San Juan una frase que, según decían, era de San Agustín, frase que
consistía en asegurar lo lícito de la _persecución por amor_.
La _persecución por amor_ era un buen invento para una época de guerra
civil.
Aviraneta pensaba que al cleriguillo aquel él le hubiera pegado con
gusto una paliza para que no intrigara en contra suya en la casa del
juez, no por odio ni por mala voluntad, sino por amor. La persecución
por el amor.
Don Víctor, el cura, tenía un gran ayudante en una señora, doña Cleofé
Navas, viuda de un militar.
Doña Cleofé era una mujer alta, fuerte, enérgica, hombruna, seria y
autoritaria. Tenía una rigidez de fariseo en paso de Semana Santa,
la cara amarillenta y dura, con unas arrugas que parecían hechas con
tiralíneas; la nariz aguileña y los labios finos.
Doña Cleofé era una de estas mujeres caritativas que nacen para
hacer la desesperación de los desdichados. Era el recaudador de
contribuciones, el agente de policía, el tambor mayor de la caridad;
visitaba las casas pobres, donde reñía a la gente; asistía a los
moribundos, para darles la puntilla recordándoles que estaban en las
últimas, y pasaba la vida en la iglesia.
Doña Cleofé tenía un hijo, con quien no se hablaba, una hija reñida con
ella, y un yerno que la hubiese querido ver en el hospital, en la sala
de los tiñosos.
Las criadas no aguantaban en casa de la beata más que unos días.
La paz del Señor reinaba en aquella santa morada.
Doña Cleofé solía tener una tertulia en su casa, en una sala tan
antipática como ella, con unas estampas religiosas tan antipáticas
como la sala, con una consola y unas butacas tan antipáticas como las
estampas, y una alfombra y unas cortinas tan antipáticas como las
butacas y la consola.
En este cuarto antipático se reunía la tertulia de las viejas beatas
más antipáticas del pueblo.
V
EL SEÑOR SORIHUELA
HABÍA un señor que vivía en Aranda dedicado al estudio.
Este señor, viejo, solitario y apolillado, el señor Sorihuela, había
vivido en Madrid en otra época, protegido por Godoy y en relación con
los masones.
El señor Sorihuela se dedicaba a estudiar la historia de España en
tiempos antiguos y a hacer un plano de las calzadas romanas en las
provincias de Burgos y Soria; recogía fósiles, monedas y pedruscos, y
hacía estadísticas. Como se ve, se dedicaba a cosas sin importancia.
El señor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen
erudito. Tenía la cabeza grande, el pelo cano, la cara roja por el
herpetismo--según otros, por el vino--, la frente despejada y blanca, y
las patillas grises.
Este arandino ilustre gastaba larga casaca verde, de cola de abadejo;
chaleco abotonado hasta el cuello, calzones de paño, medias de lana y
una gran corbata de batista de dudosa blancura.
El señor Sorihuela tenía un perro chato, y era un problema, al verlos
juntos, saber si el perro se parecía a él o él se parecía al perro. A
punto fijo no era fácil averiguar quién era más egoísta de los dos, si
el perro o el hombre; probablemente lo era el hombre.
El señor Sorihuela lucía un egoísmo suspicaz e inquieto. Hombre culto,
y sobre todo muy prudente, se había creado fama de loco en el pueblo, y
la cultivaba para disfrutar de libertad.
Sorihuela tenía mucho miedo a los ladrones, y más miedo aún de que
alguna de las piezas de su colección o algunos datos de sus carpetas
desapareciesen.
El señor Sorihuela era un incrédulo; iba todos los días a la iglesia y
solía estar leyendo algún libro de Estrabón o de Plinio.
El señor Sorihuela despreciaba a los hombres, despreciaba más a las
mujeres, despreciaba la política, la religión, todo lo establecido y
por establecer, cosa, después de todo, muy razonable; lo único que no
despreciaba--y aquí estaba el tendón de Aquiles de su personalidad--era
la historia y la numismática. Para este erudito, la idea de que dentro
de cien, quizá de doscientos años, los numismáticos, los investigadores
que se ocuparan de la historia romana en la Celtiberia tendrían que
hablar de él, de él, del señor Sorihuela, a quien nadie consideraba
en el pueblo y que, sin embargo, según el informe desinteresado del
propio Sorihuela, era el único hombre digno de consideración de Aranda;
la idea de que tendrían que citarlo y alabarlo era tan halagüeña, tan
agradable, que constituía su gran esperanza.
