CAP. XXXVIII

El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras

coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la

Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la

batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del

Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que,

prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas,

apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro

oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de

planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia de

dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos

encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes

canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La

frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y

llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de

oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:

--¿Hay noticias de los franceses?

Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga

una hoja:

--Aquí está el comunicado, mi general.

--¡Bueno! ¿Qué dice?

--Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.

El general joven interrumpe:

--Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos

días.

Los oficiales se miraron, y uno aventuró:

--Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo.

El General Murray hizo un gesto de asentimiento:

--Pero sin prisioneros.

Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo

tiempo que se llenaba una copa de whisky:

--¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son

poco decorativos?

Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño:

--Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes

ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso

castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que

se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar

contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con

granadas de mano.

Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de

los oficiales interrogó:

--Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?

--Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos,

ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del

Derecho de Gentes... Pero ahora han sido los soldados quienes olvidaron

y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de

imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y

Oceanía.

Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la

biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las

ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes

la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono

apareció en la puerta:

--Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 42 / 45 题