--¿Y la hubiera usted arrasado? ¡Qué barbaridad!--dijo Frutos.

--Arrasaría la mía. Antes que nada, está la libertad y la patria.

--Es verdad--asintió el _Lobo_.

--Así debe ser--añadió un viejo, dejando el vaso de vino vacío en la

mesa.

Este viejo era un sargento de infantería, antiguo soldado que había

hecho varias campañas. El tal sargento, llamado Valladares, vivía

casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que

trataba al viejo de mala manera.

Valladares se sentía liberal; más que liberal, partidario del Gobierno.

El Gobierno para él siempre tenía razón. Valladares ganaba un pequeño

jornal por dar a los fuelles del órgano en la parroquia de San Juan.

Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los

ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazañas guerreras

en el Rosellón y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo

cuando estaba un poco borracho.

Aviraneta sonrió al oír a Diamante y a Valladares.

Se habló de los defectos que quedaban aún en la organización de la

Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.

Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y después, las

dos compañías de infantería, en una columna, seguida de los tercios a

caballo, evolucionaron por la ancha plaza al compás de la música de

tambores y pitos, que tocaban el _Himno de Algeciras_, que empezaba a

llamarse el _Himno de Riego_.

III

LOS TRES CARGOS DE DON EUGENIO

UNOS meses después de haber sido nombrado teniente de la Milicia

voluntaria de caballería y regidor primero de Aranda de Duero,

designaron a Aviraneta para comisionado del Crédito Público.

Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.

Se había discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales

podían desempeñar otros cargos, y se declaró por el Congreso que no

sólo el ser miliciano no debía servir de obstáculo para conseguir un

empleo, sino que debía considerarse como mérito.

Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias;

pero él se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.

No se contentaba sólo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la

comarca, y enviaba al jefe político informes claros y precisos acerca

de los Ayuntamientos que no cumplían inmediatamente los decretos de

las Cortes; señalaba a los que no habían jurado la Constitución, a

pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no habían

organizado la Milicia Nacional, o que, habiéndola organizado, no se

daban prisa en instruírla.

Aviraneta miraba el nuevo régimen como una cosa suya personal, y

estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.

Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballería, don Eugenio hacía

de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de

solucionar la serie de dificultades económicas que se presentaban.

En el Ayuntamiento, Aviraneta había preparado una habitación que daba

hacia el Duero, y allí trabajaba.

Todos los asuntos los despachaba él. El corregidor firmaba únicamente.

Aviraneta tenía la ilusión del revolucionario que cree que una sociedad

puede cambiar en su esencia en pocos años.

Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El

secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso,

ponía trabas a toda tentativa liberal, atrincherándose en las fórmulas,

en las costumbres. El secretario daba a entender que no quería mas que

el éxito de los propósitos liberales del Gobierno; pero les hacía toda

la guerra posible.

Desde la promulgación de la Constitución, el partido absolutista de

Aranda, formado por el clero y dirigido por un señor del Pozo, iba

tomando cada vez más fuerza.

Aviraneta, puesto en contra de él, se empeñó en que los párrocos

explicaran los artículos de la Constitución los domingos; pero los

párrocos, apoyados por los absolutistas, se empeñaron en no hacerlo.

El señor del Pozo, en unión de un propietario rural, don Narciso de la

Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolución. Los

curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla,

el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por días

iba haciéndose más poderosa.

Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachón alto,

rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como

dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz

atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y

chismoso, llamaban en el pueblo la _Gaceta_. La _Gaceta_ era de primera

fuerza para el descrédito de algo o de alguien. Mentía descaradamente,

pero con gran habilidad, y sus embustes tenían siempre una intención

maquiavélica.

El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre también

atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban _Poncio

Pilatos_, y, efectivamente, tenía aspecto de procónsul romano. Era tipo

sombrío, grave, cumplidor de su obligación y ferviente fanático.

A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Sabía

que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podían, y esto

indignaba a _Poncio_.

Santa Olalla tenía un odio profundo por los constitucionales y un gran

desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y

la _Gaceta_.

A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban

organizando sus huestes.

El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crédito Público

alarmó a los clericales de la comarca.

Las Cortes habían decidido suprimir los monasterios de monacales,

cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y

enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras

pasadas.

Se quería que en cada pueblo se formase un expediente y un plano

catastral de los terrenos baldíos, con expresión del deslinde, calidad,

uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los

ganados de los pueblos.

Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos

del país, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.

Se quería crear una clase de pequeños terratenientes sobre las grandes

propiedades monacales, con lo cual se suponía que el nuevo régimen

podría consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesión

serían los más acérrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.

