ardiente adhesión de usted al régimen constitucional, de su celo y
amor por el bien público y de que, al mismo tiempo, se halla dotado
de actividad y de un carácter enérgico y decidido, creo que podía
usted hacer un servicio importante a la provincia y a la patria si
se prestara gustoso a una comisión ardua y honorífica que trato de
encomendarle.
»Para esto convendría se avistara usted conmigo sin pérdida de
tiempo, viniendo provisto de lo necesario para algunos días de
expedición. Dios guarde a usted muchos años. Burgos, 12 de julio de
1820.--_José Marrón._»
Leyó Aviraneta el oficio detenidamente, lo guardó, y poco después se
levantó de la mesa y salió a la calle.
El joven Frutos había seguido con curiosidad todos los movimientos de
Aviraneta. Salió también del despacho, y en la puerta del Ayuntamiento
se encontró con el alguacil Argucias.
--¿Quién ha venido con la carta para don Eugenio?--le preguntó.
--Dos hombres de Burgos, a caballo.
--¿Qué clase de hombres eran?
--Algunos milicianos, probablemente, aunque no traían uniforme.
--¿Qué habrá de nuevo?--exclamó Frutos.
--Este hombre está comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo--murmuró
Argucias--. Debías abandonarlo.
--El caso es...
--No le dejéis hacer lo que quiera.
--¡Yo cómo me voy a oponer!
--Sí. Entre el secretario y tú podéis pararle los pies.
--No es tan fácil.
--Sí. ¡No ha de ser fácil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que
tú sepas me lo cuentas a mí, yo se lo advertiré al párroco. Éste me
dijo el otro día: «Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas
veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que esté al lado de ese
hombre». Y yo le contesté: En el fondo, Frutos está con nosotros.
--¿Eso le dijo usted?
--Sí.
El joven Frutos quedó perplejo.
--No, no; yo...--balbuceó.
--¿Por qué no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen
a algún lado, y entonces...
--¿Qué?
--Vas con él.
--Sí; y luego, el pueblo creerá...
--No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la
_Gaceta_.
En esto entró Diamante en el portal, miró con desdén a los dos hombres,
y preguntó:
--¿Está don Eugenio?
--No; ha salido--contestó Frutos, secamente.
--Es extraño. Me dijo que estaría.
--Ha recibido un oficio y se ha marchado.
--¿Un oficio? Voy a ver lo que es.
--Iré con usted.
Se acercaron ambos a la _Casa de la Muerta_ y vieron a don Eugenio que
estaba aparejando dos caballos en compañía de sus criados Jazmín y el
_Lebrel_.
--¿Qué es esto?--preguntó Diamante.
--Nada; que me voy a Burgos.
--Pues... ¿qué sucede?
--Que me llama el gobernador para encargarme de una comisión.
--¿De qué comisión?
--Pues no sé cuál es.
El primer movimiento de Diamante fué de envidia.
¿Por qué le llamaban a Aviraneta y no a él? Aquel hombre había
estado en la guerra de la Independencia, se había mezclado en las
conspiraciones liberales, había estado en Méjico, en París, y ahora le
llamaban..., y a él no.
Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.
--A usted no le molestará que yo le acompañe--dijo Diamante.
--No, hombre.
--Entonces, voy con usted.
--Y si usted quiere--dijo Frutos--, yo iré también.
--Como ustedes quieran. Pero yo no sé si tendrán ustedes que hacer algo.
--Eso allí se verá--replicó Diamante.
--Entonces vayan ustedes al hospital a verle a Valdivieso y a decirle
que tenemos una comisión del Gobierno, y que nos substituyan el domingo
próximo en el mando de los tercios. Yo, mientrastanto, voy a avisar a
mi madre.
Diamante hizo el encargo rápidamente, y una hora después cuatro
hombres, jinetes en briosos caballos, marchaban al trote largo por el
camino de Lerma.
