Luego vaciló en pasar por indiano rico o por vendedor de dro

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Los errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Las páginas en blanco han sido eliminadas.

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Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrón del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._

CON LA PLUMA Y CON EL SABLE

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY

RAFAEL CARO RAGGIO

1921

Establecimiento tipográfico

de Rafael Caro Raggio

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

CON LA PLUMA

Y CON EL SABLE

CRÓNICA DE 1820 A 1823

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

PRÓLOGO

ERAN las doce de la mañana de un día de fiesta del año 1820. Comenzaba

el mes de julio; hacía calor. Los arcos de la plaza de Aranda de Duero

rebosaban. La gente había salido de misa de Santa María, y el señorío,

los menestrales y los aldeanos de los contornos se refugiaban en los

porches, huyendo de las caricias de Febo, que apretaba de lo lindo.

Este soportal, donde se paseaban los arandinos, se llamaba la Acera.

Los que han conocido los pueblos españoles después de la emigración

de las aldeas y los campos a las grandes urbes no pueden figurarse

claramente lo que era una ciudad pequeña a principios del siglo XIX.

En nuestro país, y en esta época, los pueblos chicos se sentían más

fuertes que hoy, tenían una vida relativamente más rica que las grandes

ciudades.

El siglo XIX fué el encargado de nutrir las urbes con la savia de las

aldeas y de las villas.

Hoy nuestros pueblos se caracterizan por ser incompletos. Abandonados

por el elemento rico y ambicioso, no quedan en ellos mas que gentes

sin energía, una fauna de pantano, constituída por campesinos toscos y

señoritos apagados, casi conscientes de la inutilidad de su vida.

En estos primeros años del siglo XIX se iniciaba ya el éxodo a las

ciudades; la capital todavía no atraía tanto como más tarde; la

diferencia entre el vivir aldeano y el ciudadano no era fundamental, y

mucha gente adinerada prefería el aldeano, lo que hacía que la vida de

los pueblos fuera algo más amplia y su dinámica más compleja.

Aranda de Duero, en 1820, no llegaba a las cinco mil almas, pero tenía

algún movimiento, cierta vida.

Después del gran desastre de la guerra de la Independencia, unos pocos

pueblos castellanos habían comenzado a trabajar con entusiasmo para

reconstituírse; entre ellos estaba Aranda.

Había allí fábricas de hilados y tejidos de lino, de cáñamo y

mantelería para el consumo de la comarca; de curtidos, de cerámica,

de cordelería, de alpargatas... La agricultura estaba relativamente

próspera.

Aranda sentía deseos de renovación y de mejora.

Era el único pueblo de la provincia con un núcleo liberal importante;

todos los demás, comenzando por la capital, por Burgos, se sentían

furiosamente absolutistas.

El liberalismo del elemento culto de Aranda, la influencia ejercida

en toda la comarca por el Empecinado, impulsaban a gran parte de los

habitantes de la villa a aceptar con entusiasmo las ideas y planes

de la Revolución española y a pensar en la manera de levantarse y

progresar.

Un núcleo de arandinos había hecho un programa indicando los medios

necesarios para impulsar las industrias, mejorar la agricultura y

arreglar los caminos, que desde la guerra de la Independencia se veían

abandonados y deshechos. En este núcleo estaban los Flores Calderón,

los Moreno, los Verdugo, los Mansilla, familias ricas y distinguidas de

Aranda.

Para obra tan importante y trascendental se contaba con el nuevo

Ayuntamiento nombrado por el Gobierno revolucionario de Madrid.

Otra de las reformas en que la mayoría del pueblo esperaba mucho era

la creación de la Milicia Nacional voluntaria. Después de la guerra de

la Independencia el bandolerismo había crecido en España, el campo era

inseguro. Se creía que la Milicia voluntaria podría llegar a imponer

la tranquilidad y el orden en la comarca. No era fácil, ni mucho menos,

organizar estas milicias en los pueblos; faltaba dinero para los

uniformes y las armas. Estos se tenían que adquirir lentamente.

En Aranda más de la mitad de la Milicia se hallaba equipada al mes

de comenzar su organización. Todos los domingos, por la mañana o por

la tarde, se hacía el ejercicio en los alrededores o en la plaza del

Obispo.

Los soldados de la Milicia, y sobre todo los oficiales, se mostraban

orgullosos de sus uniformes y los lucían los domingos y días de fiesta

con entusiasmo.

Este domingo del año 1820, en que comienza nuestra crónica, se veían

por los arcos de la Plaza Mayor más jóvenes que de ordinario vestidos

con el uniforme de nacionales.

La gente del pueblo les miraba con simpatía; las chicas encontraban que

hacían bien ir acompañadas de un miliciano, con su levita entallada y

su gran morrión, por la Acera.

--¿Hoy tenemos revista, eh?--decía uno.

--Sí; en la plaza del Obispo.

--En nuestra compañía ya están todos con uniformes--indicaba otro.

--En la nuestra faltan.

--Parece que vamos a tener bandera.

--Otros dicen que no; que mientras no se forme un batallón no se puede

tener bandera.

--Pues nos debían dejar...

--Si se lo pide Aviraneta al Empecinado nos dejarán.

--¡Es un hombre don Eugenio!

--Ya lo creo.

No todo el mundo celebraba ni contemplaba con simpatía a los

milicianos, y había señor grave vestido de calzón corto, casaca negra

de faldones largos y estrechos, y coleta, que miraba con indignación

los flamantes uniformes, cuando no desviaba la vista de ellos con

desdén.

Seis o siete lechuguinos, de sombrero redondo, levita a medio muslo,

de color verde manzana y cuello de terciopelo, muchachos de familias

pudientes y realistas, ridiculizaban entre ellos a los milicianos y

querían convencerse de que el éxito de los uniformes entre las chicas

no era tan grande como se pensaba.

Estaba el paseo de la Acera en su apogeo cuando por una de las

bocacalles de la plaza se presentó el pregonero, de gran casaca,

tricornio y su tambor, rodeado de una turba de chicos y de un

viejecillo loco, a quien llamaban en el pueblo el Tío Guillotina.