La medida, bien pensada, no dió resultado, y el pueblo, constantemente,

rechazó aquellas ofertas, que le parecían sacrílegas. Si alguno se

aprovechó, luego se hizo más católico que nadie.

Aviraneta, a pesar de que vió desde el principio la hostilidad popular,

no retrocedió; siguió trabajando con entusiasmo en sus inventarios.

Con su letra española clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo

Iturzaeta, escribía folio tras folio, día y noche, sin cesar.

Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes

nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...

Era imposible promover la formalización de los expedientes. Algunos

jueces liberales comenzaban la incoación; pero tenían que abandonarla

pronto. Todo el mundo hacía lo posible para que los trabajos quedasen

interrumpidos.

Aviraneta quería luchar así, de cerca, convencido de que era el único

modo de instaurar la era revolucionaria.

Algunos amigos le advertían que a su lado, como tiburones que siguen a

un barco, había gente desacreditada y sin escrúpulos que iba a ver si

se lucraba con los bienes nacionales.

Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio García, de Vadocondes.

García era uno de esos hombres que en un momento de revolución ven

una fortuna que hacer. García era hombre frío, audaz, indiferente a

todo lo que no fuera negocio. Tenía un pie en el realismo y otro en la

revolución. Se servía de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el

_Rojo_ y del hombre a quien decían la _Gaceta_. A veces se entendía

también con Frutos.

Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa había que franquear el

acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable

para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el

cambio de régimen.

Algunos se lamentaban de esto.

--Es una cosa absurda--les decía Aviraneta--. ¡Como si la propiedad

antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la

violencia!

No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta;

algunos, molestados porque se había dado el mando a un advenedizo, no

querían nada con él.

Estos eran la mayoría gente rica que se consideraba postergada.

Si en la esfera de los aristócratas existían descontentos, también los

había entre los demócratas, los cuales se hallaban representados por

los contertulios de un zapatero remendón llamado Domingo, de la calle

de la Canaleja.

De la zapatería del tal Domingo salió con el tiempo una torre

de Comuneros tan efímera como las tapas y medias suelas del

establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos

comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.

El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el

zapatero Simón de Aranda, a quien se le decía _Dominguín_ y _Domingo

Siete_. Este último apodo se lo habían puesto los liberales por su

inoportunidad.

Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra

giba por inoportuno.

Había ido un giboso un sábado por la noche a un bosque donde moraban

las brujas, y les había oído cantar repetidas veces, con la melancolía

de una canción que no se conoce bien, este estribillo:

Lunes, martes, miércoles, tres.

Lunes, martes, miércoles, tres.

Entonces el giboso, en el mismo tono triste que las brujas, cantó:

Lunes, martes, miércoles, tres.

Jueves, viernes, sábado, seis.

Las brujas al oír esto lanzaron un ¡ah! de satisfacción, y

entusiasmadas por el segundo verso añadido a su canto fragmentario,

buscaron al autor, encontraron al giboso, le acariciaron, le quitaron

la giba y la colgaron en un árbol.

Llegó el giboso al pueblo derecho y gallardo y contó a otro amigo

jorobado lo ocurrido, y éste el sábado por la noche se fué al bosque y

esperó. Vinieron las brujas y se pusieron a cantar con entusiasmo, con

una algarabía de papagayos:

Lunes, martes, miércoles, tres.

Jueves, viernes, sábado, seis.

Lunes, martes, miércoles, tres.

Jueves, viernes, sábado, seis.

Entonces el giboso, saliendo de debajo del árbol, gritó con voz aguda:

Y domingo, siete.

Las brujas, que tenían cierto sentido estético, lanzaron un grito de

disgusto y de repulsión, digno de un profesor de Retórica, al ver que

no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le

arañaron y le colocaron la joroba del giboso del sábado anterior.

A Dominguín el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como

el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba _Domingo Siete_.

_Dominguín_, _Tumbatoros_ el cortador, _Payuco_ el gitano, Matías el

sanguijuelero y un matón a quien llamaban el _Tarambana_ formaban la

extrema izquierda arandina.

Aviraneta tenía como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a

Diamante.

Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos

estuviera vendido al celebérrimo oro de la reacción; suponía que le

faltaba celo, nada más.

Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quería dominar

por el terror. Había echado a volar la noticia por el pueblo de que al

primer intento absolutista haría una sarracina de las gordas.