II
CONFERENCIA CON EL GOBERNADOR
DON José Marrón, brigadier de los ejércitos nacionales, era uno de
tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesión no
llegaba al entusiasmo firme y constante; y al ver la lentitud de la
obra renovadora del liberalismo, se desilusionó en seguida y comenzó a
mirar con indiferencia los acontecimientos.
Elegido jefe político de Burgos, había comenzado su tarea con ahinco, y
al ver las dificultades presentadas consideró la obra como imposible al
poco tiempo.
Don José Marrón se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando
le anunciaron que un señor llamado Eugenio de Aviraneta quería hablarle.
Inmediatamente, abandonando el despacho, entró en un cuarto pequeño,
contiguo, y dijo al ordenanza:
--Tráigale usted aquí a ese señor.
Aviraneta entró; el gobernador le dió la mano y le hizo sentar frente a
él.
--¿De manera que usted es Aviraneta?--le preguntó.
--El mismo.
--¿El regidor de Aranda?
--Sí, señor.
--Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.
--No creí que tuviera fama ninguna.
--Pues sí la tiene usted.
--Me alegro.
--¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?
--No.
--El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.
--No es extraño; Cortázar es muy amigo mío, y es, como yo, masón.
--¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?
--Sí... Es decir, según de lo que se trate.
--Verá usted--y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el
cuarto--. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de
Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero,
preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.
--¡Ya empiezan!--exclamó Aviraneta--. No me choca.
--Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido
unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey,
don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de
Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la República,
y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso
contaba con el infante don Carlos para influír en Fernando VII; pero
no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y
Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de
Policía Echevarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se
sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.
--¿Pero el movimiento sigue?
--Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del
Cura Barrio. Usted estará enterado, seguramente, de que hace un mes se
levantó el canónigo de la colegiata de San Quirce don Francisco Barrio
en la sierra de Quintanar.
--Sí, lo sabía.
--Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido
las sierras de Burgos y de Soria, deteniéndose en Covaleda y en
Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y
municiones y guardándolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo
conmigo, el gobernador militar mandó varias columnas en persecución de
los facciosos.
--¿Y han conseguido algo?
--Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el país;
ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados.
Además, yo sospecho que algunos, en el fondo, son absolutistas. Esto,
unido a que el espíritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de
veinte hombres sea inhallable.
--En Aranda se dijo que se había acabado con ello.
--Sí, eso se ha dicho; pero no es cierto, y Barrio anda campando por
ahí con absoluta impunidad. Ahora, al parecer, ya no se trata sólo
de la partida del canónigo, sino que se quiere dar al movimiento una
gran extensión. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las
provincias del Norte; el general Echevarri, Santos Ladrón, Eguía y
otros sublevarán las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos
se levantará en masa cuando se presente el Cura Merino, que ha salido
de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio,
que se engrosará con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como
no tiene uno medios para hacer nada, me determiné a reunir una junta
formada por el comandante general y el juez de Primera Instancia, don
Modesto Cortázar. Expuse ante ellos la situación en que me encontraba,
desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortázar me habló de
usted. Me dijo que había sido usted guerrillero con Merino. ¿Es verdad?
--Sí.
--Es extraño. Me dijo también que conocía usted la sierra a palmos y
que tenía usted amistades y relaciones en ella.
--Todo eso es cierto.
--Y concluyó afirmando que si le daban a usted medios, acabaría usted
con la facción al momento.
--Tanto como eso, no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el
éxito; pero intentaré.
--¿De manera que acepta usted?
--Sí, señor.
--¿Condiciones?
--Para mí, ninguna. Lo hago por amor al arte.
--¿Qué necesita usted?
--Un escuadrón de caballería con buenos caballos y buenos jinetes. Yo
mismo escogeré los caballos. Formaré tres pequeñas columnas, que las
mandarán dos amigos míos y yo.
--Muy bien.
--¿Qué instrucciones son las mías? Si cojo a los facciosos, ¿qué hago
con ellos?
