa

se transformaba. El cura mandaba en rey y señor.

Así como había habido un principio de moda el año 1820 entre la gente

distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en

1821 se volvía a la reacción religiosa, y los curas empezaban a tener

no sólo el mismo, sino mucho más ascendiente que antes.

Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y notó que las bromas que

dirigió a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas.

Teresita consideraba que cualquier alusión irónica dirigida acerca de

puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.

Aviraneta supo que el marido de Rosalía era tiránico y usurero, incapaz

de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.

Unos días después vió a Rosalía flaca y triste.

Teresita se iba haciendo cada vez más religiosa, y empezaba a

considerar que todo podía ser pecado.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 8 / 17 段