Tal pensamiento sumía al viejo erudito en un ambiente de delicia
numismática, que era como el avance de los goces de la inmortalidad.
El único amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este
hombre tenía un tipo repulsivo, y lo era: su cara roja y pustulosa, el
manteo lleno de lamparones, hacían que fuera poco agradable encontrarlo
en el campo visual del observador.
La fama de este curángano era casi tan mala como su aspecto; se
sabía que era aficionado al vino, y se decían además de él cosas
abominables. Eso sí, todo el mundo reconocía que don Juan, a quien no
había por dónde cogerlo en cuestión de moralidad, era un gran latinista
y que sabía como pocos la historia de la Iglesia.
Verdad es que nadie tenía en el pueblo la pretensión de conocer bien
la historia de la Iglesia, y se cedía este mérito al clérigo sin
inconveniente.
Como todos los personajes excéntricos tienen, naturalmente, una
tendencia a encontrarse, Aviraneta solía ir a visitar al señor
Sorihuela, pensando si en la cabeza del hombre numismático habría algo
útil que aprovechar en un sentido actual.
El numismático recibía a Aviraneta en unos salones bajos y
destartalados, donde tenía sus colecciones, y hablaban.
Aviraneta le reprochaba que se ocupara de cosas que no servían para
nada, y Sorihuela contestaba con acento sarcástico:
--Sí; si yo ya sé que lo que hago no sirve para nada. ¿Qué importancia
tienen las calzadas romanas? Ninguna. Como que los romanos eran unos
imbéciles, unos pobres majaderos...
Aviraneta se reía, y replicaba:
--Yo no sé cómo eran los romanos, ni me importa gran cosa; lo que sí
sé es cómo son los hombres modernos, en especial los españoles, y en
particular los de Aranda, y creo que toda la gente que tiene alguna
inteligencia debe contribuír a mejorar su estado.
--Pues no seré yo el que tal haga.
--Porque es usted un egoísta, señor de Sorihuela.
--Y usted lo es mayor, señor de Aviraneta. Lo que ocurre es que usted
tiene muchas condiciones para intrigar y hacer trastadas.
--Muchas gracias por el favor, señor de Sorihuela.
--Y usted mismo lo reconoce, señor de Aviraneta. Es usted como un perro
perdiguero que dijera: «tengo el deber de cazar», o como un gato que
creyera que se sacrificaba matando ratones. Ha nacido usted para eso,
como yo he nacido para hacer el plano de las calzadas romanas. ¡Vaya un
mérito!
--Esos son argumentos de topo, señor de Sorihuela. Si saliera usted al
sol vería que todos esos sofismas no tienen valor.
--No, no tienen valor. Si usted fuera un hombre culto, señor de
Aviraneta, que no lo es, y en vez de aprender gramática parda en los
suburbios y callejuelas hubiera usted frecuentado los clásicos, le
diría que una vez, leyendo a Diógenes Laercio, me fijé en la frase de
un sofista griego llamado Protágoras, el cual asegura que el hombre es
la medida de todas las cosas. Al principio la proposición me pareció
absurda; pero, dándole vueltas en el pensamiento, vine a caer en la
profundidad de la frase y en que estaba más dentro de la realidad que
ninguna otra.
--¿Y qué consecuencia saca usted de esto, señor de Sorihuela?
--Saco la consecuencia de que usted mira el mundo con la medida de un
regidor del Ayuntamiento de Aranda injerto en miliciano nacional, y
yo...
--Con la medida de un peón caminero...
--Protesto.
--De un peón caminero romano.
--No pretendo convencer a usted, porque es usted un hombre inculto.
--¿Convencerme de qué? ¿De la utilidad de los peones camineros y de las
calzadas? Estoy convencido ya.
--¡Bárbaros! ¡Beocios! ¿Qué os proponéis con ese desprecio por el
pasado?--gritaba el señor Sorihuela--. Si no habéis de durar un
momento. Andad, andad; lucíos, mequetrefes; petulantuelos, echáodlas de
dictadores; ya os darán lo vuestro. Sois orugas que se han convertido
en mariposas. Os creéis dueños del mundo y del aire; pero mañana
vendrán los fríos y se acabarán vuestros triunfos.
