--Arrasaría la mía. Antes que nada, está la libertad y la patria.
--Es verdad--asintió el _Lobo_.
--Así debe ser--añadió un viejo, dejando el vaso de vino vacío en la
mesa.
Este viejo era un sargento de infantería, antiguo soldado que había
hecho varias campañas. El tal sargento, llamado Valladares, vivía
casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que
trataba al viejo de mala manera.
Valladares se sentía liberal; más que liberal, partidario del Gobierno.
El Gobierno para él siempre tenía razón. Valladares ganaba un pequeño
jornal por dar a los fuelles del órgano en la parroquia de San Juan.
Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los
ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazañas guerreras
en el Rosellón y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo
cuando estaba un poco borracho.
Aviraneta sonrió al oír a Diamante y a Valladares.
Se habló de los defectos que quedaban aún en la organización de la
Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.
Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y después, las
dos compañías de infantería, en una columna, seguida de los tercios a
caballo, evolucionaron por la ancha plaza al compás de la música de
tambores y pitos, que tocaban el _Himno de Algeciras_, que empezaba a
llamarse el _Himno de Riego_.
III
LOS TRES CARGOS DE DON EUGENIO
UNOS meses después de haber sido nombrado teniente de la Milicia
voluntaria de caballería y regidor primero de Aranda de Duero,
designaron a Aviraneta para comisionado del Crédito Público.
Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.
Se había discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales
podían desempeñar otros cargos, y se declaró por el Congreso que no
sólo el ser miliciano no debía servir de obstáculo para conseguir un
empleo, sino que debía considerarse como mérito.
Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias;
pero él se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.
No se contentaba sólo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la
comarca, y enviaba al jefe político informes claros y precisos acerca
de los Ayuntamientos que no cumplían inmediatamente los decretos de
las Cortes; señalaba a los que no habían jurado la Constitución, a
pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no habían
organizado la Milicia Nacional, o que, habiéndola organizado, no se
daban prisa en instruírla.
Aviraneta miraba el nuevo régimen como una cosa suya personal, y
estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.
Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballería, don Eugenio hacía
de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de
solucionar la serie de dificultades económicas que se presentaban.
En el Ayuntamiento, Aviraneta había preparado una habitación que daba
hacia el Duero, y allí trabajaba.
Todos los asuntos los despachaba él. El corregidor firmaba únicamente.
Aviraneta tenía la ilusión del revolucionario que cree que una sociedad
puede cambiar en su esencia en pocos años.
Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El
secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso,
ponía trabas a toda tentativa liberal, atrincherándose en las fórmulas,
en las costumbres. El secretario daba a entender que no quería mas que
el éxito de los propósitos liberales del Gobierno; pero les hacía toda
la guerra posible.
Desde la promulgación de la Constitución, el partido absolutista de
Aranda, formado por el clero y dirigido por un señor del Pozo, iba
tomando cada vez más fuerza.
Aviraneta, puesto en contra de él, se empeñó en que los párrocos
explicaran los artículos de la Constitución los domingos; pero los
párrocos, apoyados por los absolutistas, se empeñaron en no hacerlo.
El señor del Pozo, en unión de un propietario rural, don Narciso de la
Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolución. Los
curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla,
el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por días
iba haciéndose más poderosa.
Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachón alto,
rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como
dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz
atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y
chismoso, llamaban en el pueblo la _Gaceta_. La _Gaceta_ era de primera
fuerza para el descrédito de algo o de alguien. Mentía descaradamente,
pero con gran habilidad, y sus embustes tenían siempre una intención
maquiavélica.
El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre también
atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban _Poncio
Pilatos_, y, efectivamente, tenía aspecto de procónsul romano. Era tipo
sombrío, grave, cumplidor de su obligación y ferviente fanático.
A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Sabía
que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podían, y esto
indignaba a _Poncio_.
Santa Olalla tenía un odio profundo por los constitucionales y un gran
desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y
la _Gaceta_.
A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban
organizando sus huestes.
El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crédito Público
alarmó a los clericales de la comarca.
Las Cortes habían decidido suprimir los monasterios de monacales,
cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y
enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras
pasadas.
Se quería que en cada pueblo se formase un expediente y un plano
catastral de los terrenos baldíos, con expresión del deslinde, calidad,
uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los
ganados de los pueblos.
Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos
del país, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.
Se quería crear una clase de pequeños terratenientes sobre las grandes
propiedades monacales, con lo cual se suponía que el nuevo régimen
podría consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesión
serían los más acérrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.