Era éste un borracho perturbado, que decía en sus locos discursos que

era republicano y que iba a llevar a todo el mundo a la guillotina y

luego a echar las cabezas al río.

El Tío Guillotina vestía una casaca verde, calzones amarillos, y solía

llevar un tricornio adornado con plumas de gallo. El Tío Guillotina

discurseaba y hablaba de los buenos y de los malos pecados de los

hombres, y se enfurecía artificialmente cuando empezaba a mentar

la guillotina, que para él era un castigo del Cielo. Veía en su

imaginación montones de cabezas a orillas del Duero y comenzaba a

echarlas al río.

--Una... dos... tres... cien cabezas... doscientas cabezas... al río...

El Tío Guillotina honraba con su presencia todo acto popular.

Se produjo un movimiento de ansiedad en los paseantes de la Acera al

ver al pregonero rodeado de su acompañamiento de chiquillos.

El pregonero se detuvo cerca de los soportales y comenzó a tocar el

tambor.

El Tío Guillotina, poniendo una cara trágica, movió los brazos como si

también él estuviera redoblando.

Tras del redoble, el pregonero sacó un papel que llevaba en lo solapa

de la casaca, y comenzó a leer con voz gangosa un bando, haciendo unas

paradas en su lectura completamente arbitrarias:

«El alcalde corregidor de la villa de Aranda de Duero: Hago saber:»

Aquí el pregonero hizo un redoble pintoresco y caprichoso. Después

comenzó la lectura de prisa.

«--Que el jefe político de la provincia de Burgos me ha comunicado

que... una corta partida de rebeldes, en número de ocho a diez, al

mando del canónigo de la Colegiata de San Quirce, don Francisco

Barrio..., anda sacando hombres y caballerías de los pueblos y

conspirando contra el sabio Régimen Constitucional... Bien conozco

yo la lealtad y fidelidad de los ciudadanos de Aranda, pero como

entre ellos se han podido deslizar gentes de aviesa intención

interesadas en encender la tea de la discordia, en su consecuencia,

ordeno y mando».

Este ordeno y mando mereció los honores de otro redoble.

«Primero. Que todos los vecinos y habitantes de esta villa, sin

excepción de personas... me den cuenta de los sujetos que lleguen

a sus casas... con especificación de su procedencia, objeto de

su venida, paraje adonde se dirigen, y si se hallan o no con sus

correspondientes pasaportes.

»Segundo. Que todos los que tengan armas las presenten

inmediatamente, bajo la multa de cinco ducados... y en el término

de veinticuatro horas, en la casa de don Eugenio de Aviraneta,

regidor primero y subteniente de la Milicia Nacional de esta

villa... y los de los demás pueblos, en sus respectivas justicias.

Dado en Aranda de Duero a 3 de julio de 1820.»

El pregonero, después de acabar la lectura de la orden del alcalde,

redobló de nuevo furiosamente y se dirigió a una de las salidas de la

plaza. El Tío Guillotina levantó su tricornio saludando al público y

siguió al pregonero.

Al volver la gente a la Acera comenzaron los comentarios.

--Es un caso de audacia inaudita--decía un señor viejo dirigiéndose a

unas señoras--. ¡Qué afán de mandar tienen estos caballeros liberales!

--Es mucho atrevimiento--replicaba una señora gorda acompañada de dos

damiselas.

--Sí, señora; mucho atrevimiento--añadió el viejo irritado--. Ya no se

habla aquí para nada de Su Majestad, que Dios guarde.

Y el viejo saludó ceremoniosamente.

--Es el libertinaje--exclamó la señora gorda--. En mi tiempo la vida

era otra cosa.

--Había dignidad, había moral, había religión--prorrumpió el viejo--.

Hoy no hay nada más que relajamiento y anarquía.

Y el viejo mostró a la señora gorda un grupo de muchachitas

provocativas que pasaban agarradas del brazo. La dama desvió la vista

como si estuviera en presencia de Satanás.

--¡Qué escándalo!--dijo.

--¿Qué va a ser de la sociedad, señora?--preguntó el viejo--. Esto se

hunde. Vamos en derechura al abismo. Antes el Ayuntamiento de Aranda

estaba formado por personas respetables, temerosas de Dios... Hoy,

fíjese usted quién nos manda, señora, un forastero, un advenedizo,

un cualquiera... el señor de Aviraneta; caballero muy conocido en su

pueblo y en su casa a las horas de comer. Los arandinos no tenemos

vergüenza; no, señor.

--Es verdad, tiene usted razón, don Juan--contestó la dama.

--El señor de Aviraneta--siguió gritando el viejo--es el amo del

pueblo; el señor de Aviraneta es el tirano de Aranda, y nosotros, como

borreguitos, nos dejamos mandar. Parece mentira--. Las damiselas,

al oír la palabra borreguitos, rieron y cambiaron unas miradas de

inteligencia con dos lechuguinos que iban tras ellas, y la señora y el

viejo siguieron su conversación hasta que acertó a pasar un fraile.

Besaron la señora y el viejo la mano del frailuco y las dos damiselas

hicieron lo mismo.

--¿Ha oído usted este bando escandaloso, padre Gabriel?--preguntó el

viejo.

--Sí; lo he oído. Mejor, mejor--contestó el fraile sonriendo con cierto

maquiavelismo de beata intrigante--. Que tomen medidas extremas. Así

se desacreditarán más pronto. Además--y se acercó al viejo poniendo la

mano en la boca como una bocina--, sé por buen conducto que van a sacar

muy pronto al Rey del cautiverio en que lo tienen los masones de Madrid.

--Hombre... Dígame usted. ¿Y quién, quién dirigirá tan magna

empresa?--preguntó el viejo--. ¿Quién será ese noble adalid?

--Uno de ellos es el Cura Merino...

--¡Ah! Ese es un gran paladín... digno de otros tiempos... un verdadero

español...