--¿Y morirá la libertad? ¿Cree usted...?
--No; la libertad no; vosotros. Porque la libertad no muere; todo
deja un germen, y de esos gérmenes vendrán nuevas crisálidas y nuevas
mariposas... Se eclipsa el absolutismo, y volverá; se eclipsará vuestra
Constitución, y volverá después. Todo vuelve... Pero, en fin, haced lo
que queráis. A mí nada me importa.
--No se incomode usted, señor Sorihuela--replicaba Aviraneta--; no
hay motivo. Le hago a usted hablar para oírle. Su conversación aclara
algunas de mis ideas. Como dice usted, soy un hombre inculto.
--¿Lo reconoce usted?
--Sin duda alguna. Pero vamos a ver: ¿Qué piensa usted de lo que hace
el Gobierno? ¿Qué le parece a usted la gestión de los liberales en
Aranda?
--¿Qué me parece? Mal; muy mal. ¿Qué pretenden ustedes? ¿Me quiere
usted decir? ¿Acabar con la tranquilidad del mundo? ¿Inculcar en el
pobre el odio al rico?
--No.
--Sí; yo digo que sí, y añado que el día que el pobre no respete al
rico, que tiene dinero y poder, precisamente porque es rico y poderoso,
ese día la sociedad caerá en el mayor desorden.
--Que caiga. Es posible que eso sea necesario.
--¿Para qué?
--Para progresar, para mejorar.
--No esperes la República de Platón--dice Marco Aurelio--; conténtate
con llevar remedio a los grandes males.
--Yo no hubiera dicho eso.
--¿No?
--No. Yo hubiera dicho: «No esperes la República de Platón; pero
trabaja por ella como si pudiera venir».
--¡Qué ilusión más absurda! Cuanto más cerca está un país de su
esplendor, está más cerca de su ruina. Se multiplican las necesidades,
vienen nuevas angustias, nuevos dolores, nuevas preocupaciones... Es lo
que sucedió con el Imperio Romano. No hay mas que leer a Tácito.
--Transportémonos a Aranda--replicaba Aviraneta.
--¿Es que los ejemplos no valen?--gritaba irritado el señor Sorihuela.
--Para mí muy poco. Discutamos, si usted quiere, lo que ocurre. ¿Usted
supone que limpiar un pueblo, establecer escuelas, plantar árboles,
organizar mejor la vida, no sirve para nada?
--Sirve; yo no digo que no sirva; sirve para el que tiene esa necesidad
de tener la calle limpia; para el que no le importa que esté su calle
limpia no sirve; al que cree que no conviene ir a la escuela, no le
preocupa que ésta esté bien o mal. Y hoy, en España, a la mayoría de la
gente no le importa, ni por el montón de estiércol, ni por la escuela
mala.
--Pero hay que hacer que les importe.
--¿Cómo?
--Convenciéndoles, demostrándoles que salen ganando.
--No. ¡Qué han de salir ganando! ¿Y la comodidad de no pensar y de
no preocuparse? ¿Y el dejarse llevar por las ideas hechas, por las
costumbres hechas?
--¡Qué miseria!--exclamaba Aviraneta--. ¡Qué cobardía! Nosotros, los
filósofos, ¿vamos a dejar que el mundo se rija por las necedades del
montón?
--¿Qué petulancia es esa de decir nosotros los filósofos?
--¡Pse! En un país en donde los frailes de una Universidad decían:
«Lejos de nosotros la funesta manía de pensar», no está mal que se
tenga la petulancia de ser filósofo...
* * * * *
Realmente, Aviraneta tenía razón. En tiempo de la primera guerra
carlista había en el campo del Pretendiente el partido ilustrado o de
los listos, y el no ilustrado o el de los brutos.
Los prohombres de este último partido hablaban así a su rey:
--Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid.
Es muy posible que cuando los hombres se llaman a sí mismo los
filósofos, se equivoquen, y no sean tan filósofos como se figuren, y
es posible también que cuando se llaman a sí mismo los brutos, no sean
brutos como creen.
Pero siempre resultará que los que dicen: «Nosotros los filósofos»,
aspiran a ser filósofos, y los que dicen: «Nosotros los brutos»,
aspiran a ser más brutos de lo que son. Y entre una aspiración y otra,
no cabe duda que la primera es mejor...
