La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la
línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se
entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al
viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete
entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los
turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como
figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de
los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la
caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros.
El galope de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de
evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los
ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre
los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:
--¡Piedad! ¡Piedad!
Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con
los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los
turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:
--¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!
Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los
jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las
granadas, hacen fuego. Se encabritan los caballos, y corren por el
campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos,
levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada
arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante,
flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre
sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un
terrible grito:
--¡Muera Inglaterra!
Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el
resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de
muertos, y se tornan a su real.