Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes
campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados,
en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a
la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas
de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras
y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados
con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas
cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen
acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y nebulosos ríos
bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los
muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a
la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los
caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros.
Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se
bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los
carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes
frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el
hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la
niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia
se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo del tiro
cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos,
y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los
del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por
todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos
convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos,
los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y
las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los
carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y
entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas
de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques
quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas en
escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de
imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los
montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las
granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de
santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las
golondrinas vuelan asustadas por las naves
desiertas. En la luz del día que
comienza, la tierra, mutilada
por la guerra, tiene una
expresión dolorosa,
reconcentrada
y terrible.
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ESTE LIBRO
ACABÓ DE PUBLICARSE EN
MADRID
EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA
CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10
EL DÍA 30 DE JUNIO
DE MCMXVII