El fraile, con voz afectada, dijo que tenía que visitar a un enfermo

muy grave, y se marchó del grupo; la señora y el viejo seguían

hablando; las dos damiselas miraban a los lechuguinos, cuando unos

cuantos jóvenes milicianos, agarrándose del brazo, comenzaron a cantar

una canción nueva que acababa de llegar de Madrid y que decían estaba

dedicada al comandante don Rafael del Riego. Al mismo tiempo se metían

en los grupos de las muchachas. Ellas corrían riendo, chillando y

exagerando el miedo. Algunos milicianos, entusiasmados, cantaban a voz

en grito:

Soldados: la patria

nos llama a la lid;

juremos por ella

vencer o morir.

Al pasar por delante del viejo, éste les miró furioso y comenzó a

decir:

--¡Bárbaros, más que bárbaros!

--Es el libertinaje--exclamaba haciendo aspavientos la señora gorda.

Las damiselas miraron a los lechuguinos riendo.

En esto salieron del arco del Ayuntamiento y aparecieron en la Acera

dos oficiales de la Milicia, llevando en medio a un regidor.

De los dos oficiales, el uno era ya viejo, flaco, erguido como un

gallo; el otro, joven, moreno, de pelo rizado.

El regidor llevaba casaca obscura de color castaña, con cuello de

terciopelo y corte militar, medias negras de seda, pantalón de nanquin

y chaleco rojo, a lo Robespierre.

Este regidor era pequeño, rubio, de nariz larga, la mirada atravesada

y dura y los ojos azules. Llevaba sombrero redondo y su mentón

desaparecía dentro de la corbata, de varias vueltas.

Andaba muy tieso, muy firme, con la mano derecha puesta en la abertura

del chaleco, en una actitud napoleónica.

--¡Aviraneta, Aviraneta!--dijo la gente al verle.

--Tiene cara de masón--murmuró una vieja.

--De masón y de judío--añadió otra.

--Y es bizco...

--Para que sea bueno. ¡Bizco y rojo!...

--¡Jesús, qué horror! Yo creo que debe ser protestante lo menos. ¿Ha

visto usted qué mirada nos ha echado, señora Manuela?

--Ese hombre no puede pensar nada bueno. Tiene facha de renegado, de

algo prohibido...

Pasaron el regidor y los dos oficiales.

Poco después sonó la oración de las doce, se descubrieron todos, y

en un momento, el señor viejo y la señora gorda, las damiselas y los

lechuguinos, los milicianos y las muchachas provocativas dejaron los

arcos de la plaza desiertos.

LIBRO PRIMERO

DE VERACRUZ A ARANDA

I

LOS HILOS DE LA VIDA PASADA

UNOS meses solamente habían transcurrido desde la salida de Aviraneta

de Veracruz a su llegada a Aranda de Duero, pero estos meses abundaron

en acontecimientos.

Cierto que los sucesos ocurridos a don Eugenio no fueron de aquellos en

los cuales él representara el papel de protagonista, sino más bien el

de comparsa.

A esto se debió, sin duda, el que Aviraneta no tuviese gran interés en

contarlos. Sólo gracias a la inteligencia del cronista aviranetiano,

don Pedro Leguía, se conocen en detalles.

Se habían embarcado en Veracruz, en la fragata _Estrella_, Aviraneta,

el oficial don Ignacio Arteaga, enfermo, gravísimo, y su mujer,

Mercedes, en meses mayores.

Arteaga estaba desahuciado y no tenía más anhelo que morir en España y

que su hijo o hija naciera en la Península.

La suerte no lo quiso así: la travesía fué muy larga y fatigosa, y

quince días después de salir de Veracruz, Arteaga moría, y pocas horas

más tarde, Mercedes daba a luz una niña, que se llamó María del Coro.

Aviraneta tuvo que cuidar de la madre y de la niña. La viuda quiso

levantarse inmediatamente para ver el cadáver de su marido, y

Aviraneta, no pudiendo convencerla con razones, cerró con llave el

camarote, y a pesar de las lágrimas y de las amenazas de Mercedes, no

la dejó salir.

Los días siguientes, Aviraneta tuvo que estar de niñero, paseando en

brazos a la criatura hasta que la madre pudo levantarse.

Después de una penosa travesía, la viuda de Arteaga, su niña y

Aviraneta desembarcaron en Burdeos.

Mercedes tenía la idea de trasladarse a Pamplona o a Laguardia.

Aviraneta deseaba acompañarla, y con este motivo los tres fueron en la

diligencia a Bayona.

Aquí la viuda de Arteaga quiso quedarse unos días a comprar ropas; pero

los días se convirtieron en semanas, las semanas, en meses, y Mercedes

decidió vivir provisionalmente en Bayona.

Dejó la fonda y marchó a instalarse a una pensión. Se bautizó a la niña

en la catedral y fué padrino don Eugenio.

Durante este tiempo, Aviraneta se presentó en Bidart a visitar a

Etchepare, y se acercó a Irún, donde pasaba una temporada su madre.

Aviraneta quería entrar definitivamente en España; pensaba que más

pronto o más tarde intervendría en la política española, aunque por

entonces no tenía proyecto alguno.

Mercedes se había acostumbrado a consultar con Eugenio a cada paso. La

viuda de Arteaga estaba muy guapa, muy interesante y melancólica.

Alguna vez se le había ocurrido a Eugenio la idea de casarse con ella y

convertir a Corito de ahijada en hija, pero pensaba que el recuerdo de

Ignacio se le interpondría siempre como una imagen difícil de borrar.

Ignacio Arteaga había sido para él de estos amigos a quienes se quiere

más que se estima, que son como parte de uno, que estorban a veces,

pero que es imposible olvidarlos.

Aviraneta, al llegar de nuevo a Europa, no había cumplido veintiocho

años. Su pelo, rubio, comenzaba a clarear y le preparaba una calvicie

prematura. Aviraneta tenía aplomo y sabía dominarse. Vestía con

elegancia un poco siniestra, que le daba aspecto de viejo.

