--Ahora--dijo Aviraneta a Diamante--, pónganse todos ustedes en las

ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan

a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que

disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el

_Lebrel_ con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a

avisarme.

Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el _Lebrel_ volvió al

zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta

abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a

alguien:

--Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.

La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el

viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se

oían ladridos de perros.

El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte

metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de

otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.

Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron

a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos.

Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron;

después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar

a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de

Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en

este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La

Vid.

Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento

el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y

que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.

El herido declaró que él había ido con la _Gaceta_ desde Aranda; que

en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con

otros dos que no conocía.

--A ese _manflorita_ de la _Gaceta_--dijo el Lobo--, cuando le eche la

mano encima, le voy a poner como nuevo.

A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y los

cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en

el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar

un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e

hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel

González de Navas.

La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda.

Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz

al sentirse odiado por la canalla.

--No acabará bien ninguno de los dos--decía la _Gaceta_ por todas

partes.

Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el

vaticinio de la _Gaceta_ no le inquietaba gran cosa.

A Frutos se le compadecía.

--El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas

compañías--decía la _Gaceta_.

Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprendía era la tenacidad de

Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de

obrar, pero no los motivos políticos o de bien general.

X

EL DILEMA DE DOÑA NONA

DURANTE el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando

mucho en sus tres cargos.

Por aquella época la Milicia tenía misiones de policía que cumplir,

porque había muchos ladrones y malhechores en el campo.

Todos los días Aviraneta iba a casa del juez. Discutía mucho con don

Francisco.

A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a

iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto,

unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban

imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía

la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El

juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no:

que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar

efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e

imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.

Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta.

Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.

Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de

insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.

Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa

del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el

confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.

Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña

Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.

De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca.

Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las

obsequiaba galantemente...

Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura

Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus

fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y

algunos aseguraban que diez mil.

La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos

hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.

Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario

prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios

al país. Aviraneta contestó:

--Veremos a ver si nos llaman.

--¡Qué llamar! Hay que ir.

Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de

la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase

con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se

encontraba la comarca.

Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña

Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.

--¿Qué querrá?--se preguntó Aviraneta.

Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a

don Eugenio.

Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que

su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de

que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de

familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su

casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.

--Pero, señora, ¿por qué?--preguntó Aviraneta.

--Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido

será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en

el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben

tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.

--¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?

--No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero,

como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede

estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede

ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted

les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la

Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán

de usted.

--¡Bah!

--Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a

los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo

Diamante.

--No lo creo.

--Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo

que es en los pueblos, ninguno.

--Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña

Nona?

--Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que

es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi

hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre

expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus

correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a

mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en

ese caso no aparezca usted por aquí.

--Señora, me mata usted.

--Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está

expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no.

Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse

quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.

--Juzga usted las cosas de una manera...

--Es que para mí no hay mas que esas dos soluciones.

--¿Y ha preguntado usted a Rosalía?

--No; ni pienso preguntarle nada. Rosalía hará lo que sus padres manden.

Aviraneta quedó callado, mirando al suelo; quería encontrar una

solución para resolver el conflicto, pero no daba con ella.

--¿Y en el caso de que Rosalía quisiese, no le parecería a usted bien,

por ejemplo, que su hija y yo viviésemos en Francia, en un pueblo de la

frontera, donde yo tengo familia?

--No, no.

--Así a ella no le podía ocurrir nada.

--A ella, no; pero a usted, sí. Vivir en el extranjero, con el marido

perseguido, quizá preso, ¡bonita situación!

Doña Nona salía inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado

cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurría nada.

--Ya se lo he dicho a usted--terminó diciendo doña Nona--; no hay más

solución que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.

Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se

metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando

a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.

Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su

familia y se casara con él.

Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día

siguiente le diera la carta a Rosalía.

Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada

era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener

relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y

tuvieran el santo temor de Dios.

Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá

andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.

Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.

Poco después fueron a buscarle Diamante y el _Lobo_.

Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que

no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a

pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les

dieron las gracias.

