El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras
coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la
Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la
batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del
Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que,
prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas,
apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro
oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de
planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia de
dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos
encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes
canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La
frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y
llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de
oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:
--¿Hay noticias de los franceses?
Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga
una hoja:
--Aquí está el comunicado, mi general.
--¡Bueno! ¿Qué dice?
--Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.
El general joven interrumpe:
--Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos
días.
Los oficiales se miraron, y uno aventuró:
--Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo.
El General Murray hizo un gesto de asentimiento:
--Pero sin prisioneros.
Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo
tiempo que se llenaba una copa de whisky:
--¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son
poco decorativos?
Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño:
--Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes
ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso
castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que
se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar
contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con
granadas de mano.
Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de
los oficiales interrogó:
--Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?
--Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos,
ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del
Derecho de Gentes... Pero ahora han sido los soldados quienes olvidaron
y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de
imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y
Oceanía.
Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la
biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las
ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes
la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono
apareció en la puerta:
--Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!