Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de
cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del
amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días
el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las
tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de
olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las
despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados de
visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de
café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso
uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes
mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno
habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina
así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha
delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es
un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos
el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y
palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono
compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!