* * * * *
El señor de Sorihuela, volviéndose contra Aviraneta, decía:
--Sois de una necedad verdaderamente inaguantable; habláis de todo, y
resulta que no comprendéis nada.
--¿Es que siempre las costumbres viejas son cómodas?--preguntaba
Aviraneta.
--Siempre más cómodas que el tener que inventar otras. El hombre de
aquí o de allá sabe lo que tiene que hacer en la ceremonia de la boda,
cuando nace el hijo, cuando se le muere el padre... Todo el mundo,
queriendo ser original, sería el salvajismo.
--Yo lo preferiría a la rutina.
--Pues afortunadamente, amigo mío, es usted de los pocos. La gente
está contenta con sus prejuicios, con sus hábitos, y le va bien así, y
nadie quiere cambiar, y los que parece que quieren cambiar no son mas
que ambiciosos que, como han visto que al Arco Agüero, al Riego y a los
demás les han dado tres grados y buenas pensiones, esperan que a ellos
les pase igual.
--¿Y yo también soy un ambicioso, señor de Sorihuela?
--No. Usted es algo peor que eso: usted es un canalla.
--Gracias. Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos de
numismática os contemplan.
--¡Sí, usted es un canalla, que goza mortificando a los demás!
--¿De manera que, para usted, todo el que no se sienta peón caminero de
las carreteras romanas es un bandido?
--Todos, no; pero usted, sí.
--¿De manera que fuera de la numismática no hay salvación?
--Para el que está hundido en el fango, no.
--Me conmueve esta opinión halagüeña que tiene usted de mí, señor de
Sorihuela. ¿De manera que, según usted, no se debe protestar contra
lo malo, y cuanto peor está la sociedad está mejor? Así es que vengan
las calles sucias, la falta de agua, la falta de escuelas, la peste...
Vengan frailes bien puercos, sacristanes, legos, donados, demandaderos
de monjas, pordioseros, ermitaños; paguemos diezmos y primicias a la
Iglesia de Dios, y sufragios para las benditas ánimas del Purgatorio,
y viva la viruela, el tifus y las lacras... Es usted gracioso, señor
de Sorihuela. Pero dejemos esto, que no tiene importancia. Vamos a lo
trascendental, a lo científico. ¿Cuántos granos de uva cree usted que
tendrá la cosecha de este año en Aranda?
--¡Vaya usted a paseo!
--Hoy no se siente usted estadístico. Bueno; enséñeme ese nuevo plano
de las calzadas romanas que está usted inventando.
--¡Inventando yo!... ¡Si usted mismo las ha visto!
Aviraneta reconocía que las había visto, y el viejo abría la puerta de
su despacho y pasaba adentro a su contradictor.
VI
LA MORAL DEL TIRANO
EN general, para el que ha vivido con entusiasmo durante la guerra, el
tiempo de paz es un día pálido y sin sol, en que nada brilla, en que
todo es desabrido e insignificante.
Tal fuerza tiene la barbarie innata y consubstancial humana, que, a
pesar del miedo a la muerte, el hombre que se siente lleno de energías
prefiere vivir matando que vivir en paz dentro de las férulas de la
civilización. Esto demuestra lo agradable de matar y lo desagradable
de obedecer. Sin duda, a pesar de todos los progresos, en cada uno de
nosotros sigue ardiendo la llama del corazón del troglodita.
Aviraneta era hombre poco propicio a vivir del pasado. Aviraneta era
siempre actual.
De sus empresas conservaba un vago recuerdo, casi siempre confuso y sin
detalles. Los acontecimientos del día, de la hora, del momento, tenían
tal importancia para él, que no le dejaban fantasear sobre lo pasado.
Aviraneta no era de los turbulentos que languidecen en tiempo de paz.
Llevaba la turbulencia allí por donde iba; la paz era también para
él la guerra, porque constantemente estaba intrigando, conspirando,
ejerciendo sus facultades de dominación y de lucha.
La vida de casi todos los hombres es como una cadena de eslabones
iguales; la vida de los tipos como Aviraneta es una cadena en que cada
eslabón es diferente. Sin embargo, la cadena de su existencia en ellos
es también una unidad.
Del fondo del espíritu suyo brotaba un manantial de energía que
le permitía elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la
reglamentación estrecha de un pueblo; estaba rompiendo constantemente
el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del
hombre.