--Está usted en un error, Aviraneta--dijo Diamante hablando con

serenidad--; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos

al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no

hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina

nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos

conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que

echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad

o muerte.

--Eso es: libertad o muerte--exclamó el _Lobo_ con furia.

--Ahora mismo debemos marcharnos--indicó Diamante.

--Sí, ahora mismo--replicó el _Lobo_.

--Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo--añadió

Aviraneta--; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.

Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando

el modo de aplacarla en estos términos:

«Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el

dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución.

¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy

ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y

hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted

exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los

liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada

en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a

volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad?

¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible.

Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no

bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.

»A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si

Rosalía no me olvida, yo encontraré una.

»Es de usted atento s. s., q. b. s. p.--_E. de Aviraneta._»

Después escribió una esquela a Rosalía.

Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al _Lebrel_;

luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y

al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el _Lobo_ y los dos

criados, que venían con los caballos de las riendas.

Aviraneta montó en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino

de Burgos.

LIBRO CUARTO

EL EMPECINADO CONTRA MERINO

I

DON JUAN MARTÍN Y SALVADOR MANZANARES

EL jefe político de Burgos, don Joaquín Escario, conferenció con

Aviraneta para comenzar la nueva campaña que había que emprenderse

contra el Cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables;

dos batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. El jefe

político no podía dar mando a Aviraneta; así que éste tendría que ir

como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero. Diamante

y el _Lobo_ no podrían tampoco ingresar en los escuadrones del ejército

regular.

Vaciló en aceptar Aviraneta; pero al asegurarle el jefe político que

el Gobierno había despachado una orden al Empecinado para que tomase

el mando de las tropas de la provincia, aceptó. Debían acompañar al

Empecinado los oficiales don Jacobo Escario, hermano del gobernador,

don Florencio Ceruti y don Salvador Manzanares.

Se decidió formar una compañía volante dirigida por Aviraneta, que

haría el servicio de información, y en esta compañía se alistaron

Diamante, el _Lobo_ y Jazmín.

La compañía volante y las fuerzas regulares salieron al campo en

seguida.

En las dos semanas que operaron no tuvieron ningún éxito; por el

contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas

preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo

para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.

La primera fuerza que entró en Arauzo fué la partida volante de

Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don

Angel González de Navas. Todos los expedientes del Crédito Público

de venta de bienes nacionales se habían quemado en la plaza por los

absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.

Aviraneta pudo ver páginas escritas con su letra entre los montones de

papel quemado. Casi toda su labor de burócrata acababa en aquel momento

de ser pasto de las llamas.

Salieron de Arauzo los constitucionales en persecución de la partida

del Cura; pero no dieron con ella.

Unos días después se ordenó a Aviraneta y a sus amigos que fueran a

Lerma y se presentaran al Empecinado.

El Empecinado acogió a Aviraneta con grandes extremos: le abrazó, le

dió golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre sí

mismo, mirándole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le

tenía cariño.

Don Juan Martín Díez, el Empecinado, caballero de la militar Orden

Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejércitos

nacionales, parecía en la época constitucional tan abandonado de

indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra

de la Independencia.

Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido

que la identidad era superficial y que el guerrillero no sólo no era el

mismo, sino que había cambiado por completo.

Los seis años pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero,

enseñaron mucho al Empecinado.

Don Juan Martín había leído y pensado sobre las cosas y había perdido

la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas

la iglesia.

El pueblo, que lo sabía, iba trocando el amor que le profesaba por el

desvío.

El Empecinado, en éste tiempo, era un anarquista de la época: odiaba a

los curas y a los ricos.

Vivía con una mujer, con quien no estaba casado, y sentía un gran

desprecio por todas las jerarquías.

Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento,

trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte.

Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubrió y

deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dormía ni

descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quizá por influencia de

los realistas, lo trasladó a Valladolid, y nombró comandante general de

Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.

Era una de estas disposiciones clásicas españolas la de poner a las

órdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey,

delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como

el Empecinado.

Al poco tiempo, don Juan Martín se encontró destituído, y supo que el

Gobierno había nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general

Santocildes.

