CAP. XXXV

Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de

cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del

amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días

el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las

tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de

olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las

despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados de

visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de

café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso

uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes

mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno

habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina

así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha

delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es

un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos

el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y

palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono

compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 39 / 45 题