zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.
La _Gaceta_ llevó la carta dedicada al Avioncete tirano por todas
partes; la gente se rió de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta,
deseando vengarse, contestó imprimiendo otro escrito, que no tenía
la erudición ni la gracia de la del cura, pero sí mayor precisión y
brutalidad. Se titulaba:
«Epístola al clérigo Caspa
(licenciado en Baco y en Sodoma).»
La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de
la Cochambre, año primero de los Malos Usos y Costumbres.
El escrito de Aviraneta indignó a la mayoría de la gente.
--Eso es una grosería, un disparate--dijeron las personas de orden,
y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocación
había partido del cura.
La réplica quitó las ganas al clérigo de seguir satirizando a don
Eugenio.
El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por
aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progresó. Aviraneta
continuó su vida ordinaria.
Pasaba la mañana en el despacho, y después marchaba a su casa, para
la que había traído una buena colección de libros. Luego comía con su
madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera,
visitaba la confitería de doña Manolita y la relojería del suizo, y
por las noches, después de cenar, iba de tertulia a casa del juez,
donde hablaba y bromeaba con Rosalía y Teresita.
Los domingos, al amanecer, solía ir a cazar con el _Lebrel_, y volvía
para la hora de comer.
VI
LA VID
A principio de invierno Aviraneta recibió orden del Ministerio de
Hacienda para que pasara al próximo convento de La Vid a hacer el
inventario de las propiedades monacales.
La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana
de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en
las márgenes del Duero.
La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en
Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tenía varias casas en
España, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de
Campóo, La Vid, y alguna otra en Cataluña.
Las fundaciones premonstratenses procedían en España de su casa matriz
Santa María de Retuerta y habían sido protegidas por Alfonso VII.
La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador
hasta el año 1532, en que Clemente VII estableció que este monasterio
tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregación.
El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros,
asentado a orilla del Duero. Tenía un puente largo y estrecho de
piedra, de nueve ojos, sobre el río, y magníficas propiedades, prados,
campos, bosques y dehesas.
El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una
fachada recargada y barroca y una espadaña de varios pisos.
Por dentro era grande y ofrecía la particularidad de ser un cuerpo de
tres naves con el techo sólo de una, como la catedral de Coria.
Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas
del cardenal arzobispo de Burgos, don Iñigo López de Mendoza, y de don
Francisco de Zúñiga y Alella, conde de Miranda, desde el año 1552 hasta
el 1562.
El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco,
testamentario del cardenal Mendoza, en unión del conde de Miranda,
extendieron en 1.º de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la
obra de la capilla a favor de Hierónimo de Quincoces, a condición de
que había de residir en el monasterio mientras durase aquélla, tener
un libro de cuenta y razón donde constara lo que recibiese y gastase,
y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales
y peones, asignándole para su salario y acostamiento diez y ocho mil
maravedises al año, a contar desde la fecha.
Duró Quincoces en su mayordomía hasta el año 1558, en el cual le
sustituyó Diego Daza, que terminó las obras en 10 de junio de 1562.
En el convento, de sólida construcción, lo más notable era el claustro,
el coro y las escaleras.
Las antiguas viviendas de los frailes se señalaban por lo grandes,
cómodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se veía que había
sido lo más trascendental en aquella santa casa.
Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en
los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la
comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y cuatro
milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el
sargento Lobo.
El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que
la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación
religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad
de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar
el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un
labrador de Vadocondes.
Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar
las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para
que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban
dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.
El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a
los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba
dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una
paliza hasta pegarle cuatro tiros.
Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.
No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a
los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los
vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa
propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.
Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta
comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y
bosques.
La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas
anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.
La _Gaceta_ apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.
Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta
de la cólera de los vecinos.
Todas las maniobras del inventario se hacían por procedimientos
militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al
enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.
Aviraneta no había querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivían
en el monasterio, en la misma sala. Se hacía la comida en la cocina
de la portería y se dormía en el archivo, que estaba encima de la
biblioteca.
La biblioteca era un salón alto, con el techo abovedado y pintado. La
bóveda tenía en medio una gran composición con figuras desconchadas, y
en los cuatro ángulos, los evangelistas con sus atributos.
Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo,
en la misma bóveda, se abrían en las gruesas paredes unas claraboyas,
por las cuales se veía el cielo y las cumbres de los árboles próximos.
Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba
un zócalo en la biblioteca. Encima de los armarios se veían algunos
lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos
terráqueos hechos de madera y hierro.
En medio del salón había una mesa maciza y grande.
El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras
de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ángulo de la sala había en
la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.
De esta biblioteca se salía a varias habitaciones estrechas y obscuras,
y de una de ellas partía una escalera que iba a otro departamento
destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un
descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y
con el piso de madera.
Tenía una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran
chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, había armarios de
nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos,
negros del polvo y de las moscas.
Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente.
Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.
Desde él se podía mirar quién venía por el puente.
El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas
de paja para los milicianos.
Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y
sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de
centinela arma al brazo.
VII
AUTO DE FE
UNA noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos
intentaron encender la chimenea del archivo.
Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la
portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que
tenían para las camas.
--Pues aquí no nos puede faltar papel--murmuró Aviraneta.
Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del
archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los
capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.
--Esto no arderá--murmuró Aviraneta--. ¡Eh, muchachos!
--¿Qué manda usted?
--A ver si encontráis por ahí tomos en papel.
Jazmín, el _Lebrel_ y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron
cada uno una espuerta de libros.
--Buena remesa--dijo Aviraneta--. Usted, Diamante, que ha sido cura.
--¿Yo cura?--preguntó el aludido con indignación.
--O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se
puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de
éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí,
patrocina la cultura... He dicho.
Diamante cogió el primer volumen al azar.
--_Aurelius Augustinus_--leyó--. _De Civitate Dei. Argumentum operis
totius ex-libro retractationum._
--San Agustín--exclamó Aviraneta--. Santo de primera clase. ¿No
lo quiere nadie?--preguntó--. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante,
licenciado.
--San Jerónimo: Epístolas.
--¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.
--Santo Tomás: _Summa contra gentiles_.
--Santo Tomás--dijo Aviraneta con solemnidad--, el gran teólogo de...
(no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos
paganos. ¡A ver esos papeles!
--_Carta de Alfonso VII, el Emperador_--leyó Diamante--, otorgada en
unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores
la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda
y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos,
con la condición de que _ibi sub beati augustini regula comniorantes
abbatiam constituatis_.
--Bueno; eso se puede dejar por si acaso--dijo Aviraneta--. Sigamos.
--Fray Juan Nieto: _Manojitos de flores_, cuya fragancia descifra los
misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos,
enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al
demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...
--Don Eugenio--dijo uno de los milicianos sonriendo.
--¿Qué hay, amigo?
--Que yo me quedaría con ese _Manojito_.
--Dadle a este ciudadano el _Manojito_--exclamó Aviraneta.
--¿Para qué quiere esa majadería?--preguntó Diamante.
--Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el _Manojito_. ¡A
ver el _Manojito_! Necesitamos el _Manojito_. La patria es bastante
rica para regalar a este ciudadano ese _Manojito_.
Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:
--Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San
Anselmo.
--¿No las quiere nadie?--preguntó Aviraneta.
--Tienen buen papel, buenas hojas--advirtió Diamante.
--¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.
--Otra carta de donación otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio
de Santa María de La Vid y a su abad Domingo de _meam villam que
dicitur Guma_, con todas sus pertenencias y términos de una y otra
parte del Duero, _et inter vado de Condes et Sozuar_.
--Dejémoslo. Adelante, licenciado.
--Fray Feliciano de Sevilla: _Racional campana de fuego_, que toca a
que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio
del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí
penan.
--Al fuego inmediatamente.
--Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de
La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y
marcando los límites de Vadocondes y Guma.
--Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban!--exclamó Aviraneta.
--Otra donación de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuño
de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos
alfonsinos.
--Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a
don Nuño--dijo Aviraneta.
--Augustinus: _De proedestinatione sanctorum_.
--Al fuego. Siga usted, licenciado.
--_Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de
Vadocondes y Guma_, hecha «en el anno que don Odoart ffijo primero e
heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos.
Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de
Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de
Niebla, y otros vasallos del Rey».
--¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.
--Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta,
mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida
toledana «e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para
las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con él
viniesen».
--Siempre comiendo esa gente--dijo Aviraneta.
--Otro censo--leyó Diamante--a los vasallos de la granja llamada de
Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan
terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta
maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.
--Bueno, bueno; basta ya--exclamó Aviraneta--; nos vamos a empachar.