Aviraneta al principio vivía con su madre y con una criada vieja de

Irún, Joshepa Antoni; luego se separó de ellas por muchas razones. La

primera y más importante era que no quería que sus enemigos pudiesen

vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido él.

Aviraneta echó a volar la especie de que la buena señora estaba muy

incomodada con su conducta.

Aviraneta iba a comer con su madre todos los días, y después,

burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurría en el pueblo.

Ella le oía mientras hacía media y le recomendaba que no fuera

demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.

Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca

importancia.

Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el

_Lebrel_ y Jazmín.

Solía andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y

liebres, y cuando había varios días de fiesta seguidos marchaba con

algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos

y del Urbión.

A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que había recorrido como

guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba así las fiestas religiosas, a

las cuales, como regidor, no tenía más remedio que acudir estando en

Aranda.

Tenía Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magníficos, _Piramo_

y _Tisbe_; tenía también varios perros y uno favorito, al que llamaba

_Murat_.

En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto,

él se encontraba bien allí y decidió instalarse en Aranda y comprar

una casa vieja bastante alejada de las demás, que se llamaba la _Casa

de la mujer muerta_ o la _Casa de la Muerta_.

Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construída

a medias de ladrillo y adobes, era sólida, espaciosa y bastante bien

conservada.

Se tenía contra la casa cierta prevención: en tiempo de la guerra de la

Independencia había sido hospital, y después vivió en ella gente pobre.

Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y

paragüeros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse allá.

La historia de la casa era romántica. Se contaba que hacía dos siglos

había pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este

caballero tenía un hijo y una hija. La hija había muerto abrasada en un

incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendió casarse

con una judía.

El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la

judía se iba a convertir al cristianismo, la aceptó en su casa, y el

mismo día de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cayó al

patio y quedó muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapió

aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.

No se decía si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria

_ad hoc_ de sábanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que

la gente lo pensara.

Aviraneta compró la _Casa de la Muerta_ y llevó obreros para

restaurarla. Puso cristales pequeños y romboidales emplomados en casi

todas las ventanas, cosa que pareció un lujo provocativo e insultante.

Arregló bien las cuadras, blanqueó las habitaciones y compró muebles,

los necesarios para un hombre que podía vivir como un árabe del

Desierto en una tienda de campaña.

Sólo tenía el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo

y comodidad.

En el piso bajo Aviraneta instaló su despacho para sus asuntos de

regidor y de teniente de la Milicia. Había mandado poner marcos a

varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tenía una

lámina, titulada _El entierro de los serviles_, con esta leyenda:

Si el servil esfuerzos hace

para salir de la sima

donde por nuestro bien yace,

¡milicianos, tierra encima

y que _requiescant in pace_!

En este cuarto se celebraban las reuniones masónicas de Aranda.

Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayoría de los cuartos los

dejó sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos

caídos. El huerto también se hallaba abandonado, lleno de maleza, con

los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.

Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos

piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que

Aviraneta se cansó de este cementerio de paraguas y de botas y decidió

no cultivar el jardín.

La madre de Aviraneta se quedó asombrada al ver la casa.

--Pero, ¡qué locuras hace este Eugenio!--exclamó, llevándose la mano a

la frente.

La compra de la _Casa de la Muerta_ contribuyó a aumentar la fama de

extravagancia de Aviraneta.

--¡Qué desgracia la de esa señora tener un hijo así!--se decía.

El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo

del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola

por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.

Excepción hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la _Casa de la

Muerta_.

Aviraneta tenía en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que

eran también guerrilleros, el _Lebrel_ y Jazmín.

El _Lebrel_ era un gran cazador. Jazmín, como un criado de comedia

antigua, tenía gran fertilidad de recursos y de intrigas y era

atrevido, hábil y valiente.

Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en

algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos _bravi_

capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.

Aviraneta les enseñaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces

necesitaba de sus dos muchachos y le acompañaban ambos armados y

embozados en la capa.

Cada día que pasaba Aviraneta era más odiado.

Todas las disposiciones municipales dadas por él para adecentar las

escuelas, sitios sombríos y miserables, para limpiar las calles y los

pozos negros, para sanear las fuentes, poner árboles en los caminos

y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos

insultos.

¿A qué se metía aquel forastero a cambiar las costumbres de los

arandinos? ¿Es que no habían vivido sus padres igual que ellos? ¿No se

habían revolcado en la tradicional suciedad española sin detrimento de

su salud?

La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal

oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les parecía ridículo y

vejatorio y una manifestación de tiranía insoportable.

Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le

acusaba a Aviraneta de propagandista masón y de tener una policía

a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las

instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe político.