--Prenderlos.
--¿A los jefes también?
--También. ¿Le parece a usted mal?
--Muy mal.
--¿Pues qué cree usted que se debía hacer con ellos?
--Fusilarlos.
--No, no. Tomarán represalias.
--Las tomarán de todas maneras.
--No, no. Nada de fusilar.
--Esta guerra que empieza ha de ser terrible--dijo Aviraneta
pensativo--. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo
verá usted.
--Aunque así sea. Nada de fusilar.
--Está bien.
Aviraneta salió del despacho del gobernador y fué a encontrarse con
Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en
la entrevista y les expuso su plan.
Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a
Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.
Diamante fué el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de
seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre
infatigable y enérgico, y había de hacer los imposibles para alcanzar
al cabecilla y lograr el éxito.
Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas.
Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en
Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doña
Urraca, y al día siguiente fué a Santo Domingo de Silos.
Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.
Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una
partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque
al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.
Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo
vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles.
Inmediatamente dió orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y
la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo,
con la consigna de no dejar escapar una mosca.
Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta
de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar
al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.
Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto
desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.
La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los
irruptores de su casa.
--¿Tomarán ustedes algo?--preguntó.
--Yo, una taza de chocolate--contestó Aviraneta.
--Nosotros veremos si hay alguna cosa más sólida--dijo Frutos.
Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.
--¿Usted es el alcalde del pueblo?--preguntó Aviraneta.
--Sí, señor.
--Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin
rodeos.
--Sí, señor.
--¿Dónde está el forastero que vino ayer al pueblo?
--Ayer no vino nadie al pueblo.
--Ayer o anteayer, es igual. ¿Dónde está el que ha venido al pueblo a
hablar de parte del Cura?
--Yo no lo he visto.
--¿Pero usted sabía que estaba aquí?
--No, señor.
--Entonces, ¿cómo ha dicho que no lo ha visto?
--Porque no lo he visto.
--Pero sabía usted que estaba, si no, no hubiera usted dicho que no lo
había visto.
--No, señor, no sabía que estaba.
--Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engañan.
--Está bien.
--Otro testigo--dijo Aviraneta.
Entró un vecino y comenzó un nuevo interrogatorio.
Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta
de la posada atraídos por la patrulla de caballería.
Aviraneta, después de interrogar a varios vecinos, se convenció de que
el pájaro había volado.
--No tenemos suerte--le dijo a Frutos--. Almorzaremos y seguiremos
adelante.
* * * * *
Al mismo tiempo que se hacían estos interrogatorios en la posada, un
bulto negro había intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos
soldados de caballería.
--Alto, ¿quién vive?--dijeron los soldados.
--España.
--¿Qué gente?
--Gente de paz.
--¡Adelante!
El hombre dió varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al
individuo.
--Dese usted preso--le dijeron--; y cuatro manos le sujetaron.
--Preso, ¿por qué?
--Eso ya se lo explicarán a usted.
Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo,
llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y
entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el
sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante
iluminaba la estancia.
--¿Da usted su permiso?--dijeron los soldados.
--¡Adelante! ¿Qué ocurre?
--Que traemos un preso.
--¡Cristo!--exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro--. El Cura
Merino.
--El mismo soy, ¿qué me quieren?
--Vigilad la puerta--dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín--; que
este hombre no se escape.
Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y
luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.
III
FRENTE A FRENTE
QUEDÓ la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura
Merino, con voz agria, preguntó:
--¿Quién manda aquí? ¿Por qué se me prende?
--El canónigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos
montes--repuso Aviraneta.
--Eso ¿quién lo dice?
--Lo digo yo.
--¡Esa voz, ese tipo!--murmuró el Cura extrañado acercándose a
Aviraneta--. ¿Eres tú, Pisaverde?
--Soy yo, señor cura.
--¿Tú eres el que manda esta patrulla?
--El mismo.