Ese tejido conjuntivo de la sociedad, que fija al individuo en el
ambiente y lo inmoviliza y lo deforma, no tenía para el Tirano, para el
Robespierre de Aranda, más valor que una cosa que se dejaba penetrar
sin dificultad.
Aviraneta no podía, seguramente, deshacer la tradición en el espíritu
de los demás, ni en el espíritu del pueblo; pero la rompía en sí mismo
constantemente.
Él pensaba lo contrario; se hacía la ilusión de que su empuje
demoledor, su acometividad de revolucionario, iba abriendo una brecha
en la vieja fortaleza de la España arcaica.
El Tirano se encontraba siempre con energía suficiente para adaptarse
y para desadaptarse, para soportar los lazos sociales y para cortarlos
bruscamente. A veces tenía algún miedo retrospectivo por haber hollado
y despreciado la costumbre respetada; pero en el momento de ejecutar
estaba siempre tranquilo.
La ilusión, la eterna esperanza, fingiéndole para el día siguiente
oasis espléndidos, le hacía en el instante de decidirse a algo ligero y
fuerte como un pájaro de presa.
Cuando perdía su aliento, el Tirano, hombre dinámico antetodo, que
no había llegado a un estado completo de conciencia, consideraba que
sus períodos de desmayo para la acción eran resultado de un morbo
psicológico.
No suponía nunca que el mundo pudiese ser una estepa, un pedregal
árido, sin una mata, sin una fuente, sin una humilde flor; la Ilusión,
esa gran Maia de los indios, le hacía ver siempre delante de los
ojos un magnífico telón con hermosas perspectivas, sobre el cual las
miserias de la vida próxima eran únicamente negruras para contrastar
con la claridad y la belleza de las cosas futuras y lejanas.
El terrible egoísmo de los hombres, su vanidad, su envidia, su
petulancia, la mezquindad de espíritu de las mujeres, el odio entre sí
por rivalidad sexual, tan despreciable y tan bajo; la vida basada en
la cobardía y en la constante abdicación de lo más noble, eran para él
pequeños episodios, ligeras manchas sin importancia.
Todo el conjunto inarmónico de voces de la naturaleza y del hombre, el
clamor del rencor, de la desesperación, del egoísmo de la Humanidad
entera, animado por la ilusión constante, le parecía una sinfonía con
su ritmo, el coro trágico sobre el cual se levantaba la voz poderosa
del héroe.
Podía suponer que el terreno pisado hoy sería ingrato para él. ¿Y qué?
En cambio, el de mañana tenía que ser admirablemente bello.
Aviraneta caía rara vez en el desaliento y en la desgana. Bastaba
que encontrara algo que hacer para que huyeran en seguida todas sus
vacilaciones.
Su pensamiento era siempre dinámico; no podía discurrir sin unir al
discurso una idea de acción, y cuando llegaba a ésta comenzaba a poner
los medios para realizarla.
Sólo algunas veces, muy raras, deprimido por ligeras afecciones
artríticas, sentía que su inteligencia comenzaba a vagar en lo
abstracto, y entonces se decía a sí mismo:
--Algo me ha hecho daño.
Uno de los entusiasmos de Aviraneta era lo difícil. Lo difícil es la
gran atracción de todos los aventureros; lo difícil exige inteligencia,
tesón, frialdad, nervios duros, espíritu ecuánime. Intentar lo difícil,
imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad,
trabajar como un condenado. Este era su orgullo.
Para un hombre tan fértil en recursos como él, de un valor y de una
serenidad rara, la dificultad era el mayor atractivo.
Si Aviraneta hubiera sido filósofo y hubiera intentado postular su ley
moral, la hubiera formulado así: «Obra de modo que tus actos concuerden
y parezcan dimanar lógicamente de la figura ideal que te has formado de
ti mismo».
Aviraneta creía que era valiente, sereno, frío; pues sus actos debían
estar a la altura de su valor, de su serenidad y de su frialdad
supuesta.
Generalizando la norma de Aviraneta, el Tenorio debía obrar como
Tenorio; el intrigante como intrigante; el ladrón como ladrón. La moral
de Aviraneta era moral de cómico, moral de teatro, moral un tanto
inmoral; pero moral fuerte, al menos para él.
