CAP. XL

Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes

campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados,

en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a

la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas

de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras

y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados

con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas

cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen

acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y nebulosos ríos

bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los

muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a

la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los

caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros.

Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se

bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los

carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes

frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el

hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la

niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia

se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo del tiro

cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos,

y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los

del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por

todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos

convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos,

los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y

las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los

carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y

entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas

de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques

quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas en

escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de

imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los

montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las

granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de

santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las

golondrinas vuelan asustadas por las naves

desiertas. En la luz del día que

comienza, la tierra, mutilada

por la guerra, tiene una

expresión dolorosa,

reconcentrada

y terrible.

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ESTE LIBRO

ACABÓ DE PUBLICARSE EN

MADRID

EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA

CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10

EL DÍA 30 DE JUNIO

DE MCMXVII

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 44 / 45 题