La medida, bien pensada, no dió resultado, y el pueblo, constantemente,
rechazó aquellas ofertas, que le parecían sacrílegas. Si alguno se
aprovechó, luego se hizo más católico que nadie.
Aviraneta, a pesar de que vió desde el principio la hostilidad popular,
no retrocedió; siguió trabajando con entusiasmo en sus inventarios.
Con su letra española clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo
Iturzaeta, escribía folio tras folio, día y noche, sin cesar.
Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes
nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...
Era imposible promover la formalización de los expedientes. Algunos
jueces liberales comenzaban la incoación; pero tenían que abandonarla
pronto. Todo el mundo hacía lo posible para que los trabajos quedasen
interrumpidos.
Aviraneta quería luchar así, de cerca, convencido de que era el único
modo de instaurar la era revolucionaria.
Algunos amigos le advertían que a su lado, como tiburones que siguen a
un barco, había gente desacreditada y sin escrúpulos que iba a ver si
se lucraba con los bienes nacionales.
Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio García, de Vadocondes.
García era uno de esos hombres que en un momento de revolución ven
una fortuna que hacer. García era hombre frío, audaz, indiferente a
todo lo que no fuera negocio. Tenía un pie en el realismo y otro en la
revolución. Se servía de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el
_Rojo_ y del hombre a quien decían la _Gaceta_. A veces se entendía
también con Frutos.
Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa había que franquear el
acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable
para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el
cambio de régimen.
Algunos se lamentaban de esto.
--Es una cosa absurda--les decía Aviraneta--. ¡Como si la propiedad
antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la
violencia!
No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta;
algunos, molestados porque se había dado el mando a un advenedizo, no
querían nada con él.
Estos eran la mayoría gente rica que se consideraba postergada.
Si en la esfera de los aristócratas existían descontentos, también los
había entre los demócratas, los cuales se hallaban representados por
los contertulios de un zapatero remendón llamado Domingo, de la calle
de la Canaleja.
De la zapatería del tal Domingo salió con el tiempo una torre
de Comuneros tan efímera como las tapas y medias suelas del
establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos
comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.
El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el
zapatero Simón de Aranda, a quien se le decía _Dominguín_ y _Domingo
Siete_. Este último apodo se lo habían puesto los liberales por su
inoportunidad.
Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra
giba por inoportuno.
Había ido un giboso un sábado por la noche a un bosque donde moraban
las brujas, y les había oído cantar repetidas veces, con la melancolía
de una canción que no se conoce bien, este estribillo:
Lunes, martes, miércoles, tres.
Lunes, martes, miércoles, tres.
Entonces el giboso, en el mismo tono triste que las brujas, cantó:
Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.
Las brujas al oír esto lanzaron un ¡ah! de satisfacción, y
entusiasmadas por el segundo verso añadido a su canto fragmentario,
buscaron al autor, encontraron al giboso, le acariciaron, le quitaron
la giba y la colgaron en un árbol.
Llegó el giboso al pueblo derecho y gallardo y contó a otro amigo
jorobado lo ocurrido, y éste el sábado por la noche se fué al bosque y
esperó. Vinieron las brujas y se pusieron a cantar con entusiasmo, con
una algarabía de papagayos:
Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.
Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.
Entonces el giboso, saliendo de debajo del árbol, gritó con voz aguda:
Y domingo, siete.
Las brujas, que tenían cierto sentido estético, lanzaron un grito de
disgusto y de repulsión, digno de un profesor de Retórica, al ver que
no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le
arañaron y le colocaron la joroba del giboso del sábado anterior.
A Dominguín el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como
el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba _Domingo Siete_.
_Dominguín_, _Tumbatoros_ el cortador, _Payuco_ el gitano, Matías el
sanguijuelero y un matón a quien llamaban el _Tarambana_ formaban la
extrema izquierda arandina.
Aviraneta tenía como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a
Diamante.
Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos
estuviera vendido al celebérrimo oro de la reacción; suponía que le
faltaba celo, nada más.
Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quería dominar
por el terror. Había echado a volar la noticia por el pueblo de que al
primer intento absolutista haría una sarracina de las gordas.
Aviraneta al principio vivía con su madre y con una criada vieja de
Irún, Joshepa Antoni; luego se separó de ellas por muchas razones. La
primera y más importante era que no quería que sus enemigos pudiesen
vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido él.