Aviraneta no tenía proyectos; pensaba que si seguía viviendo en Bayona

de aquella manera plácida, era posible que acabase allí su vida de

conspirador.

Qué cantidad de necesidad, qué cantidad de casualidad hay en la vida de

los hombres, nadie lo sabe.

En este momento el destino no quiso que las grandes facultades de

maquinación y de intriga de don Eugenio se perdieran, y produjo una

coyuntura para emplearlas.

Visitaba la pensión de la viuda de Arteaga, en donde había una familia

española, un cura vizcaíno.

Este cura se relacionó con Mercedes, y por Mercedes se hizo amigo de

Aviraneta. Se llamaba don Pedro Ignacio de Gondraondo y había sido

párroco de la anteiglesia de Gatica, en Vizcaya.

No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipatía personal

por los curas; al revés, se entendía bien con ellos. Gondraondo era

hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de sí mismo, como buen

vizcaíno. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos. Pasearon juntos,

hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le

contó su vida de guerrillero con Merino, su expedición con Riego por

Europa y sus aventuras de Méjico.

Luego añadió:

--También tomé parte en una tentativa revolucionaria, bastante

misteriosa, dirigida por Renovales y Richart.

--Hombre, ¡qué extraño!--exclamó el cura.

--¿Por qué?

--Por que yo también intervine en esa conspiración--contestó Gondraondo.

--¿De verdad?

--Sí, señor; no es broma.

El cura, efectivamente, había sido amigo de Renovales y tenido ocultos

durante unas semanas a los conspiradores en su casa de Gatica. Después

del fracaso de la conspiración preparó un barco en Plencia, en el que

huyeron los revolucionarios bilbaínos. Los realistas olfatearon la

complicidad, y Gondraondo fué perseguido por el Gobierno, y tuvo que

emigrar, y quedó arruinado.

Es siempre curioso, cuando dos personas toman parte en un mismo

acontecimiento sin conocerse, la distinta manera como lo recuerdan. El

cura de Gatica no conocía lo que Aviraneta y el barón de Oiquina habían

hecho en Madrid; en cambio, Aviraneta no sabía con detalles lo ocurrido

en Bilbao.

--¿Y se sabe lo que ha sido de Renovales?--preguntó Gondraondo.

--Está en Nueva Orleáns; fué a vivir allí después de su expedición

fracasada a Méjico. Parece que hizo un convenio con el embajador de

Londres.

--Cierto--dijo Gondraondo--; ese convenio se pactó entre Renovales y el

duque de San Carlos, y se ha respetado. Según han dicho, el Ministerio

no quería aceptarlo; pero el general Eguía, como paisano nuestro y de

Renovales, consiguió que se respetase.

Después de hablar de estos sucesos pasados, el cura de Gatica preguntó

a Aviraneta si no trataba a los emigrados españoles de Bayona.

--No, no conozco a ninguno--contestó Aviraneta.

Gondraondo citó el nombre de los emigrados que estaban allí. Se

encontraba entre ellos Salvador Manzanares; había otros varios a

quienes Aviraneta conocía de nombre como afiliados a la conspiración

del Triángulo.

--¿Y dónde se ve a esa gente?--preguntó Aviraneta.

--Salen muy poco, y de noche. Están vigilados por el Gobierno francés

muy de cerca. Si usted quiere, yo le llevaré adonde se reúnen.

--Bueno, aceptado.

Efectivamente, unos días después, de noche, fueron a una casa vieja del

barrio de Saint-Esprit. Entraron en un cuarto pequeño, con un papel

rasgado y sucio, en el cual se veían clavados con tachuelas retratos de

Lacy, Porlier, el Empecinado y Mina.

En el testero principal, encima de la mesa, había una estampa grande

que, por su aspecto, era inglesa.

Representaba a Fernando VII en su trono, vestido de payaso y con un

gran gorro puntiagudo de bufón, terminado por una campanilla. En el

gorro se leía la palabra _superstición_. En una mano, el rey tenía

un cetro pesado, y en la otra mano, una calavera: España. A un lado

de Fernando estaba sentado el Diablo, y al otro, el padre Cirilo,

que hablaba al déspota de un modo insinuante. Alrededor del trono

se levantaban los patíbulos de Lacy, Porlier, Richart, y la casa de

la Inquisición, a cuya puerta un diablillo quemaba un número de _El

Español Constitucional_, el periódico que por entonces publicaban en

Londres Blanco White y sus amigos.

El cura de Gatica acercó la lámpara a la pared para que Aviraneta

contemplase la estampa.

Luego estuvieron los dos hablando hasta que fueron llegando varias

personas. Eran casi todos oficiales huídos de España, por haber tomado

parte en las conspiraciones últimas de Barcelona y Valencia.

Los dirigía Salvador Manzanares, oficial de Artillería, muchacho

activo, valiente, emprendedor, efusivo y lleno de iniciativas.

La mayoría de los reunidos eran jóvenes; pero no faltaban dos o tres

viejos.

Entre éstos se encontraba Sanz de Mendiondo, el _Manco_, hombre

ardiente, oficial de Mina, cómplice de Porlier, que había pasado

dos años en la cárcel de La Coruña, de la cual pudo escaparse.

Mendiondo seguía animado de un gran entusiasmo, que no le quitaban las

enfermedades ni los años.

Manzanares, al saber que Aviraneta había pasado bastante tiempo en

Méjico, le explicó los trabajos que se llevaban a cabo en España y las

esperanzas que se tenían de que la Revolución triunfase. Don Enrique

O'Donnell, conde de La Bisbal, estaba dispuesto a dar el grito, y todo

el ejército expedicionario que pensaba el Gobierno enviar a América

se hallaba ya comprometido. Hacía unos días que acababa de pasar por

Bayona un oficial de Artillería, Rodríguez Acuña, venido de España a

avisarles que estuvieran dispuestos.

Aviraneta, en seguida expuso sus observaciones, lo que se debía hacer,

las medidas que se debían tomar, todo con la claridad y astucia que le

caracterizaban.

