uno.
Aviraneta se marchó a su casa y durmió hasta muy entrada la mañana.
Al despertarse supo que Riego se había sublevado y proclamado la
Constitución del año doce.
Por lo menos, la primera parte del plan de Riego había tenido éxito.
La segunda parte del proyecto consistía en avanzar con las tropas
sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel
general, y prender a los jefes.
Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a
las tres de la tarde, y a las dos de la mañana se presentaron delante
de Arcos.
El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe,
Calderón; Miranda, del general Fournas, y Valcárcel, del general
Salvador.
Mucho tiempo se perdió delante de Arcos. Se había decidido que Asturias
entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a
clarear y no habían llegado los de Sevilla.
Riego, impaciente, mandó cinco compañías y ordenó la prisión inmediata
de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos
tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y
cuando no se sabía qué hacer apareció en Arcos el batallón de Sevilla,
que venía de Villamartín y se había perdido en el camino.
Difícilmente se podía comprender que un movimiento tan mal planteado y
dirigido acabara con tanto éxito.
--¡Qué suerte tiene esta gente!--murmuró Aviraneta con cierto despecho.
Posesionado de Arcos el ejército rebelde, se proclamó la Constitución y
se nombraron alcaldes.
El batallón de Guías fraternizó con los sublevados.
Por la noche, Riego envió a varios oficiales con una columna,
formada por compañías de los tres batallones que habían iniciado el
levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la bahía de Cádiz
para anunciar el triunfo de la Revolución.
Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra
revolucionaria. Se había enterado de que en Bornos estaba de oficial
un amigo suyo de Azcoitia, Félix Zuaznavar, afiliado a la masonería y
complicado en la conspiración de Renovales.
Aviraneta marchó a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesitó
convencerle. Zuaznavar se reunió con él en seguida, y fueron juntos a
Arcos, a presentarse a Riego.
Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas
revolucionarias. Había luchado en la guerra de la Independencia y
estaba inflamado de ardor liberal y patriótico. Zuaznavar aseguró que
si se presentaba Riego, el batallón segundo de Aragón, que estaba en
Bornos, se uniría a él.
Riego escuchó las proposiciones de Zuaznavar y decidió salir a las tres
de la mañana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un
destacamento de trescientos hombres.
Se dió la orden de marcha, y al alba se llegó al pueblo. Se colocó la
tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esperó.
Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y
Sorrozábal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente
del batallón, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento
de Aragón, lo hizo prisionero y se lo entregó a Riego, que avanzaba
hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos
ordenanzas de infantería.
Poco después comenzaron a sonar los tambores, y el batallón entero,
tocando generala, salió de sus alojamientos de Bornos dando gritos de
«¡Viva la Libertad!», «¡Viva la Constitución!».
Se volvió a Arcos, y dos días después, todas las tropas reunidas
marcharon a Jerez. Al día siguiente se proclamaría la Constitución en
esta ciudad.
Aviraneta fué al cuartel donde se encontraban los oficiales amigos
suyos, y no le dejaron entrar. Por la tarde vió que estaba vigilado.
Aviraneta se presentó a Zuaznavar y al capitán Sorrozábal, dispuesto
a pedir explicaciones a Riego; pero éstos le convencieron de que en
aquellas circunstancias sería lamentable.
Riego tenía una idea falsa de él.
Zuaznavar y Sorrozábal añadieron que lo que les parecía mejor era que
Aviraneta fuese al Puerto de Santa María a reunirse con otro vasco, el
capitán Roque Arizmendi, que había ido allí escoltando a los generales
prisioneros.
Aviraneta pasó varios días en el Puerto en la inacción, con un tiempo
desdichado de lluvias; presenció la entrada de Riego y Quiroga, y
después fué a San Fernando.
Se había reunido aquí mucha tropa; Aviraneta tenía entre los oficiales
amigos y conocidos, entre ellos Valdés, Iñurrigarro y Arizmendi.
Habían nombrado general en jefe a Quiroga, y Aviraneta fué a verle y a
ofrecerse a él; pero Quiroga era un galleguito ordenancista que creía
que el movimiento era únicamente militar y que los paisanos nada tenían
que hacer en él.