Éste llegó a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado

intentó posesionarse del mando.

Santocildes tenía antecedentes realistas; había contribuído a derrocar

la Constitución en 1814, en La Coruña, y firmado la sentencia de muerte

de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.

Sin embargo, el Gobierno liberal le prefería al Empecinado. El uno era

militar de carrera; el otro, guerrillero.

Don Juan Martín se mantuvo en Valladolid algún tiempo, hasta que le

ordenaron que tomase el mando de las tropas que debían luchar con

Merino, y se presentó en Lerma.

Dos oficiales de graduación acompañaban al Empecinado: Escario y

Salvador Manzanares.

Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos,

Van-Halen y algunos otros militares jóvenes, representaba el tipo

alegre de _dandy_ de la Revolución española.

Salvador Manzanares era un oficial de artillería, hijo de un médico muy

nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.

Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, había

conspirado en tiempo de Renovales. Fué de los que entraron con Mina en

Santisteban a proclamar la Constitución en 1820, y de los expulsados de

Madrid en compañía de Riego, en septiembre del mismo año. Manzanares

era entonces teniente coronel, después llegó a ser general y ministro

de la Gobernación. Cuando la entrada de los franceses con Angulema,

Manzanares se escapó a Gibraltar.

Desde entonces estuvo en la emigración, hasta que en febrero de 1831

se acercó a Gibraltar con Minuisir, Díaz Morales y Epifanio Mancha, y

desembarcó con un puñado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el

levantamiento de Cádiz.

El movimiento abortó; Salvador, reducido a veinte hombres, en una

situación angustiosa, se dirigió a dos cabreros, dándoles una carta

para Marbella. Los cabreros le hicieron traición y le entregaron a

la policía. Al ver a los dos hombres, en quienes se había confiado,

seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sacó el sable y de un tajo

cortó la cabeza a uno de los cabreros; así siguió atacando con rabia

hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.

La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y

muy hermosa, fué perseguida en Logroño por el trapense, el padre fray

Antonio Marañón, que había sido nombrado comandante general de la Rioja.

El trapense no se contentó con robar la casa que tenían los Manzanares

en San Millán de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la

iglesia de Logroño intentó violarla. Casimira pudo salvarse gracias a

la protección de una señora y a la de la querida del fraile, la por

entonces célebre amazona apostólica Josefina Comerford. Un general del

ejército de Angulema denunció las tropelías del padre Marañón, y el

Gobierno le ordenó que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo,

llevándose varias acémilas cargadas con el botín obtenido en sus robos.

Los Manzanares reclamaron después al convento las sumas robadas; pero

los trapenses de Santa Susana, donde estaba fray Antonio, contestaron

que el rey les había hecho donación de todo el botín llevado por su

compañero, y que, a pesar de su voto de pobreza, lo guardaban para

mayor gloria de Dios.

El sino de la familia Manzanares fué triste. El padre de Salvador, que

pasaba su vejez en Escoriaza, en Guipúzcoa, fué hecho prisionero y

fusilado en 1836 por el general carlista Villarreal.

Se le atribuía el ser masón y el haber escrito un Credo y una Salve

liberales. Esto fué motivo bastante para fusilar a un viejo de ochenta

y dos años, demostrando lo verdaderamente digna de admiración que es la

piedad de los defensores de la Iglesia, nuestra madre.

II

EN LERMA

TARDÓ bastante en organizarse la división del Empecinado, con la que se

pensaba batir a los soldados de la Fe, capitaneados por Merino.

Se habían reunido a los batallones de Ossorio y Suero, y a algunas

partidas de nacionales, el regimiento de Jaén y los de caballería de

Calatrava y Lusitania; pero las compañías de los batallones estaban

incompletas y algunas en cuadro. El Gobierno no tenía medios: la

situación iba haciéndose apurada. Merino se paseaba impunemente por

donde quería, sin que se le pudiera batir.

Aviraneta explicó al Empecinado los datos que tenía acerca de la

insurrección feota y los medios y recursos con que contaba.

Esta era completamente clerical, engendrada en los obispados y

arzobispados, y tenía sus focos en las sacristías de los pueblos.