--¿El que me ha mandado prender?
--Sí, señor.
El Cura cogió una silla y se sentó en ella.
--¿Qué piensas hacer conmigo?--dijo tras un momento de silencio.
--No sé lo que hará el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un
poco de poder--añadió con acento duro--, antes de cinco minutos estaría
usted fusilado.
El Cura se estremeció, se levantó de la silla y echó una mirada a su
alrededor.
--No se canse usted. No puede usted escapar--dijo fríamente Aviraneta.
--¡Echegaray!--exclamó el Cura--. Tú no puedes tener motivo contra
mí... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...
--Sí, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.
--No, tonto. ¿Crees que si hubiera querido fusilarte te hubiese
encerrado en aquella casa? No. Quería asustarte nada más, hacerte
reflexionar, llevarte por el buen camino...
--¿El buen camino del absolutismo?
--El absolutismo y la religión son las únicas cosas que pueden salvar a
España.
--Yo creo todo lo contrario, que la Libertad y la Constitución nos han
de salvar.
--Pero, Echegaray, España no es de hoy; vive hace muchísimos siglos...
--Sí, vive hace muchísimos siglos mal, entregada a la barbarie, al
fanatismo...
--No seas necio... Yo te probaría...
--No me probaría usted nada... Yo sí que le probaría, si tuviera tanto
así de fuerza, que le fusilaba sobre la marcha.
--Bueno, fusílame... Fusila a tu antiguo jefe..., a un sacerdote
indefenso...
--Nada de comedias, don Jerónimo... Ya le he dicho a usted que no le
fusilo porque no tengo fuerza...
--¡Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no
quieres...
--Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando
eventual. Mis tropas no me conocen; quizá no me obedecieran si les
ordenara su fusilamiento. Son además gentes supersticiosas. Saben ya
que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que
matar a otro hombre.
--¿Y tú, no?
--Yo, no. Yo dejaría los santos huesos del ministro del Señor aquí,
revueltos con el estiércol, en esta tierra donde tanta sangre ha
derramado usted.
--¡Sacrílego! ¡Bárbaro!
--¿Pero de verdad cree usted, don Jerónimo, que usted es persona
sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado...,
que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo
un pequeño Merino, usted que ha robado...
--¿Yo robar?
--Para el partido, no para usted.
--¡Ah! Eso es otra cosa.
--¿De manera que usted se cree sagrado? ¿Usted cree que son sagrados
todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados
de bellaco? Extraña idea.
--Para ti, que eres masón e impío muy extraño.
--Y para usted debe serlo también, si alguna vez hace examen de
conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.
--Gracias, hijo.
--No, no la tiene usted. Usted es una alimaña, una fiera... Ahora que
es usted un gran militar... Eso es cierto.
--Vamos. Veo que me concedes algo.
--¿Por qué no? Por eso precisamente le fusilaría a usted si pudiera,
porque sé que ha de hacer usted mucho daño a España, a la Libertad, a
la civilización. Sí, le fusilaría a usted, no por venganza, sino como
quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviaré a
usted con escolta a Burgos; allí el gobernador le soltará un discurso
severo. Usted a todo dirá que sí; luego el señor arzobispo, con la
superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al
año, le dirá que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno
constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarán suelto,
y dentro de un par de meses estará usted aquí de nuevo sublevando el
país. En fin, si me coge usted, don Jerónimo, ya sabe que me puede
fusilar sin remordimiento.
--No, no te fusilaré.
--¡Jazmín!--llamó Aviraneta.
--A la orden.
--Llama al sargento.
Entró el sargento en el cuarto.
--Sargento--dijo Aviraneta--, hay que conducir a este señor, que es el
Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algún carricoche en el
pueblo.
--Sí, hay uno.
--Decomisadlo, y que lo aparejen.
Salió el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmín quedaron en el
cuarto.
Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de
Aviraneta, y, al recordarlas, la cólera le subía en ráfagas de sangre a
la frente.