En el fondo existía cada vez más fuerte la rivalidad entre los
guerrilleros y la tropa de línea, que había estallado después de la
guerra de la Independencia, y bastaba que alguien se diese a conocer
como guerrillero para producir desconfianza entre los militares de
carrera.
Aviraneta tuvo que servir de testigo de las marchas y contramarchas de
aquellas tropas, en las cuales seguramente no había ningún Napoleón.
Aviraneta ya no tenía nada que hacer allí, y, recordando el encargo
de Salvador Manzanares, le escribió una larga carta, contándole con
detalles cómo se había verificado el movimiento revolucionario. Esta
carta se la entregó a un contrabandista de Ronda que marchaba a
Gibraltar.
Al final de enero Aviraneta presenció la salida de Riego camino de
Málaga, con una columna de unos mil quinientos hombres y algunos
caballos.
Toda una turba de cantineros, busconas y viejas celestinas de Jerez, el
Puerto de Santa María, Puerto Real y San Fernando se movilizó detrás de
la columna, con una impedimenta de caballos, mulas y borriquillos.
V
EL EMPECINADO
AVIRANETA quedó en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de
carrera no podía simpatizar ni colaborar, abandonó la isla gaditana y
se marchó a Sevilla.
De Sevilla tomó la diligencia para Madrid. Visitó a madama Luisa, que
le dió noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las
noticias de la Revolución, y fué a ver a los amigos masones, a quienes
encontró muy reservados y timoratos.
En vista de que Madrid tampoco respondía, don Eugenio se dirigió a
Aranda y fué a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero.
El Empecinado le dijo que había pensado en dar un golpe para proclamar
la Constitución en Valladolid y que llegaba oportunamente.
La buena acogida de don Juan Martín hizo olvidar a Aviraneta sus
fracasos de Andalucía.
Al saber que ya había algo preparado y organizado, Aviraneta quiso
contribuír a la empresa, y equipó y montó por su cuenta diez hombres,
que se unieron a los del Empecinado.
Éste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peñafiel a
quien llamaban el Licenciado Mambrilla.
Entre el Empecinado y Mambrilla habían ideado sorprender Valladolid
con cien infantes y cincuenta caballos.
Tenían en la ciudad algunos partidarios, entre éstos, un padre
filipino, el padre Giménez, y su sobrino Santos.
El plan consistía en meter en el convento del padre Giménez cien
hombres armados, y después, por la noche, presentarse a las puertas
de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldrían del
convento, abrirían las puertas de la ciudad y se proclamaría la
Constitución.
Preparada la sorpresa, probablemente hubo algún soplo a la policía,
porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y
embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la
guardia de las puertas fué reforzada.
En vista del fracaso de la expedición a Valladolid, el Empecinado,
Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa
apoderándose de una ciudad pequeña como Aranda. Tenían gente
comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, habían hecho
imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar
día. Era a principios de marzo. La expedición de Riego en Andalucía se
daba por muerta.
En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Félix
Acevedo en La Coruña habían ocupado toda Galicia; luego se habló de
la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo
por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaña. En vista
de ello, el Empecinado precipitó la entrada en Aranda y proclamó la
Constitución. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.
La revolución triunfaba, las tropas se unían a los constitucionales, y
Fernando VII, de buen o mal grado, tenía que aceptar el nuevo régimen.
Pocos días después el Empecinado comisionó a Aviraneta para que se
avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y
ofreciese la cooperación del general.
¿Qué iban a hacer? El Empecinado volvería al ejército. Había sido
nombrado segundo cabo de la Capitanía General de Castilla la Vieja,
que residía en Zamora; Aviraneta, según don Juan Martín, tenía que
prepararse para ser diputado. Se establecería en Aranda, lo nombrarían
regidor primero, organizaría la Milicia Nacional y, cuando dominara el
país, se le enviaría a las Cortes.
Aviraneta escribió a su madre, que estaba en Irún, si le gustaría
quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contestó que sí,
que viviría en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquiló
para los dos una casa pequeña en la plaza del Trigo.