Aviraneta echó a volar la especie de que la buena señora estaba muy
incomodada con su conducta.
Aviraneta iba a comer con su madre todos los días, y después,
burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurría en el pueblo.
Ella le oía mientras hacía media y le recomendaba que no fuera
demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.
Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca
importancia.
Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el
_Lebrel_ y Jazmín.
Solía andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y
liebres, y cuando había varios días de fiesta seguidos marchaba con
algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos
y del Urbión.
A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que había recorrido como
guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba así las fiestas religiosas, a
las cuales, como regidor, no tenía más remedio que acudir estando en
Aranda.
Tenía Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magníficos, _Piramo_
y _Tisbe_; tenía también varios perros y uno favorito, al que llamaba
_Murat_.
En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto,
él se encontraba bien allí y decidió instalarse en Aranda y comprar
una casa vieja bastante alejada de las demás, que se llamaba la _Casa
de la mujer muerta_ o la _Casa de la Muerta_.
Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construída
a medias de ladrillo y adobes, era sólida, espaciosa y bastante bien
conservada.
Se tenía contra la casa cierta prevención: en tiempo de la guerra de la
Independencia había sido hospital, y después vivió en ella gente pobre.
Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y
paragüeros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse allá.
La historia de la casa era romántica. Se contaba que hacía dos siglos
había pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este
caballero tenía un hijo y una hija. La hija había muerto abrasada en un
incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendió casarse
con una judía.
El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la
judía se iba a convertir al cristianismo, la aceptó en su casa, y el
mismo día de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cayó al
patio y quedó muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapió
aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.
No se decía si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria
_ad hoc_ de sábanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que
la gente lo pensara.
Aviraneta compró la _Casa de la Muerta_ y llevó obreros para
restaurarla. Puso cristales pequeños y romboidales emplomados en casi
todas las ventanas, cosa que pareció un lujo provocativo e insultante.
Arregló bien las cuadras, blanqueó las habitaciones y compró muebles,
los necesarios para un hombre que podía vivir como un árabe del
Desierto en una tienda de campaña.
Sólo tenía el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo
y comodidad.
En el piso bajo Aviraneta instaló su despacho para sus asuntos de
regidor y de teniente de la Milicia. Había mandado poner marcos a
varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tenía una
lámina, titulada _El entierro de los serviles_, con esta leyenda:
Si el servil esfuerzos hace
para salir de la sima
donde por nuestro bien yace,
¡milicianos, tierra encima
y que _requiescant in pace_!
En este cuarto se celebraban las reuniones masónicas de Aranda.
Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayoría de los cuartos los
dejó sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos
caídos. El huerto también se hallaba abandonado, lleno de maleza, con
los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.
Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos
piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que
Aviraneta se cansó de este cementerio de paraguas y de botas y decidió
no cultivar el jardín.
La madre de Aviraneta se quedó asombrada al ver la casa.
--Pero, ¡qué locuras hace este Eugenio!--exclamó, llevándose la mano a
la frente.
La compra de la _Casa de la Muerta_ contribuyó a aumentar la fama de
extravagancia de Aviraneta.
--¡Qué desgracia la de esa señora tener un hijo así!--se decía.
El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo
del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola
por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.
Excepción hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la _Casa de la
Muerta_.
Aviraneta tenía en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que
eran también guerrilleros, el _Lebrel_ y Jazmín.
El _Lebrel_ era un gran cazador. Jazmín, como un criado de comedia
antigua, tenía gran fertilidad de recursos y de intrigas y era
atrevido, hábil y valiente.
Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en
algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos _bravi_
capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.
Aviraneta les enseñaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces
necesitaba de sus dos muchachos y le acompañaban ambos armados y
embozados en la capa.
Cada día que pasaba Aviraneta era más odiado.
Todas las disposiciones municipales dadas por él para adecentar las
escuelas, sitios sombríos y miserables, para limpiar las calles y los
pozos negros, para sanear las fuentes, poner árboles en los caminos
y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos
insultos.
¿A qué se metía aquel forastero a cambiar las costumbres de los
arandinos? ¿Es que no habían vivido sus padres igual que ellos? ¿No se
habían revolcado en la tradicional suciedad española sin detrimento de
su salud?
La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal
oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les parecía ridículo y
vejatorio y una manifestación de tiranía insoportable.
Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le
acusaba a Aviraneta de propagandista masón y de tener una policía
a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las
instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe político.
La pequeña tropa de Milicia voluntaria de caballería era profundamente
odiada y muchas veces había recibido tiros y pedradas, que no se sabía
de dónde venían.
Otros, más cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.
Al principio la locura oratoria de este pobre loco había producido
risa; a medida que el sentimiento realista y fanático tomaba violencia,
el Tío Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le
tiraban piedras y le pegaban.
Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el
_Lobo_ también le protegía.
Casi constantemente Aviraneta recibía algún anónimo insultante y
amenazador. Él se reía y una de las veces lo clavó con cuatro tachuelas
en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.
Aviraneta hacía como que no se enteraba de la hostilidad contra él;
recorría el pueblo solo y únicamente de noche iba acompañado de sus
_bravi_. Esta disposición la tomó desde que una vez, al acercarse a la
_Casa de la Muerta_, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna
de las balas le dió.
Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del
_Zamorano_ o al mesón del Brigante, del que era dueño el _Lobo_.
Allí, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del
Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y
pasaba a la cocina del mesón. Si entraba algún carretero conocido le
decía: «¡Eh, buen amigo! ¿Qué tal? ¿Se viene de lejos?» Y departía con
los arrieros, les preguntaba de dónde venían, adónde iban; se informaba
de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo
que decían en Almazán, en Soria o en Roa.
El arriero contaba lo que había visto y oído, llevaba sus mulas a la
cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las
criadas.
Aviraneta, después de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se
mudaba, hacía encender los candelabros y cenaba como un gran señor.
IV
UNA FAMILIA AMIGA
AVIRANETA era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba
algún sitio adonde ir de tertulia.
Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por
la Acera, hablando con los amigos; después solía pasar por la botica
de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la
plaza; charlaba allí un rato; luego salía, saludaba a la gente de
la confitería de doña Manolita y cambiaba un saludo con Schültze,
el relojero, que al verle se levantaba y le hacía siempre la misma
pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles
inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del
pueblo en sus rincones.
Al mismo tiempo que Eugenio hacía amistades, su madre se había
relacionado con la familia del juez, recién llegado al pueblo, que
vivía en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.
Se llamaba este juez don Francisco Auñón.
Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a
cuarenta y cinco años. Se había casado muy joven y tenía dos hijas,
Rosalía y Teresita, de diez y ocho y quince años, respectivamente, y un
niño de diez, Juanito.
Auñón era hombre serio, pero de poca energía. Le dominaba su mujer,
doña Antonia, a quien su marido y luego los íntimos de la casa, entre
ellos Aviraneta, llamaban doña Nona.
Doña Nona debía haber sido de soltera muy guapa, pero había engordado y
su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.
Doña Nona tenía una cara de Dolorosa, pálida y parada; los ojos grandes
y negros, la boca pequeña, el pelo de ébano.
Espiritualmente era el tipo de la mujer española práctica, hacendosa,
indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egoísmo familiar
llevado a las últimas consecuencias.
La hija mayor, Rosalía, debía ser el retrato de su madre joven. Era muy
bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermosísimos y color
atezado. Tenía muy buen carácter y un aplomo perfecto, ese aplomo del
castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir
de una manera literaria--es decir, exagerada--las pasiones.
Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana,
acababa de pasar esa edad en que las niñas comienzan a dejar las
muñecas, pero todavía no había llegado al período de los muñecos.
Teresita prometía ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo único
que tenía allí eran libros religiosos. Leía _La vida de los Santos_
y la _Guía de Pecadores_, y sabía muchas poesías de Santa Teresa de
Jesús, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León.
La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y solía estar
hablando y haciendo media.
Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.
Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendían bien.
Aviraneta tenía una gran facundia y no dejaba languidecer la
conversación. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo
y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de
Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema
inagotable para sus burlas.
A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doña Nona y Rosalía
le pedían una porción de cosas.
Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a
caballo, para llevarles un adorno, una chuchería de moda cualquiera.
Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosalía, que
estaba muy guapa; pero era difícil que un hombre tan atareado como
Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.
Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios
habituales de la casa del juez; pero al principio de otoño apareció un
curita, don Víctor, muy amigo de doña Nona, a hacer la competencia a
don Eugenio y a minarle el terreno.
Don Víctor conquistó a doña Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con
él era imposible.
Este curita, joven e inteligente--inteligente a lo cura--, se comenzaba
a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quería ser en
Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cáceres y fray Miguel González,
el colector de la Victoria, en Burgos. Decía que la Constitución era
cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos
los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en
el cieno y en la sangre.