Aviraneta sonreía, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba
de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que
Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.
Un cuarto de hora después el sargento entró diciendo que ya estaba
preparado el birlocho.
--¿Lo atamos?--dijo, señalando a Merino.
El Cura se levantó furioso y miró al sargento de tal modo que lo
intimidó.
--¡Atarme a mí!--exclamó.
--No hay necesidad de atarle--dijo Aviraneta fríamente--. ¿Cuántos
hombres van?
--Veinte.
--¿El cochero es del pueblo?
--Sí.
--Sustitúyanlo ustedes por un soldado. ¡Bueno, don Jerónimo, a montar!
El Cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó las
escaleras, cruzó el zaguán de la posada y subió en el vehículo.
La escolta, mandada por el sargento, rodeó el coche, que tomó el camino
de Lerma. Una hora después Aviraneta y Frutos, con su gente, volvían a
Santo Domingo de Silos, y de aquí se encaminaban a Hontoria del Pinar.
IV
LA PARTIDA DE BARRIO
DESCANSARON Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar.
Aviraneta averiguó que Barrio, perseguido por Diamante, había entrado
en la provincia de Soria, dirigiéndose a la sierra de Yanguas, y
al saberlo envió un parte al jefe político de Soria indicándole la
dirección de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de
soldados o de milicianos a su paso.
Mandó a un aldeano con el parte, y al día siguiente salieron Frutos y
Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanzó hacia San Leonardo, y
Aviraneta recorrió Covaleda y Vinuesa.
Tenían como punto de reunión Hinojosa de la Sierra.
Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante seguía persiguiendo
al Cura Barrio por Salas y Quintanar; que aquí se habían metido los dos
en las sierras de Hormazas y de Santa Inés, y que iban por el momento
uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.
La única solución del Cura Barrio para no verse obligado a internarse
en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era,
o entrar en tierra aragonesa, solución mala, no conociendo el terreno,
o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho
Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en
Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.
Aquí supieron que el Cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados
y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba
descansar un momento, ni de día ni de noche, se habían rendido y
entregado las armas al alcalde de Yanguas.
Diamante no pudo coger el fruto de su persecución, porque al día
siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas,
se presentó una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.
Diamante, indignado, los reclamó; el jefe de la columna no quiso
entregarlos, y se dirigió con ellos hacia la capital. Al encontrarse
en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta éste dió al
comandante explicaciones de cómo habían salido en persecución de Barrio
desde Burgos, y el comandante entregó los prisioneros.
Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres
curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro
Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus
fechorías, y, además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.
Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la
presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.
Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclamó
entristecido:
--¡Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?
--No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a
mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al
llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le
hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.
--¡Qué lástima!--exclamó Diamante.
Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida
capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos
prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos;
pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.
La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó
a esta ciudad a entregar los presos.
El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le
dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo
agradecería.
El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado
por Aviraneta, y al día siguiente los tres jefes de los tercios de
Aranda volvían a esta villa.
V
HOSTILIDAD POPULAR
TODO Aranda se enteró bien pronto de lo que habían hecho Aviraneta
y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los
absolutistas consideraron que había cometido una violencia y hasta un
sacrilegio al prender al Cura Merino.
El charlatán del pueblo, voceador de los absolutistas, la _Gaceta_,
añadió al suceso detalles de su invención para pintar más odiosos a
Aviraneta y a Diamante.
Se habló de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los
liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del señor
Sorihuela, disparó a Aviraneta una carta impresa, con este título:
«Epístola a un Avioncete tirano
(pajecillo masónico de Marte).»
La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, año primero de la
Libertad de Disparatar, y tenía como lema esta frase en latín:
_Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen
Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni
cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi
Paraboli)._
El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto
a los Tentiritas, que sólo al oír sus voces se llena de pavor; no de
otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo,
las cartas de los eruditos.
(De las parábolas de Erasmo.)