La pequeña tropa de Milicia voluntaria de caballería era profundamente

odiada y muchas veces había recibido tiros y pedradas, que no se sabía

de dónde venían.

Otros, más cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.

Al principio la locura oratoria de este pobre loco había producido

risa; a medida que el sentimiento realista y fanático tomaba violencia,

el Tío Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le

tiraban piedras y le pegaban.

Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el

_Lobo_ también le protegía.

Casi constantemente Aviraneta recibía algún anónimo insultante y

amenazador. Él se reía y una de las veces lo clavó con cuatro tachuelas

en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.

Aviraneta hacía como que no se enteraba de la hostilidad contra él;

recorría el pueblo solo y únicamente de noche iba acompañado de sus

_bravi_. Esta disposición la tomó desde que una vez, al acercarse a la

_Casa de la Muerta_, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna

de las balas le dió.

Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del

_Zamorano_ o al mesón del Brigante, del que era dueño el _Lobo_.

Allí, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del

Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y

pasaba a la cocina del mesón. Si entraba algún carretero conocido le

decía: «¡Eh, buen amigo! ¿Qué tal? ¿Se viene de lejos?» Y departía con

los arrieros, les preguntaba de dónde venían, adónde iban; se informaba

de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo

que decían en Almazán, en Soria o en Roa.

El arriero contaba lo que había visto y oído, llevaba sus mulas a la

cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las

criadas.

Aviraneta, después de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se

mudaba, hacía encender los candelabros y cenaba como un gran señor.

IV

UNA FAMILIA AMIGA

AVIRANETA era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba

algún sitio adonde ir de tertulia.

Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por

la Acera, hablando con los amigos; después solía pasar por la botica

de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la

plaza; charlaba allí un rato; luego salía, saludaba a la gente de

la confitería de doña Manolita y cambiaba un saludo con Schültze,

el relojero, que al verle se levantaba y le hacía siempre la misma

pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles

inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del

pueblo en sus rincones.

Al mismo tiempo que Eugenio hacía amistades, su madre se había

relacionado con la familia del juez, recién llegado al pueblo, que

vivía en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.

Se llamaba este juez don Francisco Auñón.

Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a

cuarenta y cinco años. Se había casado muy joven y tenía dos hijas,

Rosalía y Teresita, de diez y ocho y quince años, respectivamente, y un

niño de diez, Juanito.

Auñón era hombre serio, pero de poca energía. Le dominaba su mujer,

doña Antonia, a quien su marido y luego los íntimos de la casa, entre

ellos Aviraneta, llamaban doña Nona.

Doña Nona debía haber sido de soltera muy guapa, pero había engordado y

su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.

Doña Nona tenía una cara de Dolorosa, pálida y parada; los ojos grandes

y negros, la boca pequeña, el pelo de ébano.

Espiritualmente era el tipo de la mujer española práctica, hacendosa,

indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egoísmo familiar

llevado a las últimas consecuencias.

La hija mayor, Rosalía, debía ser el retrato de su madre joven. Era muy

bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermosísimos y color

atezado. Tenía muy buen carácter y un aplomo perfecto, ese aplomo del

castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir

de una manera literaria--es decir, exagerada--las pasiones.

Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana,

acababa de pasar esa edad en que las niñas comienzan a dejar las

muñecas, pero todavía no había llegado al período de los muñecos.

Teresita prometía ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo único

que tenía allí eran libros religiosos. Leía _La vida de los Santos_

y la _Guía de Pecadores_, y sabía muchas poesías de Santa Teresa de

Jesús, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León.

La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y solía estar

hablando y haciendo media.

Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.

Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendían bien.

Aviraneta tenía una gran facundia y no dejaba languidecer la

conversación. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo

y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de

Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema

inagotable para sus burlas.

A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doña Nona y Rosalía

le pedían una porción de cosas.

Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a

caballo, para llevarles un adorno, una chuchería de moda cualquiera.

Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosalía, que

estaba muy guapa; pero era difícil que un hombre tan atareado como

Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.

Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios

habituales de la casa del juez; pero al principio de otoño apareció un

curita, don Víctor, muy amigo de doña Nona, a hacer la competencia a

don Eugenio y a minarle el terreno.

Don Víctor conquistó a doña Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con

él era imposible.

Este curita, joven e inteligente--inteligente a lo cura--, se comenzaba

a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quería ser en

Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cáceres y fray Miguel González,

el colector de la Victoria, en Burgos. Decía que la Constitución era

cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos

los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en

el cieno y en la sangre.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 3 / 17 段