La mayoría de los liberales aceptaban los puntos de vista de Aviraneta;

algunos se pusieron en contra de sus opiniones. Manzanares fué de los

primeros, e indicó a Aviraneta que volviera a la reunión.

A la segunda entrevista, Manzanares le dijo:

--¿Tú puedes entrar en España sin peligro?

--¡Pse! Sin gran peligro.

--¿Tendrías inconveniente en ir?

--Hombre, no.

--Pues entonces, vete. Dirígete primeramente a Madrid, observa lo que

pasa; luego, marcha a Sevilla, y después, a Cádiz. Entérate de los

planes de Riego. De Cádiz sal para Gibraltar, y de aquí nos mandas un

relato de lo que ocurra.

Aviraneta aceptó la comisión y se dispuso a desempeñarla.

Manzanares le dió recomendaciones en Madrid para mucha gente, a quien

podía pedir noticias e informes.

II

EN MADRID, DE PERFUMISTA

AVIRANETA pensó que para entrar en España le convenía un disfraz.

Ciertamente, nadie o casi nadie le conocía.

La gente de Merino probablemente no estaría en las ciudades. El único

contratiempo serio hubiese sido encontrarse con Cecilio Corpas, Freire

o con alguna otra persona que hubiese intervenido en la conspiración

del Triángulo.

Pensó Aviraneta si estaría bien marchar vestido de peregrino o de

fraile; pero supuso que quizá fuera comprometido.

Luego vaciló en pasar por indiano rico o por vendedor de drogas y de

artículos de perfumería, y se decidió por esto. Como su verdadero

nombre, Aviraneta, no lo conocía nadie, se le ocurrió usarlo

italianizado y llamarse Aviranetti. Un perfumista entrometido no es

cosa que choque, y con el pretexto de vender sus pomadas, cosméticos y

bandolinas pudo andar por todas partes.

Aviraneta compró en una perfumería varios frascos de aceites, perfumes

y elixires, y mandó hacer etiquetas muy adornadas y elegantes, en donde

ponía:

EUGENIO D'AVIRANETTI

PARFUMEUR DES ROIS

Sanz de Mendiondo, el _Manco_, proporcionó al _signor_ Eugenio

d'Aviranetti un pasaporte visado por lord Wellington, y el perfumista

de los reyes se dirigió a España. Tres días después estaba en Aranda,

donde habló con el Empecinado, que se mostró dispuesto a todo por traer

la Constitución. Al día siguiente llegó a Madrid y se instaló en una

fonda de la calle de Preciados.

Hacía ya cerca de cinco años que Aviraneta había dejado la corte. En

estos años, Madrid no había progresado nada. Era un poblachón sucio,

polvoriento, destartalado. La Puerta del Sol, el sitio más céntrico, no

llegaba a ser mas que una encrucijada con una fuente, en donde bebían

hombres y burros.

El pueblo, a pesar de su corto número de habitantes, disfrutaba de

diez y siete parroquias, cuarenta y dos conventos de frailes y treinta

y dos de monjas. Las calles se veían cuajadas de frailes, legos,

demandaderos, y esto, unido a los mendigos, cojos, tullidos, ulcerosos,

paralíticos, que arrastraban las piernas, mudos, que tocaban una

campanilla, y otros monstruos, más o menos pintorescos, daban a la

ciudad un aspecto trágico y desagradable.

La corte ofrecía pocos atractivos: había muchas calles donde no se

podía entrar; las posadas eran hórridas, y sus portales, un asilo de

vagos y de ladrones. En el Prado andaban unos chiquillos andrajosos con

mechas encendidas, formadas de trapos, ofreciendo fuego al que iba a

encender un cigarro.

Aviraneta comenzó sus trabajos de exploración con su natural prudencia.

Habló en los comercios, fué a la Fontana de Oro, oyó las conversaciones

de unos y otros. Todo el mundo estaba descontento; el país marchaba

mal, y, a pesar de las prisiones y deportaciones ordenadas por el

ministro don Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, se

hablaba en las calles con audacia. Había gran incertidumbre entre la

gente; machos deseaban un cambio radical en la política. El optimismo

de la guerra de la Independencia había desaparecido. El tesoro estaba

exhausto, el ejército desnudo y hambriento, los caminos infestados de

partidas de bandidos.

--Esto no marcha--decían unos; pero no se atrevían a hablar de la

Constitución, ni de un cambio de régimen.

Aviraneta comprendía que los resortes policíacos se debilitaban

en las manos del ministro y que podía seguir impunemente en sus

investigaciones.

Había por entonces una logia masónica en la calle del Barquillo, y un

Oriente Escocés de señoras, que se reunía en la calle de la Puebla,

cerca de San Antonio de los Portugueses; pero el Oriente y la logia

eran igualmente anodinos.

Aviraneta no pensó en visitarlos, y fué a ver a uno de los recomendados

por Manzanares, al coronel retirado, Miguel Ezquiaga, que vivía en la

calle de Luzón.

El tal Ezquiaga, jugador empedernido, acudía a una timba de los

Portales de Manguiteros, esquina a la calle de los Tintes. En aquella

chirlata, en donde entraba la policía, se conspiraba, según dijo el

coronel; pero Aviraneta no notó más sino que se hacían trampas y se

levantaban muertos.

De esta chirlata enviaron a Aviraneta a otro rincón de la calle del

Sordo, donde vivía _Paca la Valenciana_, y se jugaba al monte. Allí

también se decía que se conspiraba y que el juego era el manto con que

se envolvían intrigas políticas; pero más bien parecía lo contrario.

Aviraneta sabía que en estas supuestas conspiraciones suele haber parte

de verdad en medio de la farsa y que no es prudente pensar que en ellas

todo es mentira.

La _Valenciana_ era una mujer lista y bien informada de la vida de la

corte. Por ella supo Aviraneta que Corpas hacía ya tiempo que no estaba

en Madrid. En la conversación que tuvieron la _Valenciana_ y Aviraneta

se barajaron los nombres de muchas personas conocidas, entre ellos el

de madama Luisa Robinet, la ex ama de llaves del ministro Macanaz, que

seguía viviendo en Madrid e intrigando.

