Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las
trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una
retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en
algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto,
descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el
bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y,
bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes
se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los
descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos. Entre nubes de
humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos
arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos
puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y
mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de
inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar:
--¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres!
Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en
la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la
batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los
abismos de la tierra.