Mientras el Gobierno no obrara con energía contra el clero faccioso,

Aviraneta pensaba que sería muy difícil dominar la situación.

Respecto a Merino, él lo conocía, sabía cómo pensaba, comprendía su

táctica. Merino y sus lugartenientes paseaban por los pueblos con

partidas pequeñas de ochenta o noventa hombres. Se decía que era la

misma partida; pero Aviraneta estaba seguro de que eran varias y de

que el Cura, en caso de necesidad, disponía de más de mil, quizá de más

de dos mil hombres.

Para Aviraneta, el único plan era salir a operar con dos columnas

grandes, dar en los pueblos la impresión de que había fuerza y no

fraccionarlas.

El Empecinado escuchó con atención las opiniones de Aviraneta. Sabía

las marrullerías del Cura y no quería que se burlara de él.

En Burgos había una asociación misteriosa, instrumento del Palacio de

Madrid. De aquí salía la ayuda a los facciosos.

A Lerma llegaban también las ramificaciones de aquella asociación; pero

los hilos que unían a los conspiradores eran invisibles.

Una noche apareció en la Plaza Mayor un gran pasquín hecho a mano, que

decía lo siguiente:

«Al pueblo.

»Los días del infame Gobierno Revolucionario están contados.

Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos

correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Muera la

Nación! ¡Viva el Rey!»

Aviraneta se propuso averiguar de dónde había salido este papel y formó

una lista de desafectos al régimen constitucional. Después convenció al

Empecinado para que mandara hacer registros domiciliarios en todas las

casas de vecinos sospechosos.

Aviraneta, como director político de las fuerzas del Empecinado,

comenzó a asistir a los registros, con el doble objeto de que se

hicieran bien y no se atropellara a personas inocentes.

A los dos días de comenzar estas visitas, Aviraneta, con una patrulla,

entraba en la casa de un cura de la iglesia de San Juan, que vivía en

la plaza de los Mesones. Mandó don Eugenio que quedase la patrulla en

el zaguán y subió él sólo al primer piso. Llamó con los nudillos en la

puerta.

Apareció una mujer en el umbral y Aviraneta quedó sorprendido.

--¡Fermina!--exclamó--¿Eres tú?

--Sí; soy yo. ¿Qué quieres?

--Vengo a saludarte--murmuró confuso Aviraneta.

--¡Gracias!--contestó ella secamente--. No sé si puedes entrar o no.

--¿Por qué no? Si tú lo permites...

--Antes que nada, ¿hay Dios o no hay Dios?

--¡Qué sé yo!

--No entres.

--Pero, ¿quieres que yo resuelva esta duda aquí, en la escalera?

--Pues no entres.

--Es que traigo la orden del general Empecinado para registrar esta

casa.

--¡Ah! Entonces sigues siendo de esos bandidos masones que quieren

matar al rey y a los sacerdotes. ¡Fuera de aquí, infame! ¡Polizonte! Si

no, yo misma te haré correr.

--Escúchame un momento. Vengo a prestarte un servicio.

--No necesito servicios tuyos.

--Pero, ¿por qué no quieres oírme? Vengo a decirte que estáis

denunciados como cómplices del Cura Merino...

--¿Nos habrás denunciado tú? ¡Serpiente!

--No; por mí, podéis huír... Diré que he registrado la casa, que no he

encontrado nada.

--Nada quiero de ti.

En esto se abrió la puerta de par en par y se presentó en ella un

viejo bajito, tembloroso, de pelo blanco, la cabeza grande, los ojos

abultados y rojos y el labio colgante.

--¿Quién es este hombre que te habla de tú?--preguntó con voz

cavernosa, agarrando a Fermina del brazo--. ¿Es el que te engañó?

--No, padre; no es él.

--Sí es él. Lo comprendo. ¿Quieres salvarlo? Es él.

Luego, dirigiéndose a Aviraneta, exclamó:

--Ven aquí, canalla, que aunque soy viejo tengo ánimos para ahogarte en

mis brazos.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 7 / 17 段