Aviraneta se despidió de la _Valenciana_, fué a buscar al _Majo de

Maravillas_, el chispero que tenía un taller de herrería en la calle de

Segovia, y por medio de la gente que conocía éste fué enterándose de

dónde vivían algunas personas a quienes no deseaba encontrar. Pronto

pudo asegurarse que ni Corpas, ni Freire, ni Magaz, ni ninguno de los

que habían intervenido en la intriga de la conspiración del Triángulo

estaban por el momento en Madrid.

Aviraneta tenía el campo libre y se decidió a avanzar en su camino.

III

DOS MADAMAS FRANCESAS

NO cabía duda que se encontraba España en un período de mayor libertad

práctica que en tiempo de la conspiración de Richart.

Ya no había tanto entusiasmo por Fernando VII; los liberales comenzaban

a tomarle odio, y los absolutistas y el clero a considerarle poco

celoso de la religión. Los curas ya no hacían aquellos sermones

panegíricos, como el del padre Rodríguez Carrillo, en 1814, que se

titulaba: _Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII_. Algunos

empezaban a comprender que el rey tenía gran parte en todos los males;

sólo el pueblo bajo, que experimentaba simpatía por la manera de ser

plebeya y grosera del Borbón, se sentía fernandino.

Todo le hacía creer a Aviraneta que en las esferas oficiales no había

la severidad de los primeros años de la reacción.

La camarilla de Fernando VII se había transformado: Chamorro, el ex

aguador de la fuente del Berro, no tenía su antigua importancia, y

Ugarte compartía el mando con el embajador ruso Tattischef, célebre en

aquella época por haber mediado en la venta a España de unos cuantos

barcos rusos completamente podridos. Ugarte y Tattischef habían

formado una alianza que se imponía al Consejo de ministros.

Alrededor de Ugarte flotaba una nube de intrigantes: Ramírez de

Arellano, el padre Manrique, un tal Jerónimo, un señor Páez y don

Pascual Vallejo, gente que ayudaba a desgobernar España, pero que con

sus maquinaciones contrarias conseguía que la arbitrariedad de los unos

se neutralizara con la de los otros.

Toda corrupción produce, naturalmente, cierta libertad práctica; en

Palacio se vivía en plena corrupción.

Chamorro seguía haciendo bufonadas en la camarilla, y el rey, que tenía

alma de palafrenero o de mozo de mulas, le miraba encantado; Ugarte y

Tattischef con su corte mandaban.

Los ministros y palaciegos eran grotescos. Lozano de Torres se había

condecorado a sí mismo con la cruz de Carlos III, por haber sido el

primero en publicar el embarazo de la reina, y a Elío le habían dado

otra cruz por restablecer el tormento en Valencia.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa Robinet, con la intención de

mixtificarla. Sabía de ella lo bastante por María Visconti.

Aviraneta sentía cierto amor por la farsa. El representar una pequeña

comedia le gustaba; le daba la impresión de la elasticidad de su

espíritu, la utilizaba para sus fines y era como la literatura de un

hombre iliterato.

Madama Luisa tenía un taller de modas que le servía de pantalla para

sus intrigas y citas. Madama Luisa, en un viaje que había hecho al

mediodía de Francia, había intimado con una tal Carolina, aventurera,

ex cortesana, a quien le quedaban unos miles de francos.

Las dos mujeres en sociedad instalaron su casa en la calle del Clavel,

en un piso segundo.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa, y después de dar muchas

explicaciones a una criada vieja al través de la rejilla de la puerta,

le hicieron pasar a la sala.

Era éste un cuarto grande, con dos balcones, materialmente lleno

de muebles, cuadros, joyas, miniaturas, estatuas antiguas, todo

amontonado, como en una tienda de antigüedades.

Aviraneta se fijó en que las puertas eran nuevas y fuertes y tenían

cerraduras y cerrojos.

Al poco tiempo se presentó la francesa madama Luisa, una mujer

insignificante, fea, cargada de espaldas, vestida de una manera

llamativa.

Aviraneta se dió a conocer como un mejicano que venía a España a vender

perfumes y elixires, y elogió sus productos como un buen comisionista,

diciendo que eran distintos a los demás.

--Ensáyelos usted--dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un

velador--; tengo la seguridad de que le gustarán. Si es así, como será,

usted los recomendará a sus amigos, pues sé que tiene usted buenas

relaciones, y yo le daré un tanto por ciento en la venta.

--¿Y cómo sabe usted que tengo buenas relaciones?--preguntó la francesa.

--Lo sé por Cecilio Corpas, que es amigo mío.

--¿Es usted amigo de Corpas?

--Sí, señora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.

--¡Claro, como que no está en Madrid!

--¿Qué le ha ocurrido?

--Que ha caído en desgracia. Está deportado.

--¿De veras?

--Sí.

--No lo sabía.

--Pues, sí.

--¡Lástima! Tiene mucho talento.

--¡Oh, sí tiene talento el señor de _Corpás!_--exclamó la francesa.

--Ahora aquí, para _inter nos_, yo creo que es un canalla--insinuó

Aviraneta.

--Completo.

Esto para madama Luisa era un elogio.

--¿Y por qué le han deportado?

--Verá usted. El duque de San Carlos le había nombrado cónsul de

Portugal; tenía una causa por suplantar títulos y honores; pero, a

pesar de esto, seguía intrigando y entrando en el cuarto del rey; a un

comerciante le sacó treinta mil reales por ofrecerle su protección; a

un señor no sé cuánto por hacerle marqués.

--¿Y tenía poder para eso?

--Sí; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de

todo el mundo; pero como es un cínico que no tiene miedo a Dios ni al

Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla.

Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.

Doña Luisa quería que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.

--¿Y qué ha producido su deportación?--preguntó Aviraneta.