LIBRO SEGUNDO
EL TIRANO DE ARANDA
I
LOS MILICIANOS
EL mismo día en que se dió el bando en la Plaza de Aranda acerca de la
partida levantada por el canónigo de la Colegiata de San Quirce don
Francisco Barrio, poco después de comer empezaron a reunirse en una
explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos
de milicianos, de uniforme. Había maniobras.
A las tres comenzó la formación y se pasó lista. Anteriormente habían
tenido los milicianos una época de continuo y diario ejercicio, y el
grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.
En toda España, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuñar
las armas. El Gobierno quería contar con una fuerza capaz de sofocar
cualquier tentativa absolutista.
Comenzó el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayoría de los
milicianos había pasado las primeras dificultades y estaba en la
esgrima de la bayoneta y del fusil, y sólo algunos torpes, en pequeños
pelotones, habían quedado empantanados en las evoluciones de la marcha
y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.
El Tío Guillotina solía ir con los chicos delante de los pelotones que
evolucionaban por la plaza, agitándose y moviendo los brazos.
La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por
dos compañías de infantería y una de caballería. Las primeras eran
incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte
soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.
La compañía de caballería la formaban sesenta y dos hombres.
Cada compañía de infantes tenía capitán, teniente, subteniente,
sargento primero, cinco segundos, seis cabos primeros, dos tambores y
un pito. La fuerza de a caballo se dividía en tres tercios de a veinte
hombres.
Cada tercio tenía un subteniente, un sargento, un cabo primero y uno
segundo, y se dividía en dos escuadras de a cada diez hombres cada una.
La Milicia de caballería la formaban los que por su oficio o por su
posición poseían un caballo.
Todas las fuerzas reunidas de infantería y caballería de Aranda las
mandaba un comandante, un médico que había acompañado en otro tiempo al
Empecinado.
Algunos oficiales querían implantar en la Milicia una disciplina
severa, lo cual no era fácil por muchas razones: la mayoría de los
soldados y oficiales, acostumbrados a sus despachos y mostradores, no
querían aceptar la rigidez formalista de los militares; además, aunque
había en las filas gente decidida, abundaban también los tímidos y los
perezosos. La mayoría de los soldados de la Milicia voluntaria en los
pueblos no eran personas distinguidas. En Aranda no se habían alistado
los Verdugo, ni los Mansilla, ni los Miranda, ni algunos otros.
En muchas aldeas y ciudades, los liberales con ínfulas aristocráticas,
antiguos afrancesados más o menos vergonzantes, se lamentaban de que
las personas de respetabilidad y prestigio no se lanzaran francamente
por la senda constitucional, como había dicho Fernando VII.
La pretensión era absurda. En las esferas donde germinan las ideas
nuevas no hay que esperar encontrarse con hombres de gravedad y de
peso; en los nuevos caminos es más fácil toparse, entre locos, perdidos
y granujas, con algún santo o con algún héroe.
Aviraneta contaba con ello y exigía poco en general; pero lo que exigía
lo hacía con firmeza. A pesar de esto se le consideraba intransigente.
Todo el mundo suponía que la organización de la Milicia de Aranda
dependía de aquel hombre, cuya vida anterior se ignoraba y del cual no
se sabía mas que acababa de venir al pueblo y había sido impuesto como
jefe por el Empecinado.
Aviraneta unía al cargo de regidor primero el de subteniente de uno de
los tercios de que se componía la tropa de caballería. Además era el
presidente de la logia masónica.
La gente sabía que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de
las fuerzas de la Libertad, como se decía entonces con el énfasis de la
época. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia
Nacional, resolvía las dificultades y escribía las proclamas con
recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.
Sabía don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que
daba la disciplina y hacía lo posible por inculcarla. Se cobraba a los
exentos de la Milicia voluntaria y se ponían multas pequeñas a los
milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.
Aviraneta, al comenzar la organización de la Milicia, formó su tercio
con guerrilleros del Empecinado; tenía una docena de caballos y los
prestó a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y
presentaba un aspecto decidido y marcial.