Todo lo que esté manuscrito dejarlo, y lo que esté impreso, ya sea
un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para
calentarnos.
Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas
las noches.
VIII
NOCHEBUENA EN LA VID
EL día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron
espléndidamente en el convento.
Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y
después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron
todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían
llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados
alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.
El _Lobo_ y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un
rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.
Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.
Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y
no se ocupaba de detalles vulgares.
Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían
frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y
entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube
redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.
Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las
piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.
Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona;
sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente,
llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba
las horas, las medias horas y los cuartos.
Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del
techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.
Este escudo era del cardenal don Iñigo López de Mendoza, arzobispo de
Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.
En el silencio se oían las ratas, que corrían por los armarios royendo
las maderas y los pergaminos.
--Hablemos, contemos algo--dijo Aviraneta.
--¡Qué vamos a contar!--murmuró Diamante.
--Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la
vida.
--Pues empiece usted--dijo Diamante.
Aviraneta contó su mejor Nochebuena en Irún, de joven, y la peor,
guarecido en una cueva del Urbión, en la época en que estaba en la
partida de Merino.
Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que
había pasado.
El _Lobo_ dijo:
--Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la
Independencia, que todavía al pensar en ella se me ponen los pelos de
punta.
--¿Qué fué?
--Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año
de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San
Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los
franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos.
No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno
de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos;
pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por
aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.
Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos
encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué
imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con
nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en
fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció
tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se
fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: _le lup, le lup_. Los
tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco,
cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.
Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la
crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al
principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron
a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno
de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y
roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí;
yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué;
él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero
estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.
Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos
vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir
sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi
compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los
lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una
vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.
Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y
defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra
situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas
para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón
encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo
que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a
salvar.
--Un Lobo contra otros lobos--dijo Aviraneta.
--Eso es.
--Fué una Nochebuena superior esa.
Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar
en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la
puerta.
El _Lebrel_, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.
--¿Quién es?--preguntó.
--¿El señor don Eugenio de Aviraneta?
--Aquí es.
--Traigo una carta para él.
--¿De quién?
--Del señor González de Navas, juez de Arauzo.
--Ahora vamos.
Aviraneta, acompañado del _Lebrel_ y de Jazmín y alumbrando el camino
con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus
fusiles.
Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él
preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la
carta y la leyó. Decía así:
«Estimado Aviraneta: Sé que hay varios hombres bien portados y
montados de noche y de día en los alrededores de La Vid que le
esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura
Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los demás son dos o tres
absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga
usted solo, sobre todo de noche.--_González de Navas_».
--¿Va usted a volver a Arauzo?--preguntó Aviraneta al propio.
--Sí, pero no tengo prisa.
--Entonces, quédese usted aquí. Estará usted más seguro.
--¿Por qué?
--Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted
con uno de nosotros.
--Entonces, me quedo.
IX
SAN MARTÍN CON SU CAPA
VOLVIÓ Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible
ataque de Merino, y el _Lebrel_, que era de Vadocondes, explicó cómo se
había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de
los ladrones, que querían robar la iglesia.
--Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia--contó el
_Lebrel_--, mejor dicho, unos meses después.
Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.
--Lo conocí--dijo Aviraneta.
--Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida
de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió
esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde
había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus
cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta
de la iglesia al altar mayor.
A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron,
y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar
al altar mayor.
A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se
arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y
cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual
los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.
El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión
al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos
y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.
Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del
_Lebrel_, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.
Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban
el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes.
El _Lebrel_, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se
levantaron de al lado del fuego.
Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le
ocurrió una estratagema.
Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras
y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de
Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la
biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la
luz de su farolillo por las estatuas.
Aquel _spolliarium_ era cómico de día y trágico de noche. Un santo con
una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban
con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el
aire como pidiendo misericordia.
Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a
caballo, y con un brazo de menos.
--Este muñeco nos va a servir--dijo don Eugenio.
--¿Para qué?--preguntaron Diamante y Jazmín.
--Ahora verán ustedes--replicó él.
Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta
el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció
Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.
--¿Qué quiere usted hacer?--le preguntaron.
--Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.
Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó
atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San
Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que
cabalgara le bastaba a don Eugenio.
Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un
sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.
--¡Lebrel! ¡Jazmín!--gritó luego.
--¿Qué manda usted?
--Aparejad los caballos y traedlos aquí.
Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos
al zaguán.