La infantería avanza en negras oleadas; retiembla la tierra bajo el
golpe uniforme de las ferradas botas; hay un coro de voces profundas:
--¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!
Una convulsión recorre la trinchera, y perdura vibrante en el tintineo
de las bayonetas. Los alemanes gritan:
--¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
Son miles de voces. Asoman apenas las puntas de los cascos, y los
franceses las aplastan a golpes de granada. Al abrigo de la trinchera,
desmoronada y llena de muertos, los alemanes hacen fuego de repetición.
Acompasados, se echan los fusiles a la cara, y disparan. Innumerables
lagartijas de llama rasgan las tinieblas. La ola de asaltantes, zuavos y
legionarios extranjeros, penetra en la trinchera, y un bramido bestial
los acoge. Las granadas ponen fuego en las yacijas de paja y en los
capotes de los muertos, y el humo y el olor de la carne chamuscada sirve
de fondo al clamor de los heridos. Un soldado alemán, envuelto en
llamas, corre a través del campo dando gritos. El incendio, que rampa
solapado por el fondo de la trinchera, a momentos, bajo el golpe de las
granadas, se aviva y surge, llenando de reflejos las puntas de los
cascos y el acero de las bayonetas. Se revela el rostro de los soldados,
pálidos, salpicados de sangre, cubiertos de lodo, con los ojos agudos
como puñales.--La artillería de los aliados bombardea el campo que se
extiende a retaguardia de la trinchera, y su fuego de cortina cierra el
paso a las reservas que acuden a reforzar la primera línea. Los heridos
alemanes se incorporan suplicantes:
--¡Franceses! ¡Franceses! ¡Camaradas!
Los que restan ilesos arrojan los fusiles y levantan los brazos:
--¡Camaradas! ¡Camaradas!
Forman grupos sombríos, atónitos, con una torva expresión de desamparo.
La derrota los embrutece y envilece:
--¡No somos prusianos! ¡Somos bávaros!
Y otro grupo, arrodillado en el fango, con los brazos en alto:
--¡Los bávaros no queríamos la guerra! ¡Franceses! ¡Franceses!
¡Camaradas!
Perdida la esperanza de vencer, ciega como un instinto, ingenua y
brutal, parecen bueyes desalentados. Los franceses les conceden cuartel
con el gesto orgulloso de la victoria.