Aviraneta acertaba o no acertaba en sus acciones, pero no tenía
remordimientos.
La conciencia, indudablemente, tiene algo parecido con una función
orgánica como la digestión. No es sólo la bondad o maldad de
las acciones, o de las substancias ingeridas, la que produce el
remordimiento en la conciencia o la indigestión en el estómago; es, más
que nada, la fuerza del órgano de pensar y de digerir la que falla o la
que vence.
Hay conciencias como el buche de los avestruces, que deshacen las
piedras; hay otras, en cambio, como las corolas de las sensitivas, que
se marchitan al menor contacto.
El Tirano tenía una conciencia fuerte; digería todas sus acciones
y no se acordaba de ellas. Jamás le venía a la imaginación la idea
de preguntarse si había obrado bien o mal en estas o las otras
circunstancias del pasado; lo único que se le ocurría preguntarse era
si en este o en el otro momento se había conducido con habilidad.
No quería juzgar su vida y someterla a normas de sacristía ni de logia
masónica.
Inconscientemente, la moral era para él una cuestión de pulcritud, como
la buena ropa o la buena caligrafía.
Su amigo de la mocedad el capitán Sanguinetti le decía muchas veces:
«Mio caro, studiate la matematica», y Aviraneta estudiaba la matemática
a su modo.
Aviraneta tendía siempre, como su primer maestro, Merino, a dejar en el
misterio sus fines y sus medios de acción. Así infundía en los demás
la idea de que era más poderoso de lo que era en realidad, y esta idea
refluía después en sí mismo y le daba fuerza.
Estos hombres de acción se forjan, sin saberlo, motivos que salen de
ellos y vuelven a ellos, y los toman como si vinieran del ambiente.
Aviraneta creía en la fisiognomía; había leído a Lavater, e intentaba
aplicar sus teorías.
Le gustaba estudiar a una persona mirándola. Creía que la primera
impresión visual era importante; que se podía llegar a averiguar el
sentido de una vida por la cara de un hombre.
Por esto uno de sus esfuerzos era aprender a conocer a los demás y
aprender a disimular.
Aviraneta suponía que cada momento que pasaba mejoraba su juicio;
toda su vida anterior le parecía infancia. Ilusión, seguramente; pero
ilusión halagadora.
Aviraneta no se sentía fatalista, y, sin embargo, lo era. Tenía
demasiada confianza en sí mismo para no creer un poco en su estrella.
El Tirano no se analizaba, no se preocupaba de sus contradicciones;
quería prepararse para la vida sedentaria, y había días que andaba
cinco leguas a caballo. Le dolía perder los hábitos de un guerrillero;
esperaba volver a serlo.
Pensaba también que podía convertirse en un buen señor sedentario y
tranquilo; pero en el fondo, ni la familia, ni la mujer, ni el hogar
le seducían. Era el pajarraco salvaje que necesita espacio, soledad,
desolación...
Aviraneta creía que trabajaba para los demás; pero en el fondo
trabajaba para sí mismo, no por sentido utilitario práctico, sino
porque era un coleccionista de empresas difíciles y peligrosas.
Aviraneta, que había suprimido el remordimiento, quería suprimir el
temor.
Su tío y maestro Gastón Etchepare le había escrito una vez: «Un
hombre digno no debe temer nunca, al menos en los momentos de salud
y de razón; ni la muerte, y después la nada, si es incrédulo; ni la
muerte, y después el infierno, si es creyente. ¿Temor? Jamás. Ni aunque
fuéramos responsables de nuestros actos debemos temer».
Aviraneta intrigaba, iba, venía; se le solía ver esperando con
impaciencia las galeras que llegaban con el correo desde Irún y
Madrid...
En aquel pueblo castellano, pardo, terroso, de casas de madera y
adobes, había un hombre que vivía con la misma energía que un ciudadano
de una república italiana del Renacimiento, o que un vecino de París
en tiempos de la Revolución. Era don Eugenio de Aviraneta, que
llevaba bajo su cráneo, ancho y espacioso, un mundo de intrigas, de
maquinaciones, de sueños de ambición y de poder...
LIBRO TERCERO
ASECHANZAS Y EMBOSCADAS
I
UN OFICIO
UNA mañana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer,
estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le
presentó un correo con un pliego. Aviraneta lo abrió y leyó, no sin
cierta sorpresa, este oficio: