En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los
ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un
ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro,
que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en
su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus
caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo
las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y
decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y
el rostro curtido por todos los soles, la mirada exaltada y mística,
con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la
cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus
jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana
y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en
la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los
jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes
acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa
cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los
héroes jóvenes de la divina Francia.