Los absolutistas de Aranda, que se reían de los milicianos de
infantería, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con
disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la
plaza del Obispo asustando al público y daban cargas a galope tendido...
Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se dió descanso a la
tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con
honores de café, a tomar un refresco.
El tabernero había sacado una mesa fuera de la tienda y se había
entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en
el suelo polvoriento.
El comandante de las fuerzas, don José Díaz de Valdivieso, el médico,
era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le
había otorgado el mando precisamente por su nulidad.
Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don José
hacía lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ahí.
De los oficiales de la Milicia de infantería ninguno valía gran cosa.
Entre ellos se distinguía el señor Castrillo, el farmacéutico, hombre
amable, gran jugador de dominó y ajedrez, liberal tibio y un tanto
volteriano, que se reía de sí mismo al verse vestido con uniforme
y morrión; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas
liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el
maestro Sagredo.
Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba
animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre había
aprendido él solo el latín y el griego y estaba estudiando el francés y
el alemán con Schültze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la
Plaza Mayor y que era también miliciano.
Los demás oficiales, un vinatero, un dueño de una tienda de comestibles
y un recaudador de arbitrios municipales, eran gentes de poca monta que
tomaban muy en serio su representación social y se llamaban uno a otro:
ciudadano teniente, ciudadano sargento, etc.
Los ex guerrilleros del tercio de Aviraneta eran, entre los milicianos,
los más aguerridos y fieros.
El lugarteniente de Aviraneta era uno apodado el _Lobo_. El _Lobo_,
antiguo soldado del Empecinado, se distinguía como hombre fanático y
violento. El _Lobo_ tenía una posada en la calle del Aceite, donde
trabajaba de herrador. A la posada del _Lobo_ la llamaban la posada del
Brigante, y los enemigos, la posada del Fanfarrón.
El _Lobo_ estaba casado con una mujer muy guapa, de un tipo griego, a
quien apodaban la _Loba_.
Era un matrimonio de dos fieras. Alguno que otro lechuguino se había
acercado a la _Loba_, a galantearla, pero pronto había tenido que huír
prudentemente.
El _Lobo_ era hombre malhumorado, dispuesto siempre a echarlo todo por
la tremenda y deseoso de saltar.
Dos muchachos jóvenes, Jazmín y el _Lebrel_, que eran criados de
Aviraneta, formaban también el tercio.
II
DIAMANTE
LOS tercios de caballería los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un
joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.
Estos dos últimos oficiales habían sido nombrados por don Eugenio.
Alejandro López Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de
cráneo pequeño y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada
por el sol, las manos sarmentosas.
Tendría unos cincuenta años. Había sido estudiante de cura y vivido con
un tío suyo casi toda la vida.
Diamante era solterón, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la
guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su
tío juró varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el
dinero y la guerra, optó por el dinero. Era su gran dolor.
Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dormía en
las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado.
No sentía el frío ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco
de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le
bastaban.
Diamante tenía una casa pequeña y unos majuelos heredados de su tío.
Diamante apenas comía por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y
viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.
Diamante vivía con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres más
cazurros del pueblo.
Magdaleno tenía facha de sacristán; una cabezota grande, la nariz chata
y la cara redonda, en la que las barbas le salían negras y duras como
pinchos a la media hora de afeitarse.
Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba
sólo la casa y la luz--la luz del sol--. Amo y criado se llamaban de
tú, aunque no en público; disputaban, se insultaban y cada uno se hacía
la comida.
Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos
de honor, jerarquía o derecho no cedía jamás.
Unido a esto tenía una arbitrariedad indignante.
No había modo de que enmendase una injusticia o una antipatía
inmerecida. Se sentía infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no
volvía de su acuerdo.
Había en el pueblo un comerciante catalán que se llamaba Catá; él
decidió llamarle Cantá, y aunque el interesado asegurase llamarse Catá,
Diamante seguía convencido de que su verdadero nombre era Cantá.
Según Diamante, unos lo merecían todo; otros, nada; que no le pidieran
explicaciones, porque no las daría.
Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le había prestado los
libros de Salustio, Tito Livio y Tácito, y Diamante, cuya buena memoria
recordaba muy bien lo leído, quería ajustar todo lo de la época a
aquellas narraciones romanas.
Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudición.
--A mí me gusta ser pedante con estos brutos--decía.
Lo que más despreciaba Diamante era el sentimentalismo.
--Ñoñerías, chiquilladas ridículas--solía repetir con desprecio, y
añadía con entusiasmo--: Diamante es duro como su apellido.
Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo
parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.
Aviraneta recomendó a Diamante creyéndole hombre útil para la
organización de la Milicia; después se convenció de que no servía para
gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba oírle y hablar con él.
El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre
pintoresco. Sórdido las más de las veces, generoso en ocasiones,
arbitrario siempre, Diamante podría ser tenido por un ejemplar extraño
de la especie humana. Diamante, además de su avaricia normal, tenía un
orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le producía un sentimiento de
postergación y de tristeza.
Para él era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de
jerarquía inició disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero
Aviraneta y Frutos cedían.
Diamante no quedaba satisfecho y solía refunfuñar largo tiempo.
--Con esa indiferencia que tiene usted--le decía a Aviraneta--, no se
puede hacer nada bueno.
Aviraneta reía, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y
estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si
la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una
gran cordura y discreción.
Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cómo
se desatan las malas pasiones; pero para la mayoría de los humanos el
espectáculo de un espíritu borrascoso es interesante y divertido.
El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan,
era algo así como el familiar de Aviraneta.
Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el
Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tomó como secretario y le nombró
oficial de la Milicia de caballería.
El joven Frutos era muy solapado, muy hipócrita. Tenía mucho éxito con
las mujeres, y esto quizá le había hecho cauteloso, pues no sólo se
dedicaba a las solteras, sino también a las casadas.
Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros,
brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de
esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas
como sus joyas.
Frutos había sido monaguillo y recibido una educación sacristanesca.
Este joven aprovechado vivía en una continua ansiedad. En el fondo de
su alma, las ideas recibidas por él pugnaban con las nuevas que oía
exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el
poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. Él, en su interior,
temblaba; los altares, las imágenes, las lámparas misteriosas eran
señales claras de la divinidad. Los retablos le parecían de oro macizo;
la campanilla del viático sonaba para él de otra manera que una
corriente; las voces del órgano las tenía por sobrenaturales.
De día, el joven Frutos se sentía valiente y capaz de manifestarse
enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada
impiedad suya la sentía como espada de Damocles sobre su cabeza de
pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catástrofe se maravillaba.
Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; hacía favores a los
enemigos del jefe y sostenía amistades con el bando contrario.
Le ayudaba en esta obra el alguacil Fermín Cabello, alias _Argucias_.
Cabello era tipo delgado, de ojos pequeños y mirada atravesada.
_Argucias_, cuyo apodo le retrataba bien, era enemigo acérrimo de los
constitucionales, pero se guardaba su odio contra ellos y hacía el
papel de hombre indiferente, que no se ocupa mas que en ganarse la vida.
Aviraneta sorprendió varias veces al alguacil en un espionaje
sospechoso; pero quería pescarlo de una manera flagrante para caer
sobre él.
* * * * *
Todos los oficiales de la Milicia de a pie y a caballo se hallaban
sentados en la taberna de la plaza del Obispo.
--¿Han leído ustedes la prensa de Madrid?--dijo el boticario
Castrillo--. Se dice que el Gobierno tiene dificultades, que España
se llena de extranjeros y que estos extranjeros vienen a producir
perturbaciones.
--¡Ah! Si yo estuviera en el Poder no habría perturbaciones--exclamó
Diamante.
--¿No?--preguntó burlonamente Frutos.
--No, señor. Porque fusilaría a todo sospechoso, a todo desafecto al
Régimen. Esta benevolencia ridícula nos mata. Aquí no hay fibra, no
se toman las cosas en serio. El otro día, al pasar por delante de la
huerta del tío Lesmes, nos gritaron: «¡Masones! ¡Mata frailes!», y nos
tiraron dos piedras. Yo le dije al comandante: «Hay que arrasar esa
huerta». Y no quiso.