--Pues que quiso amenazar al ministro León Pizarro, por medio de

Arjona, diciéndole que hiciera lo que él exigía, porque si no, lo

echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tenía más fuerza que

Corpas, y consiguió que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de

Badajoz.

--¿Y cómo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?

--Fué un abandono provisional, mi querido señor. Dejaron al ministro

que tuviera este triunfo pasajero; pero después, como sabrá usted, el

que ha tenido que dejar la poltrona y huír ha sido Pizarro.

--¿Y cómo no ha vuelto Corpas?

--No sé. O ha reñido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisión.

En este momento entró la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la

presentó y Aviraneta la saludó muy finamente.

Era ésta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su

belleza. Vestía de una manera exagerada, se teñía el pelo, se pintaba

los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.

Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de

conversación se puso a hablar con volubilidad de sus cosméticos y de

sus elixires.

--Tengo--dijo misteriosamente--, pero esto no lo puedo mostrar todavía,

un elixir que es una cosa extraordinaria.

--¿Para qué sirve?--preguntó la Carolina.

--Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.

--¿De verdad?

--Sí, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.

--¿Y cómo lo ha encontrado usted!--preguntó la ex cortesana.

--Señora, yo no lo he encontrado, no conozco la química para eso. Es

un secreto que me han confiado. Usted no sé si sabrá que un marino

español, Juan Ponce de León, al llegar a la ínsula Florida, creyó

encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.

--No.

--Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no

muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio,

y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de niño

forma mi elixir.

--¿Y lo tiene usted aquí?--preguntó Carolina.

--No; no, señora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, únicas

que tengo, las he dejado guardadas en París en una caja de hierro

depositada en un Banco.

--¿Y por qué no traerlas?

--No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado.

Además, no tengo autorización de mis indios. Cuando la tenga y me

manden cantidad entonces comenzaré a vender las redomas.

--¿Y serán muy caras?

--Cada redoma pequeña valdrá cincuenta duros, por lo menos.

--Mucho me parece.

--¿Mucho por la salud? ¿Por la juventud?

--Sí, es verdad, tiene usted razón; no es mucho.

--¡Si eso se hubiera conocido antes!--exclamó la ex cortesana,

pensativa.

Aviraneta creyó que, para primer día, había conseguido su efecto; se

levantó, saludó a las dos mujeres y se fué prometiendo volver.

Unos días después estaba de nuevo allí.

Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tenía su

antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, según

ella, no le habían sacado del ministerio y encerrado en el castillo

de La Coruña por venalidades, sino por guardar copias de las cartas

cruzadas entre Napoleón y Fernando.

Aviraneta dijo a la Robinet que a él le parecía muy mal que se

vendieran destinos, vendiéndolos baratos, y con este motivo se

estableció una corriente cordial de cinismo y de alegría.

Aviraneta se manifestó francamente desvergonzado y llegó a entusiasmar

a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible

colaboración. Las dos francesas eran mujeres extrañas. La Carolina

había rodado por el mundo y no creía en nada, excepto en aquellas

cosas absurdas que no se pueden creer. Así pensaba que no había nadie

capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en

cambio, tenía por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades

parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.

Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos

lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los

demás. De la venalidad y el soborno realizados en colaboración con el

ministro Macanaz, de quien había sido amante, había pasado a oficios

celestinescos sin abandonar la alta intriga.

Adivinaba Luisa quién era la señora que necesitaba unos miles de

reales y la relacionaba con un cortesano o con algún comerciante

rico venido de las Indias. Madama Luisa tenía un odio furioso contra

las demás mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que

fundía con un desprecio irónico por los maridos y los padres y un gran

entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jóvenes, bonitos y

ricos.

El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente

extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacían sus menesteres

de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco

anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa sabía dónde había

almonedas de muebles, cuadros, joyas; tenía amigas prestamistas.

Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese

creído en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la

intriga, la alta intriga política.

Carolina no quería mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero,

deseaba el poder.

La ex ama de llaves había querido conquistar a algún personaje de la

Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo había

conseguido.

Sus dos ambiciones eran tener un salón con diez o doce personas de

prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos

franceses, y casarse.

Corpas, durante algún tiempo, la había visitado, dejándola maravillada

con su cinismo y su audacia. La Robinet había esperado que fuese la

primera adquisición de su tertulia, pero Corpas la abandonó pronto.

Aviraneta alentó las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo

en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurría en Madrid.

IV

CÁDIZ

AVIRANETA sabía desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones.

Conocía por experiencia los cambios rápidos de los asuntos políticos.

Comprendía que en las revoluciones, la mayoría de las veces nunca se

está tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca

tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la

mano de los revolucionarios.

Aviraneta dejó Madrid; estuvo en Sevilla dos días y se presentó en

Cádiz poco antes de las Navidades. Había fiebre amarilla en la isla

gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.

El Ejército expedicionario, a causa de la epidemia, había abandonado

por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y

otras ciudades alejadas del litoral.

Aviraneta, al llegar a Cádiz, se instaló en una casa de huéspedes.

Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se

encontraba en el comercio de los Istúriz.

Don Javier no estaba en Cádiz y Aviraneta fué a ver a don Tomás

Istúriz, a quien le habían recomendado desde Bayona.

Los Istúriz tenían una gran casa, vivían espléndidamente, como unos

pachás.

Don Tomás, después de hacerle esperar mucho tiempo, recibió a Aviraneta

de una manera desabrida. Primero sospechó si don Eugenio sería un

espía; luego, al saber que había tomado parte en la conspiración de

Richart y Renovales, supuso que tenía delante un hombre cándido y quiso

confundirlo a sarcasmos; pero éste era uno de los fuertes de Aviraneta,

y después de resistir las burlas de Istúriz, se las devolvió con mucha

más mordacidad e intención.

Al final de esta entrevista, don Tomás Istúriz miraba a Aviraneta con

recelo y pensaba interiormente que convendría alejar de cualquier modo

a aquel hombre corrosivo y jovial.

Istúriz habló de su hermano Javier, recomendó a Aviraneta que fuera a

verle y que visitara también a algunos masones, como Alcalá Galiano,

Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cádiz,

con sus aires aristocráticos y entonados, le resultaron poco simpáticos.

Una parecida reserva como la de don Tomás Istúriz encontró Aviraneta en

todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde,

y un comerciante, Mendizábal, le acogieron bien. Mendizábal le contó

con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa

María; la defección de Sarsfield y La Bisbal, y la situación en que se

encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios

presos por aquellos acontecimientos.

Mendizábal añadió que iba a reunirse con el comandante del batallón de

Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.

--Yo voy con usted--dijo Aviraneta.

--Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.

Aviraneta comprendió que no se quería nada con él y se decidió a obrar

solo. Con un día de lluvia se embarcó para el Puerto de Santa María,

tomó un coche allí, fué a Jerez, y después a Cabezas de San Juan.

Preguntó por el comandante Riego y se presentó en su casa. Habían hecho

juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Creía que le recibiría

afectuosamente.

Aviraneta encontró a Riego en un cuarto pequeño, blanqueado, con una

cómoda con un niño Jesús encima y unos santos negros en la pared.

Riego tenía aire febril y se veían en su rostro las huellas de una

larga enfermedad. Estaba acompañado del teniente coronel Fernando

Miranda y del capitán Valcárcel. La acogida de Riego fué también muy

fría. Todos recibían a Aviraneta como si éste viniera a quitarles algo,

algo de influencia o de gloria, o de prestigio.

Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus

propósitos; pero después pensó, sin duda, que el consejo de aquel

hombre podría servirle y le explicó su proyecto. No tenía más plan que

sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la

Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedición.

La fecha fijada era la mañana siguiente, el primero de enero. Al mismo

tiempo se levantaría Quiroga y marcharía sobre el puente de Zuazo con

los batallones de España y la Coruña.

--El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno--dijo Aviraneta--. ¿Qué

grito van ustedes a dar?

--Este es uno de los puntos que me preocupan--contestó Riego--. Muchos

de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la

Constitución del año doce; en cambio, Galiano y los de Cádiz no quieren.

--No tienen razón--dijo Aviraneta.

--¿Le parece a usted mejor proclamar la Constitución inmediatamente?

--Sin duda alguna.

Miranda y Valcárcel asintieron. Siguieron Aviraneta y Riego hablando

largamente. Se discutieron una porción de cosas y se puso en evidencia

la poca conformidad de las opiniones de Riego y Aviraneta.

Estaban de acuerdo en las soluciones y estaban en desacuerdo en los

motivos de obrar.

Este desacuerdo en los motivos fundamentales es el que produce casi

siempre mayor falta de estimación entre las personas.

Aviraneta, hombre de perspicacia y de intuición, veía desarrollarse

ante sí el espíritu de Riego a medida que hablaba con él como un hombre

que despliega un plano y va dándose cuenta de la geografía de un país.

Riego era un ambicioso, como lo era Aviraneta; pero Riego se movía

más por motivos ideológicos que Aviraneta. En Riego había una noción

central de la política, quizá no muy elevada, pero la había; en cambio,

en Aviraneta, no. Aviraneta era liberal por odios, por simpatías,

por intuiciones; Riego lo era por conceptos. Aviraneta era valiente

siempre, por fuerza, por agilidad espiritual; Riego podía serlo

en ocasiones por necesidad y por convicción. Riego era capaz del

sacrificio por la idea; Aviraneta era capaz del sacrificio por la

aventura.

Aviraneta tenía una resistencia física grande; Riego era enfermizo;

Aviraneta contaba con su voluntad como con un muelle fuerte y tenso;

Riego no contaba siempre con ella; Aviraneta hubiese expuesto la

vida por una bagatela, por amor al peligro; Riego sólo por una cosa

trascendental; Aviraneta era audaz por instinto, por contextura

psicológica; Riego, por reflexión. Lo que para Aviraneta era fácil,

para Riego significaba un esfuerzo.

Si cada individuo, como suponen algunos observadores, en vez de ser

un yo, es un conjunto de yos obscuros y embrionarios, lo que hacía

Aviraneta lo hacía con todos los Aviranetas de su alma; en cambio, lo

que hacía Riego, lo hacía por el esfuerzo y la victoria de un Riego

sobre los demás Riegos de su espíritu.

Riego era un héroe incompleto; Aviraneta era un aventurero perfecto.

Ahora la perfección tiende a desdeñar la imperfección: Aviraneta

desdeñó a Riego; Riego, en cambio, sintió una mezcla de desprecio y de

temor por Aviraneta.

Aviraneta pensó: «Este pobre hombre quiere ser un héroe y no tiene

energía para ello».

Riego se dijo: «Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de

hacer la revolución y de vender la revolución. Este es un hombre

inmoral».

Riego se engañaba. Aviraneta, para complicarse más, era hombre de

probidad.

Aviraneta veía en Riego una aspiración a cerrar el paso a los demás y

a ser el único; Riego, sin duda, quería que la libertad española se

debiera exclusivamente a él; quería que su figura fuese predominante,

que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexión con su

persona.

Así, la revolución de Riego tenía que estar vaciada en su espíritu;

debía tener cierto carácter culto, no debía ser ni guerrillera ni

demagógica, y sí estar sometida a una oligarquía vinculada en políticos

y en oficiales de carrera.

Aviraneta comprendía que así pensaba Riego. Riego, a su vez, veía que

Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para

quien las jerarquías no significaban nada, para quien las dificultades

no tenían valor. Riego suponía en el visitante un espíritu de audacia

y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera;

pensaba que aquel hombre podía estorbarle, truncarle un éxito,

arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia

contra él.

Muy entrada la noche, Aviraneta se fué a dormir con el convencimiento

de que Riego sería desde entonces enemigo suyo.

¿Tendría éxito? ¿No tendría éxito el comandante de Asturias en su

empresa?

Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro,

no; pues el triunfo de la Revolución le llevaría a él a una vida más

intensa.

Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823